| XVIII CAPÍTULO (2) | |||
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Pasó un mes entero antes de que volviese a verle. Fueron días de calma y paz en el campo, de vida bucólica que encendió nuevos colores en el rostro marchito de la anciana Agnes y que en mí despejó un poco la palidez de claustro que mi forzada reclusión en París había causado. Mas no era feliz aunque me hallase libre de angustias e incluso comenzara a cogerle gusto a la vida otra vez. Faltaba Maurice Dubois, el admirable ciudadano Bienveillant expuesto en la capital a mil y un tropiezos debidos a la situación política, faltaba Maurice y su ausencia sin noticias contribuía a aumentar mi desasosiego, por más que intentase sofocarlo sacando apuntes que luego podrían valerme para futuros cuadros. Mi inquietud era tan fuerte que en muchas ocasiones me detenía en lo que estuviera haciendo y miraba hacia la lejanía del camino que entreveraban los árboles, esperando descubrir a un jinete, o, en su defecto, escuchar el galope, aun más distante, de un caballo. Sonido que sólo en mi desvarío creía percibir. Me hallaba tan sumamente intranquila por su ausencia que incluso Mamá Agnes se dio cuenta de aquel estado anormal en mi, y me imagino debió suponer lo que no era verdad sino a medias, sin embargo, tuvo el buen sentido de no realizar ningún comentario al respecto. Quizás porque yo era una dama, y por más que me refugiase en su casa nuestras clases sociales eran irreparablemente diferentes y no existía una posibilidad de comunicación, quizás porque la sola idea de mi amor por “su” ciudadano Bienveillant, la pusiera celosa prefiriendo no comentar lo que únicamente podía tratarse de una sospecha carente de base. Pero yo continuaba convertida en estatua de hielo, incapacitada para ello, negada a ese chispazo incomprensible que hace que dos personas se amen el uno al otro a pesar de mutuos defectos y no por sus virtudes; yo no podía inclinar mis sentimientos hacia Maurice más que en el terreno de la amistad y en el de un fraternal cariño, y eso me mortificaba en gran manera puesto que reconocía en él todas aquellas prendas siempre deseadas en el hombre que hubiera debido ser mi esposo. A mediados de Prairial -mayo para los cristianos-, regresó Maurice a la casita del bosque, dicho así suena como un cuento de hadas, pero la realidad fue muy otra, desgraciadamente. Llegó con el crepúsculo a lomos de un caballo medio reventado de fatiga, y él mismo no se hallaba en mejor estado, lucía una barba descuidada e iba sucio y su traje se hallaba cubierto del polvo de los caminos. Al verle llegar de esta guisa, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me pareció haber vuelto al pasado bruscamente; era de noche, estábamos en la posada y Maurice se ocultaba en mi alcoba huyendo de sus perseguidores... Era de noche, estábamos en la granja y Maurice volvía a ser perseguido... El final del sueño había concluido; le buscaban los agentes de Robespierre. El tirano, endiosado, estaba deshaciéndose de todos cuantos podían significar un peligro para él y Maurice Bienveillant siempre había sido un rival en potencia para él, toda vez, en ésta, que se alentaba una oscura rebelión en las altas esferas, rebelión con demasiadas cabezas visibles y ningún aparente responsable. Maurice era íntimo del ciudadano Tallien, y sobre la española Teresa Cabarrús, su amante, se cernía una amenaza de muerte. Dubois nos pidió una tina de agua para asearse convenientemente pues era un hombre extremadamente limpio, y procedió a bañarse mientras Mamá Agnes le preparaba unas vituallas para comer y yo me encargaba del pobre caballo. Sin perder los nervios, como era en él costumbre, Maurice había solicitado, por este orden: agua, comida y atención a su montura, cortando nuestras exclamaciones asustadas con una sola frase: -Después, ciudadanas, después... Y después, en torno a la mesa de la cocina, único y gran comedor de la casa, mientras comía, nos fue relatando lo acaecido. Así nos enteramos de que se le perseguía con orden de arresto y posterior ejecución, y de que se le acusaba de complot y alta traición contra la divina persona del déspota. -Mal se puede traicionar a quien nunca se ha servido –indicó Maurice con expresión de cansancio-; yo siempre he luchado por la Revolución no por los intereses sanguinarios de Robespierre, en cuanto al complot, si es cierto, porque lo hemos organizado entre Barras, Tallien y otros... Ya estamos hartos de que el Terror esté devorando a Francia y algo había de hacerse... Pretendimos eliminar la injusticia pasada, pero hemos instaurado algo infinitamente peor que el feudalismo, y actualmente los verdaderos criminales son los padres de la patria, los que debieran velar por el pueblo... Bien, sí, y nosotros, en este momento histórico somos los Bruto, Casio y Querea, pero el tirano no es César, ni lo será nunca, aunque de igual manera merece morir por el bien de la república. -Y por esa causa a vos os quieren guillotinar, ¿no es así? A la luz de las velas nuestros rostros aparecían más lívidos de lo que estaban en realidad. Con el terror reflejado en ellos, sin embargo, las mujeres de la casa permanecíamos firmes y sin histerismos, sin haber preguntado todavía por nuestra suerte ya que no pensábamos en ella sino en la de Maurice. -Por esta causa o por otra cualquiera, de no haber existido esta... Mi cabeza peligraba desde el momento en que cayera la de Danton hace unas semanas, lo comprendí enseguida. Le miré rectamente a los ojos como si le preguntase sin palabras: “¿No soy yo el motivo?” Maurice denegó suavemente con la cabeza. -Nunca, Cordelia. Mi nombre por primera vez en sus labios. Mamá Agnes, demasiado preocupada por la situación, no atendió a este delicado juego de sutilezas: mudas preguntas y un nombre propio pronunciado con infinito amor; ella no se hubiera perdonado jamás el haber sido una posible causa de la caída del ciudadano Bienveillant... ni yo tampoco. Maurice nos dio instrucciones a ambas. Nadie en París conocía nuestro paradero, porque de borrar las huellas ya se había ocupado él, así que las dos podíamos permanecer allí tranquilamente ocultas, ya que ninguno le había seguido porque fue gracias a la advertencia de un amigo que él pudo escapar, antes de que su orden de captura se llegase a hacer pública, y, además, tenía la inmensa suerte de no haber estado en París cuando se dicto la sentencia, por tanto había huido, pero nadie conocía la dirección tomada, de todas formas pensaba partir aquel mismo amanecer con rumbo ignorado. Oyendo aquello, Mamá Agnes se echó a llorar y poco faltó para que yo hiciera lo mismo. -Nunca más volveremos a vernos... –sollozó la anciana, siendo abrazada entonces por Maurice. -Volveremos a vernos, Mamá Agnes –afirmó él con seguridad-. Yo no pienso morir y no creo que vos queráis hacerlo. Mamá Agnes apoyaba la cabeza sobre su hombro y yo estaba colocada frente a Maurice y a la espalda de ella; ambos nos miramos fijamente en un gesto mudo y extraño de despedida.
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