| XIV CAPÍTULO (II) | |||
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El 19 de agosto de 1792, se asaltaron las Tullerías, se asesinó a la Guardia Suiza y los reyes fueron encarcelados, todo obra de Dantón y sus Cordeleros, y a partir de esa fecha e impulsado por el ciudadano Marat, tuvo lugar la puesta en marcha de lo que más tarde sería conocido universalmente bajo el nombre de Terror. La orgía de sangre que se organizó en septiembre, no creo que nadie pueda olvidarla jamás. Dantón y Robespierre se cruzaron de brazos ante esos hechos atroces cuando eran los únicos que podían haberlos detenido. Sólo una voz se alzó contra tanto desmán y fue debido a su sólido prestigio, el que no le volara también la cabeza por su repulsa. Maurice Dubois o Bienveillant, declaró públicamente que “semejantes crímenes iban en contra de los principios de la Revolución y del buen nombre de los franceses”, pero nadie le hizo caso, es decir, los que podían haber hecho algo que era a quienes interesaba que el desorden continuara. Por aquellas fechas tanto Edmé como yo, no puedo hablar del resto de la servidumbre que hacía meses ya había desertado de mi casa, vivíamos solas y constantemente aterrorizadas, y si vivíamos aún era debido a los oficios de cierto individuo que navegaba en todos los medios y ambientes conocidos, que no era amigo de nadie pero que se relacionaba con cuantos le fueran de utilidad. Este sujeto, muy bien pagado por mi dinero, llegó a preservarnos en incontables ocasiones de males irremediables, aunque todos sus mefistofélicos poderes nada pudieran a la postre contra la exaltación a la barbarie organizada de Marat, que acabó con su vida en una revuelta callejera. Edmé y yo intentamos huir, con tan mala fortuna, que nos descubrieron enseguida, y lo que recuerdo con mayor dolor de aquel día aciago en que nos prendieron, fue la horrorosa muerte de mi abnegada y nunca olvidada Edmé, a la que literalmente cortaron en pedazos ante mis ojos, cuando valerosamente se interpuso entre mi persona y el populacho protegiéndome con su cuerpo en el instante que un corpulento hombretón armado con un cuchillo de degollar reses, tal parecía, se precipitaba hacia mí con la evidente intención de segarme el cuello al destemplado grito de: ¡muerte a los aristócratas! Jamás podré olvidar la escena y por ello nunca me reconciliaré con la Revolución Francesa. Edmé era el pueblo y la asesinaron de una manera horrible y canallesca por un único delito, el de su lealtad hacia mí, el de su amor hacia mí... ¡Jamás, jamás mientras viva podré disculpar este crimen, nunca!... Los pobres restos de Edmé se perdieron pisoteados por aquella gentuza y me imagino que acabarían hasta devorados por los perros callejeros. Edmé no ha tenido una tumba, pero reposa en mi corazón y he hecho por ella algo más: en el panteón familiar de Haworth, mandé colocar ya hace tiempo, una lápida de mármol en la que se halla inscrito su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte. Yo fui golpeada y herida, mas se me reservaba para un final de espectáculo ejemplarizante en la sala de un tribunal de guignol, la perversa aristócrata que paga con su vida el haberlo sido, y se me encarceló en La Force junto a otros muchos desgraciados, lo que fue mi suerte por más que entonces no lo consideré así. Sucedió que las matanzas de septiembre habían llegado a sus postrimerías –una pausa en los asesinatos-, cuando me apresaron, de tal manera que, por un azar caprichoso, se nos soltó antes de que nadie tuviera tiempo de despedazarnos a la salida del recinto del tribunal como se estilaba, dejando al buen pueblo de París que se tomase la justicia por su mano, costumbre que variaría en cuanto el invento de monsieur Guillotin fue adoptado como medio rápido y multitudinario de ejecución. Ante aquella inesperada buena suerte hay que decir que huí despavorida del teatro de tantos horrores, consiguiendo refugiarme en casa de unos amigos, los de Clairy, barones de poca monta, habiéndose casado el marido con la hija de un próspero comerciante en vinos, lo que le había valido la relativa tranquilidad de que en esos días