| EL VIEJO
DE LA CASA SOBRE LA COLINA |
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Las ventanas de la CASA -la pondremos en mayúsculas para diferenciarla de aquella en donde vivía el anciano-, contemplaban, como inmensos ojos abiertos, el paisaje en derredor suyo, o sea, las suaves ondulaciones de las lomas, siempre verdes ya que las poblaban los pinos, el clásico pino mediterráneo, ese que suele salir en los libros de lectura de los niños -yo fui niño de otra época, aunque haya llovido bastante desde entonces-, ese pino dibujado a plumilla con tinta china negra, corteza a corteza, aguja a aguja, raíz a raíz. Desde hace muchos años quiero escribir este relato, que no es una invención por más que pueda parecerlo. A cada nueva primavera, con su cielo azul, todavía azul, evocaba los maravillosos iris de color violeta, los de color lila, los blancos, que crecían salvajemente sobre la colina, con sus hojas primerizas, unidas a la tierra,, secas y carcomidas como harapos, recordaba las chumberas exuberantes, los almendros, debajo de cada uno de los cuales, entre sus raíces, dormía el largo sueño una cabra, muerta de Dios sabe que enfermedad pues el viejo tuvo un rebaño en tiempos. Las chumberas, que producían para él una parte de sus montaraces ingresos, se mezclaban con la jara, los iris, con las ortigas, y los macizos de rústica verbena crecían en lo que antaño fueran espléndidos arriates de plantas selectas... ¡Cómo me gustaba a mí aplastar las rojas y bastas florecitas entre mis infantiles dedos, aplastarlas tiñéndolos con su color y luego respirar hasta ahogarme aquella picante estridencia de su fragancia vulgar y alegre! De la carretera a la casa, el terreno se levantaba escalonado, y a mí siempre me recordaba, no sé por qué, la construcción de una pirámide azteca. Había incluso un sauce al pie de la carretera, en la hipotética entrada sin puertas ni vallas, de lo que antaño fuera realmente un camino señorial. Quise escribir este relato hace mucho tiempo y no sabía como, hoy por fin, me he decidido y voy a hacerlo; lo que no entiendo es porque me resulta tan difícil manejar la pluma y seguir con mi historia. Los grandes ojos de la CASA semejaban contemplar el paisaje... Recuerdo que un día, niño aún, me introduje en el ya abandonado solar, lleno ahora de cascotes y hierbajos -de pequeño acostumbraba a escribir "yerbajos"-, brillaban al sol fragmentos de botellas rotas, siempre son verdes los fragmentos de las botellas quebradas, y corrían lagartijas- siempre, también, son verdes las lagartijas-, por las arruinadas paredes. Me entró miedo, el clásico miedo que asalta a los críos cuando no tienen que demostrar delante de otros niños que a ellos no les asusta nada. Había gusarapos y espasmódicas criaturas quitinosas que se movían reflexiva o velozmente según su natural condición; no me preguntéis como eran unos y otros, el gusarapo innominado y los demás bichos más o menos clasificados según el manual de la escuela, el caso es que todos daban asco y un poco de repeluzno. Los pájaros volaban sobre la CASA sin techo, y algunos anidaban en ella, olía a moho, a hojas en putrefacción, y asimismo los brezales sin flores se unían al concierto con su peculiar aroma penetrante, farmacéutico, acre. ¿Era primavera?, quizás el mes de marzo; ese mes de marzo que a mí tanto me gusta, con sus rebaños de nubes hinchadas y presuntuosas flotando en un cielo intensamente azul, a la deriva, sin un norte, blandamente, como nuestros propios pensamientos cuando los dejamos en libertad. Marzo, con sus vientos fríos y su sol ardiente que encierran mil promesas de una primavera cercana, que nunca será tan maravillosa como imaginamos. El viejo había vivido con su mujer, mucho más vieja que él, en la casa que en otra época fuera un corral. La casa tenía dos pisos, constituyendo el superior la vivienda, y en un pequeño terrado criaban conejos con retama y demás plantas amargas; abajo estaba lo que pudiéramos llamar el establo. Una puerta construida con los deshechos de otras puertas, cerraba la entrada, allí guardaba sus cabras, cinco, tres, una... Yo llegué a conocer a la superviviente, olía a cabra -es natural después de todo-, y devoraba aliagas y cardos, para dar leche tenía que criar a un cabritillo que duraba poco apenas nacido. Lo solían vender y si nadie quería gastarse los diez duros que entonces costaba, lo mataban y se lo comían ellos. Su perro era una hembra negra, eternamente preñada, que se llamaba Menuda, "la Menuda". ¡Pobre Menuda, siempre hambrienta y embarazada! La vieja tenía una hija de su primer matrimonio -las malas lenguas aseguraban: primero y único-, una hija que los iba a visitar cada 15 