| IX CAPÍTULO | |||
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El Buenaventura tenía que descargar y recoger en el diminuto puerto de una de aquellas islas que se diseminan por el golfo de Saint Malo, lo que para la señora de Lille debió constituir sin duda alguna un fascinante espectáculo, pues no tuvo el menor reparo en presenciar desde cubierta la maniobra de atraque, posterior descarga y nuevo embarque de mercancías, para irritación del capitán a quien no se le alcanzaba el por qué la dama tenía que hacer siempre acto de presencia allí en donde no era requerida, pero no había más remedio que transigir ante la decidida voluntad de una mujer que se comportaba como un hombre en ocasiones, es decir, sin dengues ni melindres y que todo lo observaba con el detalle del estudioso. Fémina asombrosa si hemos de tener en cuenta que en el trascurso de pocos días se había hecho con las simpatías de la tripulación, lo cual de por sí resultaba toda una proeza considerando que los marineros nada tenían de gentiles hombres cortesanos y que más se daban al reniego que no a las elucubraciones filosóficas; el contramaestre la adoraba abiertamente, el resto parecían encandilados ante su presencia y O’Hara no dudaba que entre ellos estuvieran echando a suertes a ver quien iba a ser elegido como próximo modelo de la amable dibujante, lo que no dejaba de ser el mundo al revés; la señora de Lille no era una mujer atractiva para los gustos de los hombres del mar, con el agravante, además, de ser una dama, lo que convertía en incomprensible la devoción que le profesaban sus marineros, por otra parte, totalmente limpia y sin dobles intenciones, comportamiento aún más anormal si con el se ha de redondear la situación creada en tan pocos días. Apenas hubieron acabado todas las maniobras que constituían parte del negocio de O’Hara, la pasajera se aproximó al capitán con una agradable sonrisa en el rostro, lo que acabó de enfurecerle por más que no existiera un motivo razonable que lo justificase. -Señor, deseo bajar a tierra. Sean la miró fastidiado, iban a estar unas horas, tiempo preciso que él necesitaba para establecer futuros negocios, y la dama “deseaba” bajar a tierra como si esto fuera la cosa más sencilla del mundo tratándose de una mujer. Él tenía sus ocupaciones, los marineros también, y entre ellas no se encontraba la de hacer de señora de compañía de una mujer como aquella, ¿por qué diablos no se había traído a una sirviente, al menos para cubrir las apariencias?, ¿tenían ellos que dejarlo todo y convertirse en sus perros falderos?, ¿cómo iba a pasearse sola por el puerto, o por el pueblo si se le antojaba?, eso no era lo correcto; la iban a confundir con una buscona y surgirían problemas. En el puerto abundaban los lobos hambrientos, rudos marineros, o simplemente indeseables que por navegar bajo alguna bandera se creían con derechos feudales sobre cualquier ser que llevara faldas y no fuese debidamente acompañado, y la señora de Lille “deseaba” pasear como si se hallase entre las frondas de un parque. Apretó los dientes y luego no tuvo más remedio que decir ante su gesto expectante: -No creo que sea una idea acertada, madam. -¿Por qué no? -Las gentes... El ambiente... Nada de todo ello es adecuado para vos. Ella había dejado ya de sonreír. -Que lo sea o no, eso debo ser yo quien lo juzgue, ¿no os parece? El capitán respiró profundamente, haciendo acopio de paciencia. -Estáis bajo mi responsabilidad y no puedo permitir que corráis riesgo alguno. Ella se permitió una inesperada risa. -Os lo agradezco, pero sé muy bien cuidarme sola. Sean la envolvió en una mirada que revelaba sus más íntimos pensamientos. -No lo pongo en duda, milady –era la primera vez que le daba ese tratamiento-, pero en mi barco mando yo y todos deben obedecerme, es una cuestión de disciplina. -Os recuerdo que soy vuestra pasajera, no uno de los marineros de la tripulación del Buenaventura –contestó ella con altivez. -Y yo os recuerdo que puedo dejaros en tierra si tanto lo deseáis, pero para que os busquéis pasaje en otro barco cuyo capitán sea más complaciente que yo. Medió un silencio tenso entre ambos, demasiado tercos los dos para ceder un ápice en sus respectivos terrenos. -Capitán –repuso ella al cabo con voz muy suave-, he vivido situaciones acerca de las cuales no podéis tener ni la más ligera idea, y he sobrevivido, comprenderéis, pues, que para mí, bajar a tierra, sola, no constituye ningún problema; sé defenderme