| MANUELA |
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Era una mujercita diminuta, no delgada, sin ser precisamente gruesa, de pelo blanco dorado que peinaba en un coquetón "arriba España", aquel peinado de tupé alto tan de moda en la posguerra. Manuela tenía la cara pequeña, redonda y sonrosada, ojillos negros, chiquitos y vivarachos, nariz en armonía con el rostro aunque ligeramente respingona, y el labio superior de una boca de trazo fino, nada sensual, surcado por líneas verticales de esas que pregonan la vejez en una mujer, pues indican, lo he sabido mucho más tarde, que el útero entró ya en decadencia hace años. Para mí era "la señora Manuela", porque papá me había enseñado a ser educada con todo el mundo, y en especial con las personas ancianas, y Manuela era una anciana con sus 60 años cumplidos, hoy no lo sería, pero entonces, más o menos en 1944, sí. Manuela llamaba a papá "chiquet" y eso que era mañica de nacimiento, pero estaba afincada en Barcelona desde su más temprana adolescencia, por no decir infancia -con quién vino y los motivos que a ello les impulsaron, es algo que aún sigo ignorando-. Yo no sé de dónde sacó el "chiquet" porque en Catalunya no es palabra que se estile, y Manuela había vivido siempre aquí después de dejar su tierra natal, aunque supongo que debido a que papá era alicantino de ahí venía lo de "chiquet".
La madre de papá, o sea mi abuela paterna, había nacido en Barcelona, y el abuelo, oriundo de Denia, Alicante, estudiaba para cura hasta que abandonó una futura vida de contemplación religiosa por la mundanal y empezó la carrera de magisterio. En Barcelona conoció a la abuela y después de un noviazgo como mandaban los cánones de finales del XIX, se casaron en esta ciudad, y cuando ya habían nacido aquí cuatro de sus nueve hijos, se trasladaron a Denia y allí nació papá, el benjamín. (Cuatro de esos 9 vástagos murieron en la infancia como por aquellos días solía ser bastante habitual). Mi abuela, una mujer muy recta, era sumamente caritativa con los desheredados, hacía obras de beneficencia pero en el anonimato llegando incluso a visitar a gitanas enfermas a las que aportaba dinero y medicinas, debo puntualizar, sin embargo, que ella no era acaudalada ni pertenecía a ningún patronato de obras pías y que siempre fue por libre y nunca en camarilla. La abuela tenía un hermano, el consabido garbanzo negro que brotaba espontáneamente y sin antecedentes reconocidos, en cualquier familia pequeño burguesa del siglo antepasado. Un hermano, el tío Juan, que era fotógrafo, fotógrafo de entonces: armatoste de cámara, guardapolvo decimonónico y estudio bohemio, artista en el decir y pensar de las buenas gentes de aquel tiempo, con todas las connotaciones peyorativas que tan bien retrató Santiago Rusiñol en L' Auca del Senyor Esteve, por eso era la oveja descarriada del rebaño. ¡Pobre tío Juan, hoy seguramente hubiera sido paparazzi para continuar con la crítica y el descrédito! Yo he visto una foto antigua, ¿podía ser de otro modo?, del tío Juan. Parecía alto, corpulento, pelo oscuro, supongo que castaño, melena al viento, frondoso bigote a la moda y chalina. Se afirmaba que era guapo y sobre todo, un "don Juan", lo que iba perfectamente con su nombre; le gustaban las mujeres y la dolce vita del artista. Así conoció a Manuela. Cuando Manuela vino de Aragón siendo prácticamente una cría, se puso a servir, en su época los niños trabajaban, pero luego, el desarrollo de los acontecimientos lo desconozco, acabó en un burdel del barrio chino, o lo que por aquellas fechas fuera el barrio chino. Es de imaginar que entraría en calidad de fregona y salerosa como era, joven además, pronto se vería "aconsejada" por la madame de turno para que arrinconara los utensilios de limpieza por esa mal llamada vida fácil. Analfabeta, firmaba con una cruz o con la huella dactilar si se trataba de documentos, Manuela jamás fue a la escuela, tampoco se estilaba mucho que las mujeres del pueblo llano lo hicieran, mas no puede negarse que la vida no le enseñara muchas cosas de esas que siempre se etiquetan bajo el nombre de experiencia. Cuando yo, a mis 7 años la conocí, era una viejecilla alegre y dicharachera que comunicaba la impresión de haberse pasado la existencia divinamente, que nunca hubiese sabido de penas, en una palabra. Era bromista y alocada y sobre todo, pícara pero sin malicia ni dobles intenciones obscenas. Se reía como una niña y puedo asegurar que no daba muestras de demencia senil ni nunca había padecido tipo alguno de retraso mental. Manuela, por aquellas fechas, trabajaba de "waterista", son sus propias palabras, en los lavabos de un cine de barrio cercano a su casa, y desaparecido ya hace muchísimos años. Cobraba un mísero salario que redondeaban las propinas, y en los intervalos del desempeño de su labor, que eran bastantes, se hinchaba de ver películas de esas de programa doble, entonces en blanco y negro, y se lo pasaba muy bien. Ella vivía en un piso antiquísimo, situado en un callejón que desembocaba en Las Ramblas, calle de mal vivir entonces y ahora de interés turístico, pero que, como eran otros los tiempos, el mal vivir se reducía a algún desgraciado raterillo y a las consabidas furcias de esquina, rubias oxigenadas y macilentas, que en vez de lucir pechuga mostraban esternón, dientes picados y pies delgados y estrechos calzados siempre en zapatos que les venían grandes. Manuela vivía sola en su piso viejo que