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CAPÍTULO
I |
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Nos conocíamos desde hace muchos años y aunque yo era bastante más joven que él, uníanos una buena amistad y mayor armonía que hubiera cabido esperar entre personas de distinta generación; yo le llevaba sus asuntos legales y, además, era su albacea testamentario. Una mañana me llamó al despacho, quería verme “lo más pronto posible”. Me extraño la urgencia porque solía ser un hombre sin nervios, mas, afortunadamente para él, yo tenía un hueco disponible y no me fue difícil complacerle. Era más bien delgado y a sus casi 70 años se conservaba todavía ágil e incluso juvenil. Como siempre había disfrutado de una excelente salud, bien que algo mermada con el paso de la edad –por otro lado los achaques lógicos-, me sorprendió apreciar que mostraba síntomas de cansancio al andar y que respiraba algo arrítmicamente; le dije en tono burlón, intentando disimular una repentina inquietud: -¿Se ha estropeado el ascensor otra vez y has tenido que subir a pie? El hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa. -No, el ascensor funciona, soy yo el que empieza a oxidarse. -Toma asiento, ¿quieres beber alguna cosa? Se acomodó pesadamente mientras denegaba con el gesto. -Mira chico, voy a ir al grano, tu tiempo es precioso y el mío... En fin, verás, quiero rehacer el testamento. No puedo negar que me sorprendió la petición. -¿Por qué, alguna cláusula nueva? -Varias. El era un hombre de negocios que, pese a su edad, seguía dirigiéndolos con mano de hierro. Nunca se había casado y desde hacía unos cuantos años compartía su hogar con tres sobrinos y la madre de uno de ellos, una chica, en total cuatro personas: su cuñada, dos féminas y el varón -este último y la otra muchacha no eran hermanos-. Los había recogido bondadosamente, primero a unos, luego a otros y desde hacía una década que no cesaba de lamentarlo día si y otro también; no le había salido, lo que se dice, la familia ideal. El sobrino era un tarambana que sólo pensaba en divertirse, la cuñadita y su hija un par de víboras dispuestas a sacarle el jugo y la otra sobrina, a quien él quería de verdad, era una jovencita “extraña”, por decirlo elegantemente. Padecía un enfermedad mental y alternaba momentos de completa normalidad con otros de enajenación y desvarío que obligaban a su tío a internarla cuando tenían lugar, medida que a él le apenaba sobre manera. -¿Qué cláusulas? El anciano respiró profundamente. -Anda, dame un vaso de agua. Se lo di; empezaba a alarmarme. -Te va a sonar demencial, pero te juro que es cierto... Creo que mi parentela alberga la intención de hacerme pasar a mejor vida... De momento no le entendí porque lo acababa de soltar como una broma, sin embargo, reaccioné enseguida. -¿Qué dices?, ¿no sabes que esa es una acusación muy grave? -Ya salió el hombre de leyes... Escucha, muchacho, sé muy bien lo que me hablo, te lo aseguro... Quieren quitarme de en medio, porque muerto valgo para ellos más que vivo. A mi sobrino, por desgracia, le gusta demasiado el juego, mi cuñada y su retoño se han cansado de la asignación que les paso y anhelan despilfarrar a lo grande sin cortapisas... Encendí un cigarrillo. -¿También sospechas de...? El desprecio dio paso a la ternura en el rostro de mi amigo. -No, no, ella no... Ella está fuera de toda duda, es transparente como el cristal... Por desgracia ayer le volvió a dar, el ataque, quiero decir... Tuve que internarla, permanecerá la semana de costumbre, ya sabes, y luego, como no se acuerda de nada... pues no ha pasado nada... No, ella no, pobrecita. Es la más desvalida, no lo ignoras, y debo protegerla, también por eso estoy aquí, para velar por su futuro, de lo contrario ese hatajo de vampiros... -Bueno, vamos a ver: tú afirmas que ellos pretenden asesinarte y me imagino que a lo que has venido es ha desheredarlos caso de que fallezcas en situación dudosa, pero, ¿no resultaría mucho más fácil agarrarles ahora en vida y advertirles de que si mueres en circunstancias poco claras no van a ver ni un céntimo? Mejor así, ¿no te parece? Él asumió una vaga expresión de perplejidad. -Sí, sí, tienes razón, también lo pensé, pero Bella –llamaba de esta forma a su sobrina favorita, porque el cuento de LA BELLA Y LA BESTIA había sido el preferido de la niña en su infancia- me disuadió al sugerirme otra idea, ya sabes que cuando no está descentrada es sumamente inteligente... Sin concretar la causa tuve miedo. Bella poseía la inteligencia, o, mejor dicho, la astucia de los locos y un sentido de la lógica muy particular. Lo que me entristeció fue el darme cuenta de cómo, el paso de los años, menoscababa el entendimiento de aquel viejo y querido amigo. -Voy a hacer testamento de nuevo, dejando toda mi fortuna, toda, fíjate bien, al que, de entre mis parientes mencionados, confiese, caso de morir yo en extrañas circunstancias, ser el autor de mi asesinato. Exploté. -¿De tu asesinato?... ¿Qué clase de absurdo es ese?... ¿Quién va a declararse asesino para cobrar una herencia? Él me hizo un guiño infantil y malicioso, no estaba ofendido por mi arrebato. -Ahí está el quid de la cuestión, que nadie va a ser tan estúpido como para autoinculparse, y de esta manera ninguno impugnara la herencia de Bella. -¡Vaya un arreglo!... Recapacita, “sólo” si mueres de forma sospechosa habrá una investigación y unos presuntos culpables, de lo contrario... Además, ¿quién te ha metido a ti en la cabeza que pretenden asesinarte?... No me digas que ha sido Bella. Entonces él se puso muy digno. -Claro que no, existen indicios. -¡Por el amor de Dios, si crees que eso va a suceder, cámbiate de casa o échales!... ¿Puedes permanecer tan pasivo yendo tu vida en ello? A ver, cuéntame, ¿qué indicios son esos?... Tal vez pueda aclararte las ideas. Por primera vez, desde que nos conocíamos, él adoptó un acento de voz frío e impersonal y sus facciones se endurecieron. -Eres mi abogado y tu obligación consiste en redactar cuantos testamentos te soliciten tus clientes, no en cuestionarlos. Ahora, al que le tocó sentirse ofendido fue a mí, no obstante me sobrepuse y repliqué en un gélido tono profesional: -A tus órdenes, podemos empezar cuando quieras. Dos semanas después había consejo de accionistas, un consejo que nunca llegó a celebrarse porque a las 6 de la mañana de aquel mismo día fue hallado muerto en su dormitorio el presidente de la compañía y como una de sus disposiciones fuera la de que no se abriese el testamento hasta pasado un mes de su fallecimiento, no tuve más remedio que atenerme a lo convenido. |