EL LÍDER X

El líder X murió en el exilio. Bueno, casi siempre los líder X suelen morir en el exilio, sobre todo cuando pertenecen a la oposición de su país y jamás han podido ocupar un escaño en el parlamento ya que su partido milita en la clandestinidad más absoluta y perseguida, como es de precepto.

El líder X murió en el exilio tal cual había vivido, o sea, en la penumbra, rebosante de ideas utópicas, más pobre que una rata y devotamente amado hasta el fin por su pequeño grupito de correligionarios. Y murió tísico, como cuadra en un revolucionario totalmente idealista y nacido en las postrimerías del siglo XIX.

Murió relativamente joven, a los 40 años, soltero y sin hijos, ya que él decía que estaba casado con la revolución, con la suya, naturalmente, y que sus hijos eran sus partidarios; con tan exiguo patrimonio, el traspaso no fue demasiado fatigoso.

Un buen día, o malo, según desde que perspectiva se vea, al ir a despertarle, se lo encontraron muerto con una dulce sonrisa en los labios, y si sus seguidores no hubieran sido tan ateos como su líder, podrían haber asegurado que éste había muerto como un santo, ya que incluso de su rostro, en paz al fin, semejaba irradiar una luz extraterrena.

En fin, falleció el líder X y según su expresa voluntad, fue incinerado y sus cenizas recogidas amorosamente en una modesta urnita de latón. Pero el líder X, aparte de su testamento político, dejó unas breves disposiciones personales referentes al eterno descanso de sus cenizas.

“Quiero –dejó dicho-, que cuando mi cuerpo no sea de este mundo, sus cenizas reposen en mi amada patria y no en el momento en que las autoridades de mi país lo autoricen sino antes, mucho antes, contra la torpe voluntad establecida si es preciso. Y no deseo tumbas ni lápidas, que sean arrojadas en el suelo de mi tierra, o bien en la amplia y nutricia corriente de nuestro río Bam, el de las fértiles orillas que con su limo fecunda en los desbordamientos otoñales, o bien que sean entregadas al viento del Desfiladero Victorioso, en donde hace 4000 años la tribu de los Itupos, nuestros gloriosos antepasados, fue exterminada por completo, legando, no obstante, con su sangre y heroísmo un nombre triunfal para un pueblo que no se rinde jamás.”

(COMENTARIO: Si tenemos en cuenta que los Itupos fueron exterminados por los Baitupos, el irreductible entusiasmo del líder X, resulta un poco incongruente, eso sin olvidar, aunque no venga a cuento, que quienes se encargaron de acabar con los Baitupos, mil años más tarde, fueron los Topatupos, que a su vez, ya en el siglo I d.C., se vieron invadidos y dezmados por los Nicios... Y no continúo porque habría para rato).

Pues bien, comienza así nuestra historia, con el espinoso deseo del líder X de legar sus cenizas a la querida y lejana patria.

Los escasos seguidores del líder X, que las habían pasado moradas con su jefe y como su jefe, decidieron, por democrático sorteo, quien tenía que llevar las preciadas cenizas del líder, por supuesto clandestina y subversivamente, de retorno al hogar de sus ancestros.

Y dispuso la suerte que el tal honor recayera en tres partidarios suyos, ya que se había dispuesto que las cenizas se repartieran en otras tantas bolsitas, con fin y objeto de que hubiera mayores posibilidades de que las cenizas del líder reposaran por siempre jamás, en el País de los Itupos, como así se denominaba románticamente, en los libros medievales, a la patria del líder X.

Los seleccionados por el azar -a los cuales llamaremos A, B y C-, queriendo cumplir al pie de la letra con la última voluntad de su jefe, decidieron lanzar las cenizas en los tres lugares recomendados por aquel -y si no, claro, donde fuese posible-, pues la cuestión era que cayeran sobre la tierra de los Itupos.

Marcharon entonces, aclamados como tres héroes, y no se supo nada más de ellos hasta que transcurrieron 30 años.

