CARTA DE ANTONIO (2) 

 

____________________________Isla Mauricio, Agosto, 15.1997.____

 

            Querida amiga:

                                               Supongo que a estas fechas, Charo debe de haberte contado lo sucedido... en su versión, como es natural. No es que al comentarlo pretenda minimizar el hecho, en lo que de censurable pueda tener a ojos de todos.

            El marido que abandona a su mujer y a sus hijos, no constituye un bonito ejemplo a imitar, ni yo me siento satisfecho de que las cosas hayan tendido a seguir esos derroteros tan poco recomendables. No obstante, a menudo existen causas que conducen a tales lamentables circunstancias. Por favor, te ruego que no me confundas con el clásico hipócrita que vierte lágrimas de cocodrilo cuando la situación se ha convertido en irremediable. Ni soy hipócrita ni lloro, lo siento, eso sí, pero no había otra salida posible.

            Tal vez el error estribe en que he esperado demasiado para tomar semejante decisión que no hubiera tenido razón de ser, si en su momento, ya lamentablemente perdido, en lugar de casarme con Charo, hubiera roto el compromiso a tiempo, (no creas que no lo pensé, esos pensamientos se tienen aunque todo vaya bien, es el miedo a lo que el futuro pueda llegar a depararnos), sin embargo, pequé de cobarde y me casé con Charo a sabiendas de que cometía la mayor equivocación de mi vida... En fin, que así pasó y es de necios hablar de lo que pudo haber sido y no fue, por desgracia.

            Charo es una mujer como hay a millones. Nació con vocación matrimonial y para ella fuera del matrimonio no existe nada, es incapaz de tomar iniciativas o idear proyectos que se aparten de la cómoda rutina de los días siempre iguales. Un bolso nuevo y un vestido a la moda, son sus más grandes ambiciones, eso y leer revistas del corazón, mientras que se le pase el arroz o se le queme el estofado puede constituir para ella una tragedia inconmensurable que deje secuelas durante varios días... No, no la critico, la retrato, es sencilla, transparente como el cristal.

            Honestamente he de reconocer que no me debí haber casado con ella si el final iba a ser conducirla a este callejón sin salida. Lo sé y me duele, por eso he intentado compensarla económicamente. Al menos, que en lo material no le falte de nada.

            Supongo que estarás pensando que te escribo la presente con la intención de justificarme. En realidad eres la única persona a la que me dirijo después de irme de casa, porque me importas lo suficiente como para querer explicártelo todo, ya que creo que entre nosotros ha habido, desde el primer momento, muchos silencios que nunca fueron rotos y haría que me sintiese muy mal el que tuvieras de mí una visión equivocada, porque sé que la pobre Charo me está poniendo verde delante de quien le preste oídos, y tú siempre la has escuchado.

            Me he ido de casa porque ya no aguantaba más, porque si me quedo me muero, y no es retórica, uno no puede denominar hogar a un cuartel y esposa a un sargento, que ya padecí a uno de esos perfeccionistas en la mili y quedé servido.

             Cuando nos encontramos en París, cuando salimos de aquel cine, comprendí cómo y de que forma estúpida había desperdiciado la existencia. No es que de haber vivido de otra manera no hubiese llegado a cumplir los 55 años siendo tal cual soy ahora: un hombre envejecido, fondón y sin ningún atractivo, pero, posiblemente hubiera sido mucho más feliz, o, al menos, realizado mis sueños o parte de ellos. Deseo suponerlo así, porque no me queda otra alternativa.

            Volví a Londres y las cuatro paredes del piso terminaron de caérseme encima, y los escrúpulos, si es que aún me quedaban, se desvanecieron rápidamente.

            Charo te habrá escrito que me he fugado con la empleada de hogar y que vivimos un romance. (Intuyo que sus palabras habrán sido muy diferentes). Pues bien, sí, me he fugado con la doméstica aunque la aventura no tiene nada de amoroso. Había que dar esa impresión engañando a todo el mundo con una falsa historia porque la verdadera nadie la hubiese creído. Si llego a aducir que abandono el hogar porque no aguanto más, me habrían tomado por loco, mas, si explico que lo hago porque estoy enamorado de otra mujer, el motivo no necesita aclaraciones, es coherente, se puede criticar, pero no asombra, es vulgar, no precisa filosofías, los hechos cantan solos, nadie se pregunta el por qué, y, en cierto modo, te dejan tranquilo.

            Paso a contarte como empezó todo realmente.

