Había
una vez un honesto oficial de sastre que se llamaba Labakan
y que aprendía su oficio en el taller de un hábil maestro
en Alejandría. No es que Labakan no supiese trabajar con
la aguja, más bien todo lo contrario, cosía muy fino. Tampoco
se podría calificar directamente de holgazán, pero sus compañeros
no le encontraban del todo normal porque, a menudo, se podía
pasar tantas horas cosiendo sin parar que incluso salía
humo del hilo y la aguja le quemaba las manos, entonces
le salían unas piezas como a ningún otro; a veces, en cambio,
y eso desgraciadamente ocurría con frecuencia, se sentaba
pensativo, con los ojos fijos mirando hacia delante y poniendo
una cara y un ademán algo curiosos. Entonces al maestro
y a sus compañeros no se les ocurría otra cosa que decir:
—Este
Labakan ya vuelve a dárselas de importante.
Pero
los viernes[i]
al salir de la plegaria, mientras que los demás se iban
a casa a hacer sus cosas, Labakan, con un vestido precioso
en el que había trabajado cantidad, salía de la Mezquita,
y caminando de forma altiva pasaba lentamente por las plazas
y las calles de la ciudad y, si alguno de sus camaradas
le saludaba con un “adiós” o un “¿cómo va esto, amigo Labakan?”,
le hacía una seña con la mano o, a lo sumo, le hacía una
elegante inclinación de cabeza. Si alguna vez el maestro
en tono de broma le decía: “tu has nacido para ser príncipe,
Labakan”, casi reventaba de gozo y contestaba: “Es lo que
siempre he pensado”.
El
respetable oficial de sastre Labakan pasó así mucho tiempo
y, la verdad, aquel comportamiento hacía sufrir a su maestro
porque, pese a todo, era un trabajador brillante. Un día,
Selim, el hermano del sultán, que aquellos días viajaba
por Alejandría, mandó un vestido al maestro sastre para
que lo arreglara, y el maestro lo dio a Labakan porque él
era quien trabajaba más fino. Al atardecer, cuando el maestro
y sus compañeros habían terminado la jornada, para descansar
de las fatigas del día, a Labakan le vinieron unas ganas
irresistibles de volver al taller en donde tenían colgado
el vestido del augusto hermano. Estuvo un rato mirándoselo
de pie pensativo y como un pasmarote. Admiraba las puntadas
maravillosas y los colores tornasolados de la pana y la
seda. No lo pudo remediar, tuvo que ponérselo y, mira por
donde, le sentaba tan bien que verdaderamente parecía que
estaba hecho a su medida. “¿A qué parezco un príncipe?”
Se preguntaba a sí mismo mientras se paseaba por la estancia.
“¿Incluso me lo ha dicho el maestro, que he nacido para
ser príncipe?” Al ponerse el vestido pareció como si también
se hubiese puesto una personalidad regia; no podía dejar
de pensar que podría ser hijo de algún rey desconocido y,
como tal, decidió viajar por el mundo y dejar aquel lugar
en que, hasta entonces, la gente había sido tan necia de
no darse cuenta que detrás de su humilde origen se escondía
una estirpe aristocrática. Estaba convencido de que aquel
majestuoso vestido se lo había enviado un hada y se guardaría
mucho de rehusar una regalo tan valioso. Cogió el escaso
capital de que disponía y, aprovechando la oscuridad de
la noche, se marchó por la puerta de Alejandría.
Por
dondequiera que pasaba, el nuevo príncipe despertaba admiración,
ya que aquel lujoso vestido y su presencia digna y majestuosa
no eran como los de un viajero cualquiera. Si alguien le
preguntaba cuál era la causa procuraba dar a entender que
existían razones de peso, con un gesto misterioso. Pero
cuando se dio cuenta que aquella manera presuntuosa de andar
provocaba risas entre la gente, se compró un caballo no
demasiado caro, cosa que le fue muy bien ya que, al ser
tranquilo y manso, no le metía en ningún compromiso y podía
hacerse pasar por un caballero experimentado, cosa que no
era cierta.
Un
día, mientras paseaba lentamente por las calles con su Marva,
tal era el nombre del caballo, le detuvo un caballero y
le pidió si le permitía cabalgar a su lado, de esta forma,
hablando con otra persona, el camino no se le haría tan
largo. El caballero era un hombre joven y simpático, de
trato agradable y cordial. Al momento empezó a hablar de
donde venía y a donde iba y Labakan se enteró de que, igual
que el oficial de sastre, él también iba sin rumbo por el
mundo. Dijo que se llamaba Omar, que era sobrino de Elfi
Beis, el infortunado Bassa
de El Cairo, y que el motivo del viaje era cumplir un deseo
que su tío le había encargado antes de morir. Labakan, sin
embargo, no le habló de su situación tan sinceramente; sólo
le dio a entender que era de noble linaje y que viajaba
por placer.
