Querida
Charo:
Te estoy escribiendo una carta que nunca recibirás, ya que
su destino final será la papelera pero no podía ser de otra forma.
Existen cosas que, aunque se confíen al papel jamás se enviarán por
correo, son cartas demasiado vivas y por ello, paradójicamente, se
hallan condenadas a muerte.
¿Cómo sino voy a escribirte de la manera que lo haré con
entera libertad y sin cohibirme de antemano frente al pensamiento
de que esto o aquello debo ponerlo de tal modo que tú puedas entenderlo
sin llamarme ñoña o callarte el que me consideres en ocasiones algo
cursi o trasnochada?
Muchas veces, a lo largo de estos años me he preguntado
por qué nos hicimos amigas, o, mejor dicho, cuándo, traspuesta la
barrera de la adolescencia, continuamos siéndolo. Supongo que se había
establecido una costumbre, una dependencia, y éstas son muy difíciles
de romper. Por otro lado, mi introspección habitual siempre me ha
empujado hacia las personas parlanchinas y extrovertidas como en una
búsqueda de equilibrio interno. Tú, mi marido.
Querida Charo, no te pido excusas por lo que te estoy diciendo,
esa es la primera ventaja de redactar una carta cuyo destinatario
ignorará siempre, y por eso lo hago. Sé que si leyeras lo que ahora
escribo dirías, con ese estilo tuyo tan peculiar,:
“-¿Qué mosca le habrá picado a ésta?...Eso es que se ha
vuelto majareta... No, si ya lo veía yo venir, el quedarse viuda lo
trae, claro que ella toda su vida ha sido bastante rara.”
Pues sí, he sido bastante rara, pero no rara para todo el
mundo, desde luego. Ha habido personas que me han sabido comprender,
aparte de mi marido y de mi hijo, porque no he vivido dentro de una
burbuja todos estos años. También sigo siendo la misma que era a los
13,cuando comíamos caramelos en el cine de barrio o coleccionábamos
cromos con la fotografía de nuestros actores favoritos, tímida, “delgaducha”
y soñadora, lo único que ha cambiado es que Aleix no está y yo he
cumplido, como tú tan acertadamente puntualizabas en tu última carta,
los 49 el pasado abril, esa es la única diferencia.
Me imagino que habréis ido recibiendo el completo rosario
de tarjetas postales que os he enviado desde todos los lugares que
he ido visitando en este largo viaje que me ha tenido fuera cerca
de un par de meses.
Podría afirmar que seguí tu consejo en lo tocante a vivir
que son dos días y hay que aprovecharlos, aunque no sería rigurosamente
sincera si lo dijese. En muchas ocasiones experimentamos el deseo
de ir en alguna dirección, no para escapar de donde estamos, sino
de nosotros mismos, y es un error, porque allá hacia adonde vayamos
acarrearemos el problema.
Una mañana, al despertarme, decidí que me iba a ir a Viena
porque me vino a la memoria el pensamiento de que se trataba de una
ciudad alegre, la ciudad de los valses, los jardines del Prater, Sissi
emperatriz, etc., etc., etc. Me temo que idealicé una Viena que no
existe más que en añejas biografías y en no menos remotas películas
protagonizadas por una Romy Schnneider tan precoz y desgraciada como
la propia Isabel de Baviera. Así que hice las maletas y me fui a Viena
y bajo un sol pálido que no es el nuestro, visité la capital de Austria,
mucho más antigua que moderna, (en realidad era lo que yo buscaba),
y sería muy ingrata si dijera que no fue bonito, aunque en cierto
modo algo penoso. Sissi se casó enamorada, pero no fue feliz, porque,
a veces, los sueños no se convierten en realidad aun deseándolo fervientemente.
Pensaba regresar al cabo de una semana cuando en la agencia
de viajes adjunta al hotel y que organizaba las visitas opcionales,
vi la propaganda de un crucero por el Mediterráneo y me atrajo: Estambul,
Atenas, Islas Griegas, y, como guinda una extensión al Adriático para
visitar Venecia, ¿por qué desdeñarlo si la vida pasa tan rápida?
Me parece estar escuchando tus comentarios al recibir cada
una de las postales, (no te podrás quejar, te las he enviado preciosas):
“-Vaya farde, cómo se ve que nos quiere restregar por las
narices el que se puede permitir el lujo de patearse el dinero en
ese viajecito, ¿y tú le buscabas un trabajo para que estuviese entretenida
y no pensara y no sufriera? A su edad ya no se sufre, se aburre una,
se fastidia, o se divierte, pero no se sufre, te lo digo yo, Antonio,
no se sufre”.
