CAPÍTULO V
BELLA


Cuando entré en el despacho, la hija de la falsa culpable paseaba arriba y abajo como un lobo enjaulado, el sobrino fumaba nervioso, y Bella, aburrida, miraba el suelo.

¡Cielos, qué hermosa era!... Se parecía a Kim Basinger, una Kim Basinger de 18 años. ¿Sería realmente Bella, la hija de mi pobre amigo? Y digo bien “pobre” ya que no se me ocultaba el hecho de que si había sido su hermano quien le robó la novia, mi cliente no era el malo de la película como sugería la víbora de su cuñada.

-¿Y mamá? –quiso saber la pelirroja deteniendo sus idas y venidas.

-No se altere, está muy bien, además, no ha matado a nadie y comparecerá cuando yo la llame. Antes quiero que charlemos un poquito...

El sobrino se revolvió nervioso, se le veía aturdido y confuso.

-¿De qué hemos de charlar?, ¿no se ha confesado mi tía culpable ya?

Decididamente el tipo estaba desconectado.

-Acabo de decir que ella no ha matado a nadie, así que el puzzle todavía está incompleto. Veamos... Aun cuando su confesión de antes respecto al vitalicio de su tío, es correcta, en el momento actual usted tiene deudas de juego millonarias y dos días antes de la muerte de su tío un acreedor suyo fue a visitarle con fin y objeto de que aquel pagase por usted, a lo que el fallecido se negó...

A medida que me escuchaba, el sobrino se fue quedando lívido y de súbito explotó apasionadamente:

-¡Era un cerdo, un cerdo, cuando llegué por la noche me lo dijo, que me pudriese en los mismísimos infiernos, que se desentendía de mí, que le importaba un bledo el que me metieran en la cárcel, que me estaría muy bien empleado!

Súbitamente se echó a llorar; constituía un penoso espectáculo.

-¡Y tú le mataste! –aulló su enfurecida prima, mientras Bella les contemplaba a los dos con desdén.

-¡Yo no maté a nadie!-gimoteó el otro- Pero bien que se lo merecía el muy avaro... ¡Le hubiese retorcido el cuello igual que a una gallina!

-Pudo haberlo hecho, introducirse en su cuarto y estrangularle –insinué yo.

El sobrino repuso malhumorado:

-No sé cómo; siempre dormía encerrado bajo llave. Tuvimos que llamar a un cerrajero para que abriese la puerta a la mañana siguiente.

-Sí, lo sé, pero el asesino podía estar al acecho de que su víctima saliera por la noche del cuarto –al parecer los movimientos de su tío estaban bastante vigilados dentro de la casa-, se esconde allí y cuando él regresa lo mata de forma violenta aunque sin arma blanca, lo pone en la cama, sale, cierra la puerta con llave y posteriormente la reintegra al dormitorio del fallecido en todo el alboroto que se sucede al descubrimiento del cadáver... –miré fijamente a la inquieta muchacha cuya madre se había inculpado- O bien se tropieza con el asesino por casualidad, al volver de la discoteca, discuten, él, cegado por la ira, la quiere pegar, ella le empuja y él cae al suelo con tan mala fortuna que se rompe el cuello... Después el proceso es el mismo en lo que atañe a la llave.

La pelirroja se mordió los labios.

-No fui yo.

-¡Ni yo tampoco!-saltó el sobrino rápidamente.

Volví a coger el testamento que estaba sobre la mesa del despacho.

-Tal vez ahora cambien de opinión si me dejan concluir la lectura del testamento, cuya última cláusula estipula lo siguiente –leí en voz alta-: “Caso de que mi muerte sea natural, toda mi fortuna pasará a las manos de mi sobrina Bella.”

-¡Eso nunca!

De nuevo la cuñada hacía otra de sus apariciones teatrales y en ésta, más desencajada y furiosa que antes.

-¡Con qué ese era el jueguecito del muy bastardo, eliminarnos de la herencia para dejárselo todo a la loca esta...! ¡Pues si se imaginaba que nos íbamos a quedar de brazos cruzados y muertos de miedo, lo tiene claro allí donde se encuentre!... ¡Impugnaremos, mi hija y yo impugnaremos!

