| XI CAPÍTULO (2) | |||
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Llegué a París, próxima a cumplir los 17 años, habiendo crecido medio palmo y más gruesa de lo que haya podido estar nunca, con todo aún flaca a ojos de quienes dictaban las modas en la capital de Francia, y el duque de Chardonne me instaló en la corte ya de manera definitiva. En aquellos meses de voluntario exilio, habían sucedido muchas cosas, no sólo en mi vida sino también en mi país de adopción. Tía Amélie tuvo la excelente idea de morirse, supongo que del disgusto al ver como me escamoteaban de sus garras, y Athénaïs contrajo matrimonio con un miembro alsaciano de la pequeña nobleza rural, boda que no tuve inconveniente en dotar con esplendidez ya que mi desgraciada prima nada había tenido que ver con los siniestros manejos de su madre en relación al affaire Montauvernie. En cuanto a Francia, era el principio del fin pero no lo sabíamos. Yo puse casa en París, nada que ver con la sombría mansión que me fuera presentada como hogar familiar a mis 12 años, y Jean-Baptiste únicamente aparecía en mi existencia cuando se le requería de manera oficial, lo que por suerte no era muy a menudo. Toda la corte, tan dada a chismorreos de alcoba, habiendo sabido siempre de su ambigua condición, no se extrañaba de nada; para ellos era completamente razonable el que viviéramos separados pero mantuviésemos las diplomáticas apariencias que se exigían a nuestra clase social, y yo era feliz, todo lo feliz que puede serlo una joven que ha comprobado como su inexperta visión del mundo era aleccionada cruelmente y de la forma más inesperada. Ya nunca volví a ser la misma y aunque era sociable, porque el duque me dijo que no debía encerrarme en mi desesperación o de lo contrario podía acabar volviéndome loca, empecé a cobrar fama de mujer “extraña”, o sea, virgen, lo que me valió que al principio, muchos caballeros pretendieran cortejarme, sin ningún éxito, y, más tarde, se difundiera la especie de que madame la vicomtesse debía de haberse contagiado de los gustos de su marido, lo cual, aun siendo ofensivo, me permitió librarme del asedio masculino... y ponerme en fuga delante de cualquier desprejuiciada amazona. Pero eso no eran más que juegos o entretenimientos de ociosos; Francia se aproximaba a pasos agigantados a una revolución y la nobleza permanecía ajena a ello, pues si llegaban noticias que pudiesen alarmar, los cortesanos las desdeñaban ridiculizando al pueblo, la chusma, como la denominaban entre afectadas risas y gestos de cómica repugnancia, y si alguien mucho más inteligente y precavido pretendía inculcar sensatez en sus frívolas vidas, se le daba la espalda, era también objeto de chanzas, o se ponían a hablar del último estreno de Beaumarchais. Por mi parte no me hallo en condiciones de afirmar que obrase con más prudencia ya que mis propias desventuras y el ambiente entretenido de la corte, habían creado en torno mío una crisálida capaz de aislarme de la realidad que bullía fuera de Versalles. De las miserias del pueblo no sabía nada y si se oían comentarios sólo suscitaban exclamaciones de incredulidad al ser tildados de exageración; aquella frase tan famosa “si no tienen pan que coman pasteles”, jamás se pronunció con ánimo de ofender a nadie, es que en la mente de la reina no entraba el que si se había acabado el pan no echasen mano de los pasteles, ignorancia tan peligrosa que acabó costándole la cabeza. Esta desconexión de la realidad hizo que, después, todos nos lamentáramos, pero ya era demasiado tarde y no había remedio. Mis días transcurrían tranquilos y volver a la pintura, en la Toscana no había tocado un pincel, me hizo mucho bien y me otorgó un prestigio que mi renuencia a las aventuras galantes estaba empañando en gran manera. Yo pintaba, pero era aristócrata y eso encerraba un considerable encanto en una sociedad como aquella que no sabía como sacudirse el aburrimiento de encima, lo malo es que mi condición de noble que practicaba las artes era más tenida en cuenta por su extravagancia, que mis cualidades pictóricas, no era como Vigee-Lebrun o como Rosalba Carriera –mujeres pintoras-, ni entre los hombres podía compararme, ¿qué aristócrata se ha consagrado a la pintura convirtiéndose en un Rubens o un Tiziano? Podrían alabar mi arte y considerar de buen tono poseer un cuadro de la vizcondesa de Rameau: Oh, ce très jolie, ce charmant!... Mas no era esto lo que yo deseaba: un éxito sin lucha, estar a la moda como podía serlo la más hermosa o la más intrigante, o la favorita de turno, pero carecía de base. Sí, en efecto, yo pintaba bien, mi técnica resultaba impecable y mis modelos siempre me estaban reconocidos por el exacto parecido con que los retrataba, mas yo no me sentía satisfecha; ¿quién iba a recordarme dentro de cien años cuando aquellos lindos cuadritos se hubieran marchitado como las rosas?, ¿era verdaderamente una pintora o sólo una mujer ociosa que pintaba, tenía sangre de artista o, en lugar de ello intentaba olvidar el fracaso de mi vida con el arte? No se me ocultaba que Vigee-Lebrun tenía celos de mí por mi creciente popularidad, que le restaba una preciosa clientela, y no resultaba honesto porque ella lo hacía para vivir y yo no. A mí nadie me pagaba, pagarme hubiera sido lo mismo que dar una limosna a un banquero -al ser como era una de las primeras fortunas de Inglaterra y Francia-, entonces mis “clientes” me obsequiaban con fastuosos regalos, caballos de carreras, joyas, telas preciosas, etc. Siendo mi arte un arte de adorno, mi salario tenía que serlo igualmente. Decidí no pintar más, durante una temporada al menos y para ello fingí el haberme dislocado la muñeca, si la excusa resultaba o no creíble, era cuestión que no me quitaba el sueño; deseaba alejarme de aquel mundo y lo conseguí marchándome al campo.
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