Al
salir el sol, levantaron la caravana y acto seguido se dirigieron
hacia Birket el-Had o la fuente de los peregrinos, desde
este punto sólo quedan tres horas de camino hasta El Cairo,
donde ya se esperaba a la caravana y los mercaderes tendrían
la alegría de ser recibidos por sus amigos de El Cairo,
contentos de volverles a ver. Entraron en la ciudad por
la puerta de Bebel
Falch, porque dicen que trae buena suerte pasar por
esta puerta al volver de la Meca, ya que es por la misma
por donde entró el Profeta.
Al
llegar al mercado, los cuatro mercaderes turcos se despidieron
del forastero y del mercader griego Zaleukos y se fueron
a casa con sus amigos. Mientras Zaleukos indicaba al forastero
en donde había un buen campamento y le invitaba a comer.
El forastero aceptó la invitación y le prometió que volvería
en cuanto se hubiese cambiado de ropa.
El
griego hizo todos los preparativos necesarios para obsequiar
al forastero, a quien durante el viaje había llegado a apreciar,
y cuando tuvo la comida y las bebidas preparadas de forma
correcta, se sentó a esperar a su invitado.
Oyó
unos pasos lentos y pesados que se acercaban por el pasillo
que conducía a sus habitaciones. Se levantó para recibirle
como a un amigo y darle la bienvenida en la puerta, pero
al abrirla se echó atrás preso de pánico porque quien se
le acercaba era, sin ninguna duda, la terrorífica capa roja.
Se la volvió a mirar, pero no era ningún espejismo: la misma
altura, la máscara, desde donde miraban aquellos ojos oscuros
y brillantes, la capa roja con los bordados dorados, todo
aquello lo tenía muy presente desde aquellos días, los más
terribles de su vida.
Un
cúmulo de sentimientos contradictorios sacudió el corazón
de Zaleukos. Ya hacía tiempo que había hecho las paces con
aquel personaje y le había perdonado, pero al verle se le
abrieron de nuevo todas las heridas. Aquellos momentos de
angustia por la horrible muerte, aquel dolor, que le había
envenenado la sangre, todo lo revivió otra vez.
—¿Qué
andas buscando aquí, monstruo? —dijo el griego gritando,
mientras la aparición seguía delante de su puerta—. ¡Vete
de aquí, yo no te he maldecido!
—¡Zaleukos!
—dijo una voz conocida que salía de detrás de la máscara—.
¡Zaleukos! ¿Es así como recibes a tus invitados?
Se
quitó la máscara, se despojó de la capa: era Selim Baruch,
el forastero.
Pero
Zaleukos, no se tranquilizó. Le asustaba la presencia del
forastero, que le recordaba muy claramente la del desconocido
del Ponte vecchio. Sin embargo prevaleció el
hábito de la hospitalidad, e hizo una seña al forastero
para que pasase y se sentase en el convite.
—Entiendo
tus sentimientos —una vez sentados, el forastero tomó la
palabra—. Tus ojos me miran inquisidores. Debería haber
callado y no dejar que me vieses nunca más, pero soy el
culpable de tus penas y por este motivo me he atrevido a
presentarme de esta forma, exponiéndome a que me llamases
de todo. Una vez me dijiste “la
fe de mi padre me
ordenó que le amase, porque debe ser tan infeliz como yo”.
¡Puedes estar seguro de ello, amigo mío y, escucha esto
que te quiero explicar!
“Tendré
que empezar desde el principio, con objeto de que pueda
hacerme entender. Soy hijo de Alejandría, de padres cristianos.
Mi padre, hijo menor de una antigua y conocida familia francesa,
era cónsul de su país en Alejandría. Yo viví en Francia,
en casa de un hermano de mi madre, desde que tenía diez
años. Dejé el país de mi padre unos años después de la revolución
y, junto con mi tío, que ya no se sentía seguro en la tierra
de sus antepasados, volvimos a casa de mis padres en busca
de refugio. Llegamos a tierra esperanzados por volver a
encontrar, en la casa paterna, la tranquilidad y la paz
que el revolucionado pueblo francés nos había arrebatado.
¡Pero, ay! La casa de mi padre no estaba como debía. Las
revoluciones exteriores de aquella época aún no habían llegado,
por eso fue más inesperada la desgracia que había de afectar
de lleno a mi casa. Mi hermano, un hombre joven en la plenitud
de la vida, primer secretario de mi padre, hacia poco que
se había casado con una chica, hija de un aristócrata florentino
que vivía en el mismo barrio. La chica desapareció, dos
días antes de que llegásemos, sin que ni mi familia ni su
padre hubiesen podido encontrar ningún rastro de donde podía
estar. Finalmente, llegaron a la conclusión de que cuando
paseaba se alejó demasiado y una banda de ladrones la había
secuestrado. Si he de ser sincero, para mi hermano, hubiera
sido más reconfortante esta idea que la verdad, que no tardamos
mucho en saber.