Y Antonio preferiría callarse antes que empezar una interminable
discusión en la que nunca os pondríais de acuerdo.
¿Tú has sufrido alguna vez, Charo, te has sentido verdaderamente
sola aun rodeada de gente? Creo que no ya que perteneces a esa especie
de mujeres que sufren de puertas afuera, que lloran de cara a la galería,
pero que cuando se refugian en el seno de su hogar tienen que mirarse
en el espejo del tocador para darse cuenta de que existen.
Mis postales, en contra de lo que pudieras creer, no han
sido un rastro de júbilo, sino de melancolía, y no es que me lamente,
no es ese mi estilo, pero a lo largo de todo el viaje he sentido que
me faltaba algo, que estaba incompleta a pesar de que la compañía
abundaba pues éramos un grupo de turistas muy bien avenidos, la mayoría
parejas... De ahí mi tristeza.
Más de una vez me he dicho a mi misma que no debía haber
emprendido aquel crucero cuyo último puerto era el de Venecia... Recuerdo
haber leído hace tiempo en una novela, como el protagonista advertía
de los riesgos que entraña el retornar a los lugares que hemos visitado
siendo felices, dado que nada vuelve a ser igual, y es verdad, nunca
se debe regresar, porque uno se convierte en su propio fantasma.
Hace siete años, no lo habrás olvidado, en primavera, Aleix
y yo decidimos celebrar el 20 aniversario de nuestra boda, con un
romántico recorrido por Venecia y París, dos ciudades hechas para
los enamorados. Qué cursilería, ¿no te parece?, sobre todo si lo que
se cumplen son dos décadas de matrimonio y ya se ha perdido, prácticamente,
la juventud. Entonces no comprendí muy bien el afán de Aleix, empeñado
en que realizáramos aquel viaje y le dije si no sería mejor celebrarlo
de tal manera en las bodas de plata, pero él insistió, bromeando,
según sabes que era su norma, dijo que más vale pájaro en mano que
ciento volando y yo no le entendí en su momento. Transcurridos los
meses, después, me llegó el turno de interpretar aquel deseo tan simple
en apariencia. El organismo de mi marido debía de estar avisándole
sin palabras, e incluso sin síntomas apreciables de que algo empezaba
a ir mal y que era mejor anticiparse a la celebración de las bodas
de plata porque éstas no iban a conocer viaje alguno.
Por eso volví y ahora sé que fue un error.
Tal vez buscaba el espectro de Aleix surgiendo de improviso
al doblar la esquina de cualquier plaza, (en Venecia existen innumerables
entre grandes y pequeñas), como aquel que ha olvidado adquirir un
paquete de tabaco y te ha dicho hace unos minutos:
“-Espera, me ha parecido ver un estanco en la otra calle.”
O bien, descubrirlo sencillamente, caminando entre la multitud,
vivo, igual que si nunca hubiese fallecido, como si todavía nos encontrásemos,
7 años atrás, fatigados de tanto andar por Venecia y extraviados entre
el laberinto de sus callejuelas que desembocan siempre en canales
estrechos por los que no navegan góndolas contrariando así la versión
oficial de los cartelas turísticos. Y yo, que estaría detenida frente
al escaparate diminuto de una tiendecita antiquísima situada en un
palmo de tierra firme que recordaba un patio más que un cruce de calles,
exclamaría sorprendida:
“-¡No me digas que te habías despistado, creyendo que íbamos
juntos mientras veníamos para aquí!”
Aquí, una confluencia sin semáforos tan ridículamente pequeña,
en medio de la cual se levantaba un venerable e histórico pozo.
Al abandonar Venecia en cuyo puerto concluía el crucero,
fuimos a Milán en tren prefiriendo yo, en lugar de volar a Barcelona
directamente, coger un avión hacia París. Supongo que fue masoquismo
puro, el ansia inconsciente de seguir crucificándome.
¿Te acuerdas de CASABLANCA, cuando Humphrey Bogart le dice
a Ingrid Bergman, (o fue al revés), aquella frase tan famosa:
“-Siempre nos quedará París”...?
Es curioso comprobar como nuestras vidas se hallan marcadas
por el cine ya que muy a menudo, escenas, comentarios, melodías, sucesos
puramente cinematográficos son incorporados a nuestras monótonas existencias
otorgándoles entonces una consistencia de la que normalmente carecen.
Ahí va otra frase más o menos igual:
“-De todas las ciudades del mundo, tenía que encontrarte
en esta”.
Si estuvieras leyendo la carta que escribo, te detendrías
aquí mismo y dirías despectiva encogiéndote de hombros:
“-¡Cuantas majaderías!”
