| I CAPÍTULO (1) | |||
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La
dama contempló con aprensión el sucio empedrado un segundo antes de posar
el pie allí mientras con mano cuidadosa, recogía el borde de su falda.
Descendió entonces del coche de alquiler y éste se alejó ruidosamente,
confundiéndose el sonido de los cascos de los caballos y el chirrido de
las ruedas, con la algarabía de una calle no demasiado ancha y si demasiado
transitada por gentes en exceso vocingleras... y de inquietante catadura
las más de las veces.
La dama lanzó una fugaz mirada nostálgica en dirección a la bamboleante masa que se alejaba, y curvando luego sus pálidos labios cierta leve sonrisa, se dijo ella para sus adentros con una ironía que no encajaba en aquel rostro de triste expresión: “la edad me vuelve melindrosa; en otro tiempo...” La frase quedó inconclusa, pero tampoco hacía falta terminarla. Delante de ella, en el mismo lugar en donde la había dejado el coche, se levantaba la fachada de un edificio de estilo Tudor roído por los años, que ni aún en sus momentos de mayor gloria, debiera mostrar aspecto atrayente. Un cartel de madera, pretendidamente artístico y ennegrecido por la mugre, ostentaba, en letras grabadas toscamente, el nombre del lugar: Taberna del Unicornio Marino. Título en extremo imaginativo para denominar lugar tan miserable como aquel –que, además, tenía veleidades de posada-,cuyo único parentesco con los unicornios marinos, si esos quiméricos animales existieron alguna vez, consistía en que la taberna se abría en un callejón portuario de los muchos que daban al Támesis. La dama empujó la puerta sin que su mano temblara y penetró resueltamente en el oscuro interior. La tabernera, una mujer malencarada, joven aún pero muy gastada por los avatares de una vida demasiado dura, contempló con desconfianza a la recién llegada, y automáticamente hizo su inventario y la clasificó: demasiado distinguida para aquel ambiente, una lady sin duda aunque vestida con mucha sencillez como en un vano intento por pasar desapercibida, cosa que sus manos enguantadas y el innato porte aristocrático que evidenciaba, traicionaban. -¿En qué os puedo servir, señora? –preguntó fingiendo unos modales poco usuales en ella, ya que la experiencia le advertía que allí podía haber dinero repartido con generosidad. La dama se sobresaltó ligeramente, pues al venir de la claridad del día, la escasa iluminación que allí reinaba le había impedido descubrir a la dueña en un primer momento. -Busco a Sean O´Hara; he sido informada de que en este establecimiento me darían razón. “-Acabáramos –se dijo la tabernera sarcástica-, la señora viene en busca de su amante y por eso se ha disfrazado, pero esta no es de aquí. ¡Vaya con la francesita, si su acento no la delatara, seguiría creyendo que era inglesa!” Otra que había huido del Terror sin duda, una refugiada, con toda seguridad aristócrata, y que ahora que los vientos habían cambiado con ese emperador de nuevo cuño que tenían los franceses, querría volver a su patria utilizando los buenos oficios del irlandés, ¡peste de extranjeros, así el diablo se los llevase a todos! A O´Hara le marchaban bien los asuntos –exceptuando, claro está, lo del último temporal que no era otra cosa sino gajes del oficio-, porque entre sus negocios y el llevar gente a Francia cobrando buenas libras contantes y sonantes por ello -¡no iba a ser tan estúpido que trabajase de balde o por amor al prójimo, que el pelirrojo no era de esos precisamente!-, sus ingresos iban en aumento hasta el punto que pronto podría comprarse un barco mejor que el Buenaventura, demasiado viejo y remendado ya. Y ahora la dama, rubia, frágil, delicada -¡seguro que no había fregado un suelo en su vida ni sabía lo que era lavar la ropa en invierno hasta quedársele a una los dedos congelados!