| XV CAPÍTULO (2) | |||
|
|
|||
|
-El ciudadano, ¡ah!, sí, sí, tenéis razón, el ciudadano, no hay que olvidarlo... Bien sí, en efecto, el ciudadano Bienveillant no ha tenido aún tiempo de deciros nada, lo comprendo, lo comprendo... Lo comprendo todo, “todo”... –subrayó el “todo” de una singular manera- Es natural, las cosas han ido muy deprisa... –se alejó de mí dándome la espalda y se puso a mirar el cielo a través de la ventana- Madame –dijo entonces desconcertándome por el cinismo del que hacía gala-, no quiero que penséis que soy hombre de ideas anticuadas, o uno de esos individuos que anteponen según que normas tradicionales a lo que realmente importa... Los conceptos solamente son palabras y si las palabras no devienen en hechos perjudiciales para los intereses personales, pues... El oscurantismo de la perorata se hizo repentinamente claro a mis ojos y sentí como una ardiente oleada me cubría las mejillas. -¿Qué es lo que estáis pretendiendo decirme? Jean-Baptiste revolvióse como si le hubieran fustigado, y me espetó, con el mismo acento del quien recrimina una falta cometida: -¡En la corte se habló mucho de que os asediaban los galanes!...No es que me importase en su momento, dado ya que cada uno vivía su vida, ni tan siquiera ahora me importa, sólo os lo recuerdo por si vos lo habéis olvidado, ¡esa ilimitada libertad de que gozabais en Versalles y que me convertía a mí en público hazmerreír!... –me quedé atónita, Jean-Baptiste en el papel de marido ultrajado, ¿había enloquecido o es que era imbecil de nacimiento?- Le salvasteis la vida a Bienveillant, bien, bien –prosiguió dándole un nuevo giro a su oratoria-, y no voy a reprocharos el por qué lo hicisteis, ni acabo de entenderlo, por más que imagino que vuestros motivos tendríais, aunque no me voy a enzarzar en una discusión bizantina al respecto, lo hicisteis y hecho está y gracias a ello vivo aún... Pero, ¿y mañana, y dentro de unos días?... ¿Vamos a ser abandonados a nuestra suerte en las calles, sin amigos, sin recursos?, ¿se nos ha salvado la vida para condenarnos a morir de hambre o asesinados en una revuelta callejera?, ¿es así cómo devuelve sus favores el “ciudadano” Bienveillant?... ¿Qué clase de futuro nos aguarda? A estas alturas de su discurso yo me encontraba ya al borde mismo de una explosión de ira, y, cómo era lógico, estallé animada por el arrebato de una indignación que nunca antes había conocido. -¡Callad, grandísimo majadero!... ¿Quién sois vos para exigir y que autoridad tenéis sobre mí, o creéis tener, para insinuarme lo que me estáis insinuando?... ¡Jamás, ¿lo oís bien?, jamás, he sido la amante ni del conde de Peyrelade ni del duque de Segoznac, ni de nadie en la corte o fuera de la corte, pero si he sido galanteada a vos os lo debo por la de rumores que vuestra conducta desató entorno mío!... ¡Lástima grande que la realidad de los hechos permanece secreta porque de haber sido pública os hubieran expulsado de Versalles, o tal vez mandado a prisión por vuestra repugnante intriga!... ¡Me entregasteis a un desaprensivo para que él realizara el trabajo que vos no podíais llevar a cabo, fui escarnecida y violada... pero os salió mal el plan porque no obtuvisteis el ansiado heredero, y gracias a Dios que el duque de Chardonne se convirtió en mi protector y a él debo el que os mantuviera alejado, de lo contrario, señor, yo misma hubiera pagado a unos sicarios para que os dieran muerte!... ¡Ya lo sabéis ahora!... ¡Me debéis hoy la vida y sólo se os ocurre insultarme insinuando que el hombre que nos ha rescatado de la guillotina es algo más para mí que una simple persona agradecida que devuelve un favor, y aún proyectaréis venderme, que me convierta en su amante para facilitar todavía más vuestra huída!... ¡Señor vizconde, despertad de los ensueños feudales pues éstos han dejado de existir!... ¡Yo no soy vuestra sierva ni os debo nada, y vos a mí sí, me debéis la inocencia que me fue arrebatada, y todavía más, el hecho de que no pueda pensar en un hombre sin experimentar repugnancia ante la sola idea de que pueda tocarme!...