X CAPÍTULO (II)

Mucho más tarde, se lo confié a Jean-Baptiste, manifestándole mi disgusto, pero él se echó a reír y me llamó “educanda de convento”, luego cambió de expresión, algo normal en su carácter, y dijo, enfadándose, que no me portase como una tonta gazmoña, que yo era una artista y que el artista se halla por encima de prejuicios y convencionalismos, (“qué bien os dejasteis de remilgos cuando en Florencia hicisteis varios apuntes en vuestro álbum, del David de Buonarrotti”), y que si al marqués de Montauvernie se le antojaba posar desnudo pues que lo mirase igual que cuando pintaba un paisaje, ya que, después de todo no se trataba sino de un conjunto de formas y colores, nada más.

Tuve que transigir, mi marido esperaba mucho de aquel caballero, y yo tenía el suficiente amor propio como para no renunciar por cobardía, así que continué con las sesiones, siete fueron exactamente, ya que salían a dos diarias, hasta que una mañana, mientras me hallaba desayunando en mis aposentos, entrara presuroso Jean-Baptiste para comunicarme que debía marchar a París con fin de resolver ciertos asuntos enojosos cuya índole no se molestó en explicarme. Me recomendó que tratase hospitalariamente a nuestro ilustre invitado, asegurándome que procuraría que su ausencia durase el menor tiempo posible. Luego, desde la puerta, me tiró un beso con la punta de los dedos al tiempo que repetía: “recordad que los antojos del marqués son órdenes que deben ser obedecidas”, y se marchó.

La primera sesión de aquel día, no porque Jean-Baptiste hubiese tenido que partir fue diferente a las demás ya que mi nada celoso marido tenía la costumbre de no estar presente mientras yo trabajaba retratando al marqués, y todo transcurrió de la forma más normal, Montauvernie haciendo alarde de su musculatura, canturreando por lo bajo o bien declamando de vez en cuando fragmentos de obras teatrales ya que era aficionado a ese tipo de representaciones. A mí, todas aquellas muestras absurdas me incomodaban enormemente, porque el marqués no brillaba por su ingenio que digamos -ni entonces ni cuando conversábamos los tres durante las veladas ya que su único tema era el teatro desdeñando política, o bien las acostumbradas pirotecnias verbales a través de las cuales muchos intentaban imitar al señor Voltaire con desigual fortuna-, y, como me sentía muy molesta, decidí concluir antes de lo previsto la sesión.

-Bien, señor, descansad, que por ahora hemos terminado.

-¿Tan pronto?

-Tengo que esperar a que la pintura se seque para seguir trabajando.

-Ponedlo al sol y secará rápido.

-No es así como se procede...

Cambió de postura, recostándose cuan largo era sobre el diván; me observaba con los ojos entornados.

-Veo que tenéis sueño, señor, os dejo para que podáis dormir con tranquilidad.

Él pareció sorprenderse ante mi comentario.

-¿No creéis señora que pecáis de cruel con vuestro desventurado modelo?

Yo me estaba quitando, atolondradamente, la pintura de las manos con un paño y, al levantar el rostro comprobé que se había incorporado y se me acercaba con el lienzo anudado al talle previamente, lo que le convertía, al tener los cabellos de natural rizado y la curva del labio superior en forma de corazón, en una especie de gigantesco Cupido.

-Señor marqués de Montauvernie, no creo que vos seáis lo desventurado que pretendéis pues todo en la vida os sonríe, tenéis linaje, posición, sois hermoso...

No debía haber dicho aquello último, pero lo hice inocentemente.

-¿Os lo parezco? –preguntó, halagado en su vanidad.

-Soy pintora y para mí tan digno de atención es vuestro rostro como un cesto de hortalizas.

Se echó a reír muy divertido.

-¡Os puedo asegurar que nunca me habían comparado con un cesto de hortalizas!

-Siempre ha de haber una vez primera en todo, ¿no os parece?

El marqués me recorrió con una mirada que me causó profunda desazón.

-Eso creo yo también... ¿Me permitís?

Se me acababa de caer el paño en el cual intentaba limpiar con trementina los restos de pintura de mis dedos, él lo recogió del suelo poniéndomelo en la mano, luego, delicadamente, posó sus labios sobre el pulso de mi muñeca, una presión cálida y ligeramente húmeda que me sobresaltó, por lo cual retiré violentamente el brazo y el paño volvió a caer al suelo, pero esta vez él no hizo ademán de recogerlo. Estaba tan próximo a mí que volví a sentir el calor punzante de su cuerpo así como la intensa fragancia del odioso perfume que acostumbraba a emplear, entonces retrocedí con brusquedad y eché a correr saliendo de la estancia.

