| CENIZAS |
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¡Cachis la mar!...
Esas cosas sólo le podían pasar a ella, siempre era igual, siempre.
Porque sino, ¿a quién se le daban situaciones más chungas, a ver?
Ella se había divorciado de Pepe, gracias a Dios, hacía la tira de años. Pepe, aparte el hijo que tuvieron, estaba más solo que la una, sin hermanos, sin tíos y con los padres plantando malvas desde yo qué sé cuanto tiempo ya, y entonces, al muy... no se le ocurre otra cosa mejor que pegarse un chute de vaya usted a saber que porquería, y palmarla, además en Huelva, bien lejos y para que el incordio fuese superior ¡justo en Navidades, el día antes del Gordo!... ¡No te digo!... Sí, hasta el último momento de su vida, genio y figura, honró el dicho. Nunca había sido un modelo de responsabilidad que digamos, bueno, no lo fue jamás de los jamases, y si se casó lo hizo obligado por el padre de ella que armó la marimorena al enterarse de que la cosa iba de penalty, y Pepe, que en el fondo era un gallina, se achicó, por decirlo finamente, y tuvo que pasar por el aro, que remedio, aunque los dos eran un par de críos. Ese fue el primer poblema y el segundo no se retrasó mucho: Pepe era un cacho gandul. O sea, de currar lo menos posible que es malo para la salud. Suerte de ella que siguió trabajando en la fábrica de hilados y que todos le tenían aprecio y que también les daba penita el ver a una chica en la flor de la edad y tan desgraciada. Ahora, la traca final fue cuando Pepe se juntó con malas compañías y le dio por drogarse, y lo que es peor aún, por meterse a camello, que ni para eso servía el muy desastre. Después de aquello y de unas cuantas palizas más que recibió de su marido, ella dijo ¡basta!, y tomo las de Villadiego. Que no fue abandono de hogar, no señor, y así lo entendió la justicia, pues aparecer en la comisaría con tres costillas rotas, un hombro dislocado, sangrando por las narices como un puerco y con un ojo a la funerala, fue motivo más que de sobras para que, a su debido tiempo, le concedieran el divorcio y la custodia del chiquillo. Entonces, milagrosamente, Pepe desapareció de su vida. Bueno, desapareció porque le pescaron con las manos en la masa, vendiendo droga en la esquina de un convento y lo enchironaron durante unos meses, luego salió bajo fianza, a saber quién la pagaría, y desde aquella fecha nunca más se supo, y doce años habían pasado. Ella mientras, natural, se espabiló a recomponer su vida con alguien, en este caso el Jaume, que era el encargado de su sección. Estaba viudo y como no tenía hijos y le gustaban los niños, aceptó sin remilgos al suyo, a Jóse, y se casaron y tuvieron a la Meritxell, y eran felices y de golpe y porrazo, ¡zas!, la pesadilla que vuelve, Pepe revienta en Huelva y la policía la telefonea, ¡no llevaba el muy granuja su DNI caducado con la antigua dirección del piso de cuando vivían juntos y que ella se había quedado!, y va y le dicen que “ su marido ha sido hallado cadáver por sobredosis en la vía pública, e ingresado posteriormente en el depósito a la espera de que los familiares se hagan cargo de sus restos”. ¡Jo, vaya papeleta! Menos mal que el Jaume era un buen hombre, (la única pega es que le daba por empinar el codo más de la cuenta), y le dijo que no se preocupara, que después de todo Pepe había sido su marido y que Jóse, el niño, no tan niño, que con 17 años tenía barba cerrada y vozarrón de cazalla, debía cumplir con el padre por más que éste no hubiese cumplido con él, e ir los dos, madre e hijo, a Huelva a enterrar al difunto... ¡Enterrar al difunto!... Esa es otra, porque cuando llegaron, el muerto sólo coleccionaba deudas, que ella, ¡faltaría más!, no estaba obligada a pagar, y así el panorama, no era cuestión de enterrarle porque los entierros cuestan un riñón y ella no tenía a Pepe incluido en su nómina familiar de EL OCASO... ¡Desde luego, tiene bemoles la cosa, es que los hay que incluso muertos siguen dándote guerra! Por suerte, los funcionarios del depósito de cadáveres le solucionaron amablemente el lío una vez que ella identificó a su ex, quien ciertamente daba miedo de ver, amarillo, verde y