XIX CAPÍTULO (2)

Nos dormimos entrelazados, supongo, ya que al despertarme, cercana la hora del alba, me hallé prisionera entre los brazos de aquel hombre que tanto me amaba, y constituía esta una experiencia para mí desconocida.

Recordé entonces mis estudios de latín y mis conjugaciones del verbo amar, tan lejanas ya: “Amata erat”, había sido amada... Nunca ya, en lo que me restaba de existencia, podría yo negar que hubo una vez en mi vida un hombre, verdaderamente un hombre, que me había amado.

Maurice dormía con la tranquila expresión de un chiquillo, apoyada blandamente su cabeza entre mis senos, aquellos senos pequeños y estériles, ahora anhelantes después de conocer el placer en sus labios. Mi cuerpo, bajo el suyo, sentíase doblemente vivo, su calor, su respiración, su latir acompasado, y era yo, arropada bajo él, un nuevo ser, irrigado por una vitalidad desconocida, motivo que mi sangre se deslizara por las venas en una carrera alegre y primaveral. Todo mi organismo estaba en paz, si esto era el amor, ¿lo era?, bendito fuese, me dije, bendito ese sosiego, esa dulzura, esa tranquilidad que me convertía de débil en fuerte, que me reposaba, que me serenaba, que me otorgaba energías nunca experimentadas.

Besé sus cabellos oscuros con afecto, no me causaba ninguna molestia el que me ciñera tan apretadamente, al contrario. Todo aquello había sido un sueño, pronto, con la llegada del alba, él tendría que marchar, ¿volvería a verle?, ¿volveríamos a encontrarnos?, ¿cuál habría de ser nuestro destino en el futuro?... ¡Pobre y bondadoso Maurice!... “Te he concedido una noche –pensé-, y a cambio puede que me sacrifiques tu vida, algo que vale infinitamente más que yo”.

Maurice despertó al sentir que le besaba y, sonriente, me abrazó con más fuerza; seguramente en aquellos instantes no recordaba las causas que le habían llevado a la granja; era dichoso; sus palabras vinieron a corroborarlo:

-Os amo... Me habéis hecho el más feliz de los hombre.

Puso su diestra con delicadeza sobre mi mejilla, acariciándola, mientras me sonreía, luego esos mismos dedos buscaron mis labios, después subieron lentamente hacia las cejas como si efectuaran otro rito, el de algún dibujo ancestral y mágico.

-Ojalá fuera yo un pintor como vos, podría hacer vuestro retrato mil veces.

-¿Y llevaríais mil retratos en el equipaje? ¿No sería una carga muy pesada?

-Vos no pesáis, sois ligera como una pluma.

Detuvo un instante su índice en la recta de mi nariz.

-Os aprendo de memoria, señora, como dicen que aprenden los ciegos de memoria a las personas que no pueden ver.

-Vos me veis ahora.

-Bien decís, ahora, pero existe un después y muchos días que serán ese después, y en esos días, mil retratos ingrávidos que me acompañarán si sé conservaros para siempre, en el recuerdo de las yemas de mis dedos.

-Volveremos a vernos, Maurice... No podéis huir eternamente... Llegaréis a algún sitio, os estableceréis... y volveremos a encontrarnos... Vuestra joven diosa Razón y mi anciano Dios, lo permitirán –concluí con una sonrisa.

Él pasó por alto la mención religiosa al responder:

-¿En Inglaterra tal vez, pensáis que voy a abandonar a mi patria cuándo más me necesita?

“Ya surgió el patriota –reflexioné amargamente-. ¡Hombres necios que se matan por una idea cuyo servicio se lo hace a un tercero menos valeroso pero sí más taimado!”

Le abracé con ternura al tiempo que preguntaba:

-¿Quién es vuestra patria, la guillotina, u otro Robespierre?... Querido amigo, no luchéis por un ideal ya que sucumbiréis por él, vivid para vos, procurad ser feliz, gozad de la existencia.

Maurice volvió a refugiar su cabeza entre mis senos.

-¿Me pedís que sea un hedonista?

-Os pido que seáis un hombre gloriosamente vivo no un hombre gloriosamente muerto. 

Alzó el rostro para mirarme y su expresión era algo infantil al hacer la pregunta.

-Si os lo rogara, ¿vendríais conmigo?

-Os devolveré la pregunta, ¿si os invito a que me acompañéis en mi viaje de regreso a Inglaterra, aceptaríais?

Maurice me desenlazó sólo un poco, para incorporarse ligeramente.

-Os lo repito, no me podéis pedir eso, soy un soldado, no un emigrado.

-¿Sabéis quienes son los que no suelen volver de las batallas?

Él sonrió con leve ironía.

