| XIX CAPÍTULO (1) | |||
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Más tarde, él se retiró a su dormitorio. Llevaba una vela en la mano y puso pie en el primer escalón que conducía al menguado piso superior, ocupado casi todo por un amplio desván, Mamá Agnes trasteaba en el hogar de la cocina, Maurice tuvo una ligera vacilación antes de decirme: -¿Querríais subir conmigo a mi aposento?: deseo explicaros algo. -Si. Me precedió en silencio y cuando entramos en la pieza, empujó la puerta hasta ajustarla, luego colocó la vela sobre un taburete. Aquel pequeño ademán, el de colocar la luz sobre el asiento me hizo recordar instintivamente el retrato que yo le hice y que en París siempre tenía situado encima de una silla en su alcoba. Entonces caí en el detalle de que aquel cuadro no había aparecido en la granja después de nuestra venida. Le miré con cierta sorpresa y él captó mi pensamiento de nuevo. -No se encuentra aquí –dijo-, luego de instalaros a las dos, ha venido en todo momento conmigo. -Pero ahora no... -En efecto, mas no temáis, se halla a buen recaudo... Venid, sentaos. El único lugar en donde podíamos hacerlo era en el propio lecho ya que la habitación no contaba más que con el antedicho taburete y un gran arcón, nos sentamos, pues, a los pies de la cama. -¿Sobre que tenéis que informarme? Por primera vez, en toda la noche, apareció en el rostro de Maurice un gesto de incertidumbre. -Se trata de la granja... Hace más de un año que la compré pero no a mi nombre sino al de Mamá Agnes... Ella de esto nada sabe, y dado que es analfabeta, yo firmé por ella en los documentos que gestioné a su nombre –documentos que se hallan dentro de ese arcón-, de esta forma la granja le pertenece, diligencia que llevé a cabo con esa idea, pues no quería que si a mí me sucedía algo la buena anciana se encontrase de nuevo en la calle, hace tiempo ya que pensaba traerla aquí, ¿me comprendéis? -Sí, os comprendo y me parece la vuestra una idea digna de alabanzas, lo que no entiendo tanto es porque no se lo habéis comunicado a ella y me lo decís a mí... -Mamá Agnes es una buena mujer, pero ignorante, si le confiase esto pensaría que yo iba a morir en breve y no sé cuál podría ser su reacción... No tiene en el mundo a nadie más que a mí y la sola idea de perderme puede inducirla a cometer un disparate. Entonces vos os quedaríais sola en estas tierras... Mientras estéis las dos juntas pasando por abuela y nieta... Apoyé levemente mi mano sobre la suya, interrumpiéndole. -Cuán bondadoso sois al pensar únicamente en las personas que os rodean, nunca en vos. Al escucharme, Maurice inclinó el rostro como si deseara rehuir mis ojos. -No me alabéis tanto, yo... -¿Qué? Haciendo un esfuerzo levantó la cabeza. -Os amo –exclamó tristemente-, así que no me creáis tan puro en mis acciones, con Mamá Agnes si, pero la zozobra por vuestra seguridad es amor quien me la dicta, porque os amo como nunca he amado a mujer alguna... Lo sois todo para mí y si odio ahora estas circunstancias que me obligan a desaparecer por algún tiempo, breve, creo yo pues Tallien no permitirá que guillotinen a Teresa y eso significa que la caída del tirano es inminente, es porque esos días o semanas estaré lejos de vos, sin saber de vos, angustiado por la duda cruel de que tal vez nunca vuelva a veros... No, Cordelia, a vos no os puedo engañar al respecto, si me persiguen los sabuesos de Robespierre, y son muy hábiles, tienen que encontrarme tarde o temprano a menos que antes nos anticipemos acabando con él... No obstante, sabed, que si me escondo y huyo, no voy a quedarme pasivo en un rincón esperando el desarrollo de los acontecimientos, voy a luchar en la sombra, igual que antaño, y mi labor secreta se unirá a la de quienes están ya labrando la ruina del monstruo... Calló; por espacio de unos segundos sólo escuchamos el chisporroteo minúsculo del pabilo de la vela, luego hablé yo. -Os deseo toda la suerte del mundo; es terrible cuanto sucede... Se cruzaron nuestras miradas. La expresión de la cara de Maurice revelaba la de un hombre valiente y decidido que no se arredra fácilmente, expresión de luchador nato, mas sus ojos, la luz que brillaba en ellos, era implorante, mirada de enamorado, y aquella mirada fue decisiva para mí. No podía negar, al hombre que me amaba de semejante forma, lo que él deseaba cuando posiblemente iba a morir en plazo breve; ya le había rechazado una vez, y, aunque no le amara, no iba a hacerlo nuevamente, de manera que le abracé con suavidad apoyando mi cabeza sobre su hombro de la misma manera que antes lo hiciera Mamá Agnes. Noté como sus brazos se cerraban en torno mío y le oí gemir de dicha. Yo no experimentaba nada, pero su manifiesta felicidad hizo que me sintiese en paz conmigo misma, después buscó mi rostro y me besó pero sin pasar de los labios, más tarde hundió su semblante el hueco de mi cuello y creo que llegó a besarme la garganta, descendiendo hasta el escote, ante mi pasividad, me recostó en el lecho empezando a liberarme del corpiño y la blusa campesinas. Me desnudó lentamente, dando muestras de infinita delicadeza y con la misma abstracción del que efectuase un ritual milenario pues al tiempo se iba despojando de sus ropas sin que el menor gesto de urgencia empañase la reposada armonía de aquellos movimientos, y yo, fascinada, dejé hacer, por completo inexperta de los usos en el juego amoroso, luego se inclinó sobre mi cuerpo y comenzó a recorrerlo con sus caricias despertando en mi piel extraños anhelos que no me causaban ni repugnancia ni vergüenza, sino un placer sosegado que poco a poco iba en aumento. El recuerdo odioso de Montauvernie se desvaneció de mi mente porque con él sólo había sufrido vejaciones y golpes hasta que perdí el conocimiento, y el hombre que ahora estaba conmigo me quería e intentaba, dueño de una exquisita sabiduría, despertarme al amor físico estimulando mis sentidos hasta que el hielo de la inhibición se fundiese. Cuando sus besos quemaban mi piel y las caricias que me prodigaba me habían inmerso en una placentera sensación de hallarme flotando entre las nubes, me besó en la boca y yo acepté el contacto sin soslayarlo porque un innominado deseo de intimidad compartida me invadía en aquellos momentos, hasta el punto de que mis brazos cobraron vida y le rodee con ellos enlazándole estrechamente; fuera de ese abrazo, no existían ni el mundo ni sus crueles asechanzas. Después, por mi parte, las barreras se fundieron, y sólo experimenté un goce indescriptible, quedando Montauvernie desterrado para siempre de la memoria de mi cuerpo.
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