Querida
amiga:
Supongo que a estas fechas,
Charo debe de haberte contado lo sucedido... en su versión,
como es natural. No es que al comentarlo pretenda minimizar
el hecho, en lo que de censurable pueda tener a ojos de
todos.
El marido que abandona a su mujer y a sus hijos, no constituye
un bonito ejemplo a imitar, ni yo me siento satisfecho de
que las cosas hayan tendido a seguir esos derroteros tan
poco recomendables. No obstante, a menudo existen causas
que conducen a tales lamentables circunstancias. Por favor,
te ruego que no me confundas con el clásico hipócrita que
vierte lágrimas de cocodrilo cuando la situación se ha convertido
en irremediable. Ni soy hipócrita ni lloro, lo siento, eso
sí, pero no había otra salida posible.
Tal vez el error estribe en que he esperado demasiado para
tomar semejante decisión que no hubiera tenido razón de
ser, si en su momento, ya lamentablemente perdido, en lugar
de casarme con Charo, hubiera roto el compromiso a tiempo,
(no creas que no lo pensé, esos pensamientos se tienen aunque
todo vaya bien, es el miedo a lo que el futuro pueda llegar
a depararnos), sin embargo, pequé de cobarde y me casé con
Charo a sabiendas de que cometía la mayor equivocación de
mi vida... En fin, que así pasó y es de necios hablar de
lo que pudo haber sido y no fue, por desgracia.
Charo es una mujer como hay a millones. Nació con vocación
matrimonial y para ella fuera del matrimonio no existe nada,
es incapaz de tomar iniciativas o idear proyectos que se
aparten de la cómoda rutina de los días siempre iguales.
Un bolso nuevo y un vestido a la moda, son sus más grandes
ambiciones, eso y leer revistas del corazón, mientras que
se le pase el arroz o se le queme el estofado puede constituir
para ella una tragedia inconmensurable que deje secuelas
durante varios días... No, no la critico, la retrato, es
sencilla, transparente como el cristal.
Honestamente he de reconocer que no me debí haber casado
con ella si el final iba a ser conducirla a este callejón
sin salida. Lo sé y me duele, por eso he intentado compensarla
económicamente. Al menos, que en lo material no le falte
de nada.
Supongo que estarás pensando que te escribo la presente
con la intención de justificarme. En realidad eres la única
persona a la que me dirijo después de irme de casa, porque
me importas lo suficiente como para querer explicártelo
todo, ya que creo que entre nosotros ha habido, desde el
primer momento, muchos silencios que nunca fueron rotos
y haría que me sintiese muy mal el que tuvieras de mí una
visión equivocada, porque sé que la pobre Charo me está
poniendo verde delante de quien le preste oídos, y tú siempre
la has escuchado.
Me he ido de casa porque ya no aguantaba más, porque si
me quedo me muero, y no es retórica, uno no puede denominar
hogar a un cuartel y esposa a un sargento, que ya padecí
a uno de esos perfeccionistas en la mili y quedé servido.
Cuando nos encontramos
en París, cuando salimos de aquel cine, comprendí cómo y
de que forma estúpida había desperdiciado la existencia.
No es que de haber vivido de otra manera no hubiese llegado
a cumplir los 55 años siendo tal cual soy ahora: un hombre
envejecido, fondón y sin ningún atractivo, pero, posiblemente
hubiera sido mucho más feliz, o, al menos, realizado mis
sueños o parte de ellos. Deseo suponerlo así, porque no
me queda otra alternativa.
Volví a Londres y las cuatro paredes del piso terminaron
de caérseme encima, y los escrúpulos, si es que aún me quedaban,
se desvanecieron rápidamente.
Charo te habrá escrito que me he fugado con la empleada
de hogar y que vivimos un romance. (Intuyo que sus palabras
habrán sido muy diferentes). Pues bien, sí, me he fugado
con la doméstica aunque la aventura no tiene nada de amoroso.
Había que dar esa impresión engañando a todo el mundo con
una falsa historia porque la verdadera nadie la hubiese
creído. Si llego a aducir que abandono el hogar porque no
aguanto más, me habrían tomado por loco, mas, si explico
que lo hago porque estoy enamorado de otra mujer, el motivo
no necesita aclaraciones, es coherente, se puede criticar,
pero no asombra, es vulgar, no precisa filosofías, los hechos
cantan solos, nadie se pregunta el por qué, y, en cierto
modo, te dejan tranquilo.
Paso a contarte como empezó todo realmente.