Los
dos caballeros se cayeron bien mutuamente y continuaron
juntos el camino. Cuando llevaban dos días viajando, Labakan
preguntó a su compañero por el tipo de encargo que debía
de hacer, y le dejó cautivado con la historia siguiente:
“Elfi
Beis, el Bassa del Cairo, había criado a Omar desde que
era pequeño. Omar no había conocido a sus padres. Cuando
sus enemigos atacaron a Elfi Bei por sorpresa y tuvo que
huir herido de muerte, al cabo de tres días de infructuosos
combates, hizo saber a su protegido que no era su sobrino,
sino que era hijo de un hombre poderoso que, por temor de
una profecía de su astrólogo, le había enviado lejos de
la corte, con el juramento de que quería volver a verle
cuando cumpliese veintidós años. Elfi no le dijo el nombre
de su padre, sino que le encargó categóricamente que al
quinto día del próximo mes del Ramadán[ii],
el día que cumpliría veintidós años, estuviese al pié de
la conocida columna de El-Serujah a cuatro días de camino
al Este de Alejandría; una vez allí debía entregar la espada,
que le daba, a los hombres que habría al pié de la columna,
con las palabras “yo soy el que buscáis” y, si estos contestaban
“alabado sea el Profeta que te ha dado amparo”, entonces
debía seguirlos porque le conducirían ante su padre”.
Al
oficial de sastre Labakan le maravilló aquella confidencia
y, a partir de entonces se miró al príncipe Omar con envidia
molesto porque el destino, pese a que, por decirlo de alguna
forma, le había otorgado un origen misterioso y una existencia
vulgar, había obsequiado a aquel joven con el linaje de
hijo de monarca y de todo lo necesario, aunque ya tenía
suficiente con ser sobrino de un Bassa.
Empezó a compararse con el príncipe. Tuvo que admitir que
el otro era un hombre de buena planta, mirada despierta
y una contundente nariz aguileña, de modales afables y serviciales,
es decir, su aspecto tenía tantos atractivos que podían
llamar la atención a cualquiera. Pero con todas estas reflexiones
encontró tantos atractivos a su compañero que llegó a la
conclusión que al padre del príncipe tan oportuno le podía
ser un tal Labakan como el verdadero príncipe.
Estos
pensamientos no dejaron a Labakan en todo el día, ni cuando
se detuvieron para dormir en el hostal, pero al despertarse
al día siguiente y ver a Omar, que dormía tan tranquilo
y quizás soñaba con su suerte indiscutible, acabó por hacer
mella en él la idea de pretender, con astucia o por la fuerza,
aquello que un destino desfavorable le había negado. La
espada, la señal para reconocer al príncipe pródigo, colgaba
del cinturón del chico dormido; tiró de ella con mucho tiento
con la intención de clavarla al pecho de su propietario.
Pero, ante la idea de la muerte, el alma pacífica del joven
se horrorizó y se contentó con quedarse la espada, poner
las bridas al caballo del príncipe, y cuando Omar despertase
y viese que le habían robado las esperanzas, su fiel compañero
de viaje ya le llevaría unas cuantas millas de ventaja.
Precisamente,
el día en que Labakan suplantó al príncipe, era el primero
del Ramadán y, por lo tanto, aún le quedaban cuatro días
para llegar a la columna de El-Serujah, que él conocía muy
bien. Pese a que el lugar, donde se encontraba la columna,
debía de estar como máximo a unos dos días de camino, se
apresuró a llegar allí, porque temía que el príncipe le
atraparía.
Al
final del segundo día, Labakan se estaba acercando a la
columna de El-Serujah. Se detuvo en lo alto de una colina
que había en un extenso altiplano desde donde se podía ver
de dos a tres horas a lo lejos. Al verla el corazón de Labakan
latió con fuerza, pese a que durante aquellos dos días había
tenido tiempo suficiente para reflexionar sobre la actitud
que debía tomar, la mala conciencia hizo que le entrara
miedo; pero la idea de que había nacido para ser príncipe
le envalentonó de tal forma que continuó en dirección al
objetivo, seguro de sí mismo.
Los
alrededores de la columna de El-Serujah, estaban deshabitados
y desiertos, y el nuevo príncipe habría tenido algunas dificultades
a causa de su subsistencia si no se hubiese avanzado unos
días. Acampó, con el caballo, debajo de unas palmeras y
allí esperó su próximo destino.
