VII CAPÍTULO (1)

Contaba yo 14 años mal cumplidos y todavía no era una mujer, no lo fui hasta los 16, estaba espantosamente delgada pues había crecido mucho desde mi llegada a Francia, y, desde luego, no poseía ningún atractivo físico como para interesar a un hombre de buen gusto, por otra parte, tampoco sabía nada acerca de los misterios de la vida, ya que mis familiares habían tenido la precaución de mantenerme alejada de todo aquello, interprétese fiestas o reuniones sociales, que pudieran abrirme los ojos a muchas cosas. Mas, no obstante mi manifiesta falta de desarrollo y gracia, no constituyó obstáculo alguno para que tía Amélie juzgase llegado el momento de que contrajera matrimonio con su ahijado, y dado que Jean-Baptiste no me amaba, ¿qué podía importarle entonces el que yo fuese hermosa, o flaca y desgarbada?

Aquella noche, como en tantas otras, Edmé, me ayudó a ponerme el pesado camisón nocturno que, por tratarse del evento había sido confeccionado especialmente, después me cepilló los cabellos según la costumbre habitual. Yo permanecía muy tranquila porque para mí, casarse, no encerraba nada de extraordinario: una bonita fiesta, plácemes de todo el mundo y un marido, a quien ya conocía, que me daba su nombre, de ahora en adelante sería madame la vicomtesse y una respetable señora casada como todas las damas de quienes tenía noticia. Si tal era mi destino resultaba lógico que lo cumpliera, entonces, ¿a qué venían las lágrimas?, porque Edmé estaba llorando mientras me cepillaba el pelo. La veía reflejada en el espejo a la luz de las velas, y siendo tan sólida y fuerte como era nunca me dio la sensación, ni me la volvería a dar, de ser tan vulnerable. Y yo, en mi inexperiencia de criatura, achaqué sus lágrimas a otros motivos que nada tenían que ver con lo que realmente mi doncella pensaba.

-Pobre Edmé -le dije en tanto acariciaba una de sus manos-, no llores ni te pongas triste, vas a continuar a mi lado, eso ya lo sabes; tú y yo jamás nos separaremos.

Ella, al escucharme, soltó el cepillo y sus silenciosas lágrimas dieron paso a unos fuertes sollozos, lo que hizo que me levantase, un poco asustada al verla así y la abrazase. Convulsivamente Edmé me estrechó entre sus brazos al tiempo que gemía entrecortadamente:

-¡Pobre pequeña, pobre pequeña, ¿qué han hecho contigo?!

Fue la primera vez en su vida que mi doncella se atrevió a tutearme, la primera y la última, luego, dominándose, se apartó de mí que la miraba sin comprender, agregando:

-¿Nadie os ha dicho ya lo que va a suceder esta noche?

-No.

Y era completamente cierto, tía Amélie no se había tomado la molestia de explicarme nada, tal vez porque era una dama, y Athénaïs igualmente ya que se la suponía en la misma edad de la inocencia, y por tanto bienaventuradamente ignorante, y de esta suerte yo no sabía en realidad los deberes que entrañaba el matrimonio.

-¿Qué va a suceder, Edmé?

Mi fiel doncella titubeó.

-El señor vizconde... visitará vuestro aposento...

-Sí, lo sé... Es lo que hacen todos los maridos, visitan el aposento de sus esposas- hasta ahí llegaban mis conocimientos.

-¿Sabéis que dormirá con vos?

-Sí, es la costumbre, ¿no es cierto?

Ella se mordió los labios como si vacilara en decirme algo y por fin se decidió.

-Os besará.

Lo que parecía ser una gran revelación no me impresionó demasiado.

-Jean-Baptiste me ha besado muchas veces.

-Pero esta noche os besará de una manera diferente...

-¿Cómo?

Edmé me contempló con infinita tristeza, y cogiéndome por los hombros se inclinó para rozarme con sus labios la frente.

-Cuando os bese lo sabréis... Pero no... no os extrañéis, todas las mujeres siempre pasamos por lo mismo en nuestra noche de bodas... Puede que os cause sorpresa, que no sepáis entender, pero pensad que siempre sucede igual la primera noche, siempre.

Como era de esperar no la comprendí, mas experimentaba una curiosidad casi científica cuando Jean-Baptiste hizo su aparición en mis habitaciones, si mi doncella me había advertido de que iba a suceder algo, la intriga era grande por saber de que se trataba. Jean-Baptiste resplandecía según era costumbre en él, nunca he conocido a persona más luminosa, sus ojos, sus dientes, su empolvada peluca, sus ropas... Se llegó ceremoniosamente hasta a mí, que me hallaba acostada en el inmenso lecho, sentándose, con infinita gracia de movimientos, sobre el cobertor adamascado.

-Buenas noches, querida –me dijo sonriente-, debéis encontraros terriblemente fatigada o mucho me equivoco.

En efecto, estaba muy cansada y asentí con un agradecido movimiento de cabeza.

-No andaba errado, pues -replicó mi comprensivo primo-, y por esta razón no quiero molestaros más; con vuestro permiso me retiro, que tengáis bellos sueños, querida niña.

Y acercando sus labios a los míos, depositó en ellos un leve beso que no pudo impresionarme porque aunque era la primera vez que me besaba de aquella forma, ese era el modo de besar a la inglesa y tampoco constituía una novedad para mí. Recuerdo que pensé:

“-Los franceses son muy extraños, ¡conceder tamaña importancia a un acto tan sencillo!”

Aquella noche, tuve en efecto, bellos sueños y, a la mañana siguiente, cuando Edmé entró a despertarme como de costumbre, ella con cara de no haber dormido apenas en toda la noche, me encontró muy sonriente y feliz, pero, ya que no era tonta, una sola mirada le bastó para comprender lo que allí no había sucedido, y si bien por un lado vi aliviarse considerablemente su expresión, por el otro, de manera incomprensible, se enfureció, y no es que no hiciera el menor comentario, mas, al conocerla muy bien, supe adivinarlo.

 

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