| XI I I CAPÍTULO (1) | |||
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No mucho rato después la barahúnda inundó la posada recorriendo sus escaleras y sus pasillos, en cuyas puertas golpeaba estrepitosamente hasta que llegó a la mía. Tardé lo conveniente en franquearla. Portaba una vela encendida en la mano, pero no hubiera hecho falta semejante iluminación porque las gentes del corredor estaban lo suficientemente provistas. En cabeza se veía al gordo posadero lívido de terror y detrás suyo a un oficial al que seguían los soldados, y entre los soldados se hallaba, cómo no, mi fiel Edmé intentando llegar hasta mí. -¿Qué sucede?... ¿A qué viene tamaño griterío y qué modales son éstos de llamar a mi puerta tan desconsideradamente como si yo fuera una criminal? -Señora, os ruego que disculpéis... El oficial propinó un empujón al posadero que había empezado a excusarse, y se encaró conmigo. Se trataba de un hombre joven y habituado a mandar, de rostro estrecho y expresión indescifrable. -Señora –dijo cortésmente pero sin ceremonias-, el detenido que llevábamos en custodia se nos ha escapado, vamos a organizar una batida por los alrededores mas ahora estamos registrando la posada, si tenéis la gentileza de colaborar con nosotros, registraremos también vuestro aposento. Hizo resuelto ademán de entrar pero yo le puse la vela delante del rostro, deteniéndole. -Teniente, podéis meteros en esta habitación, con todos vuestros hombres si lo deseáis y mirar cuanto os apetezca que pronto estará hecho. Desde hace cosa de una hora me hallo aquí sin más compañía que la mía y, francamente, no he visto a nadie que entrase ni apercibido a nadie oculto... Me eché a un lado para que dejase de mirar por encima de mi hombro, y, en efecto, pronto estuvo realizada la inspección ya que el recinto era muy pequeño y en él se amontonaban una cama enorme con dosel, un alto taburete a su lado, la mesa antes descrita y una insegura silla. Esto por lo que concierne al moblaje del cuarto, en lo que se refiere a mis pertenencias, un estrecho baúl permanecía abierto al fondo de la habitación. Como allí no había cortinajes ni cosa semejante, nadie, en verdad, podía esconderse sin ser visto. Empero, el teniente avanzó en cumplimiento de su deber, recorriendo en cuatro zancadas la estancia, sacó su espada del cinto revolviendo con el extremo las ropas del baúl, lo suficientemente largo y estrecho como para que en él se escondiese un hombre, luego se fue al balconcillo que abrió de par en par, asomándose al exterior. Hecho todo lo cual y ya convencido de que allí no se ocultaba ningún criminal peligroso, me saludó con una seca inclinación de cabeza. -De acuerdo, madame, el malhechor no está aquí, perdonad la intromisión. Cruzaba el umbral de la puerta cuando se volvió bruscamente y me recomendó. -Id con mucho cuidado ya que el riesgo no ha desaparecido todavía; se trata de un hombre temible, uno de esos agitadores que hablan mal del rey y pretenden empujarnos a la anarquía... Para él no existe nada sagrado... Vuestra criada me ha dicho que sois la vizcondesa de Rameau y creo que sería conveniente dejaros a uno de mis hombres de guardia en el corredor, ya que al menor ruido sospechoso... Hice una mueca graciosa. -Yo hablo en sueños, teniente, y al menor ruido sospechoso vuestro leal servidor entraría aquí trinchándome como a un venado antes de comprender su error, ¿no creéis que eso es mucho más peligroso? Entre la tropa hubo sonrisas disimuladas y el teniente frunció el ceño enojado. -Como gustéis señora vizcondesa. Su enfado me envalentonó. -¿Me podéis decir vuestro nombre?; al rey le gustará conocer el de uno de sus bravos soldados. Era un postrer intento de congraciármelo e impresionarle al mismo tiempo, pero él me sorprendió con una fría mirada y la respuesta que sonó áspera en sus labios: -Soy uno más en el ejército, señora vizcondesa, y mi nombre carece de importancia; me limito