| XVII CAPÍTULO (2) | |||
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Recuerdo que me quedé boquiabierta de asombro ante el inesperado regalo. En todos aquellos meses de angustia, huidas y encarcelamientos, no había podido como era lógico, dedicar tiempo al arte aunque escenas dignas de ser inmortalizadas –figuras, rostros, expresiones, luces y sombras-, si hubiese llegado a contemplar y todas de una índole que no contribuían a serenarte el espíritu; la sensibilidad del artista si la impresionaban, pues allí había material para pintar cien cuadros, por no decir mil o más, incontables, lo que yo había deseado durante aquellos años de pintura académica, solo rota por mis libres incursiones a mundos de insólita investigación personal que concluían por desorientarme. La vida, la realidad sin afeites ni componendas, el alma de las personas tal y como son verdaderamente, sin hipocresía, eso era lo que encontré en la prisión, en donde las filosofías platónicas se estrellaban -primero un nombre, luego la definición, la descripción, después y más tarde la ciencia, para llegar al quinto elemento, la comprensión en abstracto-; aquí era todo al revés. Primero, y sin ningún punto de referencia, comprendías, poniendo el nombre al final del recorrido. La baronesa X o el conde Y, dejaban de tener importancia, títulos que eran un marbete y que si clasificaban lo hacían en una lista fatal... No deseo ser tachada de obsesiva si en apariencia me recreo en estas morbosas reflexiones, pues por mucho que dijese, y podría llenar volúmenes, nunca llegaría a ofrecer ni una pequeña muestra de lo que fueron aquellos horrores vividos, primero en la cárcel de La Force y luego en L’Abbaye, ni que al incidir en cualquier tema, por alejado que sea como el de la pintura, surja de nuevo en mí, la idea de la muerte como un espantajo por escotillón. Sentí el impulso de abrazar agradecida a Maurice, pero me contuve ya que él me estaba contemplando con una expresión tal de arrobo ante mi sorpresa y posterior alegría, que hubiera resultado peligroso demostrarle de esa manera, bien es verdad que un tanto ingenua, mi profundo reconocimiento por su obsequio. -¡Me habéis vuelto a dar la vida! –repliqué sencillamente, a lo que él repuso con una emocionada sonrisa: -Por motivos egoístas, debo reconocerlo... –y enlazando por el talle, jovialmente, a Mamá Agnes, le dijo con expresión satisfecha:- Pronto tendréis un retrato vuestro colocado en el sitio de honor del salón. La anciana no se mostró muy impresionada. -Esas cosas son tonterías –farfulló, pero al cabo de 15 días dejaba de pensar así cuando pudo admirar su retrato enmarcado y colocado, efectivamente, en el sitio mejor de la sala de trabajo del dueño de la casa -o sea, entre los Derechos del Hombre y la Diosa Razón-. Después dibujaría uno de Maurice, luego me enzarcé en toda una serie de apuntes rápidos de Mamá Agnes, quien no entendía que objetivo artístico podían tener aquellos dibujos tan lineales en los que, con cuatro trazos, ella aparecía constantemente en muchas hojas de papel, bien cocinando, dormida en su sillón, cosiendo, e incluso comiendo, los objetos también encerraban un gran interés para mí, así como los humildes enseres del menaje doméstico, y mucho más tarde principié un autorretrato. Mientras, allí afuera, rugía la tempestad habiéndose llevado también en su vorágine el 16 de octubre de 1793 a la desdichada María Antonieta tras haberla separado cruelmente del pequeño delfín; no obstante, y por suerte, empezaban ya a vislumbrarse indicios de que el tiempo avecinaba cambios trascendentales, claro que, entonces, nadie podía ni tan siquiera suponer con que celeridad sería derrocado el tirano ni su horrible y merecido final, mas las señales comenzaban a insinuarse. El ciudadano Tallien se había enamorado de Teresa Cabarrús convirtiendo a la dama en su amante, y lo que no pudieron lograr ni intrigas ni odios, ni la justicia, lo realizó el amor, pero todo esto todavía estaba por venir. La realidad es que aún morían inocentes y que los ciudadanos honrados se escondían como las liebres del cazador. Yo era una de esas pequeñas liebres asustadas. Llegó por fin la primavera y una tarde, muy temprano, se presentó Maurice inesperadamente, venía a recoger ciertos documentos que le eran necesarios y a decirnos que partía por tres días, que marchaba a provincias. La noticia nos