XV CAPÍTULO (I)

Todavía hoy, y han transcurrido más de diez años, hay noches en las que despierto bañada en sudor frío buscando con angustia un punto de luz en la oscuridad, un ventanal o una puerta, algo que rompa aquella idea de negrura y me devuelva a la existencia en mi afirmación de que estoy viva.

Un día leyeron nuestros nombres. Los escuché claramente: el ciudadano Jean-Baptiste Rameau y su esposa Cordelia. Yo cerré los ojos convulsivamente y mi marido empezó a maldecir en un arrebato histérico. Había concluido todo, y en aquellos momentos, que eran los últimos de mi existencia, no pude sentir otra cosa con mayor intensidad que no fuera el propio calor de mi piel o mi vacilante respiración. Cien años antes yo no estaba aquí, en el mundo habían odios y amores, guerras, gentes buenas y gentes perversas, florecían la belleza y el arte, hubo días maravillosos y días de lluvia y tempestad, pero todo eso yo no lo conocí porque no vivía entonces, y ahora me tocaba volver a aquella felicidad increada, a aquel “no ser” libre de pasiones y cuidados, luego de haber transitado por la existencia agarrando de ella sólo un puñado de tierra y ceniza, y todo por medio de un choque brutal, de una mutilación violenta y dolorosa. No recordaba el instante de mi nacimiento, e iba a sentir, minuto a minuto, el de mi muerte. ¿Es así cómo se sale de este mundo, igual que se extrae la mano de un guante?... Y era mi vida, y yo era muy joven y no había vivido todavía.

Los años pasados discurrieron en segundos ante mí y no añoré un momento especialmente sino todos porque en ellos existí, hablando, moviéndome, riendo, pintando, cabalgando y sentí de nuevo entre mis dedos la mano afectuosa y cálida de mi tío, pude escuchar su voz y revivir mi infancia otra vez, ¡bendito país al que ya nunca más podría retornar!... También evoqué al duque de Chardonne de quien no sabía absolutamente nada. Tío Michael y el duque, dos personas añoradas y muy queridas por mí, dos sombras que venían a mi encuentro tendiéndome compasivamente sus brazos.

Me desmayé. 

Al recobrar el conocimiento lo primero que vi fue un retazo de cielo azul a través de una alta ventana. Había olvidado que estábamos en verano y que el cielo, fuera de los muros de la prisión seguía siendo azul. No pensé entonces que ya hubiese muerto y aquello significara la paz, no pensé nada fuera de que contemplaba el cielo azul, no recordé nada, miraba, simplemente, con los ojos muy abiertos.

Una voz, que no me era desconocida, resonó suavemente en mi oído:

-¿Os encontráis mejor, ciudadana?

Giré lentamente la cabeza apartando la mirada del cielo para fijarla en un rostro que me resultó vagamente familiar aunque sin nombre, una noble cabeza de despejada frente y ojos castaños y saltones, el rostro escrupulosamente afeitado y los cabellos muy limpios y bien peinados sujetos en una austera coleta... ¿Quién era? Le recordaba pero había olvidado su nombre... Su nombre...

-Maurice Bienveillant.

No lo grité, más bien fue un susurro, pero en él iba implícito todo el reconocimiento del mundo. Él tuvo una leve sonrisa irónica.

-Señora vizcondesa...

-¡No, no, callad, aquí no!

-¿Aquí? –se extrañó él.

-Sí, aquí... Estamos en prisión y debo morir.

Una sombra cruzó por el semblante de Maurice Dubois, el cual, sin decirme nada, cogió mi mano entre las suyas y la apretó afectuosamente.

-No vais a morir.

Me incorporé con lentitud y entonces todo el escenario entró de golpe en mi ángulo de visión. Me hallaba en un despacho u oficina, indudablemente de la cárcel por su aspecto destartalado y que se me antojó siniestro, y había sido tendida encima de un diván que tal vez en tiempos conociera mejores escenarios. Maurice y yo permanecíamos solos en la pieza.

-¿No voy a morir? –repetí automáticamente.

-No, vais a vivir, y también vuestro esposo el vizconde de Rameau.

La mención de Jean-Baptiste hizo que reaccionara de forma instantánea.

-¿Qué ha sucedido, dónde está él?

-Nada temáis; se halla en la habitación contigua... No habréis olvidado que me salvasteis la vida con un riesgo grande para vos y os juré, señora, que siempre lo tendría presente –sonrió-. Como el ratoncillo de la fábula que libra al poderoso león... Reconoced, madame, que los amigos insignificantes también pueden ser de utilidad.

Por toda respuesta me eché a llorar convulsa cubriéndome el rostro con las manos, y al cabo sentí como los brazos de Maurice me rodeaban fraternalmente. Acurruqué la cabeza en su hombro y seguí llorando.

