XX CAPÍTULO (2)

Aquella noche, mientras cenaban juntos, la señora de Lille se portó en todo momento como si el enfrentamiento anterior no hubiera existido nunca. Sonriente y agradable, parecía una anfitriona dispuesta a que su huésped pasase una velada tranquila y distraída, alejado de toda preocupación. Ella supo llevar con habilidad la charla hasta el extremo de que Sean, olvidado su enfado, volvió a hablarle de sí mismo descubriendo para la dama un caudal de recuerdos que incluso él creía olvidados. Como la primera vez que cenaron juntos, la señora de Lille consiguió que continuara relatándole su vida y sus proyectos mientras le escuchaba, al parecer, sinceramente interesada. Él le habló de la dura existencia en el mar y como, la incertidumbre que conllevaba, le había impedido, hasta el momento, buscar esposa y casarse fundando una familia, ya que no quería que sus hijos y su mujer pasasen necesidad o vivieran en continua zozobra. La señora de Lille alabó tan prudente conducta, sorprendiéndole no obstante con un singular comentario, pues dijo: “pero no bajéis la guardia, porque quizás, el día menos esperado, tan loables razonamientos se desvanecen inesperadamente ante una cara bonita que vos consideraréis diferente a todas las demás”, lo que hizo que Sean la mirase de soslayo un poco sorprendido por la femenina intimidad que rezumaba el consejo, mas, concluido éste, ella no traspuso ninguna frontera; seguía guardando las distancias y el decoro, aunque se mostraba cálida y humana. Se había cambiado de traje y este nuevo vestido mostraba un incipiente escote sobre el cual lucía un extraño colgante. Sean, igual que todos los hombres, no era de los que se fijan en los adornos que luce una mujer, ni tan siquiera de los que reparan en el color del vestido que éstas lleven una segunda vez, de haberlo visto ya una primera, pero el colgante si le llamó la atención, porque solía traficarse con ellos en las islas del golfo, y como la dama advirtiera que él lo observaba con curiosidad, explicó amablemente:

-Veo que os llama la atención mi colgante, lo he comprado esta mañana en el puerto... Y me han asegurado que me traerá suerte.

-Lo suponía, forma parte del comercio en estas islas, pero –sonrió-, ignoraba el que también encerrasen poderes mágicos... –se puso serio de nuevo- Los hacen las mujeres y las hijas de los pescadores, ayudan con eso a la economía familiar... La vida, en esta parte del mundo, no es fácil para nadie.

-¿Y dónde lo es?

Otra salida desconcertante en una dama que aparentemente, había de tenerlo todo.

Él bebió de su copa en silencio, cuando la señora de Lille se ponía grave, casi filosófica, le entraba un extraño desasosiego porque no podía admitir que precisamente esa mujer se permitiese dar lecciones a nadie, que, como él, no ignoraba lo que era la miseria y el ganarse el sustento muy duramente... Bueno, sí, estando de por medio la Revolución Francesa, pero... Pero ella encontrábase ahora allí, enfrente suyo al otro lado de la mesa, lo que significaba que había escapado de la guillotina, si es que alguna vez su delicado cuello tan blanco y sedoso, corriera semejante peligro.

Sean cambió de tema con brusquedad.

-En estas islas se vende de todo, cualquier cosa, y antaño eran refugio de piratas.

Ella había terminado de comer y apoyando los codos sobre la mesa entrelazó las manos a la altura del mentón como si rezase, pero sonreía cuando preguntó:

-Vos debéis conocer muchas historias de ese tipo si a menudo hacéis la ruta, leyendas, más bien, ¿ando errada?

Él también sonrió y con agrado pues el tema le complacía.

-No son exclusivas de las islas del golfo, en Escocia, Inglaterra e Irlanda se cuentan muchas, históricas en bastantes casos...

-¿Historia convertida en leyenda?

-O leyendas que se convierten en historia... En ocasiones cuesta mucho saber cuando una historia es auténtica y cuando no.

-¿Por ejemplo?

