CAPÍTULO III
SEGUNDO TESTIMONIO


Bien, ya tenía otro presunto culpable y debo reconocer que no fui muy imparcial a la hora de traspasarle el muerto, nunca mejor dicho, a la dama, pero lo cierto es que la señora despertaba con más facilidad la antipatía que no otra cosa.

Conecté el intercomunicador y ordené que se dejara entrar a la hija de la cuñada del fallecido.

Su sobrino me miró con sorpresa.

-¿Ella, por qué no su madre?... Yo pensaba...

No tuve tiempo de responderle, se abrió la puerta, penetró la chica y los gruñidos de la madre quedaron fuera.

-¿Se puede saber a que viene esta comedia?... ¿Quién se cree que es usted, Sherlock Holmes?, no me haga reír –se sentó enfurruñada en un sillón-.¿Qué demonios supone que puedo confesarle?

Contaba unos 26 años, era pelirroja y no precisamente guapa, aunque ella si daba la impresión de creérselo. Se la veía algo obtusa y más que ambiciosa, codiciosa.

-No lo sé, espero al menos que tenga algo que contar referente a la noche en que murió su tío, a que hora lo vio por última vez, en fin, lo que buenamente recuerde.

Ella frunció el ceño.

-Mi tío y yo... Bueno, me imagino que ya se lo habrán dicho estos dos.

-No me han dicho nada, por eso pregunto.

-¡Vaya, cuánta discreción!... Mi tío y yo no nos tragábamos, ¿sabe?... Él pensaba de mí que yo era una inútil y yo de él que era un viejo tacaño y egoísta... La última noche no le vi más que un momento antes de cenar. Entraban en el comedor, yo bajaba la escalera que conducía al vestíbulo y mi tío me descubrió muy en contra de mi voluntad.

“-¿Adónde vas? –quiso saber.

-Salgo a cenar y luego a la disco.

-¿Con quién?

Al viejo le gustaba dárselas de patriarca y esto era algo que a mí me fastidiaba mucho.

-No creo que sea asunto de tu incumbencia.

Él se puso rojo de ira.

-¡Eres una desagradecida y una...!

Mi madre intervino, le repateaba que su cuñado fuese tan intransigente.

-La chica es joven, tiene derecho a divertirse.

Yo estaba furiosa.

-No te preocupes por el dinero, me lo pagan todo.

Mi tío me lanzó una mirada de profundo desprecio, que, la verdad, me hirió en el alma.

-De eso no me cabe la menor duda –dijo pronunciando lentamente las palabras como dando a entender más de lo que decía.

-Ahora sólo falta que añadas que voy de fulana por la vida.

-No pondría la mano en el fuego- afirmó él encogiéndose de hombros mientras daba media vuelta para meterse en el comedor.

Entonces chillé:

-¡Te odio, ojalá reventaras cualquier día de éstos!”

Y salí corriendo de aquella casa.

-¿Sabe que semejante declaración no la ayuda en nada?

Ella me lanzó una mirada desdeñosa.

-Tenía que hacerlo porque fue lo que dije y si no lo hago yo, doña perfecta acabaría cotilleándoselo a usted, o mi querido primo.

El primo abrió la boca con aparente indignación, mas optó por cerrarla.

-De acuerdo, continúe, por favor. ¿Qué sucedió luego?

-¿Luego? –se encogió de hombros-. No lo sé, yo no estaba. Regresé sobre las 5 de la madrugada. El viejo siempre se levantaba a eso de las 6 y yo no tenía ganas de encontrármelo otra vez en el hall, con que me metí de puntillas en mi cuarto y a dormir porque me caía de sueño... Al cabo me despertaron pasos, voces, ruido y entró mi madre toda alterada para decirme que el tío estaba muerto, que debía haber fallecido mientras...

La interrumpí.

-¿Su madre no le hizo ninguna pregunta?

Ella sonrió de forma torcida.

-¿Cómo lo sabe?... Gajes del oficio, ¿no?... Claro que me hizo una pregunta, la misma que está usted deseando hacerme, pero de otra manera, quería saber a que hora había llegado y si me había visto alguien y usted piensa que si fui yo la que vi a ese alguien saliendo o entrando del dormitorio de mi tío, al llegar a casa de madrugada.

Debo reconocer que no era tan estúpida como parecía.

-¿Y vio a alguien?

Ella sostuvo mi mirada con impertinencia.

-Si lo hubiera visto, y esa persona hubiese sido el asesino de mi tío, en el transcurso de un mes, yo me habría convertido en la segunda víctima, ¿no le parece?

-Tiene usted mucha razón, señorita, a menos, y es sólo una hipótesis, que fuera usted el criminal, lógicamente, entonces, no podía matarse a sí misma.

Un pesado silencio revoloteó durante varios segundos sobre nosotros tres, de repente, la puerta de mi despacho se abrió de forma violenta –tengo que confesar que me había dejado conectado el interfono a propósito-, e hizo su teatral aparición la cuñada de mi amigo. Semejaba que le iba a dar un ataque; los ojos le salían de las órbitas, gritó agudamente:

-¡Deje en paz a mi hija, yo fui quien le mató, yo lo hice, ella no tuvo nada que ver, fui yo...!

Podrá parecer extraño, pero algo dentro de mí me dijo en ese preciso instante, que aquella mujer mentía, ¿o me equivocaba una vez más?

Sigue...

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