| I CAPÍTULO (2) | |||
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No
le fue difícil encontrar a Sean O´Hara ya que su nombre era muy popular
en los muelles del Támesis, ahora bien, quienes iban acercándola al marino
no dejaban de contemplarla con marcado asombro; su porte y su elegancia
destacaban demasiado como para ser inadvertidos aun no tratándose de una
beldad -ella era excesivamente delgada-, ni tampoco una jovencita, dotadas
éstas siempre de un tierno y jugoso encanto, pero la miraban sin entender
que clase de asuntos podían atraer a los muelles a una dama semejante,
tan distinguida, completamente sola y a pie, algo inconcebible en la época.
Por fin se terminaron las preguntas cuando alguien le indicó unas espaldas próximas pertenecientes a un hombre alto, corpulento, de encrespados cabellos rojos y dueño de esa inconfundible voz que parece desafiar las tempestades, propia de los hombres de mar. -¿Sean O´Hara?, ahí mismo le tenéis... ¡Eh, Sean, piden por vos! El pelirrojo se volvió con rapidez, pero a la defensiva, ¡a saber a que tipo de requerimientos estaba acostumbrado!, sin embargo, al ver de quien se trataba la persona que iba en su búsqueda, se relajó notablemente y una especulativa sonrisa curvó sus labios. La desconocida le observó con frialdad... durante unos segundos, los suficientes para que la primera impresión se desvaneciese como el humo; el hombre era fuerte y vital sólido pero no pesado, dueño de una figura muy bien proporcionada, y su aire hubiera resultado dominante -el del individuo acostumbrado a mandar y a ser obedecido-, de no ser porque irradiaba un indefinible matiz paternalista, incongruente en él ya que como mucho debía sobrepasar los 30 años con escaso margen. Era un hombre todavía joven pues, y, dedujo rápida, libre de ataduras familiares ya que en su aspecto algo había que lo delataba; este descubrimiento hizo que la dama se pusiese inesperadamente melancólica pues la presencia del marino acababa de traer a su memoria un aluvión de dolorosas remembranzas, aunque se dijera enseguida “no es la misma persona porque no se le parece en nada físicamente”, pero luego recordó, muy a su pesar, que el alma también existe y que puede haber almas semejantes dentro de cuerpos muy diferentes. O’Hara tenía un simpático rostro cuadrado de ojos ligeramente saltones y párpados carnosos, que orillaba, a juego con el bigote que lucía, una corta barba, y ella instintivamente pensó que aquel individuo no iba a la moda, que era rudo, o más bien un patán y que si el destino forzaba a que sus caminos se cruzasen, aunque fuera por poco tiempo, constituiría más bien una penitencia que no una bendición, ya que aquel hijo del pueblo evocaba en su mente muchos recuerdos desagradables... Pero luego recapacitó; era injusta con el capitán O’Hara prejuzgándole antes de tratarle, y eso no estaba bien, la clásica reacción a la defensiva de quienes rehuyen cualquier situación que pueda acarrearles problemas aun no sabiendo a ciencia cierta si la circunstancia se va a dar. Él se acercó con lentitud, ya no sonreía, mas su persona irradiaba una espontánea cordialidad, tenía los ojos grises y en ellos descubrió la dama, muy a su pesar otra vez, un punto de innata ternura que bruscamente la turbó, incomodándola. -¿Me buscabais a mí? -Si sois vos Sean O´Hara... -Lo soy. Ella enrojeció violentamente. Demasiada gente les estaba observando como para no sentirse molesta, todo marineros igual de vulgares y toscos que su propio interlocutor, todos con una mueca burlona en la cara e intercambiando guiños muy poco disimulados, irlandeses sin duda. Jamás en la vida se había relacionado con alguno de ellos pero no ignoraba su mala fama: bebedores, pendencieros, de poco fiar, tramposos, ¿y ese sujeto era de quien debía recibir ayuda?, ¿tan desesperada se hallaba que no le quedaba más remedio que agarrarse a esta última oportunidad, ella, la duquesa de Haworth, un distinguido miembro de