| XI I I CAPÍTULO (III) | |||
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La caída de la Bastilla inauguró la costumbre de decapitar y luego llevar en paseo triunfal, hincadas en una pica, las cabezas de las víctimas, en este caso la de su gobernador el señor de Launay junto con la del preboste de los mercaderes señor Flesselles. París tenía un nuevo alcalde en la persona del astrónomo Bailly y el glorioso La Fayette había asumido el mando de la Guardia Nacional. El 17 de julio el rey aceptó la escarapela tricolor en el Hôtel de Ville, y con esto la aristocracia pensó que el problema se había solucionado, pero los crímenes continuaron, y los famosos bandoleros dejaron de ser una leyenda para convertirse en una trágica realidad que aterrorizaba las aldeas y los campos. Se quemaban los castillos, se asaltaban los graneros... Pero el 4 de agosto del mismo año, un noble, el vizconde de Noailles, se puso al lado de quienes deseaban abolir los derechos feudales, y el Tercer Estado sucumbió ante esta muestra de solidaridad con el pueblo, a la que el 11 de agosto se unirían el cardenal de La Rochefoucauld y el Arzobispo de Paris al renunciar a los diezmos, sin exigir indemnizaciones. Fue un oasis en medio el desierto, porque a muchos, y no todos gente del pueblo, les interesaba que la calma no se restableciera, entre ellos al propio primo hermano del rey, el duque de Orleáns, paradójicamente uno de los artífices de que la Revolución triunfase. Mientras tanto yo seguía en Versalles, obediente a las indicaciones del duque de Chardonne, y en Versalles los desordenes de la capital se miraban más con irritación que con verdadero temor, porque, a pesar de todo era impensable suponer que la plebe pudiera ocasionar algún daño en una institución tan profundamente arraigada como la monarquía francesa; Luis XVI no era Carlos I, ni Mirabeau, Cromwell, y en esta reflexión paraba todo. Si miro hacia atrás desapasionadamente, puedo contemplar esos años de mi vida y me llena de asombro la comprobación de lo poco que, en verdad, recuerdo día a día; la época en la que se gestaba la revolución Francesa es una de las más ricas históricamente hablando y mi papel en ella insignificante, bien es cierto, pero yo fui testigo presencial y en una mínima parte, también su protagonista, aunque si alguien me preguntase en este momento: “desde vuestro regreso a Versalles hasta el 5 de octubre del mismo año, ¿qué hicisteis realmente, qué pensasteis, cuál fue vuestra existencia en el transcurso de esas semanas?”, no sabría que responderle. Supongo que, como siempre, llevé a cabo la rutina habitual en una corte más dada a minimizar los problemas que a sufrirlos, y arrastrada por la corriente fui reflejo del comportamiento ajeno, todo, menos pintar ya que continuaba oficialmente con la muñeca vendada. Me porté como un androide durante todas esas semanas y el resultado es mi falta de memoria, igual que en los sueños; mientras duermes puedes conocer otros mundos que jamás recordarás despierto, pero no por ello has dejado de visitarlos. ¿En dónde reside entonces ese momento de percepción que te hace sentir viva, el alma? Creo que, en verdad, hay muchos más muertos vivientes de lo que parece. El 5 de octubre contemplamos el rostro auténtico de la revolución, nosotros, la nobleza, cuando el populacho marchó sobre Versalles y todos tuvimos que salir hacia París, que es en donde exigía el pueblo que viviese su rey. Nos protegió La Fayette, pero, aun así, corrió sangre, azul todavía no, pero si roja, la de los guardias reales que habían sido asesinados pagando con su vida la lealtad a la corona, y tuvimos que soportar una macabra vanguardia de lanzas en las que se ensartaban las cabezas de aquellos desdichados, luego, detrás, marchaba el pueblo de París, mezcla incoherente de mujeres harapientas y de no menos desastrados miembros de la Guardia Nacional, amén de cañones, soldados insurrectos, carros cargados de harina saqueada de los aprovisionamientos reales, y revolucionarios furibundos, a continuación venía la carroza de los soberanos, y nosotros, la corte. No puedo afirmar que me sintiese una heroína; abrazada a Edmé en el carruaje que compartíamos con varias damas principales; no cesábamos de temblar llenas de pavor y en un momento dado, Edmé vertió en mi oído: “y vos salvasteis la vida de aquel indeseable, cuando estos camaradas suyos desconocen toda piedad”, a lo que no supe responderle. El rey se instaló en las Tullerías, mejor dicho, lo instalaron, y parte de la nobleza se dispersó volviendo a sus mansiones parisinas; si a Luis XVI no le había sucedido nada malo, podíamos estar tranquilos... por el momento. En los meses que siguieron antes de que el año concluyese, hubo dos episodios que golpearon mi existencia y una noticia que me llegó convertida en rumor, pero que me alegró aunque no se la comunicase a Edmé porque sabía de antemano cual iba a ser la respuesta y no deseaba que su ácido juicio enturbiase la única satisfacción que una época tan ingrata me regalaba. El primero fue saber que las turbas de campesinos hambrientos, o los bandidos, o ambos a la vez, habían saqueado e incendiado Rameau y el castillo del duque de Chardonne; afortunadamente, él se encontraba en París como casi toda la aristocracia. La pérdida de Rameau no llegó a afectarme en absoluto pues entre sus paredes permanecía el recuerdo más amargo de mi vida, pero la quema del castillo de Chardonne, fue muy dolorosa para mí ya que no sólo ardieron muebles y obras de arte, sino que pereció simbólicamente todo el mundo que yo amaba. El duque tuvo que consolarme a mí, y como epílogo al desastre pronunció su célebre frase: “los castillos se destruyen, el linaje no”, cuyo significado comprendería años más tarde. El segundo episodio lo constituyó, cuando yo me había olvidado por completo de él, la inesperada aparición de un Jean-Baptiste preso del pánico y que regresaba al abrigo del techo conyugal porque, de los dos, era su esposa quien gozaba de privilegios y protecciones de las que él carecía. Y la noticia fue que Maurice Dubois, o Bienveillant, continuaba en el mundo de los vivos y, metido de lleno en el momento histórico, demostraba ser un hombre moderado, ya no agitador, si es que alguna vez lo fuera, sino político, que predicaba con el ejemplo, llamando a la sensatez a los exaltados, ciudadanos que como él podían mover los hilos de aquella complicada situación. ¡Maurice sano y salvo!, la nueva me llenó de alegría, porque si en este mundo habían personas intrigantes y malvadas, también era cierto que podía existir el reverso de la medalla, y, por tanto, no todo estaba perdido.
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