| XVI CAPÍTULO (1) | |||
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Cuando nos quedamos solos Maurice me dijo: -No puedo enviaros juntos al mismo lugar... Vendréis a mi casa... –y como yo tuviera un gesto de sorpresa, añadió con triste sonrisa- No temáis nada, no pertenezco a la nobleza. Indudablemente debía haber escuchado todo cuanto hablamos a gritos, pero tal vez no entendió bien el significado de algunas de nuestras palabras y supuso que mi marido me había entregado a otro hombre para conseguir prebendas en la corte, lo que era algo bastante normal en nuestra aristocrática sociedad. -¿Por tan despreciables nos tenéis? -Al contrario, ciudadana –repuso él-, os creo demasiado humanos, tanto como al buen pueblo de Francia. Aunque la comparación me molestó, no pude por menos que preguntarle: -Y vos, ¿a qué clase pertenecéis? -A la de Voltaire y Rousseau... Hombres que las gentes del pueblo siempre aceptan. -¿Aun a riesgo de sus vidas? Maurice tornó a sonreír. -Sois aguda, ciudadana, mas no estamos en Versalles manteniendo una justa de frases ingeniosas, el tiempo apremia... Esperad aquí unos momentos. Los momentos se hicieron eternos, pero nadie me molestó en el entretanto. Permanecí sola e incomprensiblemente tranquila pese a creerme todavía dentro de los muros de la prisión. Al principio estaba sentada en una silla, y, después, como me encontrase muy débil por las tensiones sufridas, me recliné sobre el diván apoyando con decisión mi venturosa cabeza en los duros salientes de la marquetería. Aquello también era la vida. Sucia, andrajosa, mal alimentada y, sobre todo, angustiada de continuo, esos benditos instantes de paz, los primeros en muchos meses, eran algo más que un fuerte cordial para mí. Me sentía tan libre de preocupaciones, tan segura, paradójicamente, dentro de los muros de la cárcel, tan protegida ahora que todo había pasado, pues había salvado el cuello, y esa sólida certidumbre eclipsaba cualquier otra reflexión, que me quedé dormida con los brazos plegados encima de la falda. Nuevamente Maurice me trajo a la realidad sacándome del sueño en el que me hallaba sumida. -Se hace tarde, venid conmigo. Al abandonar la estancia me llevé una gran sorpresa, aquello no era L’Abbaye, sino una casa amueblada pero vacía, advirtiendo mi gesto de extrañeza, Maurice me explicó brevemente: -En París existen muchas casas como esta, que usamos los revolucionarios unas veces con fines patrióticos y otras, con fines personales, pero, en esta última instancia, no todos las utilizan como yo. Imaginé a lo qué se refería y me ruboricé intensamente volviendo a sorprenderme la honestidad de sus principios y su buen corazón. Salí embozada en una capa con capucha que no permitía ver mi rostro y Maurice me hizo subir a un coche negro y cerrado, de severa factura, tomando asiento a mi lado. El trayecto fue un poco largo y en su transcurso apenas si cruzamos cuatro frases justas pero necesarias. Volvió a repetir que me llevaba a su casa y agregó que en ella estaría el tiempo necesario para que mi huída fuese preparada con minuciosidad, y a mi pregunta si no sería echada de menos en la prisión me aseguró que, oficialmente, tanto mi marido como yo, habíamos ya sido guillotinados pues por sus manos pasaban las listas de ejecución. La casa de Maurice se hallaba situada casi en las afueras de París, y, consecuentemente, en una zona que yo desconocía. Eran callejas miserables y la casita tenía mejor aspecto por dentro que no en su exterior; estaba muy limpia y los humildes muebles, dispuestos con orden. Nos recibió una anciana que resultó ser algo así como su ama de llaves y que de entrada no me miró con muy buenos ojos. Él la llamaba Mamá Agnes y saltaba a la vista lo mucho que ella le quería. Se trataba de una mujer de natural afectuoso y que pronto me tomó bajo su tutela, olvidando incluso mi ascendencia aristocrática. Allí viví prácticamente oculta durante varios meses que no transcurrieron ociosos para mí ya que ayudé cuanto pude en las tareas