II CAPÍTULO

Una hora antes de que el barco zarpase, la dama hizo su aparición en los muelles. Casualmente Sean se encontraba en cubierta en ese instante y pudo verla bajar de un coche de alquiler haciendo que el conductor cargase con un pequeño baúl en el que debía llevar su equipaje. El capitán se fijó en todos los detalles de la escena con verdadero interés ya que aquella mujer iba a convertirse muy pronto en su pasajera y, por decirlo de alguna forma, también en su patrón puesto que pagaba un viaje absurdo a precio de oro, y, como es natural, tenía derecho a exigir. Ignoraba todavía su nombre pero no se llamaba a engaño al suponer que nunca iba a saberlo, como tampoco sabría el auténtico de Smith, y no es que eso le importase verdaderamente porque los nombres, sean falsos o no, nada revelan de una persona y si el trato y la convivencia. ¡Una mujer a bordo!... Bueno, no era la primera vez que llevaba a una mujer, o a varias, pero en contadas ocasiones solas, y cuando se terció, éstas no eran damas precisamente, aunque todas regresasen a Francia. Conocía bien a las francesas y aquella que iba a ser su pasajera, pese al indudable acento, no lo era, se trataba de una inglesa de pura cepa aunque carente del clásico envaramiento que caracterizaba a las de alta extracción social. Le intrigaba la mujer porque en ella advertía muchos misterios que no dejaban de atraerle, ¿quién, dónde, cómo?, por eso, observarla en la distancia, no era tanto curiosidad gratuita, como estimable precaución.

Ella pagó al cochero y entonces acercóse a dos robustos galopines que haraganeaban por allí a la espera de algún trabajillo eventual, la vio que hablaba con ellos con la tranquilidad del que sabe que va a ser obedecido sin rechistar, y luego les precedió para indicarles a dónde tenían que llevar su baúl.

Sean sonrió involuntariamente, todo un carácter, se dijo, va por el mundo sin un hombre que la proteja o con una criada que salvaguarde su reputación, cambalachea, ordena, no parece tener ningún miedo a nada ni a nadie, y todo sin perder su exquisita feminidad, indudablemente aquel iba a ser un viaje divertido.

(Por unos instantes le asaltó el consabido pensamiento malicioso, ¿cómo sería la dama en el lecho, sabia, ignorante, o fría e indiferente? Lo cierto es que no abrigaba ninguna intención de investigarlo.)

Ella ya subía decidida por la pasarela y el capitán se apresuró en ir a su encuentro.

-Sed bienvenida a bordo, señora.

-Sois muy amable, señor O’Hara.

Vestía como en su anterior encuentro el mismo abrigo y cubría su cabeza con idéntico sombrero, todo en un color gris pizarra nada llamativo, pero el paño era de excelente calidad, las cintas de seda, y la tela del vestido, gris perla, de un tejido suntuoso. ¿A quién pretendía engañar aparentando modestia?

Se despidió a los porteadores y dos marineros les reemplazaron para llevar el baúl al camarote del capitán, cedido por éste a su pasajera.

-Lamento todo el trastorno que las circunstancias me obligan a imponeros –dijo ella educadamente, aunque no parecíese lamentarlo en absoluto.

-Me pagáis con la suficiente largueza como para que cualquier molestia deje de tener importancia... Espero que estéis cómoda aquí ya que el viaje no será corto. ¿Habéis viajado alguna vez por mar?

Estaban en el centro del camarote, ella miró hacia una de las ventanas abiertas por donde se veía el cielo sobre una ciudad de techos apretados.

-Si, en una travesía de ida y vuelta con un intermedio de muchos años.

-¿Muy lejos?

-No, capitán, cerca, a Francia, he vivido allí casi toda mi vida, desde la edad de 12.

O’Hara se sintió incómodo porque si bien experimentaba una viva curiosidad referente a la desconocida, tampoco quería hurgar en lo más profundo de su existencia, ya que eso no le concernía. Pero ella prosiguió impasible, tal vez para hablar de algo que quería dejar claro desde un principio y no repetir nunca más.

