| XVI CAPÍTULO (2) | |||
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Al comienzo de la estancia en su hogar yo no cesaba de preguntarle por mi regreso a Inglaterra, a lo que Maurice me respondía invariablemente que debíamos esperar. Por él supe que Jean-Baptiste se hallaba lejos, sin embargo, no me precisó en dónde ni yo tampoco se lo pregunté. En realidad nada me importaba lo que hubiera sido de mi marido, si estaba muerto, si estaba vivo o lo que pudiera ser de él en un futuro, nada, con tal de que no se cruzase de nuevo en mi camino, y si evitaba pensar en él ello equivalía a sentirme liberada. A las reiteradas dilaciones que oponía Maurice a mi justo anhelo de saber como iban los preparativos de mi huída, me empezó a entrar la sospecha de que algo iba mal en el proyecto y así se lo comuniqué francamente a los quince días de hallarme refugiada en su casa. Maurice me contempló impasible, sabía ser impenetrable cuando lo deseaba, y luego repuso amablemente que no sufriera, que no pasaba nada por lo que tuviese que estar inquieta, pero que si mi marido hubiera sido otro habría podido ir con él a través de todo el continente de haber sido necesario, mas comprendiendo que el vizconde no era la compañía que yo precisaba, en primer lugar lo había separado de mí y en segundo esperábase el momento apropiado para depositarme sana y salva en Calais. Aquello hubiera debido bastarme, pero en realidad no fue así; acepté su explicación porque no podía hacer otra cosa, y el temor se desvaneció dando paso a una extraña sensación de incertidumbre respecto a su respuesta; no podía tener miedo si Maurice era mi protector, pero algo había en sus palabras que no encajaba y yo no me daba cuenta de lo que esto podía significar. Tal vez fuera entonces, no lo sé con certeza, cuando de una manera inconsciente empezase a apercibirme de que representaba para Maurice algo más que un deber o una deuda de honor, empero, al no ser hermosa, cualquier otra presunción fue desechada prestamente. Un mes después, no obstante, la incertidumbre dejó de serlo cierta noche que excepcionalmente regresó antes de lo previsto para la cena. Cena que la mayoría de las veces no tomaba en su hogar. Mamá Agnes, al verle, se puso muy contenta, y yo, ¿por qué negarlo?, también. Cenamos juntos los tres en la caldeada cocina, estábamos en verano y no circulaba el menor soplo de aire, en un plan plebeyo que no acababa de ser de mi agrado pero al que no tenía más remedio que someterme. La buena mujer parloteaba sin cesar y Maurice sonreía a intervalos escuchándola. Yo no decía gran cosa pero me sentía feliz en compañía de aquellas dos personas. Cuando concluimos de cenar, Maurice me llevó aparte, a lo que podría denominarse impropiamente el salón de la casa, una estancia repleta de libros, con una gran mesa de trabajo centrada. En la pieza, que hallábase en el piso superior, había dos taburetes y dos sillones de austera factura, una ventana iluminaba de día la estancia con bastante claridad, y colgadas de las paredes se podían contemplar una reproducción de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y un cuadrito horriblemente pintado que representaba a la Diosa de la Razón. Conocía la sala, más que nada porque la fregaba y quitaba el polvo, pero no porque Maurice la hubiera convertido en un lugar de tertulias; todas nuestras charlas, hasta el momento, se habían reducido a diálogos de pie en la escalera o en un pasillo, o a breves conversaciones cruzadas mientras cenábamos -cuando se daba esa circunstancia-, y nada trascendental puesto que con Mamá Agnes de por medio cualquier amago de presunta intimidad resultaba fallido. Por eso me sorprendió ligeramente el que me llevase a su sala de trabajo en donde solía encerrarse muchas horas sin ninguna compañía –en el tiempo que permanecí allí escondida, jamás se recibieron visitas-, y en el fondo de mi corazón tuve un sobresalto, pensé que iba a decirme algo demasiado inesperado y por ello desagradable, ya que el marco resultaba adecuado para comunicar malas noticias. Me invitó a tomar asiento y luego él se aproximó a la ventana abierta y se puso a contemplar el cielo de color amatista a aquellas horas del crepúsculo. Revoloteaban algunas golondrinas emitiendo penetrantes chillidos, Dios sabe si de júbilo o de fastidio. Yo mantenía mi ánimo en suspenso, ¿qué me iba a decir Maurice? Bruscamente él se volvió hacia mí pero lo que dijo no fue lo que yo esperaba. -¿Hace mucho tiempo que no pintáis, madame? Le contemplé estupefacta. -¿Lo sabíais? -¿Cómo ignorarlo? –repuso él con una sonrisa- En un principio, después de que vos me salvasteis la vida, empecé a indagar acerca de la personalidad de mi bienhechora y quedé muy desconcertado porque nunca pude imaginar que la aristócrata a quién debía el hecho de mi libertad, fuese, además, artista de renombre... Y así fui enterándome de muchas cosas sobre vos, cosas que me llenaron de gran sorpresa, puesto que vuestra fama resultaba inmejorable. No sólo erais una mujer inteligente y una dama virtuosa también erais una gran artista... Entonces me dije que era una lástima que tantas buenas cualidades se malograsen en el ambiente que os había tocado vivir, mujer de corte por vuestros títulos y pintora condenada al falso brillo de un oropel concedido por aduladores... Pensé que nunca ibais a conseguir nada si continuabais por ese camino... Le interrumpí: -¿Y creéis que ahora he mejorado mi situación? Él se me acercó, tomando asiento en el taburete más próximo, yo, sentada en un sillón, parecía una reina concediendo audiencia. Maurice estaba serio y me hablaba con gran deferencia .