la nobleza inglesa? La voz de su conciencia la amonestó: “sí, estás desesperada, reconócelo y procura obrar de manera inteligente en consecuencia, este hombre y su barco son los únicos que pueden ayudarte, olvida los pergaminos pues a veces y tú lo sabes muy bien, no sirven para nada.” Sean O´Hara la contemplaba a su vez sin saber como clasificarla, que se trataba de alguien importante no había más que ponerle los ojos encima, que vestía con una modestia demasiado evidente, también... ¿Quién demonios era esa dama y que podía necesitar de él para arriesgarse a descender a los muelles sin ningún tipo de acompañante? ¿Y qué edad tendría? Sean no poseía vista en eso de adjudicar edad a una mujer; para él o eran jóvenes, o muy jóvenes, o viejas simplemente y sin transición, ya que no consideraba como un impedimento la madurez femenina si esta podía resultar aún apetitosa, pero aquella mujer constituía un enigma al no ser una jovencita ni una provecta dama, y, por suponer algo imaginó, aunque no estaba seguro, que podía contar sus mismos años... quizás, lo que si en un hombre no representa problema alguno, para una mujer si, además, no era atractiva, demasiado delgada cuando lo que privaban eran las mujeres plenas de redondeces -rostro, pechos, caderas, manos gordezuelas, brazos llenos-, y luego esos ojos azul porcelana que encerraban como una petrificada expresión de tristeza, los cabellos, muy finos, de un rubio en exceso transparente a semejanza de los de un bebé, la nariz delicada pero un tanto respingona, labios como los de una niña, es decir nada sensuales, pómulos marcados... De pronto Sean reparó en algo, que ella no era lo mayor que él estaba suponiendo, que debía ser más joven, que era su expresión la que le daba un halo de madurez, como si hubiese vivido mucho en pocos años, entonces, este descubrimiento le hizo sentir un nuevo interés por la desconocida, y cuando un hombre empieza a experimentar curiosidad hacia una mujer, es bien cierto que nada tiene de académica. -¿Podemos hablar en otro lugar... más recogido? –dijo ella, a lo que él, reprimiendo una sonrisa, contestó muy serio: -Si no os marea subir a bordo de un barco, en el mío podemos hablar tranquilamente lejos de oídos indiscretos. Ella asintió en silencio con gravedad, mas como se apresuró a seguirle, Sean dedujo que aquel “si” nada tenía que ver con que la dama fuese de las que se marean al pisar la cubierta de un navío, por más que anclado en el muelle poco trastorno pudiera causarle. Subieron pues, siendo escoltados por un coro de miradas socarronas, que, afortunadamente, ella no llegó a advertir. En cubierta había algunos marineros trabajando, pero el capitán no la llevó a su camarote, sino que la condujo a popa, apartándola de sus hombres. Aquella era una mañana despejada de nubes y se estaba bien al aire libre ya que ni siquiera soplaba la brisa. -Vos diréis. Ella no se anduvo con rodeos como solía ser habitual en las mujeres de su clase, pensó él, y fue directa al asunto que allí la había llevado. -Hace dos meses, de resultas de un temporal, vuestro barco sufrió graves desperfectos, lo que os obligó a gastar más de lo que pensabais con fin de pagar las reparaciones... O’Hara la contempló con un respeto nuevo, ¿qué clase de mujer era aquella que se expresaba como un hombre? -... tuvisteis que aceptar toda clase de trabajos para cubrir gastos y uno de ellos fue muy especial: el 9 de mayo, hace escasamente quince días, contrató vuestros servicios cierto caballero, para que le llevaseis lo más rápidamente posible a su punto de destino... Quiero saber cuál fue el puerto en el que descendió. El capitán se quedó boquiabierto al escuchar las últimas palabras pronunciadas casi con impertinencia, o de esta forma resonaron en sus oídos. -Señora, lo que me estáis pidiendo... Ella le devolvió impasible su estupefacta mirada; se le advertía desconcertado ya que la situación estaba escapándosele de las manos, por suerte