con pinta de Drácula; le aconsejaron que resultaba mucho más barato incinerarlo y más cómodo también. Ella preguntó con aprensión: -¿Tendré que llevarme yo las cenizas? A lo que le respondieron que no, porque lo iban a incinerar al día siguiente y ella pensaba marcharse aquella misma tarde, o sea, que asunto arreglado. Le enviarían las cenizas por recadero. De regreso en el tren iba que echaba chispas de lo enfadada. ¿Por qué había sido tan tonta aceptando el apaño?. Enviarle las cenizas, ¿y qué demonios podía hacer con ellas?, ¿tirarlas al mar como los famosos?, ¿y si soplaba una ventolera de aire y la daban en toda la cara a ella y a su hijo, metiéndosele por los ojos y dentro de la boca?. Claro que también estaba el nicho de los Olmedillo Peralta, los padres de Pepe, pero ella no tenía estómago para mandar abrirlo, ¡huy, no!, destapar el ataúd y tirarle dentro las dichosas cenizas, además, seguro que habían de solicitar un permiso y eso costaría caro y estaba el horno para sumar gastos con la clavada de la incineración a pesar de todo lo económico que dijeron le saldría. Desesperada pensó,: “-¿Y si me voy al puerto y, entre dos Golondrinas, tiro el paquete al agua?” Sí, eso no dejaba de estar bien, pero imaginemos que alguien la veía arrojando al mar, en plan misterioso, un bulto. ¡Mira que si creían que era un alijo de droga y que se lo estaba quitando de en medio por miedo!... ¡Ay, Dios, cuantas angustias! Recordó de pronto que el nicho de sus suegros se hallaba situado en un primer piso, y que debajo, sobre el suelo, aparecía una gran jardinera que formaba parte de la decoración del campo santo. En la jardinera, siemprevivas o no sé qué, lucían encogidas y llenas de polvo encima de un fondo de tierra. Tal vez la solución estuviese allí, entre las siemprevivas, que un poco de polvo más no se iba ni a notar, ¿o sería mucho?... Igual el paquete resultaba de grande como una saca de correos... ¡Oh, entonces!. Entonces, ¿dónde lo podía meter? ¡Vaya apuro más grande, Señor!... Era para chillar, y el difunto tan pancho en el otro barrio y ellos en éste penando por su culpa. -Oye, -le preguntó a Jóse, de repente- ¿tú crees que abultarán mucho eso... las cenizas? El chico, que llevaba los auriculares puestos mientras escuchaba lo ultimísimo en Max-Mix, y que por este motivo había aprendido a leer en los labios de sus interlocutores como si fuera sordo de nacimiento, pareció meditar la contestación, dándola acto seguido en muestra de una pintoresca cultura importada a través de esas series televisadas de las que era adicto incondicional. -Bueno, -dijo lentamente, fruncido el ceño por el esfuerzo- en los telefilms, cuando salen, no abultan mucho, caben en una tabaquera de plata, en una bombonera antigua de porcelana, en un libro hueco, en un ídolo chino o en un jarrón de adorno, de alabastro. Un jarrón de adorno, eso un jarrón... Ahora, ¿quién era el guapo que echaba las cenizas dentro del jarrón, y en el caso que esto se hiciera, el jarrón...? ¡Ella no iba a colocar ese jarrón en la vitrina de su comedor, ni loca, vamos! Después de tragarse una nochecita horrorosa, creyó haber encontrado la solución al llegar finalmente a Barcelona. En el cementerio, por entre los bloques de nichos, había pequeños grupos de pinos y algunos matojos, también estaban las tumbas adosadas junto a los muros y a la sombra de los cipreses. Podía ir al cementerio poco antes de las 6 de la tarde, que era la hora del cierre, por suerte en invierno se hace de noche muy pronto, abriría el paquete luego de haberse colocado un pasamontañas, por si acaso soplaba el viento, y desparramaría a continuación las cenizas bajo los árboles o sobre las lápidas de las tumbas. Sólo quedaba el engorro final, la llegada del paquetito de marras... A ver, era la mañana del 24 de diciembre, y como el día de San Esteban es fiesta en Catalunya, pues eso quería decir que el recadero, si no se daba demasiada prisa por lo de las Navidades, podía llegar el 27 o el 28, (sí, vaya con la inocentada), pero que las cenizas, y esto era lo más importante, no pasarían las fiestas con ellos.
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