perfectamente. De nuevo el fantasma de la Revolución Francesa se hizo presente ante los ojos de Sean, esa sombra y el desconocimiento de la vida y las andanzas de tan desconcertante mujer. Bueno, sí, la señora de Lille estaba allí, surgida de la nada para incordiar en su existencia, con un pasado a cuestas, un pasado que él ignoraba, altiva y dominadora como si los riesgos la excitasen poniéndola de buen humor. -¿Y con qué os vais a defender, si puede saberse? Ella volvió a sonreír. -Con esto, señor. Y al responder mostraba en su enguantada mano una pistola lo suficientemente pequeña y primorosamente trabajada, que hacía suponer un pedido de encargo, exquisito y muy costoso. Él masculló con desdén: -¡Un juguete! -Puede parecerlo, mas sus efectos son mortales. O’ Hara frunció el ceño pensativo. -¿Era necesario traer... “eso”, a mi barco? Ella se ruborizó involuntariamente. -Siempre lo llevo conmigo cuando viajo, es mi mejor garantía de seguridad. -Capitán... Era Ebenezer Wilkes el que había hablado. Los dos se volvieron a mirarle como si, de repente, hubieran descubierto que no estaban solos a bordo. -¿Señor Wilkes?... -Disculpad la interrupción, capitán, pero venía a preguntaros... La señora de Lille guardó un cortés silencio mientras los dos hombres hablaban y cuando el breve diálogo concluyó, antes de que el contramaestre se alejara, ella dijo, yendo directa a lo que le interesaba: -Capitán O´Hara, ¿puedo pediros, como un favor especial, el que me permitáis bajar a tierra acompañada por el señor Wilkes? Ambos la contemplaron con el asombro pintado en sus semblantes; resultaba de todo punto inconcebible el oír de labios de una dama semejante proposición. Luego el capitán, comprendiendo que era una pérdida de tiempo el ponerse a discutir de nuevo con ella, se volvió bruscamente hacia el contramaestre. -¿Qué decís a eso vos, señor Wilkes, vuestras ocupaciones os dejan unos momentos libres que puedan ser dedicados a la señora de Lille? El pobre hombre, que aún seguía pasmado ante la ocurrencia de la pasajera, atinó a reaccionar a duras penas. -Pues... Yo... Capitán O’Hara, será para mí un honor acompañar a la señora de Lille si lo que desea es pisar tierra firme. Ella apenas pudo reprimir una sonrisa de triunfo que a Sean le hizo el mismo efecto que una bofetada. -Si disponéis de tiempo, por mí no hay inconveniente, señor Wilkes, bajad los dos en buena hora, lo único que pido es que no demoréis el regreso ya que, pasado el medio día, volvemos a zarpar. “-¡Inglesa caprichosa, niña consentida, aristócrata estúpida!” –masculló entre dientes airado, mientras se alejaba a grandes zancadas, rompiendo el pequeño grupo compuesto, hasta hacía unos momentos, por su contramaestre, la dama y él. -¿De cierto que no os causo muchos quebrantos, señor Wilkes? –preguntó ella haciendo alarde de sus buenos modales, pero segura de haber ganado la partida. -¡Oh, señora, por supuesto que no! Por supuesto, una expresión muy inglesa, había que deducir que no existían problemas y que todo marchaba como la seda, pero, ¿así iban las cosas en realidad? El capitán del Buenaventura les vio descender a tierra media hora más tarde, a ella con el aplomo que la caracterizaba, y a su viejo contramaestre siendo el blanco general de las envidias del resto de la tripulación, y aunque luego él también bajó al puerto porque tenía que atender a sus propios asuntos, la extravagancia de la señora de Lille no se le apartó del pensamiento en todo el tiempo. ¿Por qué había querido ir a tierra si en aquel lugar nada existía que pudiera atraer su interés: un mísero pueblo de pescadores y nada más? ¿Pasear por pasear, cambiar la inestabilidad constante del barco por la firmeza del suelo bajo sus pies como dijera Wilkes? La señora de Lille iba armada y eso no era usual en una dama, ni siquiera so pretexto de viajar sola. Pensó en mister Smith, tan inidentificable bajo el sombrero y la capa, en aquella su voz ronca y baja, en que la dama le acusaba de haberla robado, y lanzó un sonoro juramento sin darse cuenta, tan abstraído se hallaba reflexionando, mientras marchaba a sus negocios por los callejones portuarios; estaba viendo con claridad algo que hasta aquel momento había permanecido invisible a sus ojos: la señora de Lille no iba tras un ladrón, la señora de Lille seguía el rastro de un hombre al que se hallaba dispuesta a borrar del mundo de los vivos, y la pregunta era, ¿por qué?
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