| VIII CAPÍTULO (1) | |||
|
|
|||
|
No puedo evocar al duque sin que una leve sonrisa curve mis labios y estoy segura se componga en mi rostro un gesto de ternura. Su figura se yergue ante mí, amable y orgullosa e inconcebiblemente juvenil dada su edad; contaba 65 cuando le conocí y yo 13. Un día salí a cabalgar, escoltada por mi inseparable caballero, y de repente nos lo tropezamos a caballo también, muy erguido y hábil jinete. Jean-Baptiste se deshizo en exclamaciones y saludos y en acabando con su provisión, se acordó de que yo existía y me presentó. -Linda prima tenéis –dijo el galante duque-, y por lo que infiero, una verdadera amazona... –me observó con detenimiento- Señorita, os parecéis extraordinariamente a ese modelo siempre repetido en casi todas las Adoraciones de fray Filippo Lippi, una Madonna que es el eterno retrato de la monja Lucrezia Butti, cuya romántica historia, la de ambos, algún día os contaré... –se volvió a Jean-Baptiste- Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, vizconde, y celebro el encuentro, doblemente grato en esta ocasión... Milady, ando de paso por estas tierras, ya que tengo que arreglar personalmente unos asuntos; mis posesiones quedan bastante lejos, pero si no tenéis miedo a cabalgar, y creo que vos no sois una damisela perezosa, con agrado os recibiré en mi castillo cuando lo juzguéis oportuno, no es que sea en exceso sociable pero hago las excepciones que ellas se merecen. Entonces se me pasó por alto el que me invitaba a mí ya que no hizo mención de mi nueva familia, mas aquel lapsus intencionado sólo lo advertiría meses después. El duque de Chardonne vestía irreprochablemente, y, cosa que me llamó mucho la atención, no usaba peluca, sino que peinaba sus propios cabellos blancos hacia atrás, sujetándolos con una cinta. No mostraba apenas arrugas y su rostro era ovalado y lleno de buen color. A primera vista, pese a mi corta edad, pude apreciar que debía tratarse de un hombre muy inteligente y cultivado, gran amante de la vida y sus placeres, y, sobre todas las cosas, fundamentalmente honesto, me pareció sincero, también bondadoso, y le sonreí, agradecida porque existiese y hubiera entrado en mi vida. Jean-Baptiste se puso muy empalagoso rogándole que se acogiera por unas horas a nuestra hospitalidad ya que iba de paso, invitación que el duque declinó cortésmente asegurando que sus negocios a resolver eran muy urgentes, mas prometió que al regreso nos visitaría, promesa que llenó de ridícula satisfacción a mi primo, extremo que no llegué a entender en su momento, pero si más tarde, al comprobar que Chardonne poseía una fantástica fortuna, en boca de mi primo: “que podría comprar el rescate de diez reyes”, y era uno de los nobles de más abolengo de Francia. El duque cumplió su palabra pasando a vernos luego que hubieron concluido sus diligencias en las tierras vecinas, y por mas que era un hombre discreto y no solía efectuar comentarios, pude a vislumbrar una vaga expresión irónica en su semblante contemplando las mejoras que se habían introducido en la mansión de Rameau. Tía Amélie y Athénaïs asimismo le trataban con gran deferencia, aunque acusando un nervioso servilismo la primera, supongo que en un instante de locura llegó a concebir el disparatado sueño de que su hija podía casarse con el sexagenario duque, viudo desde hacía más de una década. Me convertí en visita asidua de su castillo, acompañada siempre, obligación imprescindible, ora por tía Amélie, ora pos Athénaïs o por Jean-Baptiste. Pero, una vez reunidos el duque y yo, los demás desaparecían anulándose ellos mismos por aburrimiento. Chardonne fue para mí el mejor maestro que haya podido desearse nunca y gracias a él, que no a mi desgraciado preceptor, aprendí todo cuanto los libros de la época podían enseñar al más ambicioso de los estudiantes. Yo era una niña ávida de conocimientos y el duque un hombre sumamente ilustrado y además, gran amante de todo lo que fuera ciencia y nuevos adelantes; era amigo personal de grandes sabios y filósofos, con muchos de los cuales se escribía periódicamente, y en sus salones de París acostumbraba a darse cita lo más florido de la intelectualidad del momento, lo que le convertía en uno de esos hombres enciclopédicos tan propios del Renacimiento Italiano, ya que no había extremo del que no pudiese hablar con entero conocimiento de causa. Era un gran aficionado a las artes, y, sin ser pintor, su juicio crítico, lúcido y desapasionado, le convertía en una autoridad. Gracias a él yo mejoré mucho mi pintura y, pese a que mi anciano amigo lo considerase nada más que como el capricho de una niña solitaria, constituyó una inapreciable ayuda para mí en esos tiempos, sobre todo, porque debido a su mediación, pude realizar un maravilloso viaje a Italia, que de otra forma no hubiera llevado a cabo jamás. En aquel viaje