gozaba, ya que su suegro, aunque hombre de negocios carecía de blasones y siempre había sido lo suficientemente inteligente como para saber desenvolverse en la vida hasta el extremo que, cuando las cosas empezaron a ir mal, no tuvo recato de abrazar “la causa de la libertad”, llenando las arcas siempre exhaustas de la revolución. El suyo no era un papel muy gallardo pero le había permitido sobrevivir y con él a su familia. De Clairy, Honorate, era cordial y muy buena persona y yo le conocía de la época en la que la nobleza le había vuelto la espalda cuando contrajo nupcias con Valerie Duchesnel a quien hice un retrato; no rehusó ayudarme entonces. ¡Cuán raras demostraciones de amistad se recogen en tiempo de prueba y cuántos a quienes suponíamos amigos verdaderos nos abandonan a las primeras muestras de un cambio adverso! A los De Clairy debí el lograr sobrevivir durante los meses que siguieron, ya que pese a mi fortuna nada pude hacer pues al ser inglesa de origen, más bien tenía que pasar desapercibida, porque Inglaterra, igual que Austria se habían convertido en enemigas de Francia debido a la Revolución. Vivíamos con el alma pendiente de un hilo, pero al menos estuvimos a salvo durante algún tiempo, aunque golpeados por los acontecimientos brutales que nos tocaba padecer. El 21 de enero de 1793 el rey de Francia fue decapitado, y cuando nos enteramos, pese a toda la sangre anteriormente derramada, pese, incluso, a nuestra incierta situación a la espera de que nos aconteciese lo mismo, fue como si el sol se hubiese apagado de improviso ya que Luis XVI era el símbolo de muchas cosas que semejaban eternas y si con él había acabado el populacho, ¿qué iba a ser de un mundo hasta el momento tan firmemente enraizado?, aquello resultaba peor que volverse loco porque se había asesinado a la esperanza. Transcurrieron unos cuantos meses en los que sobrevivimos milagrosamente, mas al final se desencadenó la tempestad sobre nosotros. Cayeron las inocentes cabezas de los De Clairy y sus suegros, y yo, zarandeada nuevamente por la marea, volví a la cárcel, que en esta ocasión fue L’Abbaye, y sin ninguna esperanza porque los juicios eran sumarios. Lo único, el hecho de ser vizcondesa, me situó al final de una cola que encabezaban títulos mucho más elevados y ello vino a retrasar mi ejecución, confinándome en una espera de agonía dentro de un ambiente dantesco, y, por si esto no bastara, en aquella cárcel tuve un encuentro que jamás hubiera deseado: mi marido se reunió conmigo inesperadamente, a su vez atrapado por la chusma, dándose la coincidencia de que también había sido capturado en septiembre, pero recluido en Sainte Pelagie, vióse liberado junto con los demás presos debido a la bondad del matrimonio Bonchard quienes oficiaban de porteros y que aprovechando la confusión de las órdenes y las contraórdenes, abrieron las puertas de Sainte Pelagie permitiendo escapar a los sentenciados, anécdota histórica, increíble, pero cierta. Si era desagradable estar prisionera, su presencia terminó de empeorarlo todo; se pegó a mí como si fuese mi sombra, porque yo era lo único que le quedaba en el mundo, y así tenía que soportarle diariamente, a todas horas, víctima de sus miedos y de sus ataques de histeria, cuando no de sus injustas recriminaciones, ya que llegó a acusarme de que si me hubiera ido a Inglaterra, se suponía que con mi esposo, no nos hallaríamos en la situación en que nos encontrábamos. Me maravilló su falta de memoria, la violación instigada por él y que, al parecer había olvidado completamente; en medio del caos reinante, resucitaba unas costumbres feudales que me convertían en objeto de su propiedad sin ningún tipo de derechos. Encerrada en aquella prisión, infeliz y asustada, veía transcurrir las horas lentamente mientras que el Tribunal Revolucionario no cesaba de condenar y guillotinar a gentes cuyo único delito ya no consistía sólo en ser aristócrata, sino amigo de aristócrata y a veces ni tan siquiera eso. La delación era por sí misma una garantía de crimen así como los odios y las venganzas personales.
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