Hacia
el mediodía del día siguiente vio una larga comitiva de
caballos y camellos que avanzaba por el llano en dirección
a la columna de El-Serujah. El séquito se detuvo al pié
de la colina, donde estaba emplazada la columna; montaron
sus lujosas tiendas, y el conjunto parecía la caravana de
un jeque[iii]
o de un bassa.
Labakan se imaginó que toda aquella gente que veía estaba
preocupada por él y de buena gana se habría dejado ver por
la zona donde estaban; pero reprimió su deseo de presentarse
allí como príncipe, porque ya tendría la ocasión al día
siguiente de satisfacer aquel deseo tan arriesgado.
El
sol matutino despertó al extremadamente feliz sastre aquel
día en que iba a experimentar el momento más importante
de su vida, y en que ascendería de humilde y desconocido
mortal a poder sentarse al lado de un padre monarca. Lo
cierto es que, mientras ensillaba el caballo para acercarse
a la columna, se acordó de la irregularidad de sus actos,
y del dolor que debía sentir el príncipe por sus esperanzas
frustradas, pero los dados estaban ya echados, ya no podía
deshacer lo que había hecho y defraudar su amor propio,
y se dijo en voz baja que su aspecto era lo bastante magnífico
como para presentarse ante el rey en calidad de hijo suyo.
Animado
con estos pensamientos, montó a caballo, se armó de coraje
para conducirlo a un galope conveniente y, en menos de un
cuarto de hora, ya estaba al pié de la colina. Bajó del
caballo y lo ató a un arbusto de los que crecían por aquellos
andurriales, entonces desenvainó la espada del príncipe
Omar y subió colina arriba. Al pie de la columna habían
seis hombres alrededor de un anciano con aspecto de pertenecer
a la alta aristocracia; iba vestido con un magnífico caftán
de material dorado ceñido con un chal de cachemira blanco,
y el turbante, también blanco, bordado con brillantes y
piedras preciosas, lo cual le caracterizaba como hombre
de categoría y fortuna.
Labakan
se le acercó, le hizo una profunda reverencia y le dijo,
a la vez que le ofrecía la espada: “yo soy el que buscáis”.
“Alabado sea el Profeta que te ha amparado”, respondió el
anciano con lágrimas en los ojos.
—¡Abraza
a tu padre, Omar, querido hijo!
El
buen sastre estaba muy conmovido por estas solemnes palabras
y, con una sensación mezcla de alegría y vergüenza, se dejó
abrazar por el anciano monarca.
Pero
sólo pudo gozar unos momentos, con tranquilidad, de aquella
nueva posición. Cuando el anciano acababa de abrazarle,
vio a un caballero acercándose veloz a la colina. El caballo
y el caballero se comportaban de forma extravagante: el
caballo parecía que, sea por tozudez o por cansancio, no
quería avanzar y llevaba una marcha a trompicones que no
era ni trote ni galope, el caballero le atizaba con las
manos y con los pies, para que corriese más. Muy pronto
Labakan reconoció a su caballo Marva y al verdadero príncipe
Omar, pero ya estaba poseído por el mal espíritu de la mentira
y decidió que, si se daba el caso, mantendría sus usurpados
derechos de forma inflexible.
Pronto
vieron al caballero hacer señas a lo lejos. Pese al peculiar
trote del caballo, llegó al pié de la colina. Saltó del
caballo y subió apresurado cuesta arriba.
—¡Deteneros!
—gritó— ¡Vos, quien seáis, parad y no os dejéis engañar
por el estafador más grande que existe! ¡Me llamo Omar,
y ningún mortal ha de atreverse a profanar mi nombre!
En
las caras de todos los allí presentes, se reflejó una intensa
preocupación por el cariz que tomaba el asunto. Además,
el anciano parecía muy
aturdido por la forma inquisidora con que miraba
a uno y otro. Sin embargo, Labakan, con una tranquilidad
dificultosamente conseguida, dijo:
—¡Honorable
señor y padre, no os dejéis engatusar por este hombre! Por
lo que yo sé, es un loco oficial de sastre de Alejandría.
Se llama Labakan y más merece compasión que ira.
Estas
palabras llevaron al príncipe al paroxismo y, echando chispas,
intentó cargar contra Labakan. Pero los demás se interpusieron
y le detuvieron, y el monarca dijo:
—¡En
verdad, querido hijo, este hombre no está sano! ¡Atádlo
y sentádlo encima de un dromedario! Quizás podamos ayudarle
de alguna forma.
La
rabia del príncipe se calmó y dijo llorando al monarca:
—El
corazón me dice que sois mi padre, por la memoria de mi
madre os lo suplico: ¡escuchadme!
—¡Uy!
