| VIII CAPÍTULO (2) | |||
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En realidad entonces no me importó casarme, se trataba de un formalismo obligado en la vida de todas las personas, y fue algo muy divertido asistir a la ceremonia de mi propia boda como protagonista principal. Sólo empañó aquella alegría el hecho de que el duque de Chardonne no estuviese presente, pero es que por esas fechas se hallaba en Austria realizando un viaje para conocer al último de sus nietos nacido de su hija pequeña Dianne –esta e Isabelle eran las únicas que le quedaban de una progenie de quince hijos legítimos, fallecida la mayoría en su infancia-. Algunos años más tarde, reflexionando sobre el particular, llegué a la conclusión de que se habían elegido precisamente tales fechas nupciales porque Chardonne estaba fuera. Sin embargo él carecía de potestad para obstaculizar nada respecto a mi vida, pero comprendo que su opinión, o algún comentario suyo, hubieran coartado los ímpetus casamenteros de tía Amélie, quien, a pesar de todo, no daba la impresión de ver con muy buenos ojos el tierno afecto que el duque me profesaba, habiéndolo preferido más bien, destinado a su propia hija Athénaïs. Cuando me encontró casada a su regreso, mi noble amigo me miró con tristeza, curiosa mirada idéntica a la de Edmé, y si no repitió sus mismas palabras fue porque era un hombre de mundo estando desde entonces mucho más cariñoso conmigo que lo había sido nunca, más paternal y más bondadoso. A él le debo que me introdujese, por primera vez, en la corte por mediación de su hija Isabelle, una verdadera estrella radiante en el medio. Pasaba entonces de los 30 años y era bajita y regordeta, dueña de unas hermosas manos y de unos bellos y blancos brazos. Por su matrimonio era princesa Brocaulliere, y, según se comentaba, una de las más íntimas allegadas a la reina María Antonieta, aunque, por suerte, nunca se vio implicada en el lamentable affaire del collar. El duque me presentó a su hija cuando yo estaba a punto de cumplir los 16 años, y tal vez fuera por eso, a raíz de mi entrada en la corte, y en vista del maravilloso porvenir que en sociedad se me ofrecía, porque empecé a pintar retratos de todas las grandes damas, que mi esposo decidiera cometer la fechoría que perpetró conmigo, al amparo de sus tan descuidados derechos conyugales, por mor del heredero que yo tenía que darle, que ya era hora que le diera; me habían venido las reglas, ya que de ese niño dependía su acceso a mi fortuna, puesto que de lo contrario, a mi muerte estéril, nada de lo mío iría a parar a sus manos. Desconozco si el plan lo fraguaron entre tía Amélie y Jean-Baptiste entonces o si ya estaba proyectado al detalle con años de anticipación y sólo por tía Amélie a la espera de que yo me convirtiese en una mujer, pero el caso es que cuando esto sucedió, no tardaron en transcurrir ni cuatro meses sin que la estrategia comenzara a ponerse en marcha. A los 16 años, felizmente casada con un marido que sólo entraba en mi dormitorio para desearme las buenas noches, no era, sin embargo, tan ignorante como a los 14. La existencia en la corte se bastaba por ella misma para abrirte los ojos y como cuando no veías escuchabas, resultaba imposible permanecer ajena a lo que era la vida en torno tuyo -los escándalos, las intrigas cortesanas, y también los duelos, entendiéndose como tales los óbitos principescos-, descubriendo más cosas por ese conducto, que hubieses deseado saber. Por tanto ya no desconocía lo que era el famoso débito conyugal ni de la forma en que se realizaba, mecánica que, por otra parte, me produjo una repugnancia instantánea en cuanto escuché su descripción entre las procaces risas de otras esposas cuya experiencia, en algunos casos, se remontaba a fechas anteriores a sus bodas y no precisamente con quienes luego se convirtiesen en sus maridos. Cuando lo supe, y evoqué a Jean-Baptiste, me entraron ganas de vomitar -pese a que las otras casadas asegurasen que el acto en sí era de lo más placentero e inclinaba a repetirlo-, y empezó a inquietarme que alguna noche en lugar de desearme hermosos sueños, decidiera introducirse en mi lecho. Todo el mundo en la corte debía suponer, no digo ya sospechar porque viéndome a mí y al vizconde de Rameau había que ser muy torpe para no comprender como estaban las cosas, que madame la vicomtesse continuaba virgen, y ello movía a la carcajada sin que yo lo supiera, por eso no se me ahorraban descripciones escabrosas narradas entre risas y guiños pícaros, lo que no contribuía a que me sintiera mejor precisamente. Y en esas a mi solicito primo le dio por anticiparse a cualquier posible galán atrevido que quisiera robarle lo que por ley le pertenecía, y no me refiero a yacer conmigo, sino a mi dinero: un amante, un duelo, yo viuda y otro beneficiándose de las riquezas del ducado de Haworth, por supuesto que tal suceso no debía convertirse en una deplorable realidad.
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