-Me imagino que lo sé.

Nos quedamos mirando un instante en la penumbra y luego quiso saber:

-¿Qué hora será ya?

-Está a punto de que amanezca... Mirad como clarea la noche, si ahora fuésemos a la ventana, veríamos como por oriente se dibuja en el horizonte una luz blanca.

-Debo vestirme.

-Os acompañaré; ya todo lo tenéis preparado.

-No deseo turbar el sueño de Mamá Agnes.

-¿Pretendéis marcharos en la sombra, como un ladrón?

-Tampoco quiero que vos me despidáis.

-¿Cómo así?

En la habitación penetraba la suficiente claridad para que pudiéramos distinguirnos las blanquecinas facciones luchando en una pugna fantasmagórica contra las sombras de la noche. Maurice no respondió a mi pregunta.

-Os conocí en la oscuridad... Ignoraba quien era el huésped de aquel aposento... Ignoraba cual era vuestro semblante...

Bruscamente saltó del lecho procediendo a encender la vela que estaba encima del taburete y con ella en la mano, la acercó a mi rostro.

-También fue a esta luz cuando os vi por primera vez y ya en ese instante os amé... Llevabais los cabellos sueltos y os brillaban los ojos, teníais las mejillas y los labios encendidos por la excitación de la aventura... Pensé que erais una aparición, un hada, mi ángel salvador, si es que los ángeles han existido alguna vez, os comparé con un vaso de alabastro atravesado por la luz, y desee, como nunca lo había deseado, depositar un beso en vuestros labios... Señora, me enamoré en aquel instante y para siempre... Fuisteis mi presencia y mi guía en todo el tiempo que hemos estado separados... Y cuando venturosamente os encontré, me hallaba incluso dispuesto a salvar con vos a vuestro marido... Sabía que no le amabais y también... otras cosas que eran del dominio público, pero supuse que erais una esposa sacrificada y uncida para siempre a tan lamentable sujeto... ¡Cómo me engañé!... Vos no pertenecéis al tipo de mujer resignada, de mujer esclava, debí comprenderlo en el mismo momento que os arriesgasteis a salvarme... Estaba dispuesto, por amor a vos, a dejaros partir con él, mas cuando escuché la disputa que manteníais apenas rescatados, comprendí que podía ser egoísta y liberaros ... para mí... No, no me creáis un individuo oportunista y falto de escrúpulos; anhelaba teneros conmigo un tiempo, luego pensaba, os lo prometo por mi honor, dejaros ir a dónde os apeteciera, devolveros la libertad sin haberme tomado con vos el más mínimo atrevimiento... No pretendía pediros que me correspondierais, os he amado siempre demasiado para solicitar de vos lo que nunca podréis darme...

Hacia rato que había vuelto a colocar la vela sobre el taburete y entonces se hallaba casi echado encima de mí, flanqueándome con ambos brazos el cuerpo. No era hermoso, incluso en aquellos momentos seguía siendo un hombre cuyo rostro carecía de belleza, la amanerada de Jean Baptiste, la histriónica de Montauvernie, pero resultaba infinitamente mucho más atractivo que ellos dos porque le animaba el noble fuego de su apasionamiento y era tan vehemente, tan sincero... En esos instantes el patriota convencido había dejado paso al enamorado y Robespierre no existía, sólo él y yo, suspendidos entre el cielo y la tierra en un lugar maravilloso e inaccesible... Me pregunté si ya conocería la índole de mi secreto, de mi vergüenza y deshonra, mas preferí ignorar una respuesta que podía herirnos a los dos.

Sujetando su rostro entre las manos, le besé en las mejillas, en la frente, sobre los párpados, y él con un gemido ahogado, no sé si de felicidad o de dolor, me abrazó fuertemente, sepultando su rostro entre mis cabellos... De nuevo me hizo el amor, pero esta vez con desesperación, como la persona que se despide para siempre; parecía querer fundirse conmigo por entero... Y ello trajo a mi memoria la evocación de las tristes noches pasadas en L’Ababaye advirtiendo, sin pretenderlo, a las parejas unidas en íntimo y carnal abrazo, despreocupadas de un entorno que, tan condenado como ellas, cerraba sus ojos comprensivo frente a semejantes despedidas que si eran el adiós terreno significaban un pronto reencuentro en la eternidad. 

Cuando por fin salió de mí, Maurice quedó a mi lado, echado de espaldas, respirando agitadamente; yo no hice el menor movimiento, mi cuerpo vibraba todavía, pero una intensa laxitud me iba dominando impidiéndome el menor esfuerzo...

Cerré los ojos, y, apenas sin darme cuenta, caí en las redes del sueño.

 

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