Pero te aseguro que no tendrías razón, porque en este caso
los lugares comunes no condicionan en absoluto, sencillamente subrayan.
Visité París como había visitado Venecia, y cuando los breves
días de mi estancia tocaron a su fin, me encontré con que en el aeropuerto
había una demora demasiado larga que enmascaraba una posible huelga.
Tenía dos opciones o aguardaba sentada, y eso podía hacerme perder
la paciencia, o me iba a dar una vuelta regresando después a comprobar
si el problema estaba solucionado. Lo más sensato consistía en esperar
aborregadamente, pero sólo me faltaba eso, los nervios de los demás
pasajeros, los suspiros, las reclamaciones y el retraso indefinido.
Así que dejé mi equipaje en consigna y salí al exterior. Ya que no
tenía prisa podía permitirme el lujo de tomar cualquier vuelo.
Salí, como te decía, y de buenas a primeras me tropecé con
un espectáculo bastante corriente frente a la entrada de un aeropuerto:
un taxi que se detiene, un viajero que desciende presuroso con su
bolsa de viaje y el maletín de ejecutivo... De todas las ciudades
del mundo, ¿te acuerdas?
Al principio casi no le reconocí. Hace muchos años que no
he visto a Antonio y el tiempo no es amable cuando pasa. Tu marido
lleva gafas, ha engordado y el cabello le clarea bastante, además
está muy canoso, tiene bolsas debajo de los ojos y me he podido dar
cuenta de que su dentadura es a medias postiza, e incluso, él, creo
que se ha encogido, porque le vi más bajo. Antonio, que era un chico
alto, delgado, con abundante cabello negro, de hermosos, soñadores,
ojos oscuros y bella sonrisa... Es una lástima que la juventud sea
tan breve.
Bueno, reconozco que tampoco soy una jovencita, aunque Antonio
me identificó antes de que yo lo hiciera, quedándose allí mismo plantado,
justo en el borde de la acera, mientras me miraba boquiabierto. Fue
en ese instante cuando me dí cuenta de quien se trataba y le saludé,
-Hola, Antonio.
Y él tuvo que decir, carraspeando azorado, (que diferente
es una persona hablándote, de la misma que te escribe una carta, o
si lo prefieres, que distinto es imaginar a un ejecutivo eficiente
y dinámico y encontrarte con un pobre hombre estresado y nervioso),
-¡Caramba, el mundo es un pañuelo!... Hace dos días recibimos
una postal tuya desde Venecia... No sabía que tuvieses intención de
venir a París.
-Se me ocurrió a última hora. Y tú, ¿qué haces aquí?
-Asuntos de negocios que se complican... -una extraña expresión
cruzó su rostro– Siempre me eligen a mí para que les resuelva la papeleta,
caiga en festivo o entre semana, es mi sino... Llegué la tarde del
sábado... Oye, ¿qué sucede?
-Retraso o huelga, no se sabe con exactitud.
-¡Vaya, hombre, lo que me faltaba, pues yo tengo que estar
hoy mismo en Londres antes de las 7!... ¡Estas dichosas demoras me
tienen...!
-Cuando uno viaja suele ser lo más frecuente.
-Es verdad, en casa, sentado frente a la televisión no ocurren
estas cosas.
Sudaba y no hacía tanto calor, estaba visiblemente nervioso
y no creo que fuese por causa de los aviones. Temí por unos momentos
que tu Antonio se deshiciera otra vez en condolencias de pésame, o
tuviera la indelicadeza de reiterar su ofrecimiento laboral. Sacó
un pañuelo pasándoselo por la cara a refregones.
-¿No se puede esperar ahí dentro?
-Sí se puede, lo que pasa es que yo no quiero, me parece
que hay para largo y tanta gente aglomerada me agobia. Al contrario
que tú, afortunadamente, yo no tengo prisa y no me importa el tiempo
que transcurra.
-¡Qué lata!...¿Dónde has dejado el equipaje?
-En consigna.
-¿Ibas a algún sitio?
Respondí con vaguedad.
-Tal vez.
Y Antonio, el solicitado hombre de negocios, me recordó
en aquellos instantes a Pulgarcito cuando a la tercera, que es la
vencida, se encuentra definitivamente extraviado en el bosque.
-No sé que hacer.
-Si tienes prisa entra y aguarda, tu caso es diferente al
mío.
Me miró como si le doliese el estómago.
-Después de tantos años... -dijo en son de reproche– Después
de tantos años no te voy a decir hola y adiós...
-¿Por qué no?
