XI I CAPÍTULO (2)

Deslizó suavemente su mano sobre mis labios y esperó un instante presto a cerrármela al primer movimiento brusco.

-No temáis –repuse en igual tono de voz-, no pienso delataros... Tenéis mi palabra.

Me soltó y entonces quedamos el uno frente al otro, de pie, en la semioscuridad.

-Debe hacer muy poco que habéis escapado, lo que no alcanzo a entender es cómo y por qué no os están buscando ya; alguien ha tenido que ayudaros.

Pude apreciar que vacilaba ligeramente antes de responderme.

-Eso carece de importancia, lo cierto es que estoy libre.

-¿De qué se os acusa?... No parecéis un malhechor.

-Y no lo soy... Amo a mi país y lucho por el, eso es todo.

-¡Ah, ya entiendo, sois un disidente!

-Si os place llamadlo así.

Advertí que se estremecía, y, de pronto, con un gemido ahogado, se llevaba la mano al hombro apretándoselo.

-¿Estáis herido?

-No es herida, en la persecución anterior a mi captura, caí del caballo y éste me arrastró unos metros... Son los músculos magullados, nada más...

Pero eso no era todo porque empezóse a encoger perceptiblemente.

-¿Qué os sucede?

Con un visible esfuerzo, Maurice se enderezó

-Nada, señorita, debe ser la fatiga y...

-¿Y?... Continuad.

-Desde anoche que casi no pruebo bocado.

Semejante noticia me llenó de consternación.

-¿Cómo podéis?... ¿Cómo han podido?... ¡Es estúpidamente cruel el que os tengan sin comer!... ¡Sentaos, sentaos, aquí hay algunas vituallas!...

Me precipité sobre una mesa que ocupaba el centro de la habitación y en la que Edmé había dejado una cesta con frutas y repostería campesina, por si a media noche se me apetecía comer algo.

Mi inopinado huésped devoró con avidez manifiesta, pero sin perder por ello sus buenos modales, y, al final, le entregué uno de mis pañuelos a guisa de servilleta. Siempre llevaba conmigo un cordial y quise que lo tomase ya que era la única bebida con algo de alcohol que teníamos al alcance de la mano; Maurice la rechazó, prefiriendo un vaso de leche de la jarra que, también al efecto, reposaba junto a la cesta. Después, y durante unos instantes, ambos permanecimos silenciosos, Maurice se reponía y yo mientras pensaba rápidamente, ¿qué podía hacer con aquel hombre?, a quien, por supuesto, no iba a entregar a sus perseguidores. Inclinándome hacia él le pregunté:

-Sedme sincero, estáis en mi poder y demasiado indefenso ahora, sin embargo no pienso venderos, mas necesito que me seáis franco... Decidme, alguien ha tenido que facilitaros la huída y como no pudisteis ir demasiado lejos se os ha ocultado en este aposento, por casualidad el mío, o quizás no haya influido el azar en ello precisamente, pues soy la única viajera que se aloja en la posada y una dama siempre inspira consideración y respeto, lo que puede dificultar inspecciones... Decidme –repetí-, ¿esperáis que alguien venga a rescataros?

Lástima que estuviésemos en la semi oscuridad; me hubiera gustado ver su expresión en esos momentos: Maurice habló lentamente.

-El azar forzó la elección, señorita, si bien es cierto que alguien me ha ayudado, pues yo solo nada habría podido hacer... Han cortado mis ataduras pero luego no he podido llevar a cabo la carrera hasta el bosquecillo cercano en donde me esperaba una cabalgadura y he trepado por el árbol que da a vuestra ventana...

-¿En qué momento?; no he sentido ningún ruido.

Maurice debió sonreír en la penumbra.

-Me jugaba la vida en ello, señorita.

-Bien, si...

En aquel preciso momento, un estrépito horroroso se desató en los establos de la hospedería. Maurice se puso en pie de un salto con la agilidad que otorga la desesperación a los condenados.

-¡Lo han descubierto! –susurró roncamente, e hizo gesto de dirigirse al balcón.

Le agarré por el brazo.

-¿Estáis loco?, ¿pretendéis arrojaros directamente en brazos de vuestros perseguidores?

-¿Qué puedo hacer?

Y entonces dije, con una serenidad que a mi misma me sorprendió:

-Venid, voy a esconderos.

 

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