X CAPÍTULO

Cuando me convertí en mujer, con la consternación subsiguiente que ello hubo de causarme, los acontecimientos se precipitaron de forma vertiginosa.

En primer lugar, mi solicito esposo me arrancó de la corte recluyéndome en su mansión ancestral, lo que, por otra parte, no me causó enojo alguno ya que la vida campestre, la auténtica y no la teatral del Gran y Pequeño Trianon, era muy de mi agrado. En segundo lugar ni tía Amélie ni Athénaïs fueron invitadas en esta ocasión, cosa que me debía haber hecho sospechar y lamentablemente no fue así, y en tercer lugar, Jean-Baptiste me hizo el alto honor de confiarme que llevaba entre manos un asunto importantísimo consistente en granjearse los favores de un determinado marqués muy influyente en la corte y por cuya mediación pensaba obtener ciertas desmesuradas prebendas que, según él, legalmente le pertenecían pero que otros, intrigando con más suerte, le arrebataran ya en su infancia.

Mi intervención en semejante escenografía era el de amable anfitriona de un caballero que había manifestado el deseo de que yo le pintase un retrato de cuerpo entero, y de tal guisa de mí dependía en gran manera el que a mi esposo le devolvieran lo que con arteras mañas le quitasen de manera injusta.

Como veía a Jean-Baptiste sinceramente preocupado en causar la mejor impresión al marqués de Montauvernie, quise poner de mi parte todo cuanto fuera posible para que la estancia en nuestra casa del citado aristócrata constituyera un éxito, ya que el marqués iba a hospedarse en Rameau todo el tiempo que durase la pintura de su retrato. Sin embargo, los motivos que me animaban no eran altruistas, pues cuanto más satisfecho y complacido se hallase mi primo menos me dedicaría su atención, que era de lo que huía yo en aquellas últimas semanas porque el temor de un asalto marital me causaba inquietud y angustia ya desde que en la corte comenzara a descorrerse el telón, no diré ante mis ojos, pero si junto a mis oídos merced a las mil voces insidiosas que tampoco mostraban reparos en hablar de ciertas intimidades del rey y la reina, antes y después del nacimiento de su primera hija, como prolegómeno indiscreto a la confidencia de las suyas propias.  

Lo que yo ignoraba entonces, porque desconocía lo que pudiera llegar a ser el amor, o simplemente, la pasión, era que aquello que me causaba tanta repugnancia, el acercamiento físico, nada encerraba de temible si el impulso se compartía, que incluso podía ser hermoso, mas con la persona adecuada, lo cual, obviamente, en mis circunstancias no se daba, aunque bien deba admitir que en todo aquel tiempo Jean-Baptiste, y desde que contrajésemos matrimonio, lejos de acosarme con galanteos atrevidos, fuera del ritual nocturno de su “buenas noches” inofensivo a todas luces, nunca había traspasado la línea que nos separaba ni parecía sentir ningún interés por ello, al menos, de momento, aunque por otra parte resultaba lógico, según mi modo de ver las cosas; yo no era hermosa y de ahí su comprensible despego.

El señor marqués de Montauvernie llegó con el crepúsculo de un cálido día de mayo, entre el fárrago de carruajes y un mermado séquito de servidores, ayuda de cámara, secretario, lacayos y cochero, que pronto desaparecieron engullidos en las dependencias de los criados, menos el secretario a quien su amo mandó con urgencia lejos de allí a realizar no sé qué importantes diligencias.

El marqués era joven, lo cual me sorprendió bastante, alto, fuerte, gallardo, y no todo lo elegante que cabía esperar en un caballero de su abolengo –bien es verdad que muchas veces las marquesas gustan de confraternizar con los marmitones-, ya que parecía escucharse a sí mismo cuando hablaba vocalizando de una manera perfecta y con un timbre de voz lo suficientemente alto como para semejar el doble de un pregonero, pero era guapo, lo que disimulaba sus estridencias, aunque sin poseer los rasgos de su rostro ese tipo de belleza clásica que tan de moda estaba por los salones. A mi me pareció el suyo un atractivo insolente de hombre acostumbrado a deslumbrar a las mujeres conquistándolas con rapidez, tipo de don Juan bastante común en la corte, y que, por las razones ya expuestas anteriormente, no me seducía.