En un principio después de su partida, como es lógico, no hubo ningún tipo de contacto con los ausentes, circunstancia por demás previsible, y cuando los meses comenzaron a transformarse en años y los años en décadas, los escasos seguidores que le iban quedando al líder X, llegaron a la conclusión de que los tres enviados habían perecido en el intento, cosa, que, por otra parte, ya era de prever, y así se resignaron incluso con la idea de que nunca se sabría cuál había sido el destino final de las cenizas del líder X.

Pero hete aquí que un día inesperado, en el País de los Itupos hubo un golpe de estado, el primero en 400 años, y al grito de ¡Warraghan, Warraghan!, nombre del mítico héroe que con sus huestes dejó la piel en el Desfiladero Victorioso, los descendientes de los Nicios, entre otros, se lanzaron al asalto del palacio presidencial, colgando de una viga al presidente vitalicio, e instauraron el nuevo régimen, y como les convenía dar una imagen de país liberado y democrático, declararon una amnistía general e invitaron a volver a la patria a los partidarios del líder X, y, cómo no, también a sus cenizas...

Ni que decir tiene que los contados supervivientes que le quedaban ya al partido del líder X, acabados los unos por la enfermedad y los otros por la miseria y los años, si bien por un lado se pusieron muy contentos –les daban casa y pensión-, por el otro se consternaron, ya que del líder X los únicos restos suyos, si ese nombre se les podía aplicar, consistían en una cajita de latón vacía: la urna primigenia que contuviera sus gloriosas cenizas una lejana vez.

En un primer instante, los cinco ancianos que quedaban del movimiento liderado por X, no supieron que hacer ni que decir al respecto de las cenizas del extinto, pero, como eran honrados a la antigua usanza –así les había ido-, decidieron contar la verdad en cuanto pisaran tierra patria, y además, públicamente ya que fueron informados de que se les tributaría un recibimiento multitudinario.

Huelga describir las emociones de los cinco vejetes, viudos unos, otros separados, unos con nietos, otros sin hijos, cuando el tren que atravesó media Europa, se detuvo finalmente en la estación fronteriza de su país; allí, una inmensa muchedumbre, que ocupaba andenes y vías, les esperaba con pancartas y banderas y, por descontado, con el retrato del líder X enarbolado bien alto.

La multitud aulló de júbilo apenas el tren hizo su aparición, traspasando la locomotora la misma línea fronteriza e inmediatamente comenzó a oírse el himno nacional, que por cierto era bastante ramplón, y encima sonaba desafinado en aquellos históricos momentos.

El sentimentalismo colectivo nubló los ojos y apretó las gargantas, mas el pueblo, como un solo hombre, cantó desorejadamente las primeras estrofas del himno:

“Seremos como el trigo, ¡rataplán!

Seremos como el centeno, ¡rataplán!

Seremos como la avena, ¡rataplán!...”

Mientras, los cinco supervivientes de un partido ya más que cadáver, llorando a todo trapo y con los rostros pegados a las ventanillas del vagón, coreaban entre hipos aquella letra tan amada por ellos.

Debo decir que en semejantes momentos preñados de patria emoción, se habían olvidado por completo de que sólo eran portadores de una opaca cajita de lata picada por la herrumbre y hueca, para mayor inri.

Sin embargo, ya estaban de regreso en la tierra que les viera nacer, y eso bastaba, no parecía haber más allá.

Las autoridades se acercaron a la portezuela del vagón y el pueblo conmovido, berreó: “¡¡¡¡WARRAGHAN; WARRAGHAN, WARRAGHAN!!!!”, que era lo que gritaban en las ocasiones señaladas, la puerta se abrió entonces, y los cinco, uno tras otro, titubeando, temblorosos, aturdidos, descendieron el mínimo escalón entre vítores y aclamaciones.

El vicepresidente –por cuestiones protocolarias el presidente de la nación no podía ir a recibirles-, se acercó al primero de ellos con la mano extendida en tanto prensa y televisión registraban para la historia el trascendental encuentro.

-¡El País de los Itupos, patria del glorioso Warraghan, de los diez mil héroes desconocidos, y del no menos ínclito líder X, se honra en dar la bienvenida a cinco de sus hijos más queridos, que no hijos pródigos, ni ovejas extraviadas, sino cinco héroes que retornan a la patria después de una larga andadura de exilio y sufrimiento!... ¡Y es en ocasiones como la presente cuando el más fluido de los oradores -no este humilde servidor de la nación, por supuesto-, se queda sin palabras ante la magnitud de los acontecimientos!... ¡Yo os saludo, héroes y mártires y conmigo el país entero os aclama...! 