La muchacha hindú, Sonali-Beth, trabajaba de asistenta en
casa y coincidíamos a la hora del desayuno, cada mañana,
en la cocina. Charo, omnipresente, entraba y salía de continuo,
salpicándolo todo con esos comentarios suyos tan particulares,
luego irrumpían los gemelos con el aire de estar de vuelta
de cualquier cosa y en el plan inconsiderado e iconoclasta
que es norma de la juventud actual. En aquel ambiente, lo
más parecido a un campo de batalla, Sonali-Beth resultaba
un oasis en medio del desierto. Constituía algo dulce y
callado cuya presencia acusabas porque de vez en cuando,
al levantar la cabeza, ahí estaba ella con sus grandes ojos
oscuros y una tímida sonrisa. Te juro que jamás la miré
con intenciones inconfesables. La observaba, si, eso era
cierto, pero de la misma forma que hubiese podido mirar
a Toñi. La verdad es que me daba pena, tan jovencita, ya
divorciada y con un hijo que se le quedó el marido, estibador
de los muelles o algo semejante, un bruto que la maltrataba
pero que ha tenido a su favor que es inglés. Figúrate, una
chica de su edad y con la vida rota apenas comenzar.
Un día, Charo estaba en cama con la gripe, y, por tanto,
nosotros dos relativamente a solas, Sonali-Beth me dijo
de repente, los gemelos acababan de salir disparados a coger
el autobús, me dijo:
-Mr. Pérez, tenía un trabajo por la tarde y la señora, que
es escocesa, regresa a Edimburgo, ¿no sabría usted de alguien,
quizás en su oficina, que necesite una empleada de hogar
a horas, como yo?
Me quedé muy sorprendido porque esa clase de solicitudes
siempre he pensado que se dirigen a las amas de casa y no
a sus maridos, pero deduje que tenía que ser urgente y que
tal vez Charo se había “olvidado” del asunto por puras ganas
de fastidiarla. Le prometí que haría lo que estuviese en
mi mano y en llegando a la VITIVINÍCOLA pregunté a los compañeros
si alguno necesitaba los servicios de Sonali-Beth, y, lo
que son las casualidades, resulta que la empresa, yo no
sabía nada, andaba buscando una señora de la limpieza ya
que la que teníamos parece ser que estaba embarazada y el
médico le había prescrito reposo. Simplificando. Cogieron
a Sonali-Beth, que llegaba a última hora cada día, cuando
ya todo el mundo se iba, y se ponía a limpiar. Puedo asegurarte
que jamás hubo nada entre nosotros, no soy uno de esos sátiros
que se dedican a acosar al personal femenino, pero como
yo siempre me quedaba hasta tarde trabajando, he de reconocer
que de alguna manera intimamos. Hablábamos en ocasiones
y varias veces la acompañé hasta el suburbio en donde vivía
con una hermana casada y un cuñado que no le tiene simpatía
aunque aceptase su colaboración económica en los gastos
del hogar. Eso fue todo, la verdad, mi único papel en un
escenario de promiscuidad y miseria.
No voy a ocultarte que le empecé a tomar cariño poco a poco
y que me inspiraba el deseo de protegerla, viéndola tan
desvalida y vulnerable, pero nunca se me pasó por la cabeza
aprovechar las circunstancias en mi beneficio, puedes creerme.
Y así llegó la fecha, en que en uno de mis viajes de negocios,
ya te conté que me enviaban de aquí para allá constantemente,
trabé conocimiento con el abastecedor profesional de una
cadena de hoteles en Isla Mauricio. Se trata de un hombre
joven, mestizo, muy espabilado y que deseaba convertirse
en propietario de un pequeño hotel, cuyo dueño, viudo y
sin hijos, quería vender al encontrarse achacoso y con ganas
de jubilarse.
Te maravillarías si supieras hasta que punto se llegan ha
hacer confidencias en las comidas de negocios. Es como ir
al psicólogo, (yo nunca lo he visitado), abres tu corazón
a un perfecto desconocido y te sientes más ligero y mejor,
luego olvidas lo que has dicho o te han contado y en el
próximo encuentro saludas a un amigo. Meses después coincidimos
casualmente y me informó que ya se había convertido en propietario
y que el serlo no le gustaba por hallarse muy atado. Que
le iba bien, pero que se aburría porque él no había nacido
para eso, y entonces me hizo la oferta más descabellada
que he oído en mi vida. Supongo que ya lo adivinas. Bien,
si, ofreció venderme el hotel. Yo le dije que en primer
lugar no poseía capital semejante y que en segundo era un
lego en materia hotelera. Él no se arredró al escucharme
y me hizo una segunda oferta: que aceptara y se lo fuese
pagando a plazos por medio de los ingresos mensuales del
propio negocio.
Soy consciente de que la historia resulta por completo inverosímil,
no obstante, así sucedió. Charo de esto no sabe nada, ni
mi yerno, ni nadie, sólo tú ahora. Ellos piensan que soy
el gerente del hotel y es mejor de esta manera.
De momento todo va bien. No creas que es un hotel de cinco
estrellas, es mucho más modesto, aunque confortable y casi
familiar, pero ignoro como pueda ir en el futuro y si Charo
supiese la verdad es muy posible que surgieran nuevos problemas
porque los gemelos querrían venir y eso sería espantoso.
