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CAPÍTULO
IV |
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La confesión de la cuñada de mi amigo nos dejó a todos mudos por la sorpresa. La señora, sesentona, rubia teñida, pelo corto, ojos pequeños y muy juntos, alta y robusta, estaba fuera de sí. Oyéndola, a su hija se le había desencajado el semblante, el sobrino tuvo un curioso gesto de alivio, y Bella, imperturbable hasta el momento, esbozó una leve mueca de conmiseración. -¡Mi hija no ha matado a nadie! –vociferó la mujer una vez más. Ellos ignoraban que yo procedía según un plan preconcebido. Cogí a la furia aquella por el brazo y me la llevé a un aislado saloncito que era de mi uso personal. -Siéntese, por favor. -¡Mi hija...! -De acuerdo, su hija no ha matado a nadie... Cálmese... Lo hecho hecho está, pero yo necesito saber de que modo y manera llevó usted a cabo el crimen. Ella se puso a hablar como si le hubieran dado cuerda. -Todos estábamos más que hartos porque mi cuñado era un auténtico tirano en casa. Bueno, la excepción, Bella, le tenía literalmente sorbido el seso... Y no es para menos... ¿Sabe usted una cosa?, pues siempre he sospechado que esa criatura era su hija... Esto si que no me lo esperaba. -¿Cómo dice? Ella sonrió con sucia expresión; muy desagradable. -Lo que oye, señor abogado, su hija, su queridísima hijita. Legalmente Bella es la hija de su hermano pequeño, pero teniendo en cuenta que el padre de la niña murió al mes de casarse y Bella fue sietemesina... -¡Señora, eso no prueba nada! -Por supuesto, ahora, lo que usted ignora, por lo que veo, es que su apreciado amigo y cliente estaba a punto de casarse con la madre de Bella cuando entró en escena el hermano y le birló la novia... Con justificación, créame; era un chico alegre y divertido, al revés del otro, fue lo que se dice un flechazo, se fugaron y todo eso. Él se mató en un accidente de coche, habrá oído hablar de ello, ¿no?, y si tenemos en cuenta que se escaparon a los 15 días de conocerse, y, según luego se rumoreó, ella estaba de dos meses en el momento de huir, no hay que ser demasiado mal pensado, digo yo. Me serví un trago de algo fuerte; creo que lo necesitaba. -Pero si Bella hubiera sido su hija... Vaya, que él me lo hubiera dicho y más estando por medio un asunto como el de la herencia... Ella sonrió triunfalmente. -Así era mi cuñado de retorcido, nadie lo sabe tan bien como yo... Y le diré más, de un año a esta parte no sé que misterios se llevaba con la preciosa Bella que todas las mañanas se metía en su dormitorio muy temprano abandonándolo una hora más tarde, igual por las noches y cada vez que salía de allí se le veía muy orondo y satisfecho... Complacido, ¿me sigue? Aquella mujer tenía un basurero por cerebro. -Señora, eso que está asegurando habría que probarlo y éste no es el caso. Aquí se trata de que usted confiese un asesinato ofreciendo toda clase de pormenores del mismo, según su autoinculpación. La individua se encogió de hombros contrariada. -Sí, desde luego –hizo una pausa, sus ojos, como canicas diminutas y brillantes iban de un lado para otro de la habitación, inquietos-. Debía morirse para que nosotras fuéramos libres, mi hija tenía derecho a pasárselo bien y a qué ese viejo odioso no la estuviera siempre riñendo y amonestando, cuando no la insultaba... Lo hice por mi hija- concluyó con impertinencia. -Bien, señora, ¿cómo lo mató usted? Ella me lanzó una mirada pensativa. -¿Cómo?... Le envenené, le fui envenenando poco a poco, cada día, llevaba unos 6 meses haciéndolo, le iba dando arsénico en la comida, en pequeñas dosis al principio... Así él empezó a sentirse mal lentamente. Era listo y debió suponer que algo pasaba... -Pero él les hacía probar la comida, ¡no? -Sí, claro, ¡menudo era!, sin embargo yo tampoco soy tonta y siempre encontraba la forma de darle el veneno sin que sospechara. -No dudo de sus capacidades, mas, por error, ¿no podía suceder que fuese su hija la que resultara envenenada, o cualquier otro? Ella volvió a sonreír esta vez con expresión de triunfo. -Mi hija nunca comía ni cenaba en casa, esa era otra cuestión que a él le ponía frenético... En cuanto a los demás no me iba a dejar coger por un error como usted comprenderá. Me quedé silencioso unos instantes, lo que quería saber ya lo sabía: aquella mujer no era la autora de la muerte de mi amigo. En esta ocasión me tocó a mí sonreír triunfalmente. -Señora, permítame que le lleve la contraria. Usted no ha matado a nadie. Yo también he hecho mis averiguaciones antes de dar lectura pública del testamento... Desde hace un año, su cuñado venía padeciendo de un problema cardíaco de degeneración progresiva, me lo ha confirmado su médico de cabecera, y le hacían un seguimiento riguroso a base de chequeos mensuales, incluido el análisis de sangre... POR TANTO, SEÑORA, USTED NO ENVENENÓ A NADIE, PORQUE, JAMÁS, EN NINGÚN ANÁLISIS, SALIERON INDICIOS DE ARSÉNICO EN LA SANGRE DE SU CUÑADO... Y, además, el envenenamiento por arsénico, ofrece los síntomas de una gastroenteritis, síntomas que nunca presentó el fallecido... La mujer me miraba con la boca abierta y si ya normalmente resultaba poco agraciada, entonces se la veía francamente repulsiva. -Pues, ¿quién lo hizo? -Le voy a decir algo, estoy empezando a creer que no lo mató nadie, que se murió de muerte natural, es decir, de un ataque cardíaco, simplemente, pero que en este asunto, lo que ha entrado en danza ha sido la mala conciencia de algunos... Verá, él tomaba un fármaco llamado TretapoZim, que sólo se expende con receta de tres médicos, fíjese si está controlado, y siendo un medicamento eficaz no parecía hacerle ningún efecto, o, en el mejor de los casos, y eso al principio, muy leve... -¿Entonces?... –preguntó ella desmayadamente. -Entonces, ahora usted va a ser tan amable de quedarse aquí y no salir hasta que yo la llame. -¿Les va a interrogar? Sonreí. -Tranquila, les voy a tender la misma trampa que le he tendido a usted. Pero al entrar en el despacho se me ocurrió que si alguien lo había asesinado podía haberlo hecho de forma rápida y por otros medios. |