-, que si no pagaba en dinero lo haría de otra forma, por más que no era ni una belleza ni una jovencita que digamos, porque los 30, esta, los había ya más que cumplido, que ella, Bessie Moran, poseía un instinto infalible para eso de las edades, claro que el irlandés no tenía un paladar muy exigente si se trataba de damas de noble cuna, le gustaba demasiado la carne de seda y las manos suaves, sin callos... ¡Nadie mejor que ella para saberlo, que esa se la tenía jurada! -El capitán O´Hara está a bordo ahora, y si queréis esperarle tardará...Mas si os urge, puedo enviar a por él. -Sé que tuvo problemas con su barco no hace mucho; espero que no hayan vuelto a repetirse. La desconocida lo dijo eludiendo una respuesta directa al ofrecimiento de la otra, y con el aire altivo de quien está acostumbrado a mandar y no pregunta sino exige. Bessie Moran torció el gesto al oírla pensando que el populacho francés debía tener sus razones para hacer lo que hizo, pero sonrió con falso servilismo al replicar: -Eso pasó hace dos meses, el barco ahora está perfectamente y zarpará de hoy a mañana. La dama tuvo un irreprimible gesto de alivio seguido de una exclamación de apasionado fervor: -¡Entonces he llegado a tiempo! Aquellas palabras despertaron la curiosidad de Bessie ya que la francesa, al expresarse como lo hizo, la llevó a la deducción de que aún no conocía personalmente al capitán, lo que sí estaba claro es que deseaba regresar a su país, pues bueno, que se largase cuanto antes, que los ingleses ya estaban hartos de semejante invasión; llegaron como víctimas huyendo del Terror pero muy pagados de sus títulos y blasones para concluir mendigando la caridad de la corona inglesa que, finalmente, se desentendió de ellos cuando las joyas o el oro que traían, se evaporaron y entonces conocieron la pobreza aderezada con su inútil orgullo, lo que tampoco estuvo mal como lección, aunque, indiscutiblemente, no habían sabido asimilarla. La desconocida agregó: -No es necesario enviar a por él, si me indicáis el camino, yo misma... Bessie no pudo menos que exclamar irreflexivamente, interrumpiendo a su interlocutora: -Sois extranjera, no sabríais hallar... La otra le lanzó una mirada fría como el hielo. -Soy tan extranjera como vos. La tabernera enrojeció, no se sabe si por el tono de la voz en que fueron proferidas estas palabras, o por su misma indiscreción puesta en evidencia ante la recién llegada. ¡Con que ahora resultaba que la dama era inglesa, pero su acento francés no correspondía a la pretendida nacionalidad!, ¿lo sería verdaderamente, de nacimiento, o, tal vez, por matrimonio?... ¡Lástima que Bessie Moran no llegara a saberlo nunca! A medida que los ojos de la desconocida se iban acostumbrando a la penumbra reinante, pudo advertir que no se encontraban las dos solas, ya que un mozo de zafio aspecto rondaba por allí realizando desganadamente algún tipo de inclasificable trabajo. La hora, temprana, había pillado a El Unicornio Marino, en plena ablución matinal como aquel que dice, pues la clientela brillaba por su ausencia y era demasiado pronto para que el tipo de parroquiano bebedor y pendenciero empezase a hacer acto de presencia con el fin de ligar negocios, o, simplemente, emborracharse para olvidar su miserable existencia. La dama comenzó a perder la paciencia; por nacimiento, no estaba acostumbrada a dar explicaciones, y, desde luego, menos que a nadie a una tabernera, por mucho que los tiempos hubieran cambiado. -Indicadme el camino y sabré encontrarlo –dijo secamente. Bessie se mordió los labios furiosa; ella mandaba en su local y era quien daba las órdenes, ser tratada como una sirvienta por aquella mujer distinguida y autoritaria, no le hacía ni pizca de gracia, pero supo controlar el mal genio con una sonrisa que rezumaba hipocresía, indicándole la dirección a seguir en breves palabras, ya que, para su sorpresa, la dama parecía conocer muy bien aquella parte de Londres, no precisamente indicada para una señora de su condición. La acompañó hasta la puerta, aceptó sin remilgos unas monedas, y la vio alejarse, decidida, rumbo a los muelles. -¿Sabes lo que te digo? –comentó al mozo, una vez volvió a recuperar su lugar entre la barra del mostrador y los anaqueles llenos de botellas y pequeños barriles-, pues que tal vez ésta sea inglesa, e incluso esté casada con algún lord cornudo, pero, que nació en los bajos fondos, eso tan seguro como que me llamo Bessie Moran. El chico contempló fijamente a su patrona comparándola in mente con la mujer que acababa de marcharse, y, por muy lerdo que fuera, comprendió que allí había algo que no las hermanaba.
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