No me tomes por un padre desnaturalizado. A Toñi y a su
marido los tolero, en cambio los gemelos se bastan y se
sobran para sacar de sus casillas a cualquiera... ¡Esa horrenda
costumbre de que la frase que empieza uno la acabe el otro!..
Espero, por su propio beneficio, que con los años cambien.
¿Qué por qué lo hice, quedarme con el hotel? No te miento
si afirmo que el primer sorprendido soy yo y de que todavía
no acabo de convencerme de que sea una realidad. En otras
circunstancias le habría dicho que no, desde luego, pero
por aquel entonces, yo ya estaba alcanzando el límite del
aguante y los hechos se precipitaron. Tomé la decisión sin
pensármelo dos veces e incluí en ella a Sonali-Beth, no
como amante sino como coartada, sin la más mínima duda al
hacer mi elección porque sabía que ella no me iba a fallar.
Le expliqué las cosas con claridad y la muchacha lo entendió
perfectamente. También dejaba atrás el desencanto de un
matrimonio poco acertado y una frustrada maternidad, (ese
bestia no le deja ni ver al niño), por el contrario yo le
ofrecía una vida nueva, empezar otra vez lejos del pasado.
Iba a ser mi compañera de viaje y para los demás lo que
quisieran pensar, que ni a Sonali-Beth ni a mí nos importa.
Afortunadamente, Isla Mauricio es demasiado cosmopolita
para fijarse en esas cosas y respecto a Londres, la tradicional
hipocresía británica, es el anatema que más nos conviene
a los dos.
Ya ves por donde el Destino sigue reservando sorpresas cuando
menos se lo espera uno. Tu viejo amigo Antonio, aunque no
es pintor, convertido en una especie de Gauguin de vía estrecha,
mal mirado por muchos, pero libre y dichoso, en paz consigo
mismo. ¿Te acuerdas de aquellos libros de segunda mano que
solíamos adquirir algún domingo por la mañana en el Mercado
de Sant Antoni, cerca de la calle Borrell en donde tú vivías,
mientras Charo y Aleix nos esperaban aburridos en cualquier
bar cercano?
A Charo le sacaba de quicio que comprásemos lo que ella
denominaba “nidos de polvo y microbios” y el bueno de Aleix
miraba no muy convencido nuestros ruinosos trofeos absteniéndose
de realizar comentarios. Entre aquellos libros estaban varios
de Somerset Maugham. Encuadernados en cartoné, de tapas
azules, algunos incluso conservaban su sobrecubierta original
de papel en la que había preciosos dibujos. Con Somerset
Maugham, superado nuestro inicial rechazo a SERVIDUMBRE
HUMANA, aprendimos muchas cosas de los Mares del Sur, de
Polinesia, aunque seguíamos encontrando una particular desolación
en esos personajes suyos tan derrotados por la vida por
más que descansaran sentados en exóticas verandas, bebiendo
refrescos junto a muchachas de cabello negro y pies descalzos.
Hoy me siento yo como uno de esos personajes. Ocupamos un
gracioso bungalow y Sonali-Beth se dedica a cuidar de la
casa y a no amargarme las horas que paso en ella. Siendo
tan joven pienso que algún día pueda encontrar a un chico
decente, rehaciendo entonces su existencia. Por mí te aseguro
que no habrá inconvenientes ni impedimentos, pero mientras
somos felices, cada uno a su manera, y, sobre todo, gozamos
de una envidiable serenidad que nada ni nadie turba.
La isla es paradisíaca, una auténtica perla en el Índico,
los habitantes, mayoritariamente de procedencia hindú, (¿es
curioso, no, que Sonali-Beth haya retornado a sus orígenes,
ella, que nació en Inglaterra?), amables, el trabajo no
aburre y por más que no pueda regresar al pasado para cambiar
un futuro que nunca soñé, te aseguro que actualmente no
le pido nada más a la vida. Me falta juventud pero me sobra
experiencia y ello hace que sepa disfrutar minuto a minuto
de los pequeños placeres cotidianos.
El día anterior a mi marcha de casa, por la noche, fuimos
Charo y yo al cine del barrio, una costumbre heredada de
otros tiempos más felices. No quiero que pienses que soy
un cínico. Fuimos al cine, pasaban SOSTIENE PEREIRA, del
amigo Mastroianni, claro, y le dije adiós a Marcello con
mayor sentimiento que a mi mujer a la siguiente mañana.
Aquel adiós puso la palabra FIN a más de treinta años de
convivencia, no sólo con Charo, sino también con nuestro
pequeño mundo...
Espero que comprendas lo que intento explicarte, que hayas
sabido leer en mi corazón y que si me tenías en mal concepto,
nunca es airoso el papel del hombre que abandona a su familia,
deseches, por favor, esa impresión tan negativa.
Ojalá vinieras algún día a Isla Mauricio. Estoy seguro que
te gustaría muchísimo y yo encantado de servirte de cicerone,
pero no te pido que vengas, eso lo has de decidir tú, si
te atrae la idea. Por mi parte te esperaré siempre.
Un
abrazo,
Antonio