¡Todo, gracias a vos! Era la primera vez que el tema prohibido salía a colación con tanta crudeza ya que nunca lo habíamos afrontado entre nosotros abiertamente; él sabía que yo sabía aunque jamás fue comentado en voz alta ya que no era asunto ni tan siquiera para ser recordado. Jean-Baptiste había palidecido pero aún tuvo la osadía de replicarme: -¡No dramaticéis, señora, os quise hacer un favor, no una afrenta, pero vos os portasteis como una colegiala estúpida y lo malbaratasteis todo; nadie os hubiera forzado de haberos dejado seducir como consienten muchas esposas más inteligentes que vos, máxime, cuando tuve la consideración de buscaros galán tan apetecible, un verdadero Adonis!... ¡Conque dejaros de recuerdos y de recriminaciones que ahora lo que urge es salvarnos!... –sonrió desvergonzadamente- No creo que me hubierais mandado un sicario, vuestra conciencia no os lo habría permitido... Ni ahora siquiera lo haríais, os inculcaron unos firmes principios... La cólera me dominó por entero, aquel mentecato, mi “marido”, me estaba zarandeando dialécticamente seguro de su supremacía sobre mí, completamente convencido de que por el hecho de ser la esposa tenía que seguir bajo su yugo ya que así estaba instituido, no esposa sino esclava, ¡pues no, eso también se había acabado! Me acerqué a él hasta quedar a un palmo de distancia. -¿Creéis, señor, que vuestra vida me es tan preciosa como para que una extinción promovida por mi causa pudiera inducirme al remordimiento?... ¿No pensáis, contrariamente, que ello fuese el mejor de los regalos? Entonces tuve la satisfacción de verle asustado. -Jamás lo haríais... –balbuceó, retrocediendo, ya que debió pensar, pues el Infierno le había concedido el don de los malos pensamientos, que yo iba a instigar su asesinato. -¿Cómo podéis estar tan seguro?... Ponedme a prueba –repuse con vengativa satisfacción. Estábamos uno frente al otro como dos enemigos dispuestos a la contienda, y tal vez debíamos de haber gritado lo suficiente como para que se nos oyese desde la habitación contigua, el caso es que, en aquel preciso instante entró en la pieza Maurice Dubois. Venía cejijunto y sus finos labios semejaban dos cintas blancas. Sin ceremonias, se encaro a mi marido, aunque lo que dijo fue para los dos. -Ciudadanos, afuera tengo un coche cerrado que os sacará de aquí. -¿A dónde vamos? –quiso saber Jean-Baptiste pretendiendo demostrar una dignidad de la que carecía. -Abandonaréis París yendo a un lugar alejado y luego se os sacará de Francia, vos, ciudadana, marcharéis a Inglaterra y vos a dónde mejor os acomode. Jean-Baptiste quedó manifiestamente aterrado, desorbitándosele la mirada fija en Maurice, a lo que éste, con una ironía nada francesa, le preguntó: -¿Tenéis alguna preferencia determinada sobre algún lugar en especial? -Debo acompañar a mi esposa, debo protegerla –casi gimió Jean-Baptiste. Maurice no pudo disimular una mirada de profundo desprecio. -Se me antoja que a vuestra esposa no le alegra la perspectiva de llevaros de acompañante, ciudadano. -Habéis escuchado detrás de la puerta... –acusó tembloroso mi marido. Maurice repuso tranquilamente: -No hacía falta, ciudadano vizconde. Yo deseaba desaparecer en aquellos momentos, nunca había presenciado una escena tan humillante protagonizada por el hombre con quien me habían casado. -Ciudadano Bienveillant –me apresuré a decirle-, os ruego no os toméis a ofensa las palabras de mi marido... Las privaciones y el miedo a morir han hecho que nuestros nervios se soltaran, pero nunca, en ningún caso, hemos sido ingratos a vuestras bondades... Rudamente, Maurice afirmó: -Vos no deseáis ir con vuestro esposo. Jean-Baptiste me lanzó una mirada de angustia que yo sostuve con indiferencia. -No, no lo deseo. Bienveillant se volvió hacía el tercero en discordia. -¿Lo veis?, la ciudadana no os quiere por compañero de viaje. Mi marido se dirigió a mí suplicante. -¡No podéis dejarme, abandonarme, de esta forma... ! Por toda respuesta le di la espalda y esperé. Maurice habló entonces: -No temáis, seréis puesto a salvo, os doy mi palabra; yo no soy un carnicero, ciudadano, aunque crea que existen otros muchos más dignos de vivir que vos...Salid. Jean-Baptiste obedeció automáticamente ya sin ánimos de polémica y pude escuchar sus pasos que se arrastraban lentamente sobre el pavimento mientras abandonaba la habitación.
|