| LA HISTORIA DE PEQUEÑO MUCK | |||
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En
Nicea[i],
la ciudad de mi padre, vivía un hombre a quien llamaban Pequeño
Muck. Me acuerdo muy bien, aunque entonces yo era un niño muy
pequeño, además, fue la causa de que mi padre me diera una buena
zurra. Pequeño Muck era un hombre ya anciano cuando yo le conocí;
sin embargo, sólo medía unos tres o cuatro palmos de alto y,
de ahí, que tuviese un aspecto curioso, porque su cuerpo, tan
pequeño y delicado como era, debía acarrear una cabeza más grande
y pesada que la otra gente. Vivía solo en una casa grande e,
incluso, cocinaba él mismo. Además, si no hubiese sido porque
al mediodía se veía salir un denso vapor de su casa, en la ciudad
nadie habría sabido si estaba vivo o muerto porque solamente
salía de casa una vez cada cuatro semanas. Con todo, por la
noche acostumbraba a andar de acá para allá por el tejado, aunque
desde la calle parecía que era sólo su enorme cabeza, la que
andaba por allá arriba.
—¿Cómo
te atreves? ¿Con estos pies tan pequeños, que no miden ni
un palmo, quieres ser corredor del rey? Ya puedes volver por
donde has venido, que no estoy yo aquí para perder el tiempo
con el primer loco que pasa. Pero
Pequeño Muck le aseguró, que su solicitud debía ser tenida
seriamente en cuenta y que se veía con ánimo de desafiar al
más veloz. Al encargado le hizo mucha gracia todo aquello.
Le dijo que estuviera a punto para correr aquella misma tarde,
le mandó a la cocina y ordenó que le diesen de comer y beber
en abundancia. El
rey era un hombre jovial, y le encantó la idea del encargado
de los esclavos de retener a Pequeño Muck para divertirse
un rato. Ordenó que organizasen la carrera en un descampado
que había detrás de los edificios del castillo, para que él
y su corte lo pudiesen ver con comodidad, y recomendó que
prestasen mucha atención al enano. El rey anunció el espectáculo,
que podrían ver aquella tarde, a los príncipes y princesas;
éstos lo dijeron a sus criados y por la tarde la expectación
ya era enorme, y todos los que pudieron salieron en tromba
en dirección al campo, donde habían construido unas cercas
con objeto de facilitar la asistencia al espectáculo y ver
correr a aquel milhombres. Cuando
el rey, acompañado de sus hijos e hijas, se hubo instalado
donde estaban las cercas, Pequeño Muck salió al campo e hizo
una reverencia, sumamente elegante, a las autoridades. La
multitud pegó un grito de entusiasmo al verle, porque nunca
habían visto a nadie con aquella pinta: el cuerpo pequeño
con la cabeza grande, la chilaba y los bombachos anchos, la
larga espada metida en su ancha faja, aquellos pies chiquitines
dentro de aquellas babuchotas, ¡no! Era una visión demasiado
cómica para no desternillarse de risa. Sin embargo, Pequeño
Muck no se dejó intimidar por aquellas risas. Se quedó allí
de pié y satisfecho, apoyado en su bastoncillo y esperando
a su contrincante. Tal como le había pedido el propio Muck,
el encargado de los esclavos escogió al mejor corredor, que
llegó, se colocó delante de Muck y, juntos, aguardaron la
señal de salida. Entonces, tal como estaba estipulado, la
princesa Amarza hizo un movimiento con el velo, y los corredores
salieron disparados, como dos flechas dirigidas al mismo objetivo. Ya
desde el principio, el competidor de Muck ganó una ventaja
considerable pero, con la estratagema de las babuchas, Muck
enseguida le atrapó, le avanzó y ya hacía rato que le esperaba
en la meta, cuando llegó el otro resoplando. Los espectadores,
fascinados y sorprendidos, se quedaron unos instantes estupefactos,
pero cuando el rey empezó a aplaudir, la multitud estalló
y todos gritaban: —¡Viva
Pequeño Muck! ¡Ha ganado la carrera! Mientras,
habían acompañado a Pequeño Muck ante el rey. Entonces se
le echó a los pies y le dijo: —¡Grande
y poderoso señor rey! Aquí sólo os he hecho una demostración
de mis habilidades ¡Lo que de verdad quiero es hacerme un
sitio entre vuestros corredores! Pero
el rey le respondió: —No,
tú has de ser mi corredor personal y has de estar siempre
a mi lado, querido Muck. Cada año te darán un salario de cien
monedas de oro y comerás en la mesa de mis servidores privados. Así fue como Muck creyó que había encontrado su suerte que había estado buscando durante tanto tiempo, y estuvo contento y alegre. También gozó de los favores del rey, porque era a él a quien daba los encargos más secretos y urgentes, los cuales realizaba con la más estricta puntualidad y la más increíble rapidez. Pero
no caía muy simpático al resto de servidores del rey, porque
les hacía poca gracia ver a aquel enano bajo la protección
de su rey y, además, no entendían cómo podía correr tan deprisa.