            La muchacha hindú, Sonali-Beth, trabajaba de asistenta en casa y coincidíamos a la hora del desayuno, cada mañana, en la cocina. Charo, omnipresente, entraba y salía de continuo, salpicándolo todo con esos comentarios suyos tan particulares, luego irrumpían los gemelos con el aire de estar de vuelta de cualquier cosa y en el plan inconsiderado e iconoclasta que es norma de la juventud actual. En aquel ambiente, lo más parecido a un campo de batalla, Sonali-Beth resultaba un oasis en medio del desierto. Constituía algo dulce y callado cuya presencia acusabas porque de vez en cuando, al levantar la cabeza, ahí estaba ella con sus grandes ojos oscuros y una tímida sonrisa. Te juro que jamás la miré con intenciones inconfesables. La observaba, si, eso era cierto, pero de la misma forma que hubiese podido mirar a Toñi. La verdad es que me daba pena, tan jovencita, ya divorciada y con un hijo que se le quedó el marido, estibador de los muelles o algo semejante, un bruto que la maltrataba pero que ha tenido a su favor que es inglés. Figúrate, una chica de su edad y con la vida rota apenas comenzar.

            Un día, Charo estaba en cama con la gripe, y, por tanto, nosotros dos relativamente a solas, Sonali-Beth me dijo de repente, los gemelos acababan de salir disparados a coger el autobús, me dijo:

            -Mr. Pérez, tenía un trabajo por la tarde y la señora, que es escocesa, regresa a Edimburgo, ¿no sabría usted de alguien, quizás en su oficina, que necesite una empleada de hogar a horas, como yo?

            Me quedé muy sorprendido porque esa clase de solicitudes siempre he pensado que se dirigen a las amas de casa y no a sus maridos, pero deduje que tenía que ser urgente y que tal vez Charo se había “olvidado” del asunto por puras ganas de fastidiarla. Le prometí que haría lo que estuviese en mi mano y en llegando a la VITIVINÍCOLA pregunté a los compañeros si alguno necesitaba los servicios de Sonali-Beth, y, lo que son las casualidades, resulta que la empresa, yo no sabía nada, andaba buscando una señora de la limpieza ya que la que teníamos parece ser que estaba embarazada y el médico le había prescrito reposo. Simplificando. Cogieron a Sonali-Beth, que llegaba a última hora cada día, cuando ya todo el mundo se iba, y se ponía a limpiar. Puedo asegurarte que jamás hubo nada entre nosotros, no soy uno de esos sátiros que se dedican a acosar al personal femenino, pero como yo siempre me quedaba hasta tarde trabajando, he de reconocer que de alguna manera intimamos. Hablábamos en ocasiones y varias veces la acompañé hasta el suburbio en donde vivía con una hermana casada y un cuñado que no le tiene simpatía aunque aceptase su colaboración económica en los gastos del hogar. Eso fue todo, la verdad, mi único papel en un escenario de promiscuidad y miseria.

            No voy a ocultarte que le empecé a tomar cariño poco a poco y que me inspiraba el deseo de protegerla, viéndola tan desvalida y vulnerable, pero nunca se me pasó por la cabeza aprovechar las circunstancias en mi beneficio, puedes creerme. Y así llegó la fecha, en que en uno de mis viajes de negocios, ya te conté que me enviaban de aquí para allá constantemente, trabé conocimiento con el abastecedor profesional de una cadena de hoteles en Isla Mauricio. Se trata de un hombre joven, mestizo, muy espabilado y que deseaba convertirse en propietario de un pequeño hotel, cuyo dueño, viudo y sin hijos, quería vender al encontrarse achacoso y con ganas de jubilarse.

            Te maravillarías si supieras hasta que punto se llegan ha hacer confidencias en las comidas de negocios. Es como ir al psicólogo, (yo nunca lo he visitado), abres tu corazón a un perfecto desconocido y te sientes más ligero y mejor, luego olvidas lo que has dicho o te han contado y en el próximo encuentro saludas a un amigo. Meses después coincidimos casualmente y me informó que ya se había convertido en propietario y que el serlo no le gustaba por hallarse muy atado. Que le iba bien, pero que se aburría porque él no había nacido para eso, y entonces me hizo la oferta más descabellada que he oído en mi vida. Supongo que ya lo adivinas. Bien, si, ofreció venderme el hotel. Yo le dije que en primer lugar no poseía capital semejante y que en segundo era un lego en materia hotelera. Él no se arredró al escucharme y me hizo una segunda oferta: que aceptara y se lo fuese pagando a plazos por medio de los ingresos mensuales del propio negocio.

            Soy consciente de que la historia resulta por completo inverosímil, no obstante, así sucedió. Charo de esto no sabe nada, ni mi yerno, ni nadie, sólo tú ahora. Ellos piensan que soy el gerente del hotel y es mejor de esta manera.

            De momento todo va bien. No creas que es un hotel de cinco estrellas, es mucho más modesto, aunque confortable y casi familiar, pero ignoro como pueda ir en el futuro y si Charo supiese la verdad es muy posible que surgieran nuevos problemas porque los gemelos querrían venir y eso sería espantoso. No me tomes por un padre desnaturalizado. A Toñi y a su marido los tolero, en cambio los gemelos se bastan y se sobran para sacar de sus casillas a cualquiera... ¡Esa horrenda costumbre de que la frase que empieza uno la acabe el otro!.. Espero, por su propio beneficio, que con los años cambien.

