| VII CAPÍTULO (2) | |||
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Después de aquella primera noche, todo siguió
igual entre mi marido y yo, con un casto beso nocturno que a nada le comprometía,
y como yo a mi vez, tampoco imaginaba otro tipo de demostraciones, nuestra
relación marital era de las mejores. Desde el primer día en que nos conocimos,
entre Jean-Baptiste y yo se había creado un vínculo de indiferencia fraternalmente
compartido. Él me trataba con todo respeto, debido a mi calidad de rica
heredera, y yo le toleraba porque era mi primo y no había mejor solución,
pero nuestros caracteres eran diametralmente opuestos y ello se puso de
manifiesto en muchas ocasiones. Sobre todo, cuando aquella primavera,
la primera de mi estancia en Francia, pudimos ir a las posesiones de Jean-Baptiste
apenas mejoró el tiempo, como él ya había apuntado en nuestra primera
charla íntima ante el fuego.
Las tierras eran muy hermosas pero estaban en poder de usureros, cosa que yo no ignoraba, como asimismo que la certidumbre de mi existencia en el hogar de tía Amélie, huérfana heredera de una fortuna considerable, había logrado varios milagros, uno, el que los prestamistas se avinieran a esperar -aumentando los réditos como sabría más tarde-, y otro, el que empezasen a realizarse arreglos en la destartalada mansión Rameau, todo con las vistas puestas, lo que descubriría mucho después, en una boda planeada desde un principio por tía Amélie en complicidad con su ahijado, matrimonio muy conveniente que venía a arreglarlo todo. Aquella estancia fue una copia mala de mi vida en el castillo de Haworth, aunque al menos hube de agradecer el triste remedo que me permitía cabalgar por el campo y vivir de nuevo en plena naturaleza, esa naturaleza que yo tanto amaba, por otra parte, pero esto no era importante, las tres semanas que pasé en tierras de Rameau sirvieron para que comenzara a intimar tímidamente con mi primo. Me hallaba tan sedienta de afecto, vuelvo a repetir, que me hubiera aproximado hasta a una alimaña si el animal se hubiese dejado acariciar por mí. No, no es que Jean-Baptiste fuera algo tan terrible... entonces; sólo se limitó siempre a ser él, sobre todas las cosas un egoísta que me aceptaba y toleraba porque yo podía serle útil. Me manipuló para sus planes cerebralmente, como en una partida de ajedrez se maneja a la reina que ha de proteger al rey y darle el triunfo sin que ella importe más que para eso, y no creo que la culpa la tuviera su naturaleza sino su mezquino carácter respaldado por la ambición de tía Amélie. La fría cortesía de Jean Baptiste me recordaba de algún modo la clásica reserva inglesa, sólo destrozada en su caso por los amaneramientos típicamente franceses, tal creía yo, no obstante, por otro lado me sentía relativamente a gusto en su compañía, ya que él era amable conmigo y paciente para con mis insistencias de niña, todo calculado, desde luego, pero, ¿qué podía saber a mis doce inmaduros años?; sólo el hecho de verme libre de la presencia de tía Amélie ya era una bendición para mí, y ella acostumbraba a dejarme con su ahijado todo el tiempo que fuera preciso, eso o la soledad, una soledad llena de los libros que yo tanto amaba, animada por un preceptor medio sordo, y luego por mi pintura cuya afición nadie de la casa entendía; si me hubiera dado por coleccionar enanos o fabricar androides, estoy segura que no se hubieran sorprendido tanto, pero la pintura, ¿qué utilidad práctica podía tener en la vida de una dama de la aristocracia, y sobre todo, por qué elegir el hacer retratos cuando lo más femenino y adecuado era pintar deliciosas y estúpidas acuarelas llenas de flores? Llevé a cabo el retrato de Athénaïs, que era una mala modelo ya que no cesaba de moverse continuamente, el de tía Amélie, quien al quedarse dormida durante las sesiones lo simplificó todo y también pinté a Jean-Baptiste. Debo reconocer que no fueron cuadros de los que pueda sentirme orgullosa y si no se hubiesen perdido durante la Revolución, a buen seguro hoy me reiría de ellos contemplándolos, pero entonces me parecieron maravillosos. Una cosa que he comprobado es que nunca he vuelto a encontrar la misma alegría en el trabajo como durante aquellos primeros días de mi infancia, después todo fue más frío y analítico, un estudio y una búsqueda que si bien me colmaban de satisfacción no eran lo mismo que los iniciales rudimentos que me llevaban a grandes y felices equivocaciones. No, no fueron cuadros hermosos los que pinté entonces, ni siquiera técnicamente perfectos, más nunca en mi existencia he sido más dichosa pintando, sólo me molestaba ligeramente el recuerdo de los grandes maestros, que, al igual que sus homónimos, los músicos, ya eran genios a temprana edad. Tal vez mi condición de mujer me vedaba alcanzar semejantes cotas destinadas a los varones, y esa reflexión era algo que me mortificaba profundamente, mucho más que no saber bordar ni el realizar otras tantas delicadas labores propias de mi sexo, y sobre todo, en la opinión de tía Amélie, de las damas de mi alcurnia. Tampoco me gustaba el aprendizaje de la música, aunque escucharla si me atrajese. Amaba cabalgar al aire libre, los caballos, los perros, la pintura, los libros y detestaba todo cuanto fuera melosamente femenino; años más tarde, cuando ya fui una mujer, incluso odiaba las poses y los coqueteos que tanto agradan a los hombres -no acabo de comprender ahora porqué las famosas “posturas” de Emma Lyons, lady Hamilton, hayan podido resultar tan seductoras a sus ojos-. Yo ignoro lo que es jugar a ese tipo de esgrima, quizás por ello, no he resultado atractiva a quienes gustan de tales sutiles estrategias... Aunque en realidad, después de cumplidos los 16 años, todo lo relacionado con el sexo opuesto, no me produjo otra cosa que no fuera repugnancia. En cierta ocasión, y traspuesto el hito de esa edad, pude, por raro azar, y en una tertulia, entrar en contacto con mademoiselle Lenormand la célebre cartomántica, y aquella extraña mujer predijo mi futuro de una forma tan terriblemente lúcida, que no he podido olvidarlo. No me habló ni de mis 30 ni de mis 40 años, sino de lo que en un futuro inmediato iba a sucederme. Me habló de guerra y muerte, de prisión y exilio, y añadió: “jamás, madame, tendréis fortuna en el amor... Podréis obtener en la vida todo cuanto el hombre desea, riquezas y poder, incluso la gloria y el halago del mundo que os rodea, pero jamás, jamás, el amor... al menos tal como lo pudierais haber soñado alguna vez.” ¿Se puede imaginar una vida más triste? No fue hasta que transcurrió un año completo que Rameau empezó a ser una mansión digna y habitable y no fue también hasta el cabo de un año, que tuve la oportunidad de conocer al anciano duque de Chardonne.
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