Por este motivo conspiraban contra él para hundirle; pero
todo era inútil ante la enorme confianza que el rey tenía
en su Corredor Mayor de la Corte, que es la categoría a que
le habían ascendido en tan poco tiempo. Muck,
a quien el revuelo a su alrededor no le pasaba desapercibido,
no maquinaba ningún tipo de venganza, porque tenía muy buen
corazón. No. Lo que hacía era pensar la forma de ser más querido
y necesario a sus enemigos, entonces se acordó del bastoncillo
que, al tener tanta suerte, había dejado un poco olvidado.
Pensó que si encontraba algún tesoro, los señores serían más
amables con él. En
alguna ocasión había oído decir que el padre del actual rey
había enterrado muchos de sus tesoros, cuando el enemigo atacó
sus tierras; también oyó que se había muerto antes de poder
hacer partícipe del secreto a su hijo. Desde entonces Muck
llevaba siempre el bastón consigo, con la esperanza de que
algún día pasaría por el lugar en donde estaba enterrado el
tesoro del anterior rey. Un
día al atardecer,
paseaba casualmente por un apartado paraje del castillo, por
donde no pasaba con demasiada frecuencia y, de repente, el
bastón se le escapó bruscamente de la mano y dio tres golpes
en el suelo. Él ya sabía cual era el significado de aquellos
golpes, por eso se quitó la espada, hizo una señal en los
árboles que había alrededor y se volvió procurando no hacer
mucho ruido. Se proveyó de una pala y esperó a que oscureciera. La
búsqueda del tesoro le dio más trabajo de lo previsto. Sus
cortos brazos eran demasiado débiles para manejar una pala
tan grande y pesada y, después de unas buenas dos horas cavando, a duras penas había logrado un agujero de dos pies de fondo. Al
fin tropezó con algo duro, que sonaba a metal. Cavó con más
ganas y pronto tuvo desenterrada una gran tapa metálica; saltó
dentro del agujero para mirar qué había debajo de aquella
tapa y encontró una gran ánfora llena a rebosar de monedas
de oro, pero tenía tan poca fuerza que no podía sacar aquella
jarra del agujero, por tanto se metió tantas monedas como
pudo dentro de los bombachos, dentro de la faja e, incluso,
se llenó la chilaba de ellas. Las que quedaron volvió a taparlas
con mucho cuidado. Se cargó todo aquello a su espalda. En
realidad, si no hubiese tenido las babuchas, no se habría
podido mover de sitio de tanto como pesaban las monedas. De
tal guisa, pudo entrar en su habitación, sin que nadie le
viese, y esconder aquel oro debajo de los almohadones del
sofá. Cuando
se vio en posesión de tanto oro, le pareció que las cosas
cambiarían y que tendría más partidarios y se ganaría las
simpatías de los enemigos de la corte. En esto enseguida se
notaba que el buen Muck no había recibido una educación adecuada,
de lo contrario no se habría hecho ilusiones de ganar amigos
con las monedas de oro. ¡Ojalá que en aquel momento se le
hubiese ocurrido pellizcar las babuchas y largarse él y su
chilaba cargada de oro! El
oro que empezó a gastar a manos llenas, despertó la envidia
del resto de criados del castillo. El Cocinero Mayor, dijo: —Es
un falsificador. El
encargado de los esclavos, Achmet, dijo: —Los
ha estafado al rey. Archaz
el Tesorero Mayor, su más fuerte enemigo, a quien gustaba
de sisar algún pellizco de la caja real, de vez en cuando,
dijo directamente: —Los
ha robado. Y,
para estar seguros de ello, se reunieron en asamblea y un