¡Que Dios nos ampare! —respondió éste—. ¡Este hombre desvaría,
cómo es posible que se haya imaginado estas cosas!
Y
mientras lo decía, agarró a Labakan del brazo y juntos emprendieron
el descenso de la colina. Montaron en unos caballos lujosamente
enjaezados y cabalgaron por el llano, encabezando la caravana.
Mientras, ataron las manos al pobre príncipe, le sujetaron
encima de un dromedario y dos hombres, cabalgando a su lado,
no le perdieron de vista ni un momento.
El
anciano monarca era Saaud, el Sultán de los wahhabitas[iv].
Había tardado mucho en tener hijos hasta que, por fin, le
había nacido el príncipe que había deseado tanto tiempo.
Pero el astrólogo, al que consultó el oráculo del príncipe,
le anunció este mal presagio: “hasta que cumpla los veintidós
años estará en peligro de que alguien le suplante”. De manera
que, con objeto de protejerlo, lo confió a su anciano y
buen amigo Elfi-Bei, para que lo criara y educara, y esperó
veintidós años con añoranza e impaciencia.
Por
el camino, el Sultán iba explicando todo esto a su supuesto
hijo, del que se sentía extraordinariamente orgulloso por
lo bien parecido que era y la buena educación que demostraba
tener.
Cuando
estuvieron en el país del Sultán, fueron recibidos por sus
habitantes con gritos de alegría, porque la noticia de la
llegada del príncipe corrió como un reguero de pólvora por
todos los pueblos y ciudades. Las calles por las que iban
pasando estaban engalanadas con ramos y guirnaldas de flores,
de las casas colgaban espléndidas guarniciones de muchos
colores y todos elevaban alabanzas a Dios y a su Profeta
por haberles enviado un príncipe tan bien plantado. Con
este recibimiento, el sastre iba que no cabía en sí de satisfacción;
tan satisfecho, como desgraciado debía sentirse el verdadero
Omar a quien todavía llevaban atado detrás de la caravana,
desesperado y silencioso. En medio de todo aquel barullo,
que debía de ser en su honor, nadie se fijó en el verdadero
príncipe. El nombre de Omar lo gritaron mil veces y mil
veces más, pero a él, que llevaba este nombre con todo el
derecho, nadie le hizo caso. Como mucho, de vez en cuando
había alguno que preguntaba quien era aquel que llevaban
tan bien atado, y a los oidos del príncipe llegaba la horrible
respuesta de su compañero: “es un sastre loco”.
Por
fin, la caravana llegó a la capital del Sultán. Allí el
recibimiento fue aún más deslumbrante que en las otras ciudades.
La Sultana, una señora mayor y venerable, les esperaba en
el salón más importante del palacio, con toda su corte.
Habían cubierto el suelo de esta habitación con una grandiosa
alfombra, y las paredes estaban revestidas de tela azul
celeste, recogida con cordones y borlas doradas, que colgaban
de inmensos doseles plateados.
Cuando
llegó la caravana ya era de noche, por eso habían encendido
muchas lámparas, redondas y de colores, con las que parecía
que la noche se había vuelto día. Las más luminosas de todas
estaban al fondo del salón, donde la sultana se encontraba
sentada en un trono. Éste estaba situado al final de unos
escalones y era de oro puro revestido de amatistas. Los
cuatro Emires [v]
más distinguidos sostenían un dosel de seda roja en honor
de la Sultana, y el jeque de Medina le daba aire con un
largo abanico hecho con plumas de pavo real.
—Aquí
lo tienes —dijo—, te he traído el hijo que hacía tanto tiempo
deseabas ver.
Pero
la Sultana le interrumpió.
—¡Este
no es mi hijo! —dijo a voz en grito—. ¡El hijo que el Profeta
me ha mostrado en sueños no tiene este semblante!
Justo
en el momento en que el Sultán se disponía a censurar las
supersticiones de su mujer, se abrió la puerta del salón
de golpe. El príncipe Omar entró hecho una furia y perseguido
por los guardias de los que a duras penas se había escapado.
Se echó ante el trono casi sin aliento.
—¡Quiero
morir aquí! ¡Hazme matar, padre cruel, porque no voy a poder
soportar este estigma por más tiempo!
Todos
estaban desconcertados con lo que ocurría. Los guardias
se abrieron paso para capturarlo de nuevo y, ya estaban
a punto de esposarlo cuando la Sultana, que lo había observado
todo sorprendida y sin decir ni una palabra, se levantó
de su trono.
—¡Alto!
—gritó—. ¡Este y nadie más es el verdadero! ¡Este es el
que mis ojos han visto y mi corazón ha reconocido!