Y con el trémolo de esta última palabra en los labios, el vicepresidente hincó la rodilla en el suelo y, a la antigua usanza, como antaño se saludaba a los reyes, rindió homenaje al anciano quinteto, quienes, de tan conmocionados como estaban, no atinaban ni a pensar con coherencia. Ante aquel gesto efectista, el resto del público se tiró por los suelos imitando a su vicepresidente e incluso hubo desmayos que hubieron de ser atendidos.

El himno nacional atronaba los espacios y de sitios estratégicos empezó a llover, en oleadas, un diluvio de confeti con los colores nacionales –recordemos que el País de los Itupos, es el primer productor de confeti del mundo y que una vez salido de los años recesivos de la última dictadura que había padecido, estaba volviendo a inundar de confeti el mercado internacional-.

El anciano revolucionario que había descendido el primero, hizo un gesto con ambas manos interpretado por el pueblo, siempre tan proclive a simbolismos, como que deseaba decir algo, y, consecuentemente, se impuso un silencio sepulcral, ya que hasta los músicos tuvieron el detalle de enmudecer para no quebrar el mutismo que señoreaba el ambiente, tan denso, que incluso se podría haber oído reptar a un caracol sobre el suelo, lo que ya es difícil.

Por espacio de varios segundos el público guardó la compostura requerida, pero luego se empezaron a sentir siseos cuchicheantes tales como: “la emoción le ahoga... Pobrecillo, si no es necesario que diga nada”, etc.

El vicepresidente, desde su incómoda postura de ofrenda, espió con el rabillo del ojo al exiliado, y, algo impaciente, murmuró entre dientes una cosa pareja a:”decídete de una vez, hombre, que no nos vamos a estar aquí todo el día”...

Finalmente el vejete reaccionó, y alzando ambos brazos como el que dirige una arenga, empezó a decir:

-¡Levantaros, hermanos míos, que no hay ningún solo hombre sobre la faz de la Tierra que sea digno de ser adorado como un dios!... ¡Ya no hay esclavos y nunca los hubo, porque aun cargando de grilletes a un hombre, nadie le puede arrebatar su condición, podrá obedecer sometido, pero su libertad jamás se rendirá y en el fondo de la más negra mazmorra, aherrojado, torturado, siempre dirá NO a la opresión; se le podrá matar, pero nunca, nunca, doblegar –aplausos-... si sus principios son fuertes! ...

¡Recordad sino a Warraghan, del que jamás se dijo que fuera tras el carro del vencedor!...-gritos y aplausos-¡Recordad al líder X, a nuestro líder X, que murió en la miseria, consumido por la tuberculosis, antes que renegar de sus principios y deberes!...

¡No olvidéis  que le ofrecieron millones por editar sus memorias y que los rechazó porque él decía que el dinero corrompe al ser humano y de esta forma fue siempre consecuente y fiel con sus ideas!... ¡Él afirmaba: mi vida es mi obra y mi obra no la ignora nadie, así que no tengo necesidad de venderla para fomentar los negocios explotadores de nadie ya que la riqueza no está repartida con justicia!... ¡El líder X siempre tuvo razón, la propiedad es un delito, todos somos hermanos, lo mío es tuyo y lo tuyo es mío, el dinero debe ser abolido, las fronteras deben caer!... ¡No cien mil países, uno sólo ya que el mundo es nuestra patria, no a la familia establecida, la humanidad es nuestra única familia!... ¡Se acabaron los contratos, un simple apretón de manos debe bastar, nadie debería trabajar, el trabajo no puede ser deber sino colaboración fraternal, no más amos!... ¡Viva la libertad! ¡Viva Warraghan!... ¡Viva el líder X!

Pasados unos brevísimos instantes de estupor –lo que el pueblo quería ahora era que las multinacionales extranjeras levantaran empresas allí, y cuantas más mejor, tener cada uno su utilitario e irse al extranjero de vacaciones-, las gentes, con notable menos euforia, corearon los vítores a los héroes nacionales.

