XI CAPÍTULO (I)

A la tarde siguiente compareció Jean Baptiste, huelga decir que el “marqués” había huido como una rata una vez haber desempeñado su repugnante encargo, y con él la trouppe que le escoltaba –mucho tiempo después sabría que todos eran actores de la farándula contratados para la ocasión, incluido el falso Montauvernie que era el galán principal-. Mi marido preguntó por mí lleno de solicitud y al revelarle Edmé que me encontraba enferma, voló a mis habitaciones con objeto de que yo le hiciera la escena de la esposa vilmente seducida, para él entonces demostrarme su magnanimidad de marido comprensivo, capaz de cargar con el fruto de una malaventurada relación, a quien, en alarde de cristiana bondad era capaz de darle su apellido y olvidarlo todo en obsequio a mi inocencia arteramente arrebatada. Tal había sido el plan urdido y para él se contaba con mi inexperiencia y mi vergüenza: yo le daba un hijo que él no había tenido que hacerme, se apartaba de mí considerada y galantemente, el pequeño bastardo le aseguraba mi fortuna, y su situación quedaba al abrigo de los malos tiempos.

Pero en todo plan, por muy bien urdido que haya sido, siempre existen fisuras, y estas podían ser que el embarazo no tuviera lugar, o bien que el niño muriera a edad temprana, ¿lo había pensado Jean-Baptiste, o le bastaba con mi ultraje para creerse a salvo de todo, pudiendo utilizar la invisible amenaza de futuras violaciones para que yo le regalara mi dinero como el esclavo que compra su libertad?

En ocasiones, en el transcurso de muy pocas horas se puede envejecer toda una vida y endurecerse de la noche a la mañana -nunca mejor aplicado el dicho-, dejando de ser niña para convertirse en mujer y no precisamente porque un hombre se haya tomado la molestia de llevar a cabo el trabajo de Pigmalión.

La Cordelia en cuyos aposentos entró el vizconde de Rameau aquel día de ingrata memoria, nada tenía en común, ni física ni mentalmente, con la Cordelia de quien se despidiera la mañana anterior.

Todavía recuerdo la escena del reencuentro igual que si la estuviera viviendo; yo no pronuncié palabra mientras duró, un Jean-Baptiste que hablaba y hablaba sin cesar soltando un cúmulo de lugares comunes que no conducían a ninguna parte.

-Cuánto deploro el que no os encontréis bien... Naturalmente, flaquezas femeninas, lo comprendo... Descansad, querida esposa y reponeos... Lamento no poder quedarme a vuestro lado, pues si he vuelto ha sido para recoger ciertos documentos que olvidé y que necesito en mis negocios... Estaré fuera tal vez un mes o quizás dos, mas, para vuestra tranquilidad os enviaré a Amélie y a Athénaïs, que os cuidaran y os harán compañía en mi ausencia, no puedo yo permitir que estéis sin la presencia de personas tan queridas por vos...

No mencionó al marqués de Montauvernie, y ese silencio fue más elocuente que si me hubiese preguntado por él extrañándose de su marcha repentina. El plan había funcionado perfectamente, en su parecer, lo que Jean-Baptiste no podía llegar a imaginar siquiera es que, el asalariado esbirro, le hubiera descubierto, aunque eso careciese ya de importancia.

Hizo ademán de ir a darme un beso en los labios, pero al mirarme a los ojos cambió prestamente de opinión, tuvo una sonrisa postiza y escapó como alma que lleva el diablo de aquel dormitorio mancillado, abandonándome a un estado de ánimo más próximo al suicidio que a la vida.

Durante tres día me negué a comer, enferma de cuerpo y alma, y sólo admitía junto a mí a la fiel Edmè, mi única confidente y enfermera. El médico no fue llamado para que la noticia de mi deshonra no se extendiera por la comarca, y al cuarto día, cuando ya la debilidad se me llevaba, el brusco recuerdo de una inminente venida de tía Amélie, me hizo reaccionar. Las tierras de Rameau quedaban muy lejos de París y era de suponer que Jean-Baptiste aún no había llegado, pero cuando lo hiciera, ella se pondría en camino después de preparar el equipaje, o sea que en el término de unos días, estaría a mi lado con su hija. Y esa idea, mi tía entrometiéndose en todo, mi tía observándome y vigilándome como el cancerbero, atenta al menor síntoma que yo pudiese ofrecer de un estado de buena esperanza, era más de lo que podía soportar. Me decidí a comer entonces, con gran alegría por parte de Edmé quien ya me daba por muerta, y apenas algo repuesta le di el encargo de que fuese a buscar al duque de Chardonne de cuya estancia sabía en sus tierras tan cercanas a las nuestras, ya que cada año, por aquellas fechas, solía retirarse a descansar en ellas.

En cuanto apareció el duque, supe que Edmé se lo había contado todo, que era lo que yo secretamente deseaba, pues la expresión de su rostro delataba la confidencialidad de unos hechos que no necesitaban ser comentados por segunda vez.

-Querida Cordelia, he acudido a vuestra llamada como veis... Decidme, ¿en que puedo serviros?

Yo entonces, tan fuerte hasta el momento, me deshice en llanto y él me abrazó paternalmente, susurrándome palabras de aliento mientras acariciaba mis cabellos.

-No tengáis empacho y llorad, niña, llorad, que el llanto desahoga el dolor.

Por fin pude sosegarme y le expliqué lo que esperaba de él.

-¡Sacadme de aquí, señor duque, sacadme de aquí, llevadme a vuestra casa e impedid que Jean-Baptiste o mi tía se me acerquen; no quiero verles, no quiero verles nunca más... Si ellos se me acercan, me mataré, os lo juro... !

Y mi buen amigo, el anciano duque, en cuyos ojos se contenía el brillo de unas lágrimas, besándome en la frente, me dio su palabra de caballero de que no iba a permitir el que tal cosa sucediera.

Aquella misma tarde marché a su castillo y Edmé se reunió conmigo a la jornada siguiente trayéndome todas mis pertenencias personales, vestidos, joyas, útiles de pintura, dibujos y algún cuadro, aunque entre estos últimos no se encontrase el del marqués de Montauvernie, como es de suponer.

Al llegar tía Amélie y no encontrarme, sabiendo donde estaba, se presentó en la posesión del duque pero sólo habló con él y tuvo que regresar con las manos vacías al cubil de su ahijado, y puesto que los acontecimientos así estaban desarrollándose, Jean-Baptiste no tardó en efectuar el mismo camino de ida y de vuelta. Después de esta visita, tranquilidad, Chardonne me dijo que no temiera que ya estaba la situación arreglada, y para confirmarlo se me llevó a Italia de nuevo, pero en esta ocasión a la Toscana en donde tenía una hermosa villa rodeada de fértiles tierras pobladas de viñedos y en la cual residimos durante varios meses.

Después tuve que regresar a Francia junto con al duque, pero libre ya de la inquietud que me inspiraba Jean-Baptiste, porque gracias a mi protector, y descubiertas las insidias del hombre que se hacía llamar mi marido, el vizconde de Rameau no iba a ser desde entonces en mi vida mas que un comparsa a sueldo que en cuanto intentase salirse del papel que se le había asignado, perdería fortuna... o tal vez la vida. 

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