día Korchuz, el Copero Mayor, se presentó ante el rey triste
y afligido. Hizo que su aflicción fuese tan evidente que el
rey le preguntó qué le ocurría. —Ay
—le respondió— estoy triste, porque he perdido el favor de
mi señor. —¿Qué
cosas se te ocurren, amigo Korchuz? —le replicó el rey—. ¿Desde
cuando he dejado de iluminarte con el sol de mi favor? El
Copero Mayor le respondió que estaba llenando de oro al Corredor
Mayor y que no daba nada a su fiel servidor. Al
rey le sorprendió mucho aquella noticia y se hizo explicar
la historia del despilfarro de dinero que hacía Pequeño Muck.
Y les fue fácil a los conspiradores hacer que el rey sospechara
que Muck, de alguna manera, robaba el oro de la cámara del
tesoro. Al Tesorero Mayor, todo aquello le vino como anillo
al dedo, ya que no le gustaba demasiado tener que rendir cuentas.
Resultando, que el rey ordenó vigilar confidencialmente todo
lo que hiciese Muck para, si fuera posible, sorprenderle en
flagrante delito. Entonces,
cuando por la noche, de aquel desafortunado día, Pequeño Muck
se vio la bolsa casi vacía a causa de su generosidad y cogió
la pala y se escabulló del castillo para ir a buscar más provisiones
del tesoro escondido, le siguieron, a una prudencial distancia,
los vigilantes a las órdenes del Cocinero Mayor Ahuli y de
Archaz, el Tesorero Mayor y, justo en el momento en que se
iba a meter el oro de la jarra en la chilaba, se le echaron
encima, le ataron y le llevaron inmediatamente ante el rey. El
rey, a quién, además, no le hizo ninguna gracia que le rompiesen
el sueño, recibió al pobre Corredor Mayor del reino de muy
mal humor y le interrogó inmediatamente. Lo que había sacado
de la jarra hacía mucho volumen y todo ello, junto con la
pala y la chilaba llena de monedas, lo dejaron a los pies
del rey. El Tesorero Mayor dijo que él y sus vigilantes habían
sorprendido a Muck cuando estaba enterrando la jarra. Por
eso, el rey interrogó al acusado por si era cierto y para
saber de donde había sacado aquel oro que había enterrado. En
defensa de su inocencia, Muck dijo que había descubierto aquella
ánfora en el jardín y que él no la quería en-terrar, sino que la quería des-enterrar. Todos
los presentes se echaron a reír por aquella excusa; pero el
rey, a quien aquella argumentación descarada sacó de sus casillas,
dijo gritando: —¡Qué
desvergonzado! ¿Quieres tratar a tu rey de estúpido, con estas
solemnes mentiras, encima de haber estado robando? ¡Tesorero
Mayor, Archaz! ¡Te ordeno que me digas si esta suma de dinero
es la misma que se ha echado a faltar de mis arcas! El
Tesorero Mayor respondió que estaba muy seguro de que, desde
hacía cierto tiempo, tanto, y aún más, era lo que faltaba
de las arcas reales, y que juraría que aquella suma era precisamente
la que allí faltaba. Entonces
el rey ordenó que llevasen a Pequeño Muck encadenado a la
torre y entregó el oro al Tesorero Mayor, para que lo devolviese
a las arcas. Este, satisfecho de que todo hubiese salido tan
bien, cogió el oro y se fue a su casa a contarlo, y el muy
bergante no informó nunca de la nota que había en el fondo
de la jarra y que decía: “El enemigo ha inundado mis tierras, por eso he enterrado parte de mi
tesoro en este lugar; ¡el castigo de la maldición caiga sobre
aquel que lo encuentre y no lo entregue enseguida a mi hijo!