Deseoso de que el discurso se interrumpiera de una vez, el vicepresidente tomó la palabra dispuesto a dar por concluido el acto de bienvenida:

-¡Nuestros venerables héroes han regresado de nuevo a la madre patria, loor a ellos que retornan de tan largo exilio, y memoria eterna a nuestro amado líder X que también vuelve, aunque no sea en vida, pero sí sus cenizas ejemplares, honra y prez de la nación...!

En aquel preciso instante sucedieron dos cosas totalmente opuestas pero coincidentes, de súbito, los cinco viejecitos se acordaron de que eran portadores de una caja de latón vacía y un griterío espantoso comenzó a atronar, desde el centro de la muchedumbre que había ido a recibirles. Al principio, sonando el nombre de Warraghan, parecían aclamaciones, pero luego todo el mundo pudo entender claramente lo que se gritaba.

-¡Warraghan era un idiota, nunca debió morir en el desfiladero!

-¡Los héroes siempre cascan, sólo los sinvergüenzas ocupan el poder!

-¡Dadle a un hombre un despacho y habréis creado a un tirano!

-¡El líder X era un idealista imbecil!

-¡Vivan los Baitupos!

-¡Viva Harrallán!

Los atontados viejecillos empezaron a ver que se alzaban pancartas exhibiendo leyendas tales como: MOVIMIENTO DE LIBERACIÓN BAITUPA... RESISTENCIA BAITUPA... ¡VIVA HARRALLÁN!... LOS BAITUPOS AL PODER... ¡MURAN LOS TOPATUPOS!

Y no entendieron absolutamente nada de lo que sucedía. Mirando en torno suyo como el que despierta de un sueño absurdo, balbucearon casi al unísono:

-¿Qué?...¿Cómo?...¿Qué dicen?

Porque ellos hubieran entendido que se insultase al líder X, no iba a ser la primera vez, pero lo que no acababan de asimilar era que se vitorease a los Baitupos cuando hacía más de 11 siglos los aniquilaran los Topatupos, y, sobre todo que se empleara como grito de guerra el nombre del primer rey baitupo, Harrallán, aquel malhadado sujeto que acabara con el heroico Warraghan.

-Nada, nada -dijo conciliador y en tono apresurado el vicepresidente-, son unos estudiantes levantiscos; a la juventud sólo le gusta fomentar disturbios... Hagan el favor, vengan por aquí y métanse en el coche oficial que ahora hemos de ir al Ayuntamiento en donde les será ofrecida una comida y en donde, también les tenemos reservada una sorpresa, una gran sorpresa... –remachó con gesto de complicidad jovial.

En tanto, la algarada continuaba y las fuerzas del orden empezaron a ejercer para controlar la situación. Se disparó al aire, se tiraron gases lacrimógenos mientras los cinco ancianos eran introducidos casi a la fuerza dentro de la limusina modelo años 20, que era propiedad del Estado. Arrancando, ellos aún pudieron ver como la multitud corría en todas direcciones entre chillidos, como caían banderas y pancartas y como, ¡oh nostalgia de tiempos pasados!, la caballería cargaba contra los estudiantes golpeándoles en las cabezas y en la espalda con los sables planos, pero no se alejaron con la suficiente presteza como para no oír otros gritos que brotando de jóvenes gargantas clamaban de esta forma:

-¡Vivan los Nicios!

Los cinco no dijeron nada pero se miraron en silencio y, sin hablar, se comprendieron, ya que por primera vez desde que pisaron suelo patrio, tan cambiado después de 70 años de exilio, sentían que por fin había regresado a casa.

En el Ayuntamiento les esperaban cuatro gatos, eso sí, con traje de gala, condecoradísimos, y bastante inquietos dado que la noticia del disturbio estudiantil había corrido como la pólvora por toda la ciudad.

Los ancianos saludaron tímidamente, detrás de los cristales blindados del coche oficial, a quienes se habían tomado la molestia de congregarse ante las verjas para verles, y, sin ningún tipo de contacto callejero con el pueblo, pasaron del tránsito exterior, tras serles franqueada la entrada, a los jardines del Ayuntamiento, y de ahí, por un sinuoso camino de grava entre parterres de césped, hasta el mismo pórtico neoclásico de la casa Consistorial –recordemos que el tal Ayuntamiento había sido en tiempos muy lejanos, el palacio de los príncipes de Ponnatada-.