-¡Seremos tres a impugnar! –chilló envalentonado el sobrino.

Yo sugerí como al descuido:

-No hace falta, bastará con que alguien de ustedes se declare culpable y señale evidencias.

-¿Qué evidencias? –exclamó con desesperación el sobrino.

Y la hija de su madre, (nunca mejor expresado):

-Podría decir que yo le envenené, o, mejor, mi madre, de esta manera yo disfrutaría de la herencia... No te importa, ¿verdad, mamá?, como ya te has inculpado antes...

-Basta.

Era la voz de Bella, suave pero enérgica. Todos nos volvimos a mirarla. En su condición de persona incapacitada legalmente, la habíamos olvidado por completo, dejándola relegada a su eterna condición de bonito objeto de adorno.

Bella se levantó, acercándoseme.

-No hace falta que busque más, tenga.

Lo que me alargaba era un pequeño frasquito en cuya etiqueta campeaba un nombre: TRETAPOZIM. La miré atónito; ella sonrió divertida.

-Mi tío padecía del corazón y le habían recetado esta fármaco. Todo empezó hace un año. El medicamento lo guardaba yo y él venía cada noche y cada mañana a tomarse su píldora... La reacción siempre le dejaba postrado durante media hora. Lo que él no sabía es que yo cambiaba las píldoras por un placebo, de esta forma iba empeorando... Porque yo, señor abogado, fui quien le mató... Cuando me enteré de que le iban a cambiar de medicación supuse que tarde o temprano me descubrirían y decidí obrar en consecuencia, en lugar de placebo le di un somnífero. Yo tenía una copia de la llave del cuarto, ¿eso no se le había ocurrido, señor abogado?... Aquella noche entré, ahogándole con la almohada, después salí, cerré cuidadosamente y el resto... ¿Me da un cigarrillo?, tengo ganas de fumar ahora...

Maquinalmente hice lo que me solicitaba.

-Pero, ¿por qué, por qué? –empecé a tartamudear consternado.

Ella había tomado asiento sobre una esquina de la mesa escritorio y nos contemplaba a los cuatro como si fuera la espectadora de una obra de teatro.

-Sencillamente –explicó con una voz desprovista de matices-, porque estaba harta de que me encerrase cada vez que me duele la cabeza, harta de que no me dejase vivir como a las demás chicas de mi edad... He tenido institutrices, profesores particulares, nunca he ido al colegio ni a la Universidad, jamás se me permitió tener amigas... Estaba harta... Era egoísta y absorbente... y mentiroso... Cuando cumplí los 18 años me reveló que él era mi padre, mi verdadero padre y como mi madre ya había muerto no pude preguntárselo a ella... Pero mi padre auténtico se mató en un accidente, eso lo sabemos todos, y mamá odiaba a mi tío, nunca me lo ocultó y jamás quiso nada de lo que él le pudiera ofrecer, porque si ella estuviese viva, yo no habría sido recogida por él ni estaría aquí ahora... Ella murió de pena... Sin embargo la he vengado... Yo fui quien le sugerí al tío el que redactara este nuevo testamento, supe convencerle... El muy bobo me adoraba y siempre me lo dio todo, todo menos la libertad...

Yo no sabía ya ni lo que pensaba; el golpe había sido muy fuerte.

-La internarán de por vida, Bella... –atiné a decir con un hilo de voz.

Ella denegó lentamente con la cabeza.

-No, abogado, no, legalmente soy irresponsable... Mi tío era mi tutor y la última cláusula del testamento, que aún no ha acabado de leer, le concede a usted tal prerrogativa... Me encerrarán en una institución mental de lujo, durante algún tiempo, luego saldré quedando bajo su custodia...

En el momento que se describen estos hechos, Bella ya había cumplido la mayoría de edad, y la condena, como ella supuso, no fue muy dura, porque, ¿puede uno asombrarse de que un loco cometa locuras si su mente no rige? Tal fue mi alegato en su defensa.

 

En la actualidad cuenta 25 años –estando, si cabe, aún más hermosa que entonces-, y hace tres que se halla felizmente casada... Por favor, no me pregunten el nombre de su marido, aunque ya supongo que imaginan ustedes de quién se trata.

FIN

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