            ¿Qué por qué lo hice, quedarme con el hotel? No te miento si afirmo que el primer sorprendido soy yo y de que todavía no acabo de convencerme de que sea una realidad. En otras circunstancias le habría dicho que no, desde luego, pero por aquel entonces, yo ya estaba alcanzando el límite del aguante y los hechos se precipitaron. Tomé la decisión sin pensármelo dos veces e incluí en ella a Sonali-Beth, no como amante sino como coartada, sin la más mínima duda al hacer mi elección porque sabía que ella no me iba a fallar. Le expliqué las cosas con claridad y la muchacha lo entendió perfectamente. También dejaba atrás el desencanto de un matrimonio poco acertado y una frustrada maternidad, (ese bestia no le deja ni ver al niño), por el contrario yo le ofrecía una vida nueva, empezar otra vez lejos del pasado. Iba a ser mi compañera de viaje y para los demás lo que quisieran pensar, que ni a Sonali-Beth ni a mí nos importa. Afortunadamente, Isla Mauricio es demasiado cosmopolita para fijarse en esas cosas y respecto a Londres, la tradicional hipocresía británica, es el anatema que más nos conviene a los dos.

            Ya ves por donde el Destino sigue reservando sorpresas cuando menos se lo espera uno. Tu viejo amigo Antonio, aunque no es pintor, convertido en una especie de Gauguin de vía estrecha, mal mirado por muchos, pero libre y dichoso, en paz consigo mismo. ¿Te acuerdas de aquellos libros de segunda mano que solíamos adquirir algún domingo por la mañana en el Mercado de Sant Antoni, cerca de la calle Borrell en donde tú vivías, mientras Charo y Aleix nos esperaban aburridos en cualquier bar cercano?

            A Charo le sacaba de quicio que comprásemos lo que ella denominaba “nidos de polvo y microbios” y el bueno de Aleix miraba no muy convencido nuestros ruinosos trofeos absteniéndose de realizar comentarios. Entre aquellos libros estaban varios de Somerset Maugham. Encuadernados en cartoné, de tapas azules, algunos incluso conservaban su sobrecubierta original de papel en la que había preciosos dibujos. Con Somerset Maugham, superado nuestro inicial rechazo a SERVIDUMBRE HUMANA, aprendimos muchas cosas de los Mares del Sur, de Polinesia, aunque seguíamos encontrando una particular desolación en esos personajes suyos tan derrotados por la vida por más que descansaran sentados en exóticas verandas, bebiendo refrescos junto a muchachas de cabello negro y pies descalzos.

            Hoy me siento yo como uno de esos personajes. Ocupamos un gracioso bungalow y Sonali-Beth se dedica a cuidar de la casa y a no amargarme las horas que paso en ella. Siendo tan joven pienso que algún día pueda encontrar a un chico decente, rehaciendo entonces su existencia. Por mí te aseguro que no habrá inconvenientes ni impedimentos, pero mientras somos felices, cada uno a su manera, y, sobre todo, gozamos de una envidiable serenidad que nada ni nadie turba.

            La isla es paradisíaca, una auténtica perla en el Índico, los habitantes, mayoritariamente de procedencia hindú, (¿es curioso, no, que Sonali-Beth haya retornado a sus orígenes, ella, que nació en Inglaterra?), amables, el trabajo no aburre y por más que no pueda regresar al pasado para cambiar un futuro que nunca soñé, te aseguro que actualmente no le pido nada más a la vida. Me falta juventud pero me sobra experiencia y ello hace que sepa disfrutar minuto a minuto de los pequeños placeres cotidianos.

             El día anterior a mi marcha de casa, por la noche, fuimos Charo y yo al cine del barrio, una costumbre heredada de otros tiempos más felices. No quiero que pienses que soy un cínico. Fuimos al cine, pasaban SOSTIENE PEREIRA, del amigo Mastroianni, claro, y le dije adiós a Marcello con mayor sentimiento que a mi mujer a la siguiente mañana. Aquel adiós puso la palabra FIN a más de treinta años de convivencia, no sólo con Charo, sino también con nuestro pequeño mundo...

            Espero que comprendas lo que intento explicarte, que hayas sabido leer en mi corazón y que si me tenías en mal concepto, nunca es airoso el papel del hombre que abandona a su familia, deseches, por favor, esa impresión tan negativa.

            Ojalá vinieras algún día a Isla Mauricio. Estoy seguro que te gustaría muchísimo y yo encantado de servirte de cicerone, pero no te pido que vengas, eso lo has de decidir tú, si te atrae la idea. Por mi parte te esperaré siempre.

Un abrazo,

Antonio

    

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