| XIV CAPÍTULO (I) | |||
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La irrupción de Jean-Baptiste en mi casa no hizo que le mirase precisamente con cristiana caridad; si era el hijo pródigo que se fuese a otra parte y si lo que pretendía era limpiar su conciencia alcanzando mi perdón por si un inesperado encuentro con el Creador se hallaba próximo gracias al celo revolucionario, yo me sentía incapaz de concederle ese deseo. Le dije que se marchase puesto que la farsa del matrimonio normal ya no tenía espectadores, él entonces literalmente se derrumbó en el suelo, y lloriqueando me hizo la teatral confesión de que se encontraba muy enfermo y de que no quería morir en la calle como un perro. La noticia de su enfermedad me inspiró cierta aprensión en un principio, luego desechada al recelar que de una patraña se trataba cuando intentó que aceptase con él a “su médico de cabecera” ya que ningún otro le merecía confianza... Ni a mí sus historias, porque en ese “médico” se me antojó ver encarnado al marqués de Montauvernie, y, por lo que pudiera ser en un futuro, decidí no incurrir en una error de apreciación del cual más tarde tuvieran que ser sufridas las consecuencias en mi persona. -Razón de más, señor, para que os marchéis; esta casa no es un hospital... Que se sepa, nadie ha incendiado también la mansión en donde vivíamos todos recién que yo llegué a Francia; recluiros allí, os pertenece, es vuestro hogar y en él habéis vivido durante estos años. No estáis en la calle, y si lo que os falta es dinero yo os daré cuanto hayáis menester, pero marchaos. Jean-Baptiste, tembloroso, se incorporó a medias y me dijo lastimeramente: -La servidumbre ha huido y la soledad me aterra en aquella casa. -Es el mal de nuestros tiempos, los servidores se han cansado de obedecer, tal vez mañana yo me encuentre igual. -¡No tenéis corazón! Le contemplé insensible a sus gimoteos. -Vos os disteis pronta maña en arrancármelo, señor. Nos quedamos en silencio, Jean Baptiste con cara de desesperación aunque no por el peso de los remordimientos, y yo indiferente, fría como el hielo. -Os he hecho una oferta, si queréis dinero os lo daré, pero salid de esta casa. Al verme tan firme, Jean-Baptiste debió pensárselo mejor y puesto que no le quedaba otra alternativa, decidió sacar alguna ventaja de la situación y aceptar el dinero, que, después de todo, era lo único que iba a obtener. Así salió de mi vida por segunda vez y cuando se fue, di orden a los lacayos de que si en una próxima ocasión volvía, no le dejasen entrar. En todas las revoluciones existen periodos de calma que te hacen creer que lo malo ya se ha alejado y que ahora viene el momento de la “convalecencia” o reestructuración, y esto sucedió también en París durante el espacio de unos meses de insólita paz y tranquilidad, no demasiados, ciertamente, pero que existieron haciéndonos concebir falsas esperanzas; fueron como una decoración teatral hecha de cartón piedra, sólo apariencia, y detrás nada de lo que creíamos ver. Ya habíamos entrado en 1790 y la verdad es que todo iba de mal en peor. Mirabeau había dicho acertadamente que “la desorganización del reino no podía estar mejor organizada”. Marchábamos felices e inconscientes, abocados al cataclismo, y lo peor es que nadie, fuera de los propios revolucionarios o los políticos inteligentes, se daban cuanta exacta de ello. En la capital de Francia, pasada la cresta pavorosa de la ola, la nobleza continuaba sin abandonar sus normas de existencia, caprichos, tonterías, frivolidades. Se efectuaban numerosas reuniones como siempre y en ellas brillaba el ingenio y la donosura. Había “salones” políticos y “salones” patrióticos, los abates hablaban en las tribunas sugiriendo “revolucionariamente”, la supresión del celibato. El mundo entero parecía arrebatado por la corriente que pretendía cambiarlo todo, incluso las modas femeninas se resintieron de ello naciendo nuevos tipos de sombreros que se denominaban “a la Libertad”, fruslerías y adornos llamados “a la Constitución”, y el pobre Foulon conoció una macabra popularidad post mortem, al darse el nombre de “sangre de Foulon” a unos cintajos con los que las damas se engalanaban a porfía. Recuerdo que entonces, a los lápices excesivamente duros, se dio en llamarles “feudales”, con gran regocijo por parte de las gentes. En esos meses de impasse, incluyendo la fecha del 21 de junio que fue cuando los reyes y sus hijos huyeron, siendo interceptados en el camino de Varennes, tal y como dos siglos antes predijera el clarividente Nostradamus, en esos meses, repito, muchos aristócratas tuvieron el buen juicio de huir del país pretextando negocios inesperados que tenían que resolverse ineludiblemente lejos de Francia, por supuesto que no engañaron a nadie pero todavía no era tiempo de que empezasen a ser prohibidas esas escapadas, lo que vendría en febrero de 1792, convirtiéndose la emigración en delito de lesa patria. Entre los primeros que abandonaron el país estuvieron Isabelle, la hija del duque de Chardonne, que marchó a Austria portadora de cartas secretas de la reina, y el mismo duque que se auto exilió en sus posesiones de la Toscana, Athénaïs y su marido lo hicieron también marchando a Alemania, y yo, que debiera haber regresado a Inglaterra si hubiera tenido un ápice de sentido común, me quedé en París, pese a que mi anciano protector y amigo, me aconsejara que abandonase Francia cuanto antes. ¿Por qué me quedé?, ésta es una pregunta que todavía hoy me hago aunque no creo que la respuesta sea ajena a cierto evadido de la justicia a quien yo había ayudado a escapar y cuya presencia en un escenario caótico me ofrecía la única luz de esperanza a la que podía aferrarme, pues comunicaba la impresión de que si él se había salvado, podría ayudar a que el país no se hundiera... ¿Era eso en realidad?; en ocasiones he llegado a preguntarme si no fue entonces cuando inadvertidamente empecé a enamorarme de Maurice Dubois en contra de toda lógica.
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