de la casa sin importarme el que mis delicadas manos se estropearan con las rudas tareas domésticas, ejercicio por otra parte muy necesario para no ser identificada como aristócrata. En cuanto a Maurice, era un hombre tan sumamente ocupado que apenas si tenía tiempo de verle una hora en todo el día y a veces llegaban a transcurrir dos o tres sin que él compareciese. Mientras, en París, seguían cayendo cabezas con aterradora monotonía. Yo pensaba constantemente en la suerte que podía correr mi protector, bastante incierta en tiempos como aquellos en los que hasta el cuello del omnipotente Danton acabó por ser segado en abril del siguiente año. Robespierre se estaba convirtiendo en un tirano demasiado puro y por tanto, inhumano, con la misma inhumanidad de los dioses cartagineses. Su castidad, anormal, le empujaba a extremos de poder que rayaban en la megalomanís, pero era tan poderoso, o tenía tan aterrorizado a todo el mundo, que nadie excepto cuatro suicidas, osaban criticarle. Uno de estos era el propio Maurice, quien dentro de su casa se expresaba con mucha libertad al respecto. Mamá Agnes no iba a denunciarle ni yo tampoco, pero lo que me hacía sufrir era la certeza de que hiciese gala de aquella misma franqueza delante de otros a los que podía creer igualmente sus amigos, porque Bienveillant era tan leal en sus afectos, que no podía comprender que no lo fuesen de igual manera con él, una ingenuidad incomprensible y muy peligrosa para un hombre importante como él. El hecho de que me ocultase en su casa era uno de los motivos que más me hacían temblar por su seguridad, no por mí. Yo no era Jean-Baptiste y pensaba en los demás, concretamente en mi salvador, sabía a lo que se estaba exponiendo y me maravillaba la nobleza de su carácter que le impulsaba a correr riesgo de muerte en justa compensación por el riesgo que a mi vez yo pasé cuando le escondiese en aquella habitación de la posada. Mas también existían otras muchos aspectos de la cuestión de los que me fui percatando transcurridas algunas semanas. Mamá Agnes no era una sans-culotte o una tricoteuse furibunda; siempre había sido una pacífica mujer de su casa hasta que los acontecimientos se precipitaron. Viuda y sin hijos, Maurice la recogió de las calles medio muerte de hambre y de miseria, de ahí el que ella le adorase como a un dios y hubiera sido capaz de dejarse matar por él. En cierto modo, y aunque no se pareciesen en nada, esta Mamá Agnes me recordaba a Edmé, fiel y abnegada, celosa del bienestar de su amo como nadie, y si en un principio se sintiera molesta por mi intrusión, actitud muy femenina, después cedió al darse cuenta de que yo resultaba inofensiva y nunca ocuparía su puesto al lado de Maurice. No cabía la más mínima probabilidad de que me convirtiese en su amante; mi destino estaba trazado de antemano con la huída del país, por eso fui bienquista para Mamá Agnes, permitiendo ella que entre las dos se estableciera una agradable relación amistosa. Por otra parte la anciana, al igual que yo, se encontraba muy sola, e inconscientemente buscábamos ambas lo que siempre habíamos deseado, ella una hija y yo una madre, aunque tal extremo jamás llegásemos a confesárnoslo. Así, intimando con la buena mujer, supe a través suyo detalles personales de la vida de aquel gran hombre llamado ciudadano Bienveillant por el pueblo, y, aparte del reconocimiento que yo le debía, pude apreciar otros rasgos de su carácter tan dignos de admiración o más, que aquel al que le era deudora. Maurice Dubois, hombre culto, refinado a quien animaba un gran sentido de la justicia, a su vez era puro e incorruptible, pero no de la misma manera que Robespierre, porque él, ante todo, era un ser humano y un hombre fundamentalmente bondadoso. En las escasas ocasiones en que le podía ver, hablábamos y nuestras charlas mantenían un cierto nivel intelectual que mucho me satisfacía y a él también daba la impresión de complacerle, pero nos veíamos muy poco.
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