me acompañaron mi prima, Jean-Baptiste y la insustituible Edmé porque tía Amélie renunció, ignoro si fatigada prematuramente o bien deseosa de hallarse sola para mejor poder entregarse a su vicio favorito que la convertía en cliente predilecta de los prestamistas. El relato de este viaje a Italia podría llenar varios volúmenes sin ser precisamente un libro de tal género. Bien es verdad que pude visitar ciudades encantadoras y conocer gentes, importantes o no, que de otra manera no hubiese tratado en mi vida, pero lo que para mí fue lo más trascendente es, sin lugar a dudas, la instrucción que adquirí en su transcurso; entre muchas, admiré la obra del gran Severini y tuve el privilegio de estudiar de cerca los cuadros del mítico Ruggero Mosca, de quien siempre se ha asegurado es el continuador más directo de Caravaggio, y aprendí, aprendí y aprendí y me embriagué de luz y de sol mediterráneos. Después de efectuar el peregrinaje obligado y necesario por las principales ciudades, joyas del arte italiano, nuestros últimos días los pasamos en Capri, habitando una suntuosa villa sobre el mar, y allí, durante unas semanas, pude dedicarme a pintar y a dibujar a mi antojo y con tranquilidad. Ya no era el típico álbum de la viajera, sino un cuadro, el retrato de nuestro anfitrión, quien se brindó gustoso a servirme de modelo. Desdichadamente ese cuadro se ha perdido, como tantas otras cosas, arrasado por el maremagno de la Revolución. Creo que fue mi primera pintura buena, o por lo menos el duque así me lo hizo creer al colocarlo con todos los honores en su castillo, dentro de uno de los salones principales. Le pinté debajo de un añoso olivo, destocado y leyendo un libro, curiosamente un libro inglés, con el duque podía hablar fluidamente en mi idioma, cuyo autor él me descubrió: John Donne. Se abismaba en la lectura, resultando su expresión muy interesante porque en ella se plasmaban las fuerzas de su mente y sin llegar al erudito pedante, yo veía al hombre honradamente interesado por todo lo que fuera estudio e instrucción. Con él aprendí, mejor dicho, a través de él aprendí, lo que puede ser la belleza de la expresión, ya que no siendo un hombre guapo, el duque poseía un bello rostro hecho de líneas puras que traslucían un ser superior, era su pensamiento proyectado en las facciones, esa cualidad del alma que pocas gentes poseen y que sólo he encontrado otra vez en mi vida en el rostro de un hombre. Mi retrato rompía todas las normas establecidas, nada tenía de la escuela inglesa y muy poco de las italianas. Jean-Baptiste opinó, arrugando la nariz con displicencia, que era una melange extraña de cosas, mas no supo definirse, y Athénaïs lo encontró deslumbrante y que hacía daño a la vista: “no es un cuadro, más parece una ventana abierta al exterior, es como vemos las cosas, no como se deben pintar”, me dijo. El comentario de mi prima me irritó bastante, puesto que yo también tenía mis dudas al respecto; sólo la satisfacción de Chardonne ante el retrato y sus elogios me devolvieron la fe en mis cualidades y también la esperanza de que en el futuro me fuese superando. De todas formas resultaba un cuadro cegador, porque allí había demasiada luz y no resultaba de buen tono, pero tampoco era yo un gran artista ni me había cultivado en ningún taller, trabajaba para mi solaz y lo más probable es que en cuanto tomase estado todas aquellas aficiones desaparecieran, ese, al menos, era el pensamiento general, no el mío, sin embargo. Nunca fui niña que soñara con hijos ni con marido alguno y las disimuladas quejas de Athénaïs acerca de su falta de dote, no alcanzaba a comprenderlas en lo que de trágico podían tener para ella; en mi no constituía vocación alguna el matrimonio ni me pasaba por la cabeza el que lo tuviera que ser. Yo amaba la pintura y la vida tranquila, soñaba con interminables sesiones frente a dilatados ventanales o bien al aire libre, y por ser autodidacta genuina me escapaba, sin saberlo, de moldes convencionales y de modas o influencias perniciosas, tal vez mi técnica fuese incompleta, mas mi entusiasmo no conocía límites, y por ello, en posteriores retratos al del duque, liberada de prejuicios gracias a su infatigable estimulo, fui yo misma, y en el decir de muchos, una extraña chiquilla pintora de singulares cuadros. Tía Amélie me miraba como el que contempla a un loco y remecía la cabeza suspirando quejumbrosamente: “ah, mon Dieu, mon Dieu!”... Y eso era todo hasta que tomó cartas cruciales en mi existencia decidiendo la fecha de mi enlace con Jean-Baptiste; la maniobra fue admirable, preciso es reconocerlo ya que también era una estratega en esta clase de lances, manipular a las personas, y de tal suerte me encontré yo casada de la noche a la mañana sin que entre charla previa tía y sobrina y bendiciones nupciales, mediaran siquiera seis semanas.
|