| XVII CAPÍTULO (1) | |||
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Le miré de hito en hito y luego sonreí. Parecía como muy ansioso por saber la causa que me había empujado a ayudarle. -No, no fue por piedad... Tal vez no me comprendáis del todo si os lo digo. -¿Tan obtuso me consideráis? -En modo alguno, mas, como vos bien habéis comentado, ideológicamente somos enemigos... Vos habéis contribuido, con vuestros ideales, a decapitar a mi soberano. -Nunca fui partidario de asesinar al ciudadano Capeto ni a su familia, señora... Yo siempre he luchado contra la tiranía de un régimen feudal, por los derechos del hombre, por la libertad, no por el crimen organizado. -Y, sin embargo, crimen organizado es el que ahora vivimos y la idea de vuestra libertad no es más que una demagogia en boca de fariseos... ¿Es acaso mejor vuestro todopoderoso Robespierre que el infeliz de Luis XVI?... Ciertamente que éste último pecó por debilidad, porque era un monarca débil, pero el ciudadano Robespierre, ¿acaso no peca de todo lo contrario? -Señora, deploro los crímenes que se cometen diariamente, la barbarie que se ha establecido como razón, pero os diré, en mi descargo, y no es que me excuse ante vos, que yo lucho por un mundo que aún ha de venir, por un mundo mejor y más justo en el cual todos sus ciudadanos sean hombres libres y dichosos, lucho por un ideal, mas las reformas, o los partos, no se consiguen sin sangre, y esto hemos de admitirlo mal que nos pese. -Señor, combatís por el lindo país de la utopía, “por el mejor de los mundos” en el cual todo está bien.. ¿Ignoráis que un exceso de idealismo o mata o pervierte?... No creo que nuestros nuevos gobernantes sean mejores que los anteriores... Un soberano siempre es una garantía de seguridad para el estado, porque los pueblos quieren tradiciones... Él sacó a colación un ejemplo que se repetía a menudo al establecer comparaciones históricas. -Señora, acordaos de Carlos I de Inglaterra, si nosotros tenemos a Robespierre, vosotros tuvisteis a Cromwell. -Lo admito, pero ¿cuánto tiempo duró la anarquía?...Os recuerdo que la tradición monárquica no se ha desvanecido de Gran Bretaña, y ningún ciudadano inglés piensa en ejecutar a su rey. Nos quedamos mirando muy serios. Pertenecíamos a dos campos completamente diferentes, y como acababa yo de exponer, ideológicamente éramos enemigos. Él cambió de expresión, sonriendo. -Perdonadme, señora, no debíamos haber hablado de política, siempre es un tema que se presta a la disputa, y yo no deseo discutir con vos. Entrelacé las manos sobre la falda. -Tenéis razón. Nuestras ideas pueden ser muy dispares, pero yo he contraído con vos una deuda que en mi memoria será eterna... Y esto no hay ideología que pueda romper... –alargué la diestra y la puse suavemente sobre su brazo- Quisiera que me consideraseis vuestra amiga. Su rostro se iluminó repentinamente, y pareció quedar tan conmovido que las palabras se negaron a brotar de sus labios. -Os quería decir antes cual fue el motivo por e l que os salvé de vuestros perseguidores pero nos hemos perdido por otros derroteros. -¿Cuál fue? Su impaciencia era tan elocuente que debí de haber sospechado la índole de la causa que la motivaba, pero bien es cierto que, en ocasiones, permanecemos ciegos frente a las cuestiones más evidentes. -Una vez, hace varios años –expuse lentamente porque mi sinceridad me llevaba en el tiempo a la remembranza de una noche fatídica-, yo... yo tuve que enfrentarme sola e indefensa a una situación de la que no pude escapar... En esos momentos, cualquier ayuda me hubiera sido muy valiosa, pero esa ayuda no vino... Cuando os descubrí, sabiendo de antemano quién erais, pues se nos advirtió de vuestra fuga, me recordasteis a mi misma... cuando no pude librarme de... No quise que eso pasara con vos –concluí bruscamente. Maurice me envolvió en una mirada que pretendía leer en lo más profundo de mi alma y nos