Los sollozos continuaron por espacio de un largo rato y Maurice estuvo allí a mi lado consolándome. Al final, cuando pude serenarme, mi inopinado salvador, me relató como había sucedido todo.

-... he estado fuera de París algunos meses –(luego supe que este alejamiento provenía de que Robespierre y Danton le consideraban muy importante prefiriendo mantenerlo entretenido en provincias a que estuviera en el mismo centro de la escena; Maurice resultaba en exceso inteligente y demasiado querido por el pueblo como para desear tenerle en París a todas horas)-, desde septiembre para ser más exactos...

-En septiembre...

-Sí, lo sé, afortunadamente salvasteis la vida... Yo no estoy de acuerdo con estas matanzas, van contra mis principios, es absurdo extender una carta sobre los derechos del hombre y del ciudadano y luego entregarse a estas orgías sangrientas, pero mis razonamientos nada valen en una época como la que vivimos, y aún hay ocasiones en las cuales me maravillo de no haber perecido todavía... En fin, prosigo... Recién llegado a París fue verdaderamente un azar del destino el que hizo que me enterase de que os hallabais en prisión... Determiné salvaros de inmediato, aunque no haya sido tan fácil...

-Pero, ¿y la lista?, nos iban a ejecutar.

-No, no fue así, al desmayaros no pudisteis seguir escuchando, se os llamó, es cierto, mas para comunicaros que ibais a ser sometidos a interrogatorio... por mí.

-¿Mi marido lo sabe?

-¿El que estáis a salvo ambos?

-Si.

-Naturalmente.

-Lo que habéis hecho, salvarnos, ¿entraña para vos riesgos?

Maurice me miró fijamente mostrando un rostro en el que pretendía esconder sus emociones.

-Diariamente existen riesgos para todos nosotros, nobles o revolucionarios... ¡Si supierais durante cuanto tiempo os he buscado, pero la vizcondesa de Rameau había desaparecido como si se la hubiese tragado la tierra!... De Versalles volvisteis a París; para aquel entonces erais inaccesible y después, yo en provincias y vos... Nadie me sabía dar razón de vuestro paradero, principalmente porque no deseaba llamar demasiado la atención de mis posibles confidentes... En mil ocasiones me descorazoné creyendo que...

-¿No se os ocurrió pensar que habría vuelto a Inglaterra?

-Sabía que no, me hubiese enterado.

-¿Cómo pudisteis adivinar que era yo?

-Aquella noche, en la posada, supe por el oficial que ese era vuestro título...

-¿Cómo pudisteis escucharlo con tanta claridad?

-¿Nunca os habéis preguntado como logré escapar?

-Si, mas no se me alcanzaba.

Por los ojos de Maurice pasó una sombra de tristeza.

-El oficial era uno de los nuestros, fue él quien me ayudó cortando primero mis ligaduras, haciendo que me introdujese en vuestra habitación y luego, facilitándome la huída oculto en un carro que iba al mercado a la mañana siguiente, cuando la tropa ya estaba muy lejos.

-¿El oficial? –repetí sorprendida- ¿Y dónde...? ¿Quién es? ¿Cuál es su nombre?

-Le guillotinaron hace unas semanas –dijo él de forma escueta, y yo me mordí los labios. Maurice cambió de tema- .Vuestro marido se halla en la habitación contigua, está comiendo.

Muy propio de Jean-Baptiste, en las dependencias oficiales de la prisión y comiendo, debía hallarse muy contento de su buena estrella, sin saber a que dios bendecir. Con toda seguridad aún no se había preguntado el por qué y el cómo me era deudor de su miserable existencia.

Sin embargo, una vez más yo me equivocaba. Jean-Baptiste no era tan necio como parecía, o quizás el instinto de conservación había agudizado su caletre. No sólo comprendió, sino que incluso fue más allá de la línea de su entendimiento, de modo que cuando Maurice le hizo pasar y discretamente procedió a dejarnos a solas, no pude abrir la boca, que él ya estaba hablando.

-... increíble y afortunado el lance, aunque yo, ciertamente, nunca os hubiera autorizado para que protegieseis a un evadido de la justicia –Maurice se lo debía de haber contado-, sin embargo no puedo ahora más que congratularme por vuestra loca idea a la que debo el haber salvado mi vida- muy dentro de su modo de ser; Jean-Baptiste sólo pensaba en sí mismo-. Por más que tratado no parece un carnicero asesino pues le debo el haber escapado del patíbulo, y... –de súbito, con la volubilidad que le caracterizaba, exclamó:- ¿Sabéis cómo nos va a sacar de aquí, cuáles son sus proyectos respecto a nosotros?... ¿Podremos salir de Francia?

Me sentí asqueada y le respondí secamente:

-Sé tanto como vos... Los acontecimientos se han precipitado de tal manera que el... ciudadano Bienveillant, no ha tenido tiempo de contarme nada todavía.

Mi marido, entonces, tuvo una curiosa reacción.

 

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