Rey Sadi” Pequeño
Muck reflexionaba entristecido en la mazmorra; sabía que el
castigo por robar al rey era la pena de muerte, y también
sabía que no podía desvelar el secreto del bastón porque tenía
miedo, con razón, que se lo robasen junto a las babuchas.
Desgraciadamente las babuchas no le servían de nada porque
estaba encadenado a la pared de la mazmorra y, por mucho que
se atormentase, no había forma de poderse salir de ella. Cuando
al segundo día le notificaron la pena de muerte, pensó que
realmente valía más estar vivo sin el bastón mágico que muerto
con el bastón. Pidió audiencia al rey para poderle explicar
un secreto, y el rey se la concedió. Al
principio, el rey no se fiaba un pelo de todo lo que le decía,
pero Pequeño Muck le prometió que se lo demostraría si él
correspondía conmutándole la pena de muerte. El rey le dio
su palabra e hizo enterrar un poco de oro, sin que Muck viese
dónde, y entonces le ordenó que buscase con el diminuto bastón.
No tardó mucho en encontrarlo, porque el bastón se comportó
como debía y enseguida saltó y pegó tres veces en el suelo.
Al instante, el rey se dio cuenta de que era su tesorero quien
le había engañado y, como es costumbre en Oriente, ordenó
que le enviaran un cordón de seda para que se colgase él mismo. A Pequeño Muck le
dijo: —Te
he prometido que te conmutaría la pena de muerte, pero me
parece que aún tienes algún otro secreto para explicarme y,
por lo tanto, te dejaré a cadena perpetua si no me explicas
como es que puedes correr tan deprisa. El
pequeño Muck, que con la única noche que pasó en la torre
ya tenía más que suficiente, confesó que todo el secreto estaba
en sus babuchas, pero no le dijo nada de los tres pellizcos
en el talón. El rey se calzó las babuchas para probarlo y
se puso a correr como un loco dando vueltas por el jardín.
El sí que quería parar, pero no sabía la forma de hacer que
las babuchas estuvieran quietas, y Pequeño Muck, que bien
se había ganado esta pequeña venganza, le dejó correr hasta
que cayó extenuado. Cuando
el rey se recobró estaba muy disgustado con Pequeño Muck por
haberle dejado que corriera hasta perder el aliento. —¡Te
he dado mi palabra de que te conmutaría la pena de muerte
y te daría la libertad, pero de aquí a doce horas has de estar
fuera de mi país, de lo contrario, te haré colgar! Y
el rey se guardó las babuchas y el pequeño bastón en su habitación. De
esta forma, Pequeño Muck se marchaba de aquellas tierras tan
pobre como había llegado a ellas y maldiciéndose a sí mismo
por haber sido tan bobo; había podido tener un cargo prestigioso
en la corte y en cambio se dejó engañar completamente. Por
suerte, el país de donde le desterraban no era muy grande
y al cabo de unas ocho horas ya estaba en la frontera, aunque
el camino se la hizo bastante pesado, porque ya se había acostumbrado
a las babuchas. Una
vez en la frontera, se le acabó el buen camino y tuvo que
meterse por boscajes deshabitados, y de buscarse un lugar
para vivir solo, ya que su aspecto desagradaba a todos. Encontró
uno de apropiado en una parte muy espesa del bosque y decidió
quedarse allí. Un riachuelo de agua clara rodeado de grandes
y sombreadas higueras y hierba suave como una alfombra, eran
una invitación para quedarse; se dejó caer encima de la hierba
decidido a no comer nada y esperar la muerte. Pensando cosas
tristes sobre la muerte, se quedó dormido, pero cuando se
despertó y las ganas de comer comenzaron a atormentarle, consideró
que morir de hambre debía ser algo duro y buscó por los alrededores
por si encontraba algo para poder comer. Del