La
infiel se embarcó con un joven napolitano que conoció en
casa de su padre. Mi hermano, que estaba extremadamente
indignado con aquella conducta, hizo todo lo posible para
hacerle pagar lo que había hecho. No lo consiguió. Todo
lo que hizo escandalizó a las ciudades de Nápoles y Florencia
y únicamente sirvió para acabar de rematar la desgracia;
la de él y la de todos nosotros. El aristócrata florentino
volvió a su país, eso sí, para tomar la decisión de hacer
justicia por su cuenta, para causarnos la ruina. En Florencia,
abortó todas las investigaciones que mi hermano consiguía
atar y supo utilizar muy bien sus influencias, ya que logró
que el gobierno sospechase de mi padre y de mi hermano,
y que fuesen detenidos, por medio de vergonzosas trampas,
y enviados a Francia, donde murieron bajo el hacha del verdugo.
Mi madre se volvió loca y después de diez
largos meses, la muerte la liberó de aquel penoso
estado, que en los últimos días se había convertido en clara
lucidez.
Sólo
existía un pensamiento
que atormentaba mi alma, sólo una
cosa me hacía olvidar las penas, y era aquel fuego que mi
madre había prendido dentro de mí antes de morir.
En
los últimos momentos, como ya te dije, mi madre recuperó
su cordura. Me hizo llamar y me habló con sosiego de su
destino y de su final. Después mandó salir a todos de la
habitación, se enderezó con movimientos solemnes todo lo
que le permitía su estado y me dijo que me podría dar la
bendición, si le prometía cumplir lo que me pediría. Emocionado
por estas palabras de mi madre en su lecho de muerte, la
reconforté con el juramento de que haría lo que me pidiera.
Entonces estalló en maldiciones contra el florentino y su
hija, con las amenazas más horribles, para que me vengase
por todas las desgracias que había sufrido nuestra familia.
Murió en mis brazos. Aquel sentimiento de venganza, que
ya hacía mucho tiempo que yo acarreaba adormecido en el
alma, se me despertó entonces con toda su fuerza. Reuní
todo el patrimonio de mis padres y juré que todo lo dedicaría
a tomar venganza.
No
tardé mucho en llegar a Florencia, donde procuré pasar de
incógnito tanto como me fue posible. Sin embargo, teniendo
en cuenta la posición de mis enemigos, mi plan era bastante
complicado. Al viejo florentino, le habían nombrado gobernador
y, por lo tanto, tenía todos los medios a su alcance para
poder destruirme si sospechaba lo más mínimo. Me ayudó un
hecho casual. Un día hacia al atardecer, vi por la calle
a un hombre vestido con una librea que me era conocida.
En su caminar inseguro, su mirada huraña y el hecho de que
fuese soltando a media voz “Santo
sacramento” y “Maledetto
diavolo”, reconocí al anciano Pietro, un criado de los
florentinos, a quién conocía de Alejandría. Me di perfecta
cuenta de que refunfuñaba contra su amo y decidí aprovecharme
de su estado de ánimo. Me dio la impresión de que se había
sorprendido mucho al verme y se lamentó de la forma como
le trataba su amo, ya que nada de lo que hacía le parecía
bien, desde que era gobernador. Con aquel malhumor que llevaba
encima y la ayuda de mi oro me lo puse de parte mía.
La
tarea más delicada la tenía ya resuelta. Tenía un hombre
a sueldo, que me abriría la casa de mi enemigo a cualquier
hora, y ya podía poner en marcha el resto del plan. Para
mí, la vida del anciano florentino tenía muy poco valor
comparado con el mal que causó a mi familia. Aquel hombre
debía sufrir por la muerte de quién más quisiese: su hija
Bianca. La misma que ofendió a mi hermano de aquella forma
tan indecente y, por tanto, la causa principal de nuestra
desgracia.
Muy
oportunamente, para la sed de venganza que yo sentía, me
llegó la noticia de que uno de aquellos días Bianca se casaba
por segunda vez; estaba decidido, aquella chica
debía morir. Pero me asustaba la idea de
cometer el crimen yo mismo y, tampoco tenía suficiente confianza
en la capacidad de Pietro. Por eso buscamos un
hombre capaz de consumar la operación. No me arriesgué
a buscarlo entre los florentinos, ya que seguramente no
habríamos encontrado ninguno que quisiese intentar nada
de este tipo contra el gobernador. Entonces, a Pietro se
le ocurrió un plan, que puse en marcha inmediatamente, y
enseguida te escogí a ti como la persona más apropiada por
el hecho de ser a la vez extranjero y médico. Lo que ocurrió
luego ya lo sabes. Sólo que, a causa de tu enorme prudencia
y tu gran honradez, mis trasiegos estuvieron a punto de
fracasar. De ahí viene el asunto de la capa.