Los
guardias soltaron instintivamente a Omar, pero el Sultán
furioso y con rabia les gritó que volviesen a atar a aquel
loco.
—¡Aquí
mando yo! —dijo, imponiendo su autoridad—, y no estamos
supeditados a lo que mi mujer haya podido soñar, sino a
hechos reales e inequívocos. Éste de aquí —continuó a la
vez que señalaba a Labakan—, es mi hijo, porque me ha traído
la verdadera señal de mi amigo Elfi: la espada.
—¡La
ha robado! —gritó Omar—. ¡Fui un ingenuo de confiar en él
y me traicionó!
Pero
el Sultán no escuchaba al que decía ser su hijo, porque
estaba acostumbrado a ganar en todo, y hacía lo que quería
de forma obstinada, entonces mandó que sacasen a Omar fuera
del salón, mientras él se retiraba a sus habitaciones acompañado
de Labakan, enfurecido con la Sultana, la esposa con la
que había vivido veinticinco años en paz.
Pero
la Sultana muy disgustada por estos acontecimientos, estaba
del todo convencida que un embustero se había apropiado
del corazón del Sultán, ya que un montón de sueños le habían
presentado al otro pobre desgraciado como hijo suyo.
Cuando
se hubo calmado un poco de su disgusto, urdió una plan para
hacer reflexionar a su esposo de aquel error. Sin duda era
una labor difícil, porque el que se hacía pasar por hijo
suyo presentó la señal, la espada. Además, ella misma lo
había podido comprobar, el impostor sabía tantas cosas de
cuando Omar era pequeño que se podía hacer pasar por él
sin ponerse en evidencia.
La
Sultana convocó en audiencia a los hombres que hicieron
de escolta al Sultán en la columna de El-Serujah, con objeto
de que le explicasen exactamente lo que había ocurrido y,
además, pidió consejo a sus esclavas más fieles. Se encontraban
cavilando que es lo que podrían hacer, cuando habló Melechsalah,
una circasiana anciana y astuta.
—¿Si
no he entendido mal, honorable señora, el chico que reconocéis
como hijo vuestro dijo que quien trajo la espada se llamaba
Labakan y que era un sastre perturbado?
—Sí,
eso mismo —respondió la Sultana—, pero, ¿porqué lo quieres
saber?
—¿Qué
os parece—continuó la circasiana—, la posibilidad de que
este traidor haya dado su propio nombre a vuestro hijo?
Y, de ser así, dispondremos de una forma que nos irá de
perilla para atrapar al mentiroso, y os la quisiera transmitir
muy secretamente.
La
Sultana prestó atención a su esclava y esta, en voz baja,
le dio un consejo, que pareció que era de su agrado, porque
se levantó inmediatamente para ir a ver al Sultán.
La
Sultana era una mujer lista, que conocía muy bien los puntos
débiles del Sultán y sabía como tratarlo. Aparentó que transigía
y que quería reconocer al hijo, y le pidió solo una condición.
El Sultán, a quien sabía mal haber enojado a su mujer, aceptó
la condición. Entonces ella dijo:
—Quisiera
imponerles una prueba de su habilidad. Otro quizás les pediría
una carrera a caballo, o bien los haría luchar, o les haría
lanzar la jabalina; pero estas son coas que cualquiera sabe
hacer; yo no, yo quiero pedirles algo muy ingenuo. Se trataría
de que cada uno de ellos confeccionase un caftán y un par
de bombachos, y luego veríamos quien de los dos los habría
hecho más bonitos.
El
Sultán, después de hartarse de reír, respondió:
—Vaya,
que treta más ingeniosa que has preparado. ¿Mi hijo ha de
competir con tu sastre loco para ver quién sabe coser el
caftán más bonito? No, por aquí no paso.
Pero
la Sultana insistió, porque él había aceptado la condición
que le había pedido y el Sultán, que era un hombre de palabra,
accedió al fin. Con todo, el Sultán juró que aunque el sastre
loco hiciese el caftán más bonito, no lo reconocería como
hijo suyo.
El
Sultán fue a decirselo personalmente a su hijo, y le pidió
el favor de acceder al capricho de su mujer, que quería
comprobar si era capaz de confeccionar un caftán.
El
buen Labakan se puso a regir con ganas; “si esto es todo
lo que quiere”, se dijo para sí, “la señora Sultana tendrá
motivos para estar satisfecha”.
Prepararon
dos habitaciones, una para el príncipe y la otra para el
sastre, para que pudiesen demostrar sus habilidades, y únicamente
les dieron el trozo de tela de seda necesario, tijeras,
aguja e hilo.