árbol, bajo el cual se había quedado dormido, colgaban unos
higos maduros y de aspecto delicioso; se encaramó para recoger
unos cuantos y probó unos que estaban exquisitos; luego se
dirigió al riachuelo con la intención de apagar su sed pero,
¡qué horror! ¡Cuándo en el espejo del agua vio su imagen con
unas enormes orejas y una nariz grande y larga pegados a su
cabeza! Se puso las manos en las orejas desconcertado y, la
verdad es que abultaban más de una vara de largo. —¡Me
he ganado orejas de asno! —se dijo gritando—. Esto me pasa
por haber tratado mi suerte como un burro, a coces. Anduvo
cabizbajo por entre los árboles hasta que volvió a tener hambre
y, como no encontró nada más, tuvo que ponerle remedio arrancando
otra vez higos de la higuera. Al terminar quiso esconder sus
orejas bajo el turbante para no tener un aspecto tan cómico,
y notó como si se le hubiesen encogido. Volvió corriendo al
riachuelo para comprobarlo y, ¡sí!, era cierto, las orejas
eran de la medida que debían ser y ya no tenía aquella nariz
grande y deforme. Entonces fue cuando lo entendió todo; de
la primera higuera había recibido la nariz y las orejas gigantes
y la segunda higuera los había hecho desaparecer; estaba contento
de haber aprendido que su buen destino le volvía a echar una
mano para ayudarle a encontrar su suerte. Recogió higos de
las dos higueras, tantos como podía llevar, y volvió a la
ciudad de donde tuvo que marchar hacía poco tiempo. De camino
se detuvo en la primera aldea por la que pasó, para ponerse
otra ropa, de forma que no le pudiesen reconocer, y no tardó
mucho en llegar a la ciudad, en donde vivía aquel rey que
le había desterrado. Aquella
era una época en que la fruta madura aún escaseaba; Pequeño
Muck se colocó al lado del portal de palacio, porque sabía
muy bien que el Maestro Cocinero acostumbraba comprar allí
golosinas poco frecuentes para la real mesa. Muck no tuvo
que esperar mucho rato para ver salir al Maestro Cocinero
a echar un vistazo. El cocinero examinó los productos de los
vendedores que había por los alrededores de la puerta de palacio.
Por fin, se fijó en la cesta de Muck. —Ah,
aquí tenemos un bocado excepcional —dijo—, que seguro complacerá
mucho a su majestad. ¿Cuánto quieres por todo el cesto? Pequeño
Muck pidió un precio razonable y enseguida se pusieron de
acuerdo. El Maestro Cocinero pasó el cesto a un esclavo y
continuó con su tarea; en cambio Pequeño Muck se escabulló
de aquel lugar, porque ya se imaginaba que cuando empezase
a pasar algo en las cabezas de la corte, le querrían atrapar
y castigar por haberles vendido los higos. El
rey estaba en la mesa y de muy buen humor, y llenaba de elogio
a su Maestro Cocinero por los platos que cocinaba y por su
buena disposición a buscarle siempre las cosas más sabrosas;
el Maestro Cocinero, que todavía le tenía reservada aquella
golosina que ya sabemos, le sonreía contento y satisfecho
y sólo de vez en cuando dejaba ir algo como: “lo mejor viene
al final” o “ya veréis, ya veréis”. De esta forma las princesas
estaban cada vez más intrigadas para saber que más les serviría
el maestro cocinero, y cuando les dejó aquellos preciosos
higos encima de la mesa, todos los presentes soltaron un “oooh”
unánime de admiración. —¡Qué
maduras! ¡Y, qué apetitosas! —dijo el rey en voz alta—. ¡Maestro
Cocinero, eres todo un personaje y te mereces toda nuestra
estima! Y,
mientras lo decía, el rey en persona se puso a repartir parsimoniosamente
aquel exquisito manjar que tenía sobre la mesa. A cada príncipe
y a cada princesa, le tocaron dos, a las damas de la corte,