Él frunció el ceño intentando recordar algo que tuviese el suficiente atractivo para ser narrado a su pasajera.

-Os contaré la historia de Gráinne Ni Mháille, para los ingleses Grace O’Malley, una mujer noble como vos, pero nacida en el siglo XVI, que mandaba una flota pirata en la costa oeste de Irlanda y por estas fechas, hace doscientos años, vuestra reina Elisabeth, le concedió el perdón y ella se retiró... pero dejando la flota pirata en manos de sus hijos...

-Con lo cual la tradición familiar proseguía.

Él rió de buena gana.

-Sí, ciertamente.

-¿Por qué habéis elegido a una mujer pirata como protagonista de la historia?

La señora de Lille no sonreía al formular su pregunta y Sean volvió a sentirse desconcertado.

-Supuse que os haría gracia el que una mujer se hubiese metido en tal negocio, siempre se habla de los hombres cuando se menciona este tipo de aventuras.

Ella quedó pensativa unos segundos y él la miraba sin comprender.

-Sabéis que pinto y eso es ya una rareza no siendo un hombre, ¿imagináis, entonces, que se me pueda identificar con una mujer pirata?

-¡No he pretendido ofenderos! –protestó él confuso.

-Ya lo sé, pero, efectivamente me divierte el que hayáis elegido a una mujer pirata para explicarme esa historia... porque yo, señor, cuento entre mis antepasados con cierta dama, lady Mary Killigrew cuya familia protegía a los bucaneros y ella misma no tuvo ningún empacho en realizar personalmente el abordaje contra una nave española en 1583 que fue expoliada tras haberse pasado a cuchillo a su tripulación... Como podéis suponer ella era inglesa, y esto sucedió en Cornwall, una costa muy propicia para la piratería.

-No me es desconocido el nombre de vuestra antepasada, milady... Lo que no podía imaginar es que fuerais descendiente suya.

El semblante de la señora de Lille adoptó una inusual expresión nostálgica al responderle.

-Hace años, en pleno Terror, tuve trato con un revolucionario, que en lugar de llamarme ciudadana, lo que hacía en contadas ocasiones y siempre delante de terceros, se dirigía a mí, muy a menudo, dándome el nombre de señora... y vos ya es la segunda vez que me llamáis milady... Sin pretenderlo me lo habéis recordado ahora, aunque de hecho, me lo evocáis a menudo, y no es que exista ninguna semejanza entre ambos, ya que sois tan opuestos como la noche y el día...

Era la primera vez que su pasajera se mostraba confidencial en una cuestión que O’Hara captó instintivamente como importante para la dama; no era aquella la barrera de un marido vizconde, sino el entreabrir la puerta de su pasado y no utilizándola a manera de escudo. El capitán dedujo pues, que ese revolucionario podía haber sido para ella mucho más apreciado que su esposo, hasta tal punto surgía de su memoria instalándose entre los dos en esos momentos.

-¿Y os lo recuerdo? –preguntó con extrañeza.

La señora de Lille habló como en sueños, advirtiendo el marino que entonces se encontraba muy lejos de allí.

-Sí –dijo con un suspiro involuntario-, vos sois un hombre honesto y él también...

Se creó un silencio embarazoso para Sean, ya que ella le estaba revelando, sin darse cuenta, una historia de amor lejana, mas la comparación no se brindaba al equívoco; la dama había vuelto al pasado y no tendía ningún puente hacia él, ni se insinuaba ni sugería. Experto conocedor de las mañas femeninas, el capitán del Buenaventura supo darse cuenta a tiempo, de que la señora de Lille lloraba sobre una pasión cuyo final debía de haber sido muy triste, y que, desde luego, no pensaba reemplazarla con ningún consuelo surgido ocasionalmente.

Ella parpadeó y sus recuerdos se desvanecieron regresando al lugar de donde habían escapado. Sonrió con el aire superficial de mujer acostumbrada a las florituras verbales tan propias de las charlas de salón en las que debía brillar por su desenvoltura e ingenio.

