VI CAPÍTULO

En todos los años que viví con ellos, nunca pude adaptarme completamente a mi nueva familia, pese a haber sido advertida desde un principio por Athénaïs; no me mintió al decirme aquello como no me engañaría nunca porque solía ser brutalmente sincera, en ocasiones cruelmente sincera, mas no se la podía censurar; no era mala ni interesada ni envidiosa, fue siempre leal conmigo y una buena amiga rara avis que no suele darse entre las relaciones femeninas.

Ahora bien, ese día de mi llegada a París, me desconcertó, yo era demasiado joven y todas aquellas súbitas revelaciones contribuyeron a aumentar en mí el clima de inseguridad que me envolvía. Ya era triste saberse sola en el mundo para agregar tan alarmantes verdades, ¿por qué había sido nombrada tía Amélie mi tutora?, indudablemente el bondadoso tío Michael jamás pudo intuir la verdad con respecto a ella, viendo sólo a una mujer, miembro de mi familia por parte de madre, que se suponía iba a quererme y a cuidarme.

Al quedar sola en la pieza unos momentos, justo antes de que entrase una criadita en oficios de doncella, criadita que más tarde sería reemplazada por mi fiel Edmé, contemplaba melancólicamente los descolocados muebles, cuando una insinuante lucecita empezó a abrirse paso en mi cerebro: por cualquier razón, esos muebles habían estado amontonados en el centro de las estancias durante largo tiempo y la misma casa permaneció cerrada pudriéndose en su propia humedad, ¿por qué?... Entonces, si la mansión había languidecido en el olvido, ¿dónde vivieron sus presuntos ocupantes en el entretanto? Por ejemplo, Jean-Baptiste; yo no ignoraba que el vizconde de Rameau poseía tierras y una especie de palacete en ellas, todo en manos de prestamistas según me iría enterando a medida que el tiempo transcurriese y las insinuaciones se fueran haciendo cada vez menos oscuras al traslucirse que se contaba conmigo para solucionar sus problemas. ¿Por qué la servidumbre, súbitamente se hizo la luz en mi cerebro, parecía demasiado inexperta, demasiado ignorante del carácter de sus señores, demasiado presurosa en sus diligencias, como deseosa de agradar a unos recién venidos? ¿Qué clase de comedia estábamos representando unos y otros?

Cecile, la criadita que me ayudó a cambiarme de ropas, era zafia y tonta y parecía perpetuamente estupefacta contemplando a los demás, en especial a mí. La hice trabajar rápido y me desembaracé con presteza de ella, luego, tomando asiento frente al fuego y con Tiny en mi regazo, apoyé los pies en un escabel colocado al efecto; deseaba estar sola y que nadie me importunase por lo menos hasta la hora de la cena, no hubiera podido soportar a tía Amélie después de aquellos días de íntima convivencia. Pero la tranquilidad duró escasamente, porque al cabo penetró Jean-Baptiste, cambiado su atuendo de viaje por galas caseras tan suntuosas que resaltaban curiosamente en la deprimente decoración de la casa, ropa en exceso nueva y a la mode.

La aureola blanca de la peluca, enmarcaba de manera irreal sus facciones, muy morenas pese a los afeites que se aplicaba sobre ellas. Sus ojos relucían delante de las llamas transparentes como el agua de lluvia, sin color alguno. Había llamado previamente a la puerta y en esos momentos me dedicaba una esplendorosa sonrisa llena de afectación.

-Me he tomado la licencia de venir a ver como os encontrabais, querida prima. ¿Os sentís cómoda en vuestro nuevo hogar?... El viaje ha sido tan fatigoso para vos...

El viaje lo había sido para todos, en especial para tía y ahijado, mi “primo”; en más de una ocasión había visto crispadas las facciones de tía Amélie, irritable por las molestias que tantas idas y venidas estaban provocando, eso sin mencionar ya a Jean-Baptiste cuyo huraño semblante me hacía sentir culpable, pero era digna de agradecerse aquella mínima deferencia, sobre todo viniendo de un ser tan estirado y despectivo como Jean-Baptiste Eso pensé entonces, que de una atención se trataba; yo contaba pocos años y tenía unos deseos enormes de que alguien me demostrara, ya que no afecto, si el menos cierto interés, aunque sólo se tratase de una cortesía elegante. Me hubiera abrazado a un árbol espinoso con tal de sentirme cobijada por algo; le sonreí pues, y debí sonreír con la incertidumbre del que intenta ver un amigo en quien no puede serlo.

-Os agradezco vuestro interés, sois muy amable, me hallo perfectamente instalada, y en cuanto a fatiga, todos la hemos sufrido.

Jean-Baptiste me pidió permiso para sentarse, semejaba extrañamente comunicativo y sociable, teniendo en cuenta que yo no podía aportar nada nuevo a nuestro mutuo conocimiento después de aquellas duras jornadas de carruaje por malos caminos.

