| XI I CAPÍTULO (1) | |||
|
|
|||
|
Ya en plena carretera, dentro del carruaje, deshice las vendas que me oprimían la muñeca y Edmé y yo nos echamos a reír alegremente y luego nos abrazamos jubilosas porque estábamos dejando atrás cuanto representaba la vida cortesana. Habiendo leído a Rousseau como todo el mundo, incluida la alta sociedad, poseía de la vida al aire libre ese concepto mitificado que se suele tener de aquello que idealizamos sin haberlo conocido realmente. María Antonieta se divertía jugando a pastores de égloga en sus dos Trianon y la aristocracia encontraba de buen tono hablar de la naturaleza, más identificada con la salvaje América recién emancipada que no que no con nuestros propios bosques, mucho más próximos. Sin embargo, yo les aventajaba ligeramente porque siempre había amado la vida al aire libre, aunque ello no fuera obstáculo para que siguiera contemplando los bosques y los jardines como escenarios pintados en un plato de Sevres, y si la naturaleza era amable y sonriente, siempre lo había sido desde mi perspectiva, resultaba de todo punto imposible el que llegase a suponer que de una manera, o de otra, pudiese volvérseme hostil, no por ella misma sino por quienes la habitaban o buscasen ahí su refugio. La vida en la corte te ponía una venda sobre los ojos y tapaba tus oídos y así nada veías y nada sabías y nadie podía advertirte de nada porque ellos eran los primeros en querer ignorar la candente situación por la que el país atravesaba, no comprendiendo en toda su magnitud hechos tan significativos como, por ejemplo, el que apenas hacía un mes, el 17 de junio, los diputados del flamante Tercer Estado, se proclamasen en Asamblea Nacional, y que el 23, pocos días después, el rey se tuviese que enfrentar con la Asamblea para contemporizar blandamente en un alarde de inseguridad política que iniciaba el comienzo del fin de una autoridad enferma de siglos. Ni a mí me importaba, digna hija de semejante sociedad; yo me iba al campo, no a Rameau, desde luego, sino a corretear por los bienaventurados caminos del Señor y saciarme de naturaleza viajando bajo nombre ficticio, la señora de Lille. una dama y su sirvienta que recorren la campiña francesa por el gusto de amanecer día sí día no, en un lugar distinto. Eso era la libertad, volar igual que los pájaros. Mas los pájaros son a veces demasiado cándidos y suelen ser cazados por esa causa, mal que yo lo ignorase en una época preparatoria de la revolución, pues el hambre había creado descontentos y éstos comenzaban a agruparse unos bajo el grito de “¡justicia!” y otros, mucho más primitivos, siguiendo los dictados de la miseria que crea salteadores de caminos y bandoleros. Cuando pienso que en aquellos momentos en los que el cochero hacía trotar sin excesivas prisas a las caballerías, bajo un cálido sol y entre campos y bosques de idílica apariencia, nos estábamos introduciendo, sin saberlo, en el ojo del huracán, me estremezco y no dejo de reflexionar sobre esa cita que afirma que los niños y los tontos tienen un ángel que los protege, y nosotras no éramos niñas, indiscutiblemente. Corría el año 1789 y salimos de París dos semanas antes del 14 de julio día en que la Bastilla sería asaltada, acontecimiento destinado a marcar un hito en la historia y no sólo de Francia, pero a un nivel mucho más reducido, y antes de que la Bastilla cayera, tuvo lugar un encuentro en mi vida que sería crucial, ese camino de Damasco que algunas veces nos abre los ojos haciéndonos tomar conciencia de las circunstancias que nos rodean. Fue en la segunda jornada de viaje y bajo el techo de una posada que se abría al camino. Llegamos atardecido sorprendiéndonos bastante el hecho de hallarla repleta de tropa que, según pudimos enterarnos ya que nadie se recataba de hablar alto, eran soldados que llevaban preso a un peligroso agitador político, aunque no había nada que temer, nos tranquilizó el posadero rápidamente, ya que el temible individuo se hallaba bien aherrojado y bajo custodia en los establos y que al día siguiente se lo llevarían de allí, información que no nos satisfizo grandemente puesto que también a primera hora debíamos partir nosotros. Apenas cenamos yo me retiré pronto al dormitorio que compartiría con Edmé, ella me ayudó a desvestirme y luego salió a trasmitirle al cochero unas órdenes mías. En el cuarto se abría una especie de balconcillo que daba a la parte de atrás de la posada. Permanecía entreabierto cuando entramos y al quedarme sola, luego de estar unos instantes tendida sobre el lecho, excesivamente alto y excesivamente muelle, fui directa al balconcillo para abrir de par en par sus postigos ya que la claridad empezaba a escasear y no deseaba encender prematuramente vela alguna, llevándome entonces las más grande sorpresa de mi vida, cuando, al empujar ambos batientes, apercibí un cuerpo humano que se agazapaba detrás de uno de ellos. Con una elasticidad de felino el hombre se incorporó y antes de que yo tuviera tiempo ni siquiera de abrir la boca, sentí como su mano me la tapaba mientras que con el brazo libre me ceñía el cuerpo inmovilizando los míos. Me empujó hacía delante y penetramos dentro del dormitorio. Desprendía un fuerte olor a sudor y a caballerizas y aquello, por paradójico que resulte, tuvo la virtud de tranquilizarme ya que, en un instante de desvarío, había regresado a la noche de mi violación, confundiendo al asaltante con el marqués de Montauvernie. Dentro de la pieza seguía sin verle el rostro pues, como he dicho antes, la claridad no abundaba, incluso después de haber abierto los postigos, pero ya sabía quien era: el temible y feroz agitador debía de haberse escapado de sus guardianes en virtud de no sé qué raro milagro y estaba allí conmigo reteniéndome prisionera. La situación, que hubiera llevado a desvanecerse a muchas mujeres, no me inmutó lo más mínimo. Sabía de una manera instintiva que aquel pobre hombre perseguido no me iba a hacer ningún daño, porque él temblaba más que yo, pese a sus esfuerzos por dominarse, y se le notaba cuidadoso en no ocasionarme sufrimiento alguno. Recuerdo que pensé muy británicamente: “un caballero, sin duda”. Y lo era, lo era Maurice Dubois, más conocido por Maurice Bienveillant por el pueblo de quien se había erigido en uno de sus más nobles paladines. Maurice, pero esto lo supe mucho después, era un intelectual de 26 años, hijo de acomodados artesanos ya fallecidos. El había estudiado, tal vez demasiado, y discípulo de Rousseau y de otros tan idealistas cono éste, helo ahí convertido en ardiente revolucionario. En un principio se le consideró digno de ser vigilado y más tarde sospechoso, para ser finalmente considerado un peligro público; los tiempos demasiado inseguros forzaron su detención. Su voz me susurró en el oído: -Os lo ruego, señorita, no gritéis, no deseo haceros ningún mal... Me acabo de escapar y aún no lo han descubierto, tengo que soltaros, pero si gritáis pensad que estáis asesinando a un hombre con mayor efectividad que si le estuvieseis clavando una daga.
|