tenía demasiadas habitaciones, todas oscuras menos dos que daban a un enorme patio interior, y esas fueron las que nos realquiló cuando fuimos a vivir allí, quedándose ella en su dormitorio de siempre, un cuarto sin otra ventilación que una pequeña ventana interior que daba al pasillo. En la posguerra no abundaban los pisos asequibles, ni el dinero, todos estábamos racionados, comida y espíritu. Papá era superviviente, vencido, de una guerra que se había cobrado en él varios años de su juventud , y, por rara fortuna, tenía trabajo, pero poca cosa más, así que nos fuimos a vivir con ella, dos habitaciones con derecho a cocina y el resto del piso a nuestra disposición porque su inquilina, desde las 3 de la tarde hasta las 10 de la noche laboraba en sesión continua. El tío Juan conoció a Manuela, no sé bien si en el burdel como asiduo, o por motivos profesionales. Me explico: según parece, de vez en cuando le contrataban para hacer fotos "artísticas" en las que posaban desnudas o semi, modelos ocasionales. ¿Y dónde mejor encontrarlas sino era en determinados círculos libres de prejuicios? Bien, pues se conocieron. Él se enteró de que ella existía, y ella de que existía él, el fotógrafo grandote y bohemio, buena persona y poseedor de un corazón mucho más vulnerable de lo que aparentaba. Papá aseguró siempre que el tío Juan se había enamorado de Manuela, simplemente por el hecho de que la sacó de aquella clase de vida y se la llevó a vivir con él. Avanzado para su tiempo el hombre. Decía papá: -Hizo una buena obra con la pobre chica. Y yo, que era pequeña, no entendía nada acerca de la bondad de ese señor que fuera tío de mi padre y que se había llevado a una Manuela jovencita a vivir en su casa, "como criada", añadían púdicamente al mencionar el tema, si la niña estaba delante. Y a la niña, o sea yo, que no se enteraba de la película, por una le entraba y por otra le salía, porque los niños de mi generación éramos bastante inocentes y sólo nos interesaban los cuentos de hadas y los tebeos. De todas las fotografías hechas por el tío Juan, sólo una se conservó, propiedad de Manuela, naturalmente, y ello debido a cierto motivo muy especial. Era la foto de Carmen-Juanita, una criatura de unos dos o tres años, muy linda, con zapatitos blancos, faldas abullonadas, encajes, cintajos, tirabuzones y un gran lazo en la cabeza: su hija y de Manuela. Lo que se dice una foto de estudio, hecha por un buen fotógrafo, su propio padre, que la quería, por eso la niñita iba a la moda, muy elegante, lo mismo que después he visto en fotos tan dispares como una de la reina madre de Inglaterra, y otra de Marquerite Yourcenar, la novelista, fotografiadas ambas en su infancia, contemporáneas de una desconocida Carmen-Juanita, que no fue ni reina ni escritora. El tío Juan murió, soltero, no sé exactamente a que edad ni de qué, (se apuntaba por lo bajo que de resultas de una vida "disipada"), pero me imagino que no debía ser demasiado viejo, es más, creo que no llegó siquiera a cumplir los 40 años, claro que eran otros tiempos, vuelvo a repetir. Para entonces Carmen-Juanita ya no estaba, se la había llevado una enfermedad infantil del tiempo, creo recordar que difteria, y Manuela se quedó sola, sin hija, sin hombre y con un retrato color sepia, que el transcurso de los años convertiría en antiguo. Siempre que pienso ahora en Manuela, pretendo rescatarla del olvido de su pequeña vida anónima, adjudicándole imágenes de una existencia de la que no conozco casi nada, y me viene a la mente una nínfula gordezuela envuelta en gasas y peinada a lo Cleo de Merode, llena de brazaletes como Mata Hari y tal vez descubriendo voluptuosa un ombligo grande, redondo y profundo, o bien se me aparece una chiquilla, en un falso escenario de cartón piedra, descalza, cabellera ondulada suelta sobre las espaldas, estilo ángel renacentista o dama leonardiana, y vistiendo una túnica corta de reminiscencias clásicas... La verdad es que nunca sabré como posó realmente, si iba maquillada, si ponía los ojos en blanco adoptando esa almibarada expresión de inocencia a lo cine mudo... O si nunca su amante la tomó por modelo. A Manuela me la recuerdan, tantos años después, las notas de aquel vals de Tárrega titulado, creo, si no me equivoco, Las dos hermanas, compuesto para ser ejecutado a la guitarra; una música melancólica, nostálgica, que pretende ser alegre. No sé que fue de la señora Manuela a partir del momento en que perdió a sus dos amores, hasta que, ella con 60 y yo con siete años, nos encontramos, pero supongo que debieron suceder muchas cosas antes, aunque el hecho es que mi familia, que tenía un acusado sentido del clan, no le perdió el rastro, (sin considerarla su cuñada, mi abuela nunca la despreció, de hecho le había regalado su cómoda cuando, hacía tantos años, se fueron a vivir a Denia, un mueble oscuro, lleno de cajoncitos y dobles fondos secretos en el que Manuela había entronizado a la Pilarica desde entonces, y sobre el cual se rumoreaba que se aparecían los espíritus), así pues, un día, en la posguerra, papá, mamá y yo nos fuimos a vivir realquilados al piso de la sonriente anciana, quien, por otra parte, jamás llegó a contraer matrimonio, y a la que sólo se le llenaban los ojos de lágrimas cuando contemplaba el retrato oval de su hijita sobre una cartulina marfileña, gruesa de tres milímetros y enmarcado por un dibujo modernista.
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