Conmigo fue de una cortesía exquisita, tan teatral como la de Jean-Baptiste, mas estaba acostumbrada, por lo que no hubo de impresionarme.

Al día siguiente comenzamos con las sesiones, teniendo que plegarme a sus gustos caprichosos pues quiso que le retratase en plan de Eros. Como las costumbres artísticas favorecían el auge del disfraz clásico o bien mitológico, la elección no me sorprendió en absoluto, pero sí el detalle de que “el retrato debía representarle en trance del despertar en un lecho, medio desnudo ya que apenas le cubriría un exiguo lienzo blanco”, titulándose el cuadro  “El despertar de Amor”, en recreación del mito de Eros y Psique, recreación que entonces juzgué incompleta al faltar Psique.

Se me había presentado envuelto en un batín y sin nada debajo ya que me sugirió que yo buscase el lienzo, “pues como pintora debería tener muchos”, en cuanto al lecho me dijo que le bastaba con una especie de otomana que tenía yo en el estudio, instalada allí por indicación de Jean-Baptiste hacía unos meses “con objeto de mejor favorecer mis tareas pictóricas”. La otomana estaba tapizada en seda de color rojo y era como un manchón violento que siempre me hería la vista cuando acertaba a mirarla, por lo cual habitualmente la tenía cubierta de objetos para que rompiesen aquella encendida uniformidad.

El marqués de Montauvernie pretendía recostarse sobre el diván, apenas cubierto lo que la decencia exigía, entreabiertas las piernas y con una mano sujetando en la cintura, por puro formulismo, el lienzo de marras, mientras que la otra pendía lánguidamente al extremo de un desmadejado brazo que daba la impresión de resbalar sobre el asiento de la otomana.

Siempre he sido yo la que ha elegido la postura de los modelos en relación a las luces y a las sombras -entonces apenas utilizaba la claridad del día en los retratos prefiriendo dejar la pieza en una semi oscuridad que sólo rompía el resplandor de las velas-, y en verdad que me molestó muchísimo el que se permitiera enseñarme mi oficio cuando advertíase que no tenía ni la más remota idea. Por unos momentos tentada estuve de decirle que la pintora era la vizcondesa de Rameau y no el señor marqués, pero me reprimí pensando en Jean-Baptiste y sus ansiadas prebendas, así que no me tocó más remedio que obedecer. Entonces vino el segundo acto de la comedia y Montauvernie empecinóse en que le arreglara los pliegues del lienzo con el cual ya se había cubierto él mientras yo le daba la espalda fingiendo hallarme muy atareada preparando los útiles necesarios para el primer boceto y rogando a todos los santos de la corte celestial el que mi marido se dignase a hacer acto de presencia allí, ya que ni el consuelo de la compañía de Tiny me quedaba habiendo fallecido el pobre animalito hacía dos años.

Me acerqué al marqués e involuntariamente tuve que apreciar, porque no estaba ciega, la belleza de los miembros bien torneados que exhibía, al parecer, con la mayor de las indiferencias; me acerqué lo suficiente como para que me alcanzase el calor de su cuerpo mezclado con esa sofocante mixtura perfumada que parecía constituir una segunda vestidura en él... y empecé a ponerme nerviosa. Para mí el arte siempre había sido una religión y no podía ver nada malo en un desnudo ya que admiraba la estatuaria clásica, mas aquella muestra exhibicionista, y a todas luces premeditadamente obscena, del hombre que me contemplaba con los ojos entornados y una sutil sonrisa burlona curvándole los labios, me turbó considerablemente.

Observé el lienzo con fijeza, un abultado amontonamiento de pliegues carente de toda estética pero que consideré indecoroso ordenar, y al cabo, dije:

-No debe retocarse nada, los pliegues son correctos.

El marqués susurró con una voz ligeramente enronquecida en tanto con los dedos iniciaba un suave tamborileo sobre su cintura:

-¿Soy vuestro primer desnudo, madame?

Sentí que me ruborizaba hasta la raíz de los cabellos, y apartándome con presteza, busqué refugio detrás del caballete.

-No, no lo sois –repuse poniéndome a dibujar vigorosamente.

-Comprendo –sonrió él con ironía-, los otros eran de mármol.

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