Pietro
fue quien nos abrió la puerta del palacio del gobernador.
Asimismo, nos habría guiado también a la salida, si no hubiésemos
huido de tan asustados como estábamos por aquella horrible
escena que presenciamos a través de la puerta entornada.
Llevado por el miedo y el arrepentimiento, salí corriendo
por lo menos durante doscientos metros hasta que me dejé
caer en los escalones de una iglesia. Allí recapitulé y
mi primer pensamiento fue para ti y lo que te podría ocurrir
si te encontraban dentro de la casa.
Volví
a deslizarme dentro del palacio, pero no había ni rastro
de Pietro, aunque la puerta estaba abierta y, por eso, tuve
la esperanza de que habías podido aprovechar la oportunidad
para escapar.
Sin
embargo, cuando se hizo de día, el miedo a que me descubriesen
y un verdadero arrepentimiento no permitieron que me quedara
ni un instante más dentro de las murallas de Florencia.
Salí inmediatamente hacia Roma. Pero me quedé abatido cuando,
al cabo de unos días, me explicaron esta historia con el
añadido de que ya habían cogido al asesino y que era un
médico griego. Volví a Florencia preso de una inquietud
aterradora, convencido de que mi venganza había sido demasiado
dura, y ahora la maldigo porque, comprometiéndote a ti,
la he pagado muy cara.
Llegué
el mismo día en que te cortaron la mano. No te diré nada
de lo que sentí al verte encima del patíbulo enfrontándote
a aquel tormento con tanta entereza. Pero cuando vi brotar
la sangre, decidí ayudarte el resto de tu vida. Lo que ocurrió
a partir de aquel momento, ya lo sabes. Sólo me queda decirte
porqué he hecho este viaje contigo.
Como
la idea de que no me ibas a perdonar nunca era una carga
muy pesada para mí, se me ocurrió pasar unos días contigo
y luego rendirte cuentas por lo que hice”.
El
griego le escuchó en silencio hasta que acabó. Entonces,
con una mirada afable, requirió el turno para hablar:
—De
verdad que deseé con todas mis fuerzas que fueras tan desgraciado
como lo era yo y que aquel atroz
suceso fuese una negra nube que oscureciera tus días
eternamente. Lo deseé de todo corazón. Pero permíteme que
te haga una pregunta. ¿Porqué apareciste por el desierto
de aquella forma? ¿ Qué hiciste después de comprarme la
casa de Constantinopla?
—Volví
a Alejandría —respondió el interpelado—. Tenía el corazón
confundido por el odio que sentía contra todos; un odio
que quemaba especialmente contra aquellos pueblos que se
consideraban tan civilizados. ¡Créeme, me sentía mucho mejor
en mi condición de musulmán! Apenas hacía un mes que estaba
en Alejandría, cuando hubo aquel desembarco de gente de
mi país. En todos sólo podía ver la cara del verdugo de
mi padre y de mi hermano; por eso organicé un grupo con
gente joven que pensaba como yo y nos unimos a aquellos
intrépidos mamelucos, que tantas veces fueron la pesadilla
de las tropas francesas. Una vez terminada la campaña, no
acabé de decidirme por el ejercicio de la paz. Con mi pequeño
grupo de correligionarios, hice una vida fugitiva y nómada,
dedicada a la lucha y a la caza. Vivo orgulloso con esta
gente, que me respeta como su príncipe y, aunque mis asiáticos
no son tan civilizados como vuestros europeos, también están
muy lejos de la envidia, la calumnia, el egoísmo y la ambición.
Zaleukos
dio las gracias al forastero por aquella confidencia, pero
también quiso decirle que hallaba más adecuado para su posición
y educación que viviese en países cristianos y europeos.
Le cogió la mano y le pidió que continuase con él, en su
casa, hasta morir. El invitado le miró conmovido:
—¡Ahora
ya sé que me has perdonado del todo! —dijo—. ¡Que me quieres!
¡Te doy las más efusivas gracias!
Se
puso en pié, con su enorme estatura, delante del griego,
quien casi se asustó de aquella actitud marcial, aquellos
ojos brillantes y oscuros, y de aquella voz profunda y enigmática
de su invitado.
—Tu
propuesta es preciosa —continuó el invitado—, sería muy
atractiva para cualquier otra persona. Yo no la puedo aceptar.
Ya tengo el caballo ensillado, mis servidores ya me esperan.
¡Larga vida, Zaleukos!
Los
amigos, que el destino había reunido de aquella forma tan
sorprendente, se dieron una abrazo de despedida.
—¿Y
cómo debo llamarte? ¿Cómo se llama mi invitado, a quien
recordaré eternamente? —preguntó el griego.
El
forastero se lo quedó mirando, volvió a cogerle la mano
y le dijo:
-
Me llaman Señor del
Desierto; soy el ladrón
Orbasan.