CAPÍTULO II
UN HOMBRE ASUSTADO


Todo sucedió demasiado rápidamente ya que los hechos, mal de mi grado, se habían complicado, pues el día anterior a la muerte de mi amigo y cliente, estaba yo en la cama con gripe, así que no pude asistir a las honras fúnebres del finado.

Convaleciente y aún débil, marché al bufete y lo primero que supe es que nuestro cliente había sido incinerado y las cenizas dispersas en el mar, desde su yate, por sus amantísimos sobrinos dentro del marco de una ceremonia íntima. Pero no paró ahí la cosa; dos días antes de abrirse el testamento, recibí la visita inesperada de un sirviente de la casa de mi amigo y el buen hombre me reveló algo inaudito: ningún doctor había reconocido el cadáver dictaminando la causa de su muerte. Ciertamente hubo un médico, pero ni siquiera entró en el dormitorio en donde yacía el cadáver, fue al despacho del fallecido, permaneciendo allí por espacio de una hora, con su sobrino, luego, al irse, dejó en poder de aquel joven desaprensivo, un certificado de defunción en el que se dictaminaba que la causa del óbito era un ataque cardíaco, exactamente “fallo del corazón debido a la edad”.

Me hubiera dado de bofetadas, e, indignado conmigo mismo, procedí a realizar unas cautelosas averiguaciones, a las que siguieron otras no tan discretas -por supuesto, siempre conservando el anonimato de mi informador, quien, por otra parte no dejaba de inspirar una duda razonable al haber sido despedido sin motivo justificado hacía tres días-. Y por fin llegó el instante de la lectura del famoso testamento.

Ni que decir tiene que se armó la de San Quintín en cuanto se hizo público. Sólo Bella, apartada en un ángulo, permaneció fría y distante contemplando la escena con un leve matiz de aburrimiento en su hermoso rostro, porque la joven hacía honor al sobrenombre que se le daba. Podría ser una desequilibrada, pero bellísima: rubia, de ojos verdes y cuerpo escultural...

-¡Mi cuñado estaba loco, que todo se pega en esta vida, si no, ¿cómo se le pudo ocurrir semejante testamento?! ¿Cuánto le pagó para que usted aceptase redactar tales cláusulas?

-Por favor, señora... Debo aclararles algo, nunca hubiera sacado a la luz este testamento de no mediar una determinada circunstancia y únicamente de ustedes depende el que la situación se despeje –hice una pausa efectista-. Se incineró con tanta rapidez al extinto que ya no es posible hacerle la autopsia...

-¿Y qué –interrumpió bravuconamente el sobrino-, es un delito incinerar a un cadáver, convierte eso en criminal?

Yo le miré con severidad.

-No, pero sobornar al médico para que extienda un certificado falso, si lo es.

Al sobrinito se le demudó el semblante y la cuñada y su hija se volvieron hacia él como dos panteras dispuestas a saltar sobre su presa. El joven balbuceó:

-¿Quién... quién le ha dicho eso?

-Poco importa quien me lo haya dicho, pero es usted el más indicado para esclarecerlo.

Igual que el ratón cogido en la trampa, el sobrino de mi amigo, adoptó una expresión aterrorizada. Abrió la boca y no profirió sonido alguno.

Su tía chilló de manera  muy desagradable:

-¿Qué es lo que pasa aquí?... ¿Quieres explicarme de que está hablando el abogado?

-Sería mejor que nos dejaran a solas para que este señor y yo pudiéramos hablar con tranquilidad.

La arpía, que debía haber visto muchos telefilms, vociferó suspicaz:

-¡Eso, solitos los dos y a hacer un trato, ¿no?... ¡Ese imbecil se declara culpable y usted saca una buena tajada del caso!

-Señora, les agradecería a usted y a su hija que salieran durante unos minutos a la antesala.

-¿Y “esa”, qué, se queda ahí en petit comité con los dos?

Bella continuaba inmutable como la Esfinge.

-¿No le molesta que nos acompañe su prima? –pregunté en cuanto las dos mujeres abandonaron a regañadientes la estancia. El sobrino, viva estampa de la angustia, denegó vagamente; había abandonado toda fanfarronería.

-Oiga, créame, por favor, yo no le maté... Si se extendió aquel certificado sin comprobar nada, fue por miedo... Últimamente mi tío daba la impresión de haberse vuelto paranoico; cualquier cosa que comiera o bebiera nos la hacía probar antes a nosotros y al irse a acostar, cerraba con llave la puerta de su dormitorio... En alguna ocasión dejó caer “seguro que os alegraríais si yo muriese”... pero eso no era verdad y se lo digo por motivos egoístas.

Él nos confesó hace años, que, a su muerte, dejaría un vitalicio a cada uno de nosotros, algo muy digno para vivir con holgura siempre y cuando procurásemos no gastar más de lo necesario... Comprenderá que a mí personalmente, no soy portavoz de nadie, me interesaba mucho que no falleciera, porque sacaba más de él en vida...

Parecía hablar francamente. Le interrumpí con un ademán.

-Bien, admitamos que usted no tuvo nada que ver con su muerte, que ni siquiera le pasó por la mente. Sin embargo, por lo visto él temía que le liquidaran... Si sospechaba de los tres y usted no lo hizo, nos quedan... Dígame, ¿a quién se le ocurrió la idea de incinerar el cadáver?

-A nuestra tía.

Era Bella la que había hablado en voz no demasiado alta.

Lancé una rápida ojeada hacia el sobrino para que me lo confirmase. Éste, que tenía la frente perlada de un sudor frío, nos miró a los dos con mueca de animal acorralado.

-Sí, es cierto, fue a ella.

Sigue...

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