-Ahora sois libre, una mujer libre. Como recalcase la última palabra de una manera singular, me puse a la defensiva ligeramente inquieta. -¿Libre?... ¿Puedo serlo cuando tengo que vivir escondida, cuando mi suerte resulta tan incierta?... ¿Dónde se halla mi libertad?... Libre es el individuo que no se siente atado a nada ni a nadie, ni siquiera a su propio destino, que desprecia su vida y juega en la existencia al imprevisto sin aterrarle nada. -¿Qué os asusta? Contemplé reflexivamente la orla de mi vestido. Si voz había sonado excesivamente apasionada para hacer una pregunta tan sencilla. Respiré profundamente. -Os diré lo que me asusta... Hay momentos de mi vida en los que me complacería ser un hombre, porque los hombres son libres... Una mujer no puede viajar sola pues está mal visto, pinto y no se aprecia mi esfuerzo que semeja más que otra cosa, una distracción, u otro adorno que añadir a mi condición femenina... Siempre he detestado ser considerada como si fuera una muñeca... Él exclamó: -¿Creéis que los hombres somos libres por el simple hecho de ser varones?, ¿no sabéis de las pasiones que nos dominan convirtiéndonos en sus esclavos?... Las mujeres sólo buscáis el amor, los hombres somos más ambiciosos, ansiamos la gloria, el mando, dirigir gobiernos o empresas importantes, negocios, expediciones, conquistar nuevos mundos, brillar... Todo eso son cadenas que nos atan a ras de suelo... No, no habléis acerca de que los hombres somos libres porque no es cierto... Bien es verdad que podemos defendernos físicamente y también viajar sin necesidad de acompañantes –aquí tuvo una débil sonrisa-, pero, ¿qué es la fuerza o esa facultad de deambular libremente comparadas con la auténtica libertad? Fruncí el ceño. -¿Creéis que todas las mujeres vivimos pendientes del amor?... ¡Se nos ha educado para eso, ciertamente, porque en nuestro mundo no existe libertad para nosotras; hemos de ser esposas y madres... o amantes, pero siempre se nos clasifica dentro de una función física, también en razón directa de lo que le podemos dar a un hombre y no intelectualmente, porque para eso se nos niega!... Y, sin embargo, hemos demostrado que podemos pensar... Luis XVI, siendo hombre, no se mostró demasiado inteligente y en cambio la reina sí, aunque tal vez se equivocase, pero, ¿acaso no se equivocan los hombres?... ¿Fue Necker un portento en todo?... ¿Y Manon Roland, no ha sido en todo momento, una mujer inteligente?... ¡Y ahora no mencionéis cabezas caídas, porque han caído las de muchos hombres que eran tenidos por sagaces... Mas, olvidándonos de la guillotina, recordad a la Pompadour, a Diana de Poitiers, a Elisabeth I de Inglaterra, uno de los mejores monarcas que haya tenido mi país nunca... Podemos ser tan inteligentes como los hombres, e incluso aventajarles, porque, señor, hay hombres tontos, muy tontos, y el hecho de ser varones no les exime de su condición de necios! Hablé con ardor y entusiasmo mientras mi oyente me escuchaba con admiración manifiesta y únicamente al interrumpirme en una pausa alcancé a comprender lo que entrañaba aquella fascinación por mi encendida oratoria. -¡Lástima que el destino os colocase en el frente opuesto, hubierais sido una gran revolucionaria! –me contempló con una insólita ternura- ¡Sois maravillosa, maravillosa... Lo supe en el mismo instante en que me hablasteis por primera vez allí, en la posada!... ¡Existe en vos una cualidad que os diferencia de cualquier mujer... Sois arrojada con la audacia de un hombre... Perdonad... Quise decir que erais consciente y responsable y así podéis enfrentaros a la vida!...-de súbito abandonó su vehemencia continuando más sosegado- Quisiera preguntaros algo por lo que siempre he experimentado curiosidad. -¿Qué es ello? -¿Por qué lo hicisteis, qué es lo que os impulsó a ayudarme realmente?... Yo era vuestro enemigo natural y podía haberos atacado, herido, tal vez asesinado... -Y yo pude haberos entregado, os lo dije, estabais en mis manos... Vuestra energía os había ayudado un momento, el preciso para huir, después estabais a mi merced por muy desesperado que os hallarais... ¿Qué mal podíais hacerme? -Entonces, ¿fue por piedad?
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