a cumplir con mi deber, eso es todo. Un nuevo saludo castrense y los celosos guardianes del orden se alejaron, a lo que Edmé, libre ya de trabas, voló materialmente a mi lado. -¡Oh, señora, señora, que mal rato he pasado cuando me han dicho que...! Le impuse silencio con un gesto y, cogiéndola del brazo la introduje dentro de la habitación, luego cerré la puerta atrancándola con la gruesa aldaba interior. -Hacéis bien... -¡Calla! Edmé me contempló con el desconcierto pintado en el semblante; yo me precipitaba en aquellos momentos hacia la cama vela en alto y me vio hurgar como una loca, arrancando almohadones, sábanas y los tres pesados colchones, para, al fin, hacer emerger de entre las ropas, medio ahogado, a un hombre de inquietante aspecto. -¿Os encontráis bien, decid, os encontráis bien?. Nos miramos por primera vez cara a cara a la luz del candil. Maurice era alto y apuesto, llevaba varios días sin afeitar y llevaba el lacio cabello castaño recogido en una sobria coleta , sus ojos, del mismo color que el pelo, eran grandes, ligeramente saltones y de párpados carnosos, poseyendo una expresión soñadora, su frente era despejada y propia de un pensador, la nariz aguileña, la boca mediana, de labios bien dibujados y flexibles como cintas, el mentón enérgico. No se trataba de un hombre hermoso precisamente, pero había en aquellos rasgos tanta fuerza, tanta decisión, tanta voluntad, que subyugaba y atraía como ser humano. Sin saber nada de él todavía, comprendí vagamente que ese hombre pertenecía a una raza nueva que ninguna semejanza observaba con las anteriores. -Perfectamente, gracias, señorita. Edmé surgió a mis espaldas, estupefacta. -¡Señora, es el... ! Me volví algo impaciente. -Sí, lo es. El perseguido nos contempló interrogantemente. -No temáis, mi doncella guardará silencio... Decidme, señor, ¿cuál es vuestro nombre?; aún no lo sé. -Maurice Dubois, más conocido por Maurice Bienveillant, un amigo del pueblo, de profesión abogado, vocacionalmente filosofo y político militante por la sagrada causa de la patria. Edmé se santiguó horrorizada. -¡Santa Madre de Dios! El miedo de mi doncella me hizo comprender todo lo absurdo que encerraba la situación... Tenía gracia que Cordelia Haworth, duquesa de nacimiento y vizcondesa por su matrimonio, se hubiese erigido en protectora de uno de los individuos que pretendían derrocar la monarquía sembrando el caos en nuestra perfecta sociedad. -¿Y vos...?; quisiera saber a mi vez el nombre de mi benefactora, si no tenéis inconveniente... ¿Por qué iba a tenerlo?, la situación ya estaba bastante comprometida como para que no se enredase un poco más. -Soy inglesa, la duquesa de Haworth, casada con un vizconde francés. -Sí, imaginaba que erais inglesa por vuestro acento. Maurice, que había salido de la cama, con un gesto cortesano, se inclinó sobre mi mano y la besó. -Os debo la vida, y no lo olvidaré nunca, señora. -Aún no estáis a salvo –gruñó Edmé de mal talante-, los soldados rodean la casa y también la llenan, ¿pensáis escapar volando? Sorprendentemente, Maurice pareció restar importancia a la amenaza. -Me ha parecido escuchar que iban a dar una batida por los bosques, eso significa que se alejarán. -No cantéis victoria, alguien se quedará en la posada por si aparecéis –dijo malévolamente mi doncella. Maurice se desentendió de Edmé, dirigiéndose a mí. -Señora, favor por favor, regresad a vuestra patria, los tiempos que se avecinan no son buenos para la aristocracia, hacedme caso, os lo ruego, marchaos de Francia. Le miré sin entenderle, sus palabras sonaban a esas fábulas que se cuentan a los niños para atemorizarlos con el ejemplo de una moral redentora. ¿Huir de Francia?... ¡Vaya una propuesta absurda; otras eran mis preocupaciones en esos momentos! Me senté en el borde de la vacilante silla. -Tendríamos que idear algo para facilitaros la huída –murmuré.
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