El
Sultán estaba muy intrigado para ver qué clase de caftán
sería capaz de coser su hijo, pero la Sultana también tenía
el corazón alterado por saber si había o no acertado la
estratagema. Les asignaron dos días para hacer el trabajo.
El tercer día el Sultán hizo llamar a su mujer y una vez
estuvieron los dos juntos, mandó a buscar los dos caftanes
y a sus realizadores. Labakan estaba triunfante y extendió
su caftán ante el estupefacto Sultán.
—¡Mirad,
padre —dijo—. ¡Mirad honorable madre, si este caftán no
es una obra de arte! A que ni el sastre más capacitado de
la corte sería capaz de hacer una labor como esta.
La
Sultana se puso a reír y se volvió hacia Omar:
—¿Y
tu, que me has traído, hijo mío?
Desanimado,
el chico echó al suelo la seda y las tijeras.
—¡A
mí me enseñaron a domar caballos y a blandir las armas,
y a hacer que mi lanza se clave en un blanco a sesenta canas...
pero el arte de la aguja no lo conozco! Además eso no es
digno del ahijado de Elfi Beis, el señor del Cairo.
—¡Oh,
tú eres el verdadero hijo de mi señor! —dijo la Sultana
gritando—. ¡Ah, déjame abrazarte y decirte hijo! Perdonad
esposo y señor mío, que os haya urdido esta trampa —continuó
ella mientras se volvía hacia el Sultán—. ¿No os dais cuenta,
ahora, quién es el príncipe y quién el sastre? ¡Efectivamente,
el caftán que ha hecho vuestro señor hijo es muy elaborado,
y me gustaría preguntarle qué maestro le enseñó!
El
Sultán estaba sentado muy pensativo e incrédulo mirando
a su mujer, y a Labakan y, a pesar de la vergüenza y la
consternación que sentía al darse cuenta de lo que era obvio,
quería encontrar la forma de rebatirlo.
—No
es suficiente con esta demostración —dijo el Sultán—. Pero
tengo una forma, doy gracias a Alá, de descubrir si me engañáis.
Ordenó
que le ensillasen el caballo más veloz, lo montó y cabalgó
en dirección a un bosque que había no muy lejos de la ciudad.
Según una antigua leyenda, allí vivía una hada buena, de
nombre Adolzaide, quien a menudo ayudaba con consejos a
los reyes de su linaje cuando se encontraban en un grave
apuro. El Sultán salió en su busca.
En
medio del bosque había un claro rodeado de cedros colosales.
La tradición decía que era el lugar en donde vivía el hada
y a donde casi nunca se acercaba ningún mortal, porque daba
auténtico miedo y éste se había transmitido de padres a
hijos.
Al
llegar al lugar, el Sultán descabalgó, ató su caballo a
un árbol, se colocó en mitad del claro y dijo en voz alta
y clara:
—¡Si
es verdad que aconsejaste a mi padre en momentos de necesidad,
no rehuyas la petición de su descendiente y aconséjale en
aquello que su capacidad humana no es capaz de desentrañar!
No
había acabado aún de pronunciar la última palabra cuando
se abrieron las ramas de un cedro, y salió de ellas una
señora vestida de blanco hasta los pies y cubierta de velos.
—Ya
se porqué has venido, Sultán Saaud. Lo haces de buena fe
y por eso te ayudaré. ¡Toma estas dos arquetas! ¡Haz que
cada uno de los que dicen ser hijos tuyos escoja una! Sé
que quien sea el verdadero no se va a equivocar.
Así
habló aquella señora cubierta de velos y a continuación
le dio las dos arquetas de marfil adornadas a rebosar con
oro y perlas. En la tapa, que el Sultán intentó abrir sin
resultado, había unas inscripciones hechas con diamantes.
Al
volver a casa, el Sultán iba cavilando qué podría haber
en aquellas pequeñas arcas, que había intentado abrir sin
éxito. La inscripción que traían tampoco le daba pista alguna
de lo que podrían contener, porque en una de ellas se podía
leer Honor y Gloria
y, en la otra, Suerte
y Riqueza. El Sultán pensaba que, si él tuviese
que escoger, también se le haría difícil decidir entre dos
cosas que veía igual de tentadoras e igual de atractivas.
Al
llegar a palacio, mandó llamar a la Sultana y le explicó
la predicción del hada, y ella se sintió invadida por una
maravillosa esperanza de que aquel que su corazón había
elegido sería quien escogería el arca que probaría su linaje
real.
Prepararon
dos mesas ante los tronos de los Sultanes. El propio Sultán
puso las arquetas encima, luego se sentó en el trono e hizo
una señal a uno de los esclavos para que abriesen las puertas
del salón. Una espectacular multitud de emires y bassas
de todo el reino, que el Sultán había invitado, se apresuró
a entrar por la puerta que acababan de abrir. Se acomodaron
en los lujosos almohadones que había por todo el salón.
