XI I I CAPÍTULO (1I)

Lentamente ardió la vela hasta alcanzar una altura de dos dedos, la noche, mientras, transcurría con igual parsimonia y fuera del escándalo inicial, la posada daba la sensación de reposar tranquila ya que los soldados se habían dividido yendo en busca del fugitivo y en Le Cerf argenté, presuntuoso nombre de la hospedería -¿por qué a todas se las bautiza con igual pompa?-, apenas si quedaban unos pocos, con el teniente al frente en la espera de capturar al desgraciado agitador.

Maurice, con mi licencia, se hallaba tendido sobre la cama dormitando a intervalos. Edmé, sentada en el suelo y con la espalda apoyada en la pared se había quedado traspuesta y yo, desde mi silla, contemplando el pabilo de la vela y rompiéndome la cabeza en busca de una solución, me reuní en el sueño con ella ya que aquellas últimas horas fueron vividas bajo una gran tensión y el agotamiento me venció al final.

Cuando desperté con las primeras luces del alba, Edmé seguía dormida, cómicamente derrumbada como una muñeca y nuestro huésped había desaparecido sin que nadie diese la voz de alarma... Bueno, mejor de esta manera, me dije, mas experimenté una ligera punzada de tristeza, por otra parte incomprensible, al pensar que ya nunca más volvería a verle.

Partimos a media mañana, encontrándonos con la agradable sorpresa de que la tropa había desaparecido por completo y que del preso no se sabía absolutamente nada.

Lejos de mi ánimo seguir el consejo de Maurice Dubois, pero, no llevábamos ni media legua cuando, golpeando el techo del carruaje, ordené al cochero que diese media vuelta pues regresábamos a París, súbitamente me había acordado del duque de Chardonne, en la capital por aquellas fechas, y a él deseaba pedirle consejo, si es que, verdaderamente, los solapados rumores y el apresamiento de Dubois correspondían a una realidad, no por silenciada, menos presente; que todo se dirimiese de manera política en discursos o en asambleas era una cosa, pero que los agitadores fuesen perseguidos como liebres acosadas, otra muy diferente que desnudaba insólitas perspectivas.

Era el 6 de julio cuando llegamos a París y entonces me fijé por primera vez en el ambiente de sus calles y aunque todo parecía en orden, capté una cierta atmósfera extraña en la que no reparé a mi salida varios días antes, comprendiendo cuán loca había sido en no darme cuenta de que en Francia sucedía algo que nada tenía de normal.

Al comunicarle mis temores al duque de Chardonne, el pretendió restarles importancia, no por frivolidad sino para tranquilizarme; me aseguró que nada había que temer y que sólo era cuestión de un ajuste de pareceres, ya que ni al rey ni al pueblo interesaba ningún enfrentamiento, por otra parte fuera de lugar ya que el pueblo no podía enfrentarse con la monarquía.

-Es impensable, Cordelia –me aseguró muy convencido- ;sería el fin de muchas cosas y eso no puede suceder, tranquilizaos pues.

Más sosegada, tímidamente me atreví a mencionarle nuestra aventura de la posada, por supuesto incompleta, sacando a colación el nombre de Maurice Bienveillant por si había oído hablar de él.

-En efecto, algo sé, muy poco, pero algo, se trata de un oscuro abogado en exceso idealista, y esos son los peores porque pretenden reformar al mundo e ignoran que para reformarlo preciso es destruirlo antes... ¡Lástima que escapara, deberían haberlo ejecutado cuando lo capturaron!

Su airada exclamación me entristeció; para mí Dubois no era más que un hombre perseguido, y al que, en eso coincidía con mi protector, no le aguardaba una larga vida.

-Hacedme caso, procurad divertiros, id a las funciones teatrales, a los conciertos, y olvidaos de este asunto cuya competencia pertenece al rey y a sus ministros, no preocupéis esa linda cabecita con tan abstrusas reflexiones... Para ello regresad a Versalles y alejaos de París, en la corte estaréis a salvo de preocupaciones.

Esa fue la recomendación del duque de Chardonne, hecha con fin de desvanecer mis temores, pero lo cierto es que él no estaba tan ciego a imitación de muchos otros aristócratas, ni estaba ciego ni permanecía ocioso... aunque eso lo supe mucho más tarde.

Como el duque de Chardonne era el único hombre de este mundo en el que podía confiar, le hice caso y de nuevo me reintegré a la corte en Versalles, aunque para ello tuviese que vendarme la muñeca otra vez.

 

El 11 de julio el ministro Necker fue obligado a dimitir de su cargo, y el 12, por París corrió el rumor de un golpe de estado ya que los bulos y los libelos se hallaban a la orden del día, pero lo cierto es que el pueblo enfurecido saqueó armerías y se apropió de veintiocho mil fusiles y cinco cañones, que estaban en los Inválidos

Cuentan las crónicas que el día 14 de julio de 1789, Luis XVI, rey de Francia se pasó la jornada cazando y que al día siguiente, al despertarse, fue el duque de Liancourt en persona quien le comunicó lo sucedido, a lo que el monarca preguntó si se trataba de una revuelta y el duque repuso:

“-No, majestad, es una revolución.”

El resto es bien conocido por todos.

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