| XIX CAPÍTULO (3) | |||
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Al despertar, él no estaba, había amanecido y no estaba. Me puse apresuradamente las ropas y corrí escaleras abajo llegando a la cocina; en la pieza no había nadie, ni siquiera la sempiterna Mamá Agnes, pero la puerta de acceso al exterior no se hallaba cerrada con el pestillo, la abrí y por un momento la cruda luz del día y el fresco reinante me hicieron parpadear y estremecer. En el establo faltaba un caballo, el nuestro ya que el suyo ocupaba ese lugar. Maurice se había marchado sin un adiós. Sentí que las piernas me flaqueaban y caí de rodillas sobre el sucio suelo; me fui encogiendo, literalmente hasta que toqué con el rostro mis propias rodillas, así transcurrió un lapso de tiempo, roto al fin por el rumor de cansinos pasos, alcé el semblante, con los ojos llenos de lágrimas y vi ante mí la silueta a contraluz de Mamá Agnes, que se perfilaba en el umbral de la puerta. -Se ha ido... –dije yo con un sollozo. A lo que la anciana repuso: -Dormíais cuando partió; no quiso despertaros. Su voz sonaba quebrada por el dolor, pero levemente acusadora. -¿Os despertó a vos? -Yo le esperaba en la cocina desde antes que amaneciera. Maurice se fue y Mamá Agnes y yo quedamos solas, cada una con sus propios recuerdos, mas, a partir de aquel día, algo sutil cambió entre nosotras. Siempre he imaginado que ella supo lo que había pasado entre los dos, y, mujer al fin, no podía menos que sentirse celosa al comprender que Maurice podía quererme, lo que significaba que en la escala de los afectos del ciudadano Bienveillant Mamá Agnes quedaba postergada. Transcurrieron un par de semanas lentas y tristes. Mamá Agnes y yo sufríamos por el ignorado destino que pudiera correr nuestro protector, ya que el propio no nos importaba en realidad. En todo el tiempo que llevábamos de permanencia allí, nadie había llegado a molestarnos ya que vivíamos muy retiradas y los viajes que hacíamos al pueblo eran contados y poca atención despertaron entre gentes asustadas a las que el temor convertía en discretas con lo suyo y con lo de los demás, ya que todo el mundo lo único que deseaba es que le dejasen tranquilo pasando lo mejor desapercibido posible al haber sufrido, en los comienzos de la Revolución, asaltos y saqueos de bandidos, o mejor dicho, de sicarios disfrazados de tales. Por fin una tarde, alguien vino a llamar a la puerta de la granja, trayéndonos noticias de Maurice. Aparentemente era un matrimonio campesino, pero luego resultaron ser dos colaboradores del ciudadano Dubois –y nuestros invisibles protectores-, también ellos implicados en la misma red conspiradora que pretendía acabar con el reinado del Terror. El fingido campesino se llamaba Jacques y la mujer que le acompañaba Huguette, ella me dejó con él y se fue a contarle su parte del plan a Mamá Agnes, mientras Jacques me ilustraba acerca del que me correspondía. Aquel hombre me dijo que Maurice estaba bien y que su escondrijo no iba a poderlo descubrir ningún esbirro del tirano, cuya hora se hallaba tan próxima a sonar que seguramente en aquellos días ese fin se vería convertido en realidad. Me traía una carta personal del ciudadano Bienveillant y se ponía a mi servicio en lo que decidiera hacer posteriormente. Emocionada, cogí el pliego, leyendo las siguientes palabras: “Ciudadana, es urgente para mi tranquilidad y vuestra seguridad, que abandonéis la granja. No es que corráis ningún grave peligro por el momento, de hecho Mamá Agnes puede quedarse sin ningún temor, pero vos debéis salir. El ciudadano que os lleva esta misiva ha sido enviado por mí con el exclusivo objeto de que os escolte y guarde hasta vuestro inmediato destino. Más tarde, y siempre en manos leales, seréis conducida a la costa y de allí, a vuestra patria. Os ruego sobre todas las cosas que sigáis al mensajero y no os obstinéis en permanecer en la granja inducida a ello por vuestra generosidad. Mamá Agnes no quedará sola, ya que le mando compañía y en breve plazo la llamaré conmigo puesto que pronto todos vamos a vernos libres de la opresión. Si verdaderamente os consideráis amiga mía, seguid mis consejos. Maurice” Curiosa epístola en la cual la pasión se disfrazaba de cuidado por mi seguridad, un desvelo casi angustioso que a duras penas ocultaba el gran amor que él me profesaba. Indudablemente se preocupaba por mí, pero al mismo tiempo deseaba verme, porque yo no podía dudar acerca de que mi más inmediato destino serían sus brazos, y luego, tal vez, Calais, mas el “tal vez” se me antojaba un poco dudoso. ¿No me había retenido tanto tiempo a su lado con dilaciones y excusas? Me sentí un poco esclava de las circunstancias aunque en el fondo de mi corazón experimentase una gran alegría porque de nuevo iba a verle. De esta forma tan sencilla, y, a una llamada suya, abandoné la casita y la compañía de Mamá Agnes, quien, todo hay que decirlo, no pareció demasiado triste con nuestra separación; lo que de verdad le hizo fruncir el ceño fue la certeza de que, por el momento, ella no iba a ver a su querido Maurice y yo sí.
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