-Con que vuestra Gráinne Ni Mháille y lady Mary, a lo que parece, debieron ser contemporáneas y tal vez oyeran hablar la una de la otra... ¿No descenderéis de ella vos, por casualidad? –concluyó con una sonrisa, a lo que él correspondió con otra mientras replicaba:

-Mis orígenes no son tan distinguidos, aunque se rumorea que algo hay de sangre española en el pueblo en donde nací... Náufragos de la Armada Invencible, ¿sabéis?

Ella le miró con simpatía e hizo una broma.

-Con esos cabellos no creo que tengáis mucha sangre española.

-En efecto, es mi marca de identidad irlandesa, todos tenemos fama de ser pelirrojos...

Ella volvió a ponerse melancólica.

-No basta con un sello, por muy oficial que sea, pero la gente no lo entiende así... Yo viví muchos años en Francia y para ellos siempre fui inglesa, y ahora que resido de nuevo en mi patria me confunden con una francesa... En Francia, la acogida que dispensó Inglaterra a los emigrados hizo que aumentase el odio secular contra ella, y constituyó para mí un grave problema, el que, aparte de aristócrata no advirtiesen mi origen insular cuando se prendía por las calles... –sonrió débilmente- Claro que con una sentencia de muerte bastaba; donde hay una cabeza no se pueden cortar dos... Lo que no deja de ser irónico es que, ahora, todavía se me mire con cierto recelo entre los míos como si se dudase de mi linaje británico, sólo porque no huí de Francia cuando aún estuve a tiempo –suspiró de nuevo-. Errores que se pagan muy caros o no saben disculparse... Ello es motivo de que a veces me sienta desplazada sin saber cual es mi verdadero lugar en la tierra... No se puede pretender desenvolverse en dos mundos simultáneamente, ¿no os parece?

-¿Y cuál es el vuestro- quiso saber su interlocutor intrigado.

Ella tuvo un estremecimiento que recordaba a un animalillo desvalido.

-Los dos.

-Debe ser duro para una mujer... –empezó el capitán y se calló inmediatamente al comprobar que la mención de la clásica debilidad femenina como estigma no le gustaba nada a su pasajera.

-Soy una mujer pero no débil, capitán O’Hara... Si fuese débil me habría muerto a los 16 años, pero sé aguantar, y, sobre todo, defenderme... Esta mañana os mostré una pistola que siempre llevo conmigo cuando viajo y os dije que conozco su manejo perfectamente...

-No lo dudo; debéis de estar acostumbrada a utilizar las armas, si, como supongo, practicáis la caza ya que ese es el pasatiempo favorito de la nobleza, según tengo entendido.

Ella tuvo una mueca amarga ante el irónico comentario.

-Nunca he practicado la caza del zorro, señor, no me gusta acosar a los desesperados... pero en cierta ocasión, maté a un hombre.

Medió un brevísimo silencio cargado de electricidad.

Aquella estaba siendo una velada plena de sorpresas para el capitán O’Hara. Sean la miró como si no hubiese escuchado bien y tragó con esfuerzo, luego dijo, procurando que su voz no dejara traslucir ningún tipo de emoción.

-Vuestras razones tendríais.

La señora de Lille de nuevo caminaba perdida entre sus recuerdos.

-Las tenía –dijo ella como en trance.

El marino carraspeó nervioso. No es que le asustase el que su extraña pasajera hubiese matado alguna vez a alguien –se vivía en una época en la que el asesinato y las cabezas rotas abundaban-, lo que le inquietaba es que su corazonada hubiese dado en el blanco, porque si la señora de Lille llegó a matar en una ocasión, bien podía repetir la experiencia en otra, y ya no le cupo entonces la menor duda acerca del objetivo del viaje de la dama. Mas, ¿era mister Smith la víctima escogida?, algo le decía en su fuero interno que no, que mister Smith, sin saberlo, sólo precedía a la señora de Lille indicándole el camino hacia la guarida de su presa; aquella era la historia de una venganza, dormida durante mucho tiempo, y que ahora, al fin, despertaba.

 

Inicio