cayó a Mamá Agnes y a mí como un rayo del cielo sereno; la idea de tenerle lejos, aunque sólo fuera por tan poco espacio de tiempo, nos llenaba el corazón de zozobra y los ojos de lágrimas. A Maurice pareció divertirle mucho nuestra actitud. Se le veía contento y seguro de sí mismo, nada temeroso de que cualquier cosa adversa pudiera sucederle, pero ni aun su tranquilo continente hubo de acallar esos sordos temores; no estaban los tiempos como para vivir confiados. Sin perder la sonrisa, dejó a Mamá Agnes en la cocina lamentándose y me hizo que le llevase a la pieza en donde, y gracias a su generosidad, había establecido un pequeño estudio. Me dijo que deseaba ver los progresos que estaba yo haciendo en mi retrato y cuando se los mostré, se volvió a mí complacido. -También lo colocaremos en sitio de honor. -¿Y el vuestro?, ¿acaso no lo juzgáis digno de ocupar un puesto semejante? El que yo le hice lo tenía colocado sobre una silla en su dormitorio, cosa que me había sorprendido mucho desde un principio. Comprobé que el gesto de satisfacción se esfumaba de su rostro. -El retrato que me hicisteis es una obra de arte, señora la única joya que he tenido nunca... No os sintáis ofendida si la conservo en mi cuarto; me gusta contemplarla... –titubeó ligeramente- Y creedme que no es por vanidad, admiro vuestro arte, no mi efigie. Podía haber añadido: “es algo vuestro y por eso lo retengo a mi lado”, pero en su devoción callada no podía decir nada semejante; su mirada era harto elocuente y yo bajé la vista confundida. -Quería confiaros que este viaje mío tiene por objeto, entre otros oficiales, el de buscaros un acomodo, lejos de la ciudad, a vos y a Mamá Agnes... Se avecinan tiempos aún más revueltos en París y deseo que estéis las dos a buen seguro lejos de la capital. -¿Corréis vos peligro? –quise saber angustiada. Su expresión no traslució nada inquietante. -En absoluto, no temáis... Mi posición es ahora más fuerte que nunca y es posible que con el tiempo mejore. Y como yo hiciera un gesto de viva sorpresa, se llevó un dedo a los labios en ademán de imponer silencio. -No preguntéis, dejadlo todo en manos del destino... y también un poco en las mías... –sonrió con ligera malicia- En estos tres días recoged vos todas vuestras pertenencias y empaquetadlas cuidadosamente, cuando venga a buscaros ni quiero que perdamos el tiempo. Se dirigía ya a la puerta, con el paso enérgico que le era habitual, cuando le detuve con una pregunta. -Después... ¿me enviaréis a Inglaterra? Volvió apenas la cabeza, pero pude atisbar que su gesto se había tornado hosco. -¿Tanto lo anheláis? –preguntó secamente. -No, no... –balbuceé con torpeza- Sólo pretendía saber si teníais pensado veros libre de mí. Ni fui sincera ni me expresé correctamente y aquello fue motivo de un pequeño mal entendido. -¿Deseáis iros?... Bien, es natural... Este país no es el vuestro y yo no pertenezco al círculo que por clase os corresponde... Comprendo que queráis regresar a Inglaterra; aquí nada os retiene. Estaba muy molesto y me arrepentí de haber proferido semejantes palabras. Corrí hacia él. -¡Perdonadme, no he querido decir nada de lo que he dicho, al menos, no con esa intención!... ¡Desde que estoy en vuestra casa ya no pienso constantemente en Inglaterra –y era cierto-, vos sois el único amigo que tengo y si vos me faltarais, mi vida no tendría razón de ser! Tal vez pusiera demasiado apasionamiento en mis palabras, lo cierto del caso es que le vi cambiar de expresión y sus ojos brillaron con una humedad sospechosa. Bruscamente me cogió la mano y se la llevó a los labios, no el dorso sino la palma, precisamente allí en donde se apreciaba la piel maltratada por los trabajos caseros. Era la primera vez que lo hacía y por ende la primera también que me besaba. Su beso resultó cálido y duro, un beso de soldado más que de cortesano o el insinuante de un seductor, pero aquel beso fue como una piedrecilla que llamase tímidamente a mi puerta. Después dio media vuelta y desapareció, y yo me quedé allí en medio de la estancia con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, reflexionando sin pensar de una manera clara, porque había comprendido finalmente, que entre Maurice y yo tendría que suceder algo, aunque todavía la especie del acontecimiento no acababa de desvelarse en mi confundida mente.
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