Una
vez estuvieron todos sentados, el Sultán hizo una señal
y mandó entrar a Labakan. Este atravesó el salón con paso
arrogante, se postró delante del trono y dijo:
—¿Qué
me ordenáis, padre y señor mío?
El
Sultán se puso en pié y dijo:
—¡Hijo
mío! Hay dudas sobre la autenticidad del derecho que puedas
tener a pretender este nombre. ¡Una de estas pequeñas arcas
contiene la confirmación de tu verdadero nacimiento! ¡Elige!
¡Estoy seguro de que vas a elegir la buena!
Labakan
se levantó y se colocó ante las arcas. Finalmente, después
de estar pensándolo un buen rato, dijo:
—¡Honorable
padre! ¿Qué otro don podría haber mayor que la Suerte de ser tu hijo, cuál más honorable
que la Riqueza
de tu gloria? ¡Elijo la arqueta que lleva la inscripción
Suerte y Riqueza!
—¡Después
sabremos si has escogido la buena! ¡De momento, siéntate
allá en el almohadón del bassa de Medina! —Dijo el Sultán
e hizo una señal a su esclavo.
Hicieron
entrar a Omar. Con su mirada tétrica, el aspecto triste
y su pose provocó la compasión de los allí presentes. Se
echó ante el trono y pidió cual era la voluntad del Sultán.
El
Sultán le informó que debía escoger una de aquellas dos
arquetas. Entonces se levantó y se fue hacia la mesa.
Leyó
atentamente las inscripciones de las arcas y dijo:
—Estos
últimos días he aprendido cómo es de insegura la suerte
y qué efímera es la riqueza. Pero también he aprendido que
la bondad está presente en el corazón de los valientes,
el Honor y la brillante estrella de la Gloria no se desvanecen cuando se acaba la suerte. Aunque renuncie
a la corona, los dados ya están echados... ¡Honor
y Gloria,
yo os he escogido!
Puso
la mano encima del arca que había escogido, pero el Sultán
le ordenó que se quedara quieto, entonces hizo una seña
a Labakan para que también se acercase a su mesa, y éste
puso asimismo la mano encima del arca que había escogido.
Antes,
sin embargo, el Sultán se hizo traer un lavamanos con agua
de la fuente santa Zemzem[vi]
de la Meca. Se lavó las manos para rezar, se volvió de cara
al Este, se postró en el suelo y rezó:
—¡Dios
de mi padre! ¡Tú que has preservado nuestro linaje y lo
has mantenido claro y legítimo, no dejes que un indigno
deshonre el nombre de los Abbasidas[vii], sé el protector
de mi verdadero hijo en estos momentos de prueba!
El
Sultán se levantó y se sentó de nuevo en el trono. Existía
una gran expectación entre los presentes. Ni a respirar
se atrevían. Se habría oído pasar a un ratón por el salón,
de tan silenciosos y tensos como estaban todos. Los de atrás
se erguían para poder ver las arquetas. Entonces el Sultán
dijo:
—¡Abridlas!
Y
las arquetas, que antes ningún poder pudo abrir, se abrieron
solas.
En
la que escogió Omar, había un pequeño almohadón, una corona
y un cetro diminutos de oro. En la de Labakan, había una
aguja grande y un hilo de seda. El Sultán les ordenó que
le acercaran las arquetas. Entonces tomó la corona entre
sus manos y, fue un hermoso espectáculo ver que al tiempo
de cogerla, la pequeña coronita se iba haciendo grande y
más grande hasta que quedó como una corona de verdad. El
Sultán puso la corona en la cabeza de su hijo Omar, que
se arrodilló, le dio un beso en la frente y le hizo sentar
a su derecha. Entonces se volvió a Labakan y le dijo:
—¡Ya
lo decían nuestros abuelos: no debemos de desear lo que
no nos pertenece! Según parece tenías que quedarte con la
aguja y por eso te perdono la vida, infeliz. ¡Pero si quieres
oír un buen consejo, sal de mi país lo antes posible!
Avergonzado
y abatido como estaba, el oficial de sastre nada pudo responder.
Se echó a los pies del príncipe y, con lágrimas en los ojos,
le dijo:
—¿Me
podréis perdonar, príncipe?
—¡Afecto
para los amigos, generosidad para los enemigos! Es la divisa
de los Abbasidas —respondió el príncipe, mientras le ayudaba
a levantarse—. Vete en paz.
—¡Oh,
tú eres mi verdadero hijo! —gritó el Sultán mientras se
precipitaba en sus brazos.