El resto de la jornada lo pasé recluida en mis habitaciones tras haberle enviado al marqués de Montauvernie un billete en el que excusaba mi presencia para la sesión de la tarde, pretextando una inoportuna jaqueca. Ciertamente que me encontraba desazonada e inquieta, pero no hasta el extremo de que ello pudiera enfermarme. Las libertades de nuestro visitante, su desvergüenza de hombre seguro de su atractivo físico, me habían humillado profundamente, tanto, que prefería no verle al menos durante 24 horas en la ilusoria esperanza de que Jean-Baptiste regresara cuanto antes, ya que su marcha parecía haber acortado las distancias entre el huésped y yo, situación que me resultaba en verdad desagradable y difícil de manejar.

Edmè, mi fiel sirvienta y amiga, se hallaba en cama en esos precisos momentos víctima de un molesto resfriado, y tal fue la causa de que no recurriese a ella en plan confidente como tenía por costumbre; Edmè hubiera aportado sosiego a mi atribulado espíritu.

El cortesano marqués repuso a mi billete con otro muy perfumado en el cual manifestaba su sincera preocupación por mi salud y me deseaba un pronto restablecimiento, finalizando con unos versos de Romeo y Julieta que yo consideré improcedentes -por más que pretendieran rendir homenaje a mi patria-, ya que se mencionaban el canto de la alondra y el del gallo.

Aburrida y nerviosa, me acosté pronto, y, cosa extraña me dormí enseguida, tal vez debido al influjo de la luna llena que aquella noche lucía en todo su esplendor Al cabo, desperté de improviso con la sensación de que no estaba sola en mi dormitorio. No sé que pudo arrancarme del profundo sueño en el que me hallaba sumida, quizás una puerta que cruje, un mueble que es golpeado, un bibelot de metal que cae al suelo, el hecho es que desperté y, soñolienta, vine a creer en un primer instante, que Jean-Baptiste había regresado inopinadamente de su viaje y entraba a darme las buenas noches, supuesto que se afirmaba en la presencia de un hombre en mi aposento, un hombre alto vestido con un largo y blanco camisón. Entonces reaccioné: Jean-Baptiste siempre realizaba sus visitas nocturnas envuelto en la armadura protectora de su bata adamascada.

La fantasmal presencia se movía sigilosamente bajo la luz de la luna, los rizosos cabellos sueltos como la cabellera de Medusa, y supe de quién se trataba porque su habitual perfume le delató. Debí haber gritado en aquel instante, pero enmudecí aprisionada en el horror de la situación; yo no le había invitado a mis aposentos mas él podía asegurar todo lo contrario; ese pensamiento me obligó a callar siendo la causa de mi infortunio.

-¿Qué hacéis aquí?... ¡Marchaos! –le conminé en voz baja.

-¿Sabéis quién soy?... Yo había creído que me confundiríais con vuestro amantísimo esposo, madame...

-Al amparo de las sombras nocturnas, mi esposo nunca se ha presentado como un malhechor en este dormitorio...

Yo intentaba saltar del lecho y él me lo impidió desplazándose con agilidad al caer sobre mí inmovilizándome.

-¿Habéis perdido la razón?... ¡Soltadme o grito!

-Tiempo habéis tenido de hacerlo, señora vizcondesa y ahora ya es demasiado tarde, ¿no os parece?

Era demasiado tarde, en efecto. Me revolví, luché, le arañé, y puse tanto brío en todo ello que mi asaltante, maldiciendo, tuvo que echar mano de la fuerza bruta para dominarme, abofeteándome, entonces exclamó con la respiración entrecortada y jadeante por la lucha, mientras yo me debatía dolorida:

-¡Pequeña estúpida, esto es lo mejor que podía pasaros con la clase de marido que tenéis, encontraros con un hombre de verdad y no con un...!

Pronunció la palabra y el corazón pareció querer dejar de latirme.

-¿Qué sucede, Cordelia, es que ignorabais los gustos personales de vuestro solicito esposo?

Su sarcasmo me hizo más daño que los golpes anteriores y me alcé en un postrero intento de rebelión, pronto sofocado de la forma más innoble que pudiese imaginar una ignorante muchacha de 16 años.

-Se me ha pagado para que os seduzca, pero si ofrecéis resistencia no tendré otra solución que la de forzaros... Lo dejo a vuestro libre albedrío... y espero que no seáis tan necia como para renunciar a un goce del que aún no habéis disfrutado en vuestra corta vida de casada.

Eso dijo, pero yo no elegí, me desmayé, y cuando recobré el conocimiento estaba sola, tumbada desnuda sobre el lecho, la luna ya no iluminaba la estancia, y lo irremediable había sucedido.

Todo mi cuerpo encontrábase magullado; sentía en el bajo vientre un dolor profundo mientras que la sangre se coagulaba entre mis muslos.

Como pude me incorporé torpemente, y, sin acordarme de que Edmè estaba enferma, tiré del cordón del servicio, que siempre la traía a mí lado en cualquier momento, desde allí donde estuviera

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