nadie podía escucharles; de lo contrario hubiera supuesto una humillación para el capitán O’Hara. -Sé que lo que os pido, va en contra de vuestros principios ya que se os pagó generosamente por guardar silencio, y vos sois un caballero del mar en donde la ética imperante es diferente... Pero si os digo que todo ese dinero era mío, comprenderéis que no traicionáis a nadie... sino que estáis rindiendo cuentas a vuestro verdadero patrón. Ahora le tocó a su interlocutor el turno de enrojecer. -¿Podéis decirme vuestro nombre? -¿Creéis que os dio el auténtico ese caballero? Se contemplaron como dos rivales dispuestos a batirse. -Puesto que nada se escapa de vuestro conocimiento, decídmelo vos –masculló él visiblemente molesto. -Mister Smith. Él ya no se sorprendió y repuso hoscamente: -Así se llamaba. -Bien, entonces decidme, ¿en qué puerto le dejasteis? Sean meditó la respuesta cuidadosamente. -Antes quiero saber una cosa, ¿qué vínculo os une al caballero? Por el rostro de ella cruzó una sombra. -No creo que semejante tema sea de vuestra incumbencia, capitán. -Acabáis de confesar que el dinero con el que se pagó el viaje, salió de vuestra bolsa. -Salió, en efecto, pero no voluntariamente. O’Hara la miró sin comprender. -Me robaron, señor, eso fue todo. En cierta ocasión el irlandés había oído expresarse de forma parecida a un hombre que perdió toda su fortuna en la mesa de juego, un caballero, que, por serlo, siguió conservando los modales en todo momento, ya que cuando mencionó el desastroso cambio de fortuna, lo hizo con displicencia como el que comenta el estado del tiempo sin que en realidad le importe mucho si va a llover o no, y la desconocida era igual; indiscutiblemente estaban hechos de la misma madera. -Me colocáis entre la espada y la pared, señora... No es que dude de lo que decís, porque os creo, mas la palabra se la di a él, no a vos... La dama frunció el ceño, por un lado aquella actitud era un impedimento a sus planes y le molestaba, por el otro, no obstante, la lealtad del marino la sorprendía gratamente –lo que de nuevo hizo que determinados recuerdos la asaltaran-, ya que no resultaba usual encontrarla ni en las altas esferas ni en las bajas. Tuvo una débil sonrisa. -Él no hubiera viajado si no hubiese sido gracias a mi... Capitán O’ Hara –agregó con acento que no admitía réplica-, os contrato el barco pagándoos el cuádruple de lo que mister Smith os dio... y no os voy a preguntar a dónde me lleváis porque confío en vuestra buena memoria... ¿Aceptáis el trato? O’Hara la miró rectamente a los ojos como si pretendiera leer en su mente. -¿Afirmáis bajo palabra de honor de que habéis sido víctima de un robo? El semblante de ella asumió una expresión indefinible. -Os doy mi palabra de honor de que se abusó de mi confianza y buena fe y por ello fui víctima de un robo –aseguró lenta y solemnemente -¿Salvado el obstáculo? –concluyó de manera brusca. Él se acariciaba pensativo el mentón. -No es tan fácil, señora, me comprometí con unas mercaderías en la travesía que voy a emprender hoy mismo... Iré y regresaré; si no os importa esperar, a mi vuelta... -Me importa... Cuando zarpéis estaré a bordo, de esta manera no tendréis que volver a buscarme. La miró con curiosidad. -¿Cómo sabéis que no voy a engañaros? Esta vez ella sonrió abiertamente. -Porque sin haberos tratado nunca os conozco, capitán O’Hara; vos sois un hombre de honor. ¿Cuándo zarpamos? Todavía no repuesto de la sorpresa, su interlocutor, repuso: -Esta tarde, antes de la caída del sol. -Excelente, aquí me tendréis, y para sellarlo vaya esto de paga y señal. Así hablando ella buscó en su bolsillo, alargándole acto seguido una pequeña bolsita lo suficientemente pesada como para hacer suponer que la suma de dinero era bastante respetable, luego se despidió, y, como si la idea de la pronta marcha hubiese puesto alas en sus pies, abandonó con ligereza el Buenaventura.
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