y a los Visires y a los Agas, una, las que sobraron se las
colocó ante sí y las devoró con delirio. —¿Pero,
que Dios nos ampare, que te ha ocurrido, padre? —gritó de
repente la princesa Amarza. Todos
miraron al rey boquiabiertos. De la cabeza le colgaban unas
orejas colosales, y una nariz impresionante le descendía hasta
encima de la barbilla; además, todos se fueron mirando unos
a otros con horror y estupor: todos estaban “adornados” casi
de la misma forma. ¡Os
podéis imaginar el pánico que se apoderó de la corte! Inmediatamente
enviaron a buscar a todos los médicos de la ciudad; allí se
acercaron multitudes y les recetaron píldoras y pociones,
pero las orejas y las narices no se movían. Operaron a uno
de los príncipes, pero las orejas volvieron a crecerle. Muck,
desde su escondrijo, se iba enterando de todas las noticias
hasta que decidió que ya había llegado el momento de actuar.
Con el dinero que había cobrado por la venta de los higos,
se proveyó de un disfraz para hacerse pasar por sabio y con
una larga barba de piel de cabra acabó de redondear el camuflaje.
Cogió un saco lleno de higos y se fue al palacio real a ofrecer
sus conocimientos en medicina. De entrada, no acababan de
creerle, pero después de haber invitado a uno de los príncipes
a comer un higo, que le dejó la nariz y las orejas como las
tenía antes, todo el mundo quería hacerse visitar por aquel
médico forastero. Pero,
fue el rey, quien le cogió de la mano sin mediar palabra y
se lo llevó hacia sus habitaciones. Una vez allí, abrió una
puerta que daba a la sala del tesoro, e hizo señal a Muck
que le siguiese. —Aquí
tengo mis tesoros —dijo el rey—. Coge lo que quieras, lo que
sea, te lo concedo, si me liberas de esta ignominiosa desgracia. Para
Pequeño Muck, aquellas palabras sonaban a música celestial.
Nada más entrar en la habitación vio sus babuchas y, a su
lado también a su pequeño bastón. Sin embargo, dio una vuelta
por el lugar haciendo como si quisiese admirar los tesoros
del rey. Justo cuando llegó donde estaban las babuchas, se
metió en ellas con decisión, cogió el bastoncillo, se estiró
la falsa barba y mostró al atónito rey la conocida fisonomía
del desterrado Muck. —Eres
un rey traidor —le dijo—-, porque pagas a tus servidores fieles
con ingratitud. Como castigo, ya te puedes quedar con esta
cara de monstruo que bien que te la has ganado y, las orejas
te las dejo para que todos los días te acuerdes de Pequeño
Muck. Una
vez dicho esto, dio media vuelta y salió por la puerta piernas
para que os quiero y el rey no tuvo siquiera tiempo para pedir
ayuda porque Pequeño Muck ya había desaparecido. Desde entonces no le falta de nada a Pequeño Muck, sin embargo, vive solo porque la gente le menosprecia. Con todas aquellas experiencias se ha convertido en hombre sabio, que, pese a su apariencia estrafalaria, ha de merecer tu admiración, Muley, en vez de tus burlas. Los viajeros decidieron descansar en aquel campamento de caravanas, al objeto de estar preparados, tanto ellos como los animales, para el próximo día de viaje. El jolgorio del día anterior continuó durante todo aquel día y se divirtieron jugando a toda clase de juegos y, después de cenar, no se olvidaron de recordar al quinto mercader, Alí Sizah, que hiciese lo que le tocaba hacer y explicase una historia. Respondió que en su vida no le habían ocurrido tantos acontecimientos como para explicar algo, por eso les contaría algo diferente, como es: El cuento del falso príncipe.
Continuará... |
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