días y les llevaba algunas cosas de comida y ropa usada. La hija, en el decir de su madre, tenía un bar o una fonda -la gente murmuraba que un burdel de tres al cuarto-. La vi también cierta tarde, era una figura rolliza y abundantemente dotada por la naturaleza, o sea, femenina estilo caricatura, su cabello largo y negro lo rizaba una antigua permanente, la cara la llevaba muy pintada, y además, mal, recordaba un semáforo encendido con las señales verdes y escarlatas sin apagar. Las almas caritativas del pueblo comentaban que no había derecho que los ancianos vivieran aislados sobre la colina, que en cualquier momento les podía pasar algo, ¡vaya una responsabilidad!, y que cuando llegara la hija se los encontraría muertos. Al final incluso la hija debió pensar lo mismo porque un buen día cogió a su madre y se la llevó. Más tarde supimos que la había metido en un asilo. El viejo se quedó solo entonces. Ya no le acompañaban más que los conejos y el huerto, ¡ah!, porque me olvidaba del minúsculo huertecillo que el hombre cultivaba en aquella tierra ingrata y pizarrosa. Vendió los últimos iris cuando llegó abril y no esperó a que los cuatro almendros del roquedal echaran frutos, ni tampoco las chumberas, ni a que la higuera se llenase de higos; tenía una higuera magnífica delante de la casa. No llegó septiembre para él. Era un hombre libre, había sido buhonero en su juventud, y cuando se enteró de que su hijastra pretendía encerrarlo como a su madre, pero en otro centro, se escapó. Fue encontrado por la Guardia Civil al poco tiempo y recluido finalmente. Transcurridos varios meses, nos enteramos de que había muerto allí, mientras que su mujer, que chocheaba, le sobrevivió todavía unos cuantos años. Cierta tarde, muchos meses después, me acerqué a la casa de los viejos. Sobre la colina soplaba el viento, sobre "todas" las colinas suele soplar el viento. Las verbenas se agostaban con sus raíces prisioneras entre la tierra árida, y la casa, con su puerta abierta y batiente, comenzaba a llenarse de bichos de todos los tamaños y especies, y a desmoronarse. Pero esto creo que ya lo he descrito... o al menos he hablado de gusarapos y de quitinosos cuerpecillos. ¿Fue entonces?, ¿en otra ocasión acaso?... Los recuerdos lejanos tienden a confundirse en su propio horizonte. En el interior de la casita, los cuatro trastos gastados bostezaban su abandono entre melancólicos y filosóficos, un pájaro salió volando al entrar yo. Sobre los objetos se amontonaba el polvo y corrían las arañas con sus movimientos nerviosos y ágiles; un periódico antiquísimo, amarillo y desgarrado, se arrastraba por el suelo como un animal herido a impulsos de la corriente que de vez en cuando se establecía entre la puerta de acceso y el balcón, el balcón cuyos vidrios eran cartones mal ensamblados. En la terracita todavía estaban las conejeras. Me aproximé. Eran exactamente dos conejeras viejas e indescriptiblemente sucias, dentro de una de ellas podía verse el esqueleto rígido de un conejo con los dientes enganchados a la tela de alambre; no quedaban ya vestigios de comida en la jaula y el bebedero se hallaba tan seco como la arena del desierto. Debíamos estar a principios del otoño, porque el aire resultaba cálido y suave; volaban aún las mariposas, y, creo recordar -tal vez me equivoque-, las libélulas de la charca vecina, las esponjosas borlas de los Dientes de León, las abejas, las avispas... Mientras abandonaba aquel teatro de desolación, recordé la alta figura del viejo. En su juventud fue sin duda un hombre guapo, de rostro largo, facciones aristocráticas y ojos claros. De vez en cuando acostumbraba a enseñar, dentro de un medallón roñoso que nunca había sido precisamente de oro, la fotografía ovalada y descolorida de una señora muy bella y vestida con elegancia: su madre, decía el viejo, y al nombrarla le temblaba la barbilla y se le quebraba ligeramente la voz, porque no la llegó a conocer ya que ella había muerto al nacer él... o así se lo contaron. Y era hermosa, francamente hermosa, semejaba arrancada de un cuadro antiguo, con su escote, sus volantes, y la cabeza llena de tirabuzones, y aquellas facciones tan finas, como de camafeo, sus largas pestañas, su frente noble y despejada.,, ¿Qué habrá sido del retrato? ¡Pobre señor Oscar, hablaba tan bien, era siempre tan educado, tan correcto! No he vuelto a la colina -al crecer me alejé de aquellos parajes de mi infancia-, pero todavía hoy le recuerdo y muchas veces me digo que el viejo, al escaparse, hizo mal en no soltar al conejo de la jaula, claro que, en aquellos instantes, no debía estar para acordarse de esos detalles.
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