XVIII CAPÍTULO (1)

No tardó tres días en volver sino cinco y aquel retraso, en un hombre tan esclavo de su palabra, nos sumió a a Mamá Agnes y a mí, en una torturante espera, ya que empezamos a temer lo peor. Habíamos empaquetado lo más imprescindible de nuestras pertenencias; no deseábamos cargar con enojosos impedimentos puesto que se suponía que allá a dónde fuéramos encontraríamos lo más indispensable que se requiere en una casa. Yo por mi parte había concluido la realización del autorretrato, que guardé junto con los demás dibujos, pero cuando se cumplió el plazo de los tres días, todo temor encubierto y silenciado en un exorcismo de alejamiento, renació con ímpetu ocupando su lugar la desbordada angustia al desconocerse la suerte de Maurice. Mamá Agnes no sabía si rezar a la diosa Razón o al antiguo y derrocado Dios, y yo, por mi parte, rogaba silenciosamente a mis santos particulares, tío Michael y el desaparecido duque de Chardonne -¿vivía, había muerto?-,como en tantas ocasiones de peligro, para que ayudasen a Maurice allá en dónde se encontrara y en la situación que se hallase.

Y mis plegarias debieron ser escuchadas, porque al quinto día apareció Dubois, cansado pero feliz, y, lo que es más importante, sano y salvo. Le contamos nuestros temores y se rió tranquilamente asegurando que no había ningún peligro ni para él ni para nosotras, pero no descansó siquiera 24 horas allí, haciéndonos salir de la casa escasamente a las tres de haber regresado él, indicio que ya entonces debiera de haberme hecho entrar en sospechas.

El viaje fue muy largo y nos condujo, luego de cambiar varias veces de vehículo, por caminos poco transitados, a través de paisajes encantadores que empezaban a despertar al buen tiempo y yo, que siempre he amado la vida al aire libre, disfruté mucho con el cambio de después de haberme pasado meses encerrada entre las paredes de una casa sin atreverme a mirar abiertamente por las ventanas. A ambos lados del coche se extendían grandes bosques y prados inmensos, pastaban algunos rebaños y la tierra se hallaba cruzada por el agua de los ríos. Era un ambiente húmedo y vivo que me traía a mi memoria el eco de los recuerdos de mi añorada patria. Pese a los hombres, la naturaleza continuaba con su ritmo de existencia y brotaban las flores dulcemente ignorantes de que había un pueblo que se estaba suicidando llevado por una divisa de libertad, igualdad y fraternidad.

Era mediodía cuando arribamos a la granja, algo tan diminuto que más parecía una casita para jugar que no para vivir, algo así como un remedo en rústico del pequeño Trianon, el auténtico sueño de Rousseau convertido en realidad, porque allí no había pompa disfrazada. Una casita, un establo, un pozo, una alberca y un cercano camino vecinal, el pueblo se encontraba a media milla de distancia y disponíamos de una cómoda carreta, Maurice había pensado en todo. Mamá Agnes se puso muy contenta al contemplar semejantes maravillas, y yo, pasado el momento inicial de deslumbramiento, prevaleciendo en mí el sentido común de los ingleses, le pregunté a Maurice en cuanto nos hallamos a solas, si la situación política de los contornos estaba tan revuelta como en el resto de Francia, a lo que él repuso que por allí, al menos, lo ánimos habían perdido virulencia, aunque el peligro no quedaba descartado nunca del todo, pero agregó que no debíamos preocuparnos, que la casita se encontraba muy retirada y que nosotros íbamos a vivir solas, a las afueras del pueblo, aunque, concluyó tranquilizador y un tanto enigmático “habría quien velaría por nuestra seguridad sin ser visto”.

Quise saber de quién había sido la casita con anterioridad y me dijo que eso no tenía porqué quitarme el sueño, mas sonrió forzadamente entonces y comprendí que no iba a contarme la verdad al respecto, lo cual preferí que así fuera. Le conocía lo suficiente como para no ignorar que Maurice era incapaz de hacerle daño a nadie, deduciendo por ello que alguna turbia historia se escondía en el pasado de la granja, así que desistí en querer saber lo que posiblemente no me gustaría; mi divisa de los últimos tiempos consistía en ser ciega, sorda y muda si no podía hacer nada mejor y allí mi obligación se reducía a vivir y esperar. Maurice me informó que de ahí en adelante Mamá Agnes pasaría por mi abuela frente a cualquier extraño, y añadió con una sonrisa ligeramente burlona:

-Me imagino que los duques de Haworth, se removerán inquietos en sus tumbas, pero no hay otro remedio.

Yo nada repuse.

Permaneció un día entero con nosotras, que empleó mayormente en descansar durmiendo y cuando llegó la noche del siguiente a nuestra llegada, cogió un caballo de refresco y marchó.

Le acompañé hasta el pequeño bosquecillo que se hallaba detrás de la casa y en el que se iniciaba el sendero que conducía al camino más transitado. Maurice marchaba a pie a mi lado, llevando de la brida al caballo. Le pregunté entonces, porque por primera vez me asaltó la idea:

-¿No habrá bandidos por estos lugares, ¿verdad?

-Podéis estar segura que no, señora... No hubiera podido traeros a ninguna de las dos a un sitio en donde corrieseis semejante riesgo... Por otra parte, los bandoleros, habiendo existido, no han sido tantos como se pretendió, especie lanzada por los fieles del duque de Orleáns para soliviantar aún más los ánimos.