Los
Emires y Bassas,
y todos los grandes del reino se pusieron en pié y gritaron:
—¡Viva
el nuevo hijo del rey!
Y
en medio de aquel alboroto, Labakan se escabulló del salón
del trono con su arqueta bajo el brazo.
Bajó
a las cuadras del Sultán, ensilló a su caballo Marva y salió
cabalgando hacia la puerta de la ciudad, camino de Alejandría.
La vida como príncipe ahora se le aparecía como un sueño
y sólo aquella valiosa pequeña arca, llena de perlas y diamantes,
le recordaba que lo había sido.
Cuando
finalmente llegó a Alejandría, se dirigió a casa de su antiguo
maestro, se apeó del caballo, lo ató a la puerta y entró
en el taller. El maestro, que no le reconoció al principio,
le recibió con gran ceremonia y le preguntó en qué podía
servirle, pero cuando le miró más de cerca y se dio cuenta
de que se trataba de Labakan, llamó a los otros oficiales
y aprendices y, todos a una, se echaron sobre el pobre Labakan,
que no esperaba un recibimiento como aquel: le empujaban
y le golpeaban con los compases y las varas de medir, le
pinchaban con agujas y le pellizcaban con las afiladas tijeras
hasta que cayó agotado sobre un montón de vestidos viejos.
Se
encontraba aún tendido cuando el maestro le soltó un sermón
por aquel vestido que había robado. De nada sirvió que Labakan
jurase que había vuelto precisamente por esta razón, para
restituirlo, y fue inútil que le dijese que le pagaría el
triple de lo que valía. El maestro y sus compañeros volvieron
a echársele encima, volvieron a apalearle y lo lanzaron
a la calle. Destrozado y hecho unos zorros montó en su caballo
Marva y se dirigió hacia un campamento de caravanas. Mientras
descansaba su entumecido y resentido cuerpo, reflexionaba
sobre las miserias terrenales, los méritos, con frecuencia
desconocidos, y la futilidad y fugacidad de todos los bienes.
Se durmió decidido a renunciar a sus aires de grandeza y
a comportarse como un honrado ciudadano.
Y
al día siguiente no se arrepintió de esta decisión, porque
se sentía como si las duras manos del maestro y de sus compañeros
le hubiesen extraído las majestades a golpes.
Vendió
su arca a buen precio, en una joyería; se compró una casa,
donde acondicionó un taller adecuado para realizar la labor
de su ramo. Cuando lo tuvo todo bien dispuesto y hubo colgado
un rótulo que rezaba “Labakan-Sastre”, se sentó en el taller
y, con el hilo y la aguja que había encontrado en la arqueta,
empezó a zurcir la falda del caftán, que el maestro le había
roto completamente. Le llamaron en la tienda y cuando volvió
a coger la labor que había dejado, ¡qué cosa más extraña
vio! La aguja estaba cosiendo sin parar, sin nadie que la
sujetara. Daba unas puntadas tan elegantes como las podía
haber dado el propio Labakan en sus momentos más artísticos.
¡De
verdad que, incluso el regalo más insignificante de una
hada buena es provechoso y de gran valor! Pero aquel regalo
aún tenía otra ventaja: el hilo de seda tampoco tenía fin,
la aguja podía coser tanto como quisiese.
Labakan
atrajo muchos clientes y enseguida fue el sastre más conocido
de todos aquellos alrededores. Cortaba la ropa, le daba
la primera puntada y, en un periquete, la aguja continuaba
sin parar hasta que el vestido estaba acabado. El maestro
Labakan tenía casi a toda la ciudad entre su clientela,
porque lo hacía bien y a unos precios extraordinariamente
económicos. Sólo había una cosa que algunos no encontraban
muy normal, es decir, les parecía extraño que no tuviese
aprendices y trabajase con las puertas cerradas.
Por
lo tanto, lo que representaba la inscripción Suerte y Riqueza de la arqueta eran augurios
de prosperidad. La suerte y la riqueza acompañarían, aunque
en proporciones discretas, los pasos del buen sastre, y
cuando le llegaban noticias de la gloria del joven Sultán
Omar, de quien todo el mundo habla, cuando le explicaban
que era tan valiente y se había convertido en el orgullo
y la pasión de su pueblo y el terror de sus enemigos, entonces
el antiguo príncipe se decía para sí: “es
mucho mejor que vuelva a ser sastre, porque eso del honor
y la gloria son cosas muy
peligrosas”. Así fue como vivió Labakan, contento con
lo que tenía, respetado por sus conciudadanos, y si la aguja
aún existe, seguro que sigue cosiendo con el inacabable
hilo de seda del hada buena Adolzaide.