quedamos callados los dos. No supe en ese momento si él había llegado a adivinar, a suponer, a imaginar, la naturaleza de mi quebranto, pero fue lo suficientemente discreto como para no hacer preguntas, únicamente repuso con infinita dulzura: -Sois una mujer callada, reflexiva, semejáis deambular por el mundo como flotando en un sueño, como si, en realidad, nada os importara, y, sin embargo, estáis viva y despierta... Aquella noche, en la semioscuridad, fuisteis para mí una reina, y aunque yo sea un republicano convencido, os consideré como a tal en esos momentos... E incluso diría más si no temiese resultar hiperbólico; me recordasteis una diosa griega, Artemisa, audaz y valerosa, tierna... –su voz se quebró- No neguéis vuestra condición femenina señora, porque las mujeres poseéis un don de maternidad, revelado o no, que convierte vuestras buenas obras en acciones maternales, llenas de ternura y amor... Sus palabras tuvieron la virtud de desasosegarme y volví a sentirme inquieta, pero esta vez, caída la venda de mis ojos, ya no me cupo duda alguna respecto a los sentimientos que inspiraba en el corazón de Maurice, el cómo y el por qué había llegado a despertarlos era algo que no alcanzaba a entender, empero, lo que si creía saber es que yo no le amaba, aunque a fuer de sincera debo confesar que debido a la acción canallesca que se perpetró conmigo ejecutada por el falso marqués de Montauvernie con la bendición de Jean-Baptiste, nada que tuviera que ver con el amor, en cualquiera de sus manifestaciones, podía atraerme, y no es que Maurice me causase repugnancia física -a falta de un rostro hermoso su expresión era noble, creo haberlo dicho ya, y tenía una gallarda figura-, pues me inspiraba afecto por sus buenas cualidades, profesándole el mismo cariño que había experimentado por el duque de Chardonne o por tío Michael, un sentimiento dulce y agradecido, en su caso teñido de amor fraternal, pero nada más, o eso pensaba yo. Previne entonces que se avecinaban momentos de tensión entre ambos, porque, a menos que nunca lo exteriorizase, este sentimiento ardiente en Maurice, como todos los suyos, tendría que ser causa de que nuestra amistad se diera al traste. Y experimenté en el fondo de mí ser, una pena inmensa por aquella incapacidad mía para amarle a él, el mejor de los hombres que había conocido, entendiéndose por tal a un hombre en la edad que aún puede inspirar afecto amoroso a una mujer. Transcurrieron los días. En la pequeña isla que para mí representaba el hogar de Maurice, sabiendo la verdadera causa de mi retraso en dejar el país, cesó de atenazarme la inquietud en un incierto destino, e incluso los temibles ecos del mundo exterior llegaron a perder su sonoridad. Bien es cierto que Robespierre constituía algo real nada desdeñable de ser echada en el olvido, pero no era muy seguro que Robespierre supiera de mi existencia, por otra parte Dubois era fuerte, y lo estaba demostrando al continuar vivo todavía, vivo y respetado, ya que de él afirmaba el tirano, en raro elogio hacia un rival tan importante: “de haber tenido un hermano gemelo, este sería a no dudarlo, el ciudadano Bienveillant”. Sin embargo, Robespierre omitía sólo un pequeño e insignificante detalle en el parecido, y es que Maurice no era un carnicero, porque nadie podía señalarle acusándole de haber firmado sentencia de muerte alguna. Mas ya lo advierte el dicho: "Temed a los griegos cuando os halagan” y los halagos de Robespierre no eran, precisamente, de los que puedan llenar de satisfacción a una persona en su sano juicio, pues Danton caería por orden suya y Marat lo hubiera hecho también de no ajusticiarlo antes Carlota Corday. Pasadas unas semanas luego de nuestra reveladora conversación, Maurice compareció un día portador de cierto misterioso paquete, que, al ser desenvuelto mostró en su interior papel, lápices y carboncillos.
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