Fruncí el ceño incómoda, porque la mención de aquel traidor primo hermano del rey que lo único que consiguió fue hasta perder la cabeza víctima de sus propias intrigas, no resultaba agradable para mí.

-Perdonadme, ha sido un pensamiento estúpido.

-No tengo nada que reprocharos, es una reflexión comprensible.

Quedamos en silencio, la noche era clara porque había salido la luna, una luna llena luminosa y redonda, las hierbecillas y las hojas de los árboles semejaban de plata. Evocaba, con mucha imaginación, un paisaje nevado en el que el frío no se hiciera sentir. Algún pájaro nocturno voló blandamente entre las ramas.

-Espero que no tengáis miedo al quedaros solas las dos en medio del campo.

Esbocé una débil sonrisa.

-¿Por qué?... En los tiempos que corren, la sensación de miedo no la otorga la soledad sino un exceso de compañía, ¿no lo creéis así?... Además, según decís, tampoco vamos a estar solas del todo...

Ël no me contestó, parecía dubitativo. Le miré a hurtadillas, hubiera dado algo por saber que clase de reflexiones ocupaban su mente.

Anduvimos cuatro pasos más y Maurice se detuvo, soltó la brida del caballo volviéndose hacia mí, y entonces sucedió Bruscamente, inesperadamente, sus brazos me enlazaron e inclinando su rostro hacia el mío, me besó. Fue el suyo un beso tan tierno, tan respetuoso que pareció que ni me rozaba en los labios, pero, no obstante, nada en esa caricia suya tuvo la desapegada frialdad de los besos de Jean-Baptiste, porque los labios de Maurice eran cálidos y su presión firme. Un torbellino de recuerdos dispares me arrastró: mi marido y el ritual impuesto del ósculo nocturno, el asalto de Montauvernie introduciendo con brutalidad su húmeda lengua en mi boca hasta producirme nauseas, Montauvernie aplastándome bajo su cuerpo luego de haberme rasgado las ropas... Después nada, la oscuridad y al abrir los ojos el dolor, la sangre y la desesperación...

Permanecí inmóvil y fría entre los brazos de Maurice, como si no fuese yo una persona sino una estatua de mármol, fue en el breve lapso en el cual duraron los recuerdos, suficiente, lamentablemente, para confundirlo todo, el sentimiento de dulce gratitud que empezaba a invadirme al comprobar que me deseaba sin urgencias ni avasallamientos, la intensidad de su amor hecho de ternura y respeto, y mi falta de reacción, lógica en una mujer que había sido violada a los 16 años. Todo se juntó y el resultado final fue el que era dable esperar. Maurice soltándome con presteza, dijo tristemente:

-Perdonad, señora,... Siempre he sabido que era imposible.

Su aspecto abatido me llenó de dolor, un hombre tan bueno, dotado de tan excelentes prendas morales, y yo no podía corresponderle. A veces los dioses tienen extraños juegos.

-¡No se trata de vos –repuse con vehemencia-, sino de mí!... Pensad, de todas formas, que no he amado a nadie nunca, ni a mi marido, que me fue impuesto a muy temprana edad, ni a ningún otro, a nadie...

-A nadie... –repitió Maurice como un eco- Bien lo compruebo, señora... Nuevamente os pido perdón por mi atrevimiento... y os suplico que lo olvidéis...

Pero se me quedó contemplando, en lugar de subir a la montura que le aguardaba, lo que me dio motivo para decirle con preocupación:

-No quiero que os sintáis vejado... No os rechazo porque no os ame; si existe en el mundo un hombre que más merecimientos reúna para ello, ese sois vos sin ninguna duda... Ni tan siquiera os rechazo, es... No puedo explicároslo, no puedo... ¡Oh, Maurice –era la primera vez que le llamaba directamente por su nombre-, olvidaos de mí, no soy la que os ha sido destinada, sólo puedo causaros sufrimientos, no soy como las demás mujeres... Y no es cuestión de títulos nobiliarios, creedme!

Con los brazos colgando a lo largo del cuerpo, de la misma manera que había estado mientras él me abrazaba, apreté los puños en señal de impotencia. Maurice, que sorprendió el gesto, tuvo un amago de sonrisa.

-Señora, si os amo es porque no os semejáis a ninguna de las mujeres que he conocido en mi vida... Siendo aristócrata no sois vil, y siendo mujer carecéis de sus gazmoñerías... Por eso os amo.

Yo experimenté el deseo de suavizar con una chanza lo desairado de su situación.

-No habláis de mi hermosura sin par, como es de rigor cuando se alaban las cualidades de una dama... –intentaba sonreís diciendo estas palabras, pero él me contestó con una enorme gravedad:

-Para la persona que ama, el objeto de su amor es la criatura más bella de la tierra.

La firmeza con que fue pronunciada su sentencia tuvo la virtud de impresionarme más que todas sus anteriores palabras. Entonces, ¿yo a sus ojos era hermosa? Intempestivamente me acordé de aquel lindo cuento francés en el que se habla de como un príncipe muy feo pero inteligente, concede el don de la sabiduría a una princesa bellísima pero boba de nacimiento que a su vez tiene potestad para conceder la belleza a quién ame; sólo el amor posee semejante magia.

Debía de haberle contestado: “si soy bella a vuestros ojos, es debido a que vos me habéis convertido en tal”, pero no se lo dije, nada repuse y le dejé marchar tan fríamente como había recibido su beso, mas en esta ocasión mi alma lloraba amargas lágrimas, ¡hubiera deseado tanto poder corresponderle con la misma intensidad!

 

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