-A los 12 años mi tío y tutor me envío a París, en donde conocí al que luego sería mi marido, un caballero que me doblaba la edad y a quien me unían lazos de parentesco pues era primo mío. Por mi matrimonio soy vizcondesa, y en cuanto a mi nombre, de ahora en adelante os autorizo a que me llaméis señora de Lille.

-Que, evidentemente, no es vuestro título –observó él con ironía a lo que ella asintió con una leve sonrisa.

-En efecto, compruebo que sois inteligente capitán lo que me hace suponer que mi estancia en este barco será muy placentera... Y ahora, si me dispensáis, quisiera descansar unos instantes.

Tan cortésmente invitado a salir, el capitán O’Hara no tuvo otro remedio que obedecer, y cuando la puerta se cerró a sus espaldas con suavidad, le pareció despertar de un sueño lo que hizo que se detuviera en seco unos instantes enfadado consigo mismo por su docilidad para con ella; la señora de Lille se estaba comportando con él como si fuese su criado, educada pero fría y sin dejar de ir marcando las distancias; pensó con disgusto que si dieran la vuelta al mundo durante un año, ella no variaría ni un ápice su forma de tratarle. ¡Condenada mujer, nada hermosa ni en la primera juventud ya, altiva y acostumbrada a mandar y a ser obedecida, vaya una pasajera que le había ido a tocar en suerte! ¿Quién sería mister Smith y cuál el papel que jugaba en su existencia? ¿Qué misterio se ocultaba detrás de aquella historia? ¿Qué representaba para ella el tal Smith, y por qué esa dama saltaba por encima de conveniencias sociales embarcándose en la aventura de una travesía de incierto destino, cuyo único objetivo era perseguir y encontrar al que ella, sin duda alguna, consideraba fugitivo y él estaba empezando a no saber que clasificación otorgarle, porque, efectivamente su conducta, desde un comienzo, se la había antojado extraña, pero como estaba acostumbrado a transportar pasajeros de excepción que invariablemente pagaban con esplendidez, por muy raros que fueran –circunstancia en la que él no solía entrar ya que no era de su competencia-, no resultaba asunto suyo el ponerse a hacer ni averiguaciones ni remilgos.

Movió la cabeza enfadado, como si se dijese a sí mismo “no, basta ya”, quien fuera aquella mujer no tenía porque importarle, la señora de Lille era sólo una pasajera y nada más, sus misterios le pertenecían y si prefería aislarse convertida en fría sonrisa, allá ella. Habíase dignado a confiarle una brizna de su pasado con la manifiesta intención de crear una barrera entre los dos. Casada, con toda posibilidad viuda, y aristócrata además -aunque él no creía que únicamente por matrimonio, ya que su distinción natural no era adquirida sino que a todas luces denotaba que le venía desde la cuna-, ella le había dicho en pocas palabras que sus mundos eran por completo opuestos, lo que revelaba algo muy interesante, o sea, que no formaba parte de ese grupo de mujeres que contemplan a los hombres como presas de seducción, más claramente aún, que no iba en busca de aventuras galantes, sino que otros, ¿cuáles?, eran sus empeños y sus afanes.

¡Menuda travesía le aguardaba!, comer y cenar con la dama en su camarote por espacio de varios días –no la iba a dejar abandonada como un objeto inservible durante ese tiempo-, y procurar que se hallase cómoda en aquel viaje, aunque la única respuesta a encontrarse, fuera la helada mirada de aquel par de ojos azules y, en algún momento, una leve sonrisa de condescendencia. Con todo esto llegó a la conclusión de que se trataba de una mujer antipática y que lo mejor sería tomárselo filosóficamente ya que la paga era buena y lo que de verdad importaba en todo aquel maldito asunto.

Lanzó una mirada ceñuda a la frágil barrera de la puerta de su camarote, inasequible ahora, y, con un gruñido colérico, se dispuso a dar las órdenes para que el Buenaventura zarpase de nuevo como era su obligación.

 

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