Después de tantas emociones seguidas, los vejetes se encontraban como si dijéramos un poco embotados, hasta el extremo de no extrañarse de que ya en el Ayuntamiento se prescindiese un poco del protocolo y se les introdujera en un saloncito recoleto en donde parecía aguardarles un caballero alto, pálido y de aspecto vagamente siniestro, que les fue presentado por el vicepresidente como el Ministro del Interior.

-Nuestros muy queridos héroes –agregó el vicepresidente-, el señor ministro está aquí para contarles una extraña historia.

-Si –corroboró el ministro-, y tan extraña... Verán ustedes, hará cosa de unos meses, cuando triunfó nuestra contrarrevolución salvadora, dimos libertad a todos los presos políticos del régimen anterior, los que no en cárceles estaban en sanatorios mentales, pero poco a poco les fuimos recobrando y devolviendo a sus familias, con gran alegría por parte de todos, menos... Pues, menos en un caso preciso y de lo más singular, que, dadas sus características, y en vista de lo que decía, nos obligó a consultar su ficha en mas de una ocasión, tengo que aclararles que el preso era un interno de psiquiátrico, y así nos enteramos de la siguiente historia: hacía unos 30 años, él y dos compañeros suyos fueron detenidos cuando intentaban cruzar la frontera. Se les dio el alto y los tres echaron a correr en diferentes direcciones... Por desgracia, dos de ellos corrieron por encima de un campo minado y saltaron en fragmentos, prácticamente pulverizados, el otro, por el contrario, fue apresado, pero antes de que lo atraparan se le vio ingerir algo apresuradamente, algo que llevaba en una especie de pequeña bolsa que sacó de un bolsillo... A partir de entonces el prisionero perdió la razón pues nunca contestó de forma coherente a los interrogatorios. Los médicos supusieron que había ingerido una droga destinada a trastornarle el cerebro caso de que cayese prisionero, droga de composición desconocida, ya que los análisis que se llevaron a cabo de sus heces -aquello le provocó una especie de disentería-, no pudieron revelar el origen del compuesto.

Se dedujo que se trataba de un espía, carente de valor ya que estaba enajenado, y por esta razón se le arrinconó en el frenopático estatal y todos se olvidaron de él hasta que nosotros le descubrimos. Obviamente, falto de acreditación, le pusieron un número y así lo tenemos clasificado.

Creemos que si ustedes lo ven, tal vez, tal vez, puedan identificarle, porque otros careos realizados no han ofrecido ningún resultado... –concluyó, vagamente esperanzado, el Ministro del Interior.

Conturbados, los cinco viejecillos se miraron sin saber que decir, y al fin uno de ellos murmuró, por romper el silencio:

-Ese... Ese individuo, ¿no da ningún nombre, algo que parezca una referencia?

-No, en absoluto, algo lógico, razonable, quiero decir, porque hablar si que habla, pero lo que afirma es absurdo, delirante...

Un repentino escalofrío recorrió el cuerpo de los repatriados.

-¿Quién dice ser?

El Ministro del Interior contempló fijamente el suelo embaldosado en mármol, antes de dar una respuesta; se le advertía muy perplejo.

-Pues repite constantemente que es el líder X... Pero todos sabemos que eso es imposible, imposible.

*****

El misterio del desconocido que decía ser el líder X pasará a los anales de la historia como otro caso sin desentrañar a imitación del hombre de la Máscara de Hierro, del enigma de Gaspar Hausser o del de Ana Anderson, porque los cinco ancianos ex revolucionarios, declararon, bajo juramento, no reconocer al pobre demente, por otra parte inidentificable a causa del paso del tiempo y los estragos ocasionados por la locura, y días después, en olor de multitudes, la urna de latón vacía, reposaba con todos los honores dentro del gran mausoleo que la nación había construido, por suscripción popular, a la memoria y “gloria inmarcesible” del líder X.

 

__SECUENCIA DE MODELO FRAGMENTADA


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