-Desearía –empezó a decirme con cautela-, que vuestra estancia aquí fuera de lo más satisfactorio posible, que no os sintierais extraña ya que todos os amamos y estaremos pendientes de vuestros menores deseos.

Yo, no era más que una boba niña de doce años, me sentí grandemente conmovida al escucharle. Él prosiguió:

-Me imagino que en el castillo de Haworth debíais llevar un género de vida muy diferente al que aquí hacemos nosotros.

Una maravillosa visión de los bosques y el parque tan añorados y perdidos, cruzó por mi memoria y ello hizo que me animara.

-Sí, solíamos, tío Michael y yo, efectuar grandes cabalgadas y también paseos a pie... Bueno antes de que se empezase a encontrar mal de salud.

-Vos le queríais mucho, ¿no es cierto?

-Sí, mucho.

Enmudecí bruscamente, mi amor y mis sentimientos hacia tío Michael eran sólo cosa mía, y no quería compartirlos con nadie, y mi dolor y mi angustia también me pertenecían y no deseaba que nadie me compadeciese ni me consolara en ellos.

Jean-Baptiste prosiguió con suavidad, recordándome el ladino avance de un gato.

-En París pocas cabalgadas se pueden realizar, tendría que salirse al campo... Yo poseo tierras, no lo ignoráis, y una mansión en ellas, claro que, actualmente, el tiempo no es bueno, pero en cuanto mejore podremos ir a mis posesiones, estoy convencido de que os encantará conocerlas... No es Haworth Manor, indiscutiblemente, mas...

Yo me había quedado contemplando con fijeza las llamas, y él, al ver que no le respondía, continuó envalentonado:

-Sentimos mucho que exista una cláusula en el testamento que nos impida marchar a Inglaterra a vivir con vos en el castillo, pero procuraremos que tengáis todo cuanto os haga falta, preceptores, doncellas, cuanto necesitéis...

En vista de mi silencio, Jean-Baptiste daba muestras de una solicitud un poco nerviosa. Yo seguí callada, obstinadamente muda. Tío Michael había sido mi único preceptor en realidad, y por lo que hace a doncellas, nunca había tenido una fija y tampoco las echaba de menos, jamás tuve amigas de mi edad, sólo tío Michael pues mi mundo siempre había sido él, ni siquiera tía Hortense pudo introducirse en el universo cerrado que nos pertenecía: tío Michael y yo, la pintura, el dibujo, los libros, nuestros paseos, su compañía, sus charlas, sus consejos, su afecto. Nunca hubo nadie más, ni tampoco era necesario.

-... mañana vendrá vuestra doncella particular; hemos contratado los servicios de una mujer normanda que ha trabajado para damas de calidad, os sentiréis a gusto con ella...

Empezó a irritarme el que me estuviera contando todas aquellas cosas impropias de ser explicadas por un hombre, chismorreos femeniles. ¿Por qué no había venido tía Amélie a decírmelo en lugar de él?

Me levanté del asiento y encarándome con Jean-Baptiste, le dije con cierta sequedad:

-Querido primo, os agradezco mucho vuestras palabras y vuestras buenas intenciones, pero ahora, os ruego que me disculpéis, quiero descansar un poco antes de la hora de la cena, si no os molesta.

Pude comprobar como Jean-Baptiste enrojecía. Se levantó con presteza y haciéndome una cortés inclinación, abandonó la estancia. Debí comprender que le había ofendido, pero me sentía de mal humor y no quise pensar en nadie que no fuese yo misma y mi anhelo de soledad.

Edmé vino a la mañana siguiente y sólo ya a la primera mirada, comprendí que me sería leal hasta la muerte, como así fue, desgraciadamente. Edmé era alta, fuerte, de facciones duras y toscas, como talladas en piedra. Mentón cuadrado, labios gruesos y sólidos, nariz de anchas ventanillas, como ansiosa de respirar ávidamente, y ojos claros y grandes, orlados de ralas pestañas rubias. No era hermosa pero sus rasgos traslucían bondad. Se había quedado viuda muy joven y su única hija murió en la infancia, la encontré majestuosa en su estatura y protectoramente maternal, y me aferré a ella, sin saberlo, desde el primer momento.

(Años más tarde, ella me confiaría que, en nuestro primer encuentro, le había recordado a un pajarillo caído el nido).

Edmé fue para mi inapreciable en todos aquellos desolados días; siempre que me atormentaba algún problema, corría a refugiarme en sus brazos robustos y cariñosos, y aprendí a llorar sin lágrimas sobre su hombro encontrándolo el lugar más cómodo en donde descansar de mis angustias. Aun hoy, después de tanto tiempo transcurrido, sigo echando de menos a Edmé y acordándome de ella con afecto. Ella ocupó su puesto a mi lado de una manera perfecta y silencio; estaba, y eso era suficiente, nunca se comportó conmigo de una forma servil y estúpida, sino que en todo momento fue discreta y comprensiva.

Únicamente recuerdo haberla visto derramar lágrimas una vez en su vida y esa fue la noche de mi boda con Jean-Baptiste.

 

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