XX CAPÍTULO (1)

El capitán O’Hara contempló colérico el ir y venir afanoso en los muelles, profiriendo una maldición en alta voz, a punto se hallaba de dar la orden de levar anclas y ni maese Ebenezer, ni la señora de Lille se habían presentado a bordo todavía, mas obviamente él tenía la culpa, ya que jamás debió permitir que la dama se saliese con la suya, bajando a tierra. Volvió a maldecir, esta vez entre dientes, ¡odiosa mujer que bajo capa de dulzura conseguía siempre lo que deseaba!... Bien, iba a aguardar el tiempo suficiente a que el tabaco de su pipa se consumiera, y ya quedaba poco, después haríase a la mar hubieran llegado o no el contramaestre y su pasajera. ¡Al diablo con ellos!

Pronto expiró el plazo y el capitán, aunque muy enfadado, no dio la orden de levar anclas. Acodado en la borda, escrutaba con el ceño fruncido la actividad reinante en el puerto, no por pequeño menos intensa, cuando vio venir corriendo por el malecón al viejo Wilkes, que siempre que bajaba a tierra caminaba como los borrachos, y a la señora de Lille ágil y saltarina, arrebolada, de nuevo con los cabellos al viento y sonriente con la travesura de una niña.

-¡Ganas me dan de enviaros a la sentina, a ver si allá abajo entre las ratas y en medio de la oscuridad, se os mete algo de juicio en esa vieja cabeza!... ¿Acaso no os di la orden de regresar a tiempo a bordo, señor Wilkes? -estalló furioso O’Hara en cuanto pusieron pie en cubierta aquel par de rezagados.

-Capitán, os ruego que dispenséis al señor Wilkes de nuestra tardanza; la culpa la tuve yo porque me extravié –expuso la señora de Lille con un aire de arrepentimiento que no engañaba a nadie.

-¿Qué... qué os extraviasteis? ¿Cómo pudo suceder si os acompañaba el señor Wilkes en todo momento?... ¿O es que no era así?

-Ya os he dicho que me extravié, fue sólo un instante entre la multitud que llenaba el mercado, por suerte, finalmente, pudimos reencontrarnos... y aquí estamos.

Le miraba con sus límpidos ojos azules llenos de inocencia, pero O’Hara, que no había nacido ayer, entrevió en ellos un asomo de burlona malicia.

El capitán maldijo interiormente, ¿puede tratarse a una mujer, a una pasajera que compra su viaje a precio de oro, igual que a la tripulación? No podía castigarla por su desobediencia, ni tampoco dejarla en tierra, eso era indudable, ¿qué hacer entonces con aquella indisciplinada criatura? Ella le seguía observando sin pestañear y ahora una leve sonrisa estremecía sus labios; Sean quiso decir algo digno de su jerarquía como propietario del Buenaventura, su capitán, su responsable y la única persona a bordo que tenía que ser obedecida sin más.

-Señora de Lille, antes de llegar a vuestro destino tocaremos en otro puerto de nuevo, pero os advierto que no admitiré ningún descenso a tierra, porque si bajáis ahí os quedaréis.

La dama dejó de sonreír ensombreciéndosele el rostro, fue un cambio inesperado ya que la expresión dolorida que se extendió por el tuvo la virtud de borrar aquella luz de juvenil travesura que sólo hacía unos instantes había convertido sus facciones en las de una despreocupada chiquilla.

-No me advertisteis de que tocaríamos en otro puerto después de este... –protestó inquieta, como si la amenaza de dejarla en tierra no le importase.

-Se halla en nuestra misma ruta, o sea que no nos distrae para nada en el rumbo que llevamos –repuso el marino incómodo, ¡peste de mujeres, así el diablo se las llevase a todas bien lejos... o al menos a esa misteriosa e impertinente señora de Lille, quien se debía creer que pagar un pasaje era lo mismo que comprar el barco!

-Como mandéis, capitán O’Hara, os aseguro no volveré a desobedeceros –repuso ella entonces secamente, y con la cabeza alta y el paso firme, marchó en dirección al camarote, dejando frente a frente a Wilkes y a su capitán.

-Señor Wilkes...

-Tenéis toda la razón, capitán, pero permitidme que os cuente como fueron las cosas, tal como sucedieron...

-La dama se extravió... –dijo acusadoramente O 'Hara.

-En efecto, señor, pues ya sabéis como son las mujeres, revolotean igual que las mariposas, van de aquí para allá sin rumbo y se encaprichan de todo... En este caso se dejó arrastrar por la multitud que llenaba el mercado al aire libre... y salió de mi vista el tiempo suficiente como para que luego fuera yo el que lo perdiese buscándola entre las gentes... Lo siento mucho, capitán...

Su patrón le contempló con severidad.

-Una aventura bastante estúpida, señor Wilkes, y que no va a volver a repetirse.

-No, capitán, por mi parte no, desde luego.

-Ni por vuestra parte ni por la de nadie, podéis estar bien cierto.

Ebenezer Wilkes se alejó con la cabeza gacha siendo escoltado por la mirada ceñuda de Sean, muy molesto con aquel incidente tan tonto sobre todo por provenir de un hombre de su edad al que se le suponía con el suficiente sentido común como para no dejarse engañar por una mujer, ya que O’Hara deducía que ella no se había perdido sino que burló al contramaestre intencionadamente al obedecer su descenso a tierra a un plan preconcebido, ¿con qué objeto?, eso es lo que a él le hubiera gustado saber, y tal desconocimiento le irritaba si cabe, todavía más.

Por su parte, el señor Wilkes, no se sentía mucho mejor aunque los motivos fuesen por completo diferentes, ya que desde que se enroló en el Buenaventura, de esto hacía unos cuantos años, jamás había mentido a su capitán como lo acababa de hacer entonces; él no ignoraba los pasos dados en tierra por la señora de Lille, pero ella consiguió arrancarle la solemne promesa de que no le diría nunca a nadie lo que había sucedido, y Wilkes era hombre de palabra.

La señora de Lille, una vez estuvieron ya en el puerto, lo primero que hizo fue desestimar olímpicamente los numerosos puestos y tenderetes en los que se vendía y se compraba la más variada de las mercancías, desde pescado hasta telas baratas, pasando por adornos y fruslerías de esas que tanto atraen a las mujeres. La dama rubia buscaba algo allí, indudablemente, pero no daba la impresión de ser cosa que se pudiese adquirir fácilmente en el mercado. La vio acercarse a un puestecillo que vendía “frutos del mar”, o sea delicados collares hechos de caracolas de todos los tamaños y cuando creía que iba a comprar alguno, se quedó muy asombrado comprobando que la dama le daba una moneda de oro a la vendedora después de susurrarle en el oído algunas palabras que la mujer escuchó con gran atención, para luego asentir, mientras se embolsaba la moneda, respondiendo a la desconocida con algo que evidentemente llenó de alegría a la señora de Lille, y fue a raíz de este intercambio misterioso, que la pasajera del Buenaventura hizo prometerle que no diría nada de cuanto pudiera ver, u oír, si es que algo llegaba a escuchar, que sobre todo olvidase la curiosidad y que no tenía que sorprenderse bajo ningún concepto.

Cabría preguntarse ahora que si la señora de Lille no hubiera enredado en su encanto al viejo contramaestre, posiblemente el capitán O´Hara no habría tenido que enfadarse por causa del retraso, pero se enfadó, lo cual significa que ella nuevamente había conseguido sus propósitos.

La dama y Ebenezer, atravesaron el pueblo de pescadores, el cual por otra parte no era muy grande, llegando a una cabaña en sus afueras, prácticamente una diminuta choza que tenía dos ventanas y una puerta, abiertas las tres en aquellos momentos. Al llegar hasta ahí, la señora de Lille se volvió al desconcertado marino rogándole con una dulce sonrisa:

-Esperadme aquí, por favor; tengo que visitar a una persona que vive en la casa y quizás tarde un poco en salir, pero no temáis, es gente de bien...

Incómodo, el señor Wilkes asintió en silencio mientras lamentaba, desde lo más hondo de su corazón, el haber cedido al capricho de la dama.

Como cerca de la cabaña había un banco rústico, el buen hombre tomó asiento previendo largo el espacio de tiempo que iba a durar la extraña visita, y empezó con la reflexión de si no sería aquella choza el punto de encuentro de la señora con algún caballero, que, dados los tiempos que se vivían, podía ser muchas cosas menos un amante. Mas su desconcierto subió de punto cuando al aproximarse ella al umbral de la puerta, fue una mujer vieja y humildemente vestida, que recordaba más bien a una bruja por su aspecto, quien salió a recibirla dándole la misma bienvenida que podía haberle dedicado a una antigua amiga. Luego ambas desaparecieron engullidas por la oscuridad del interior, y la señora de Lille tardó más de una hora en salir. Para entonces él se había levantado y daba vueltas en torno de la casa, inquieto, y en una de sus tantas idas y venidas, el viento le trajo el rumor de las voces de las dos mujeres, eso sí, tan susurrante y entrecortado, que lo que oyó no alcanzó a entenderlo, contribuyendo todavía más a incrementar su confusión.

-...estará allá... cuando lleguéis...

-¿Podré...

-Sí...

-... a tiempo?...

-... vuestra deuda quedará saldada...

-...

-...no hay salvación... pero...

-... el mal hecho...

-... voluntad de Dios...

-... os agradezco...

-...

-Debo irme ya...

-... esperad, quiero daros...

-... ¡oh, yo...!

Ebenezer Wilkes se alejó con disgusto. No debía seguir escuchando, no era correcto. Fuese lo que fuese de lo que se tratara allí dentro, el asunto no era de su competencia.

Cuando la señora de Lille abandonó la cabaña, el viejo Ebenezer  parecía estar absorto contemplando las volutas de humo que despedía la cazoleta de su pipa. La dama se le aproximó con los ojos llorosos y una singular expresión en el semblante que era mezcla de alegría y de tristeza al mismo tiempo.

-Ya podemos regresar al Buenaventura, señor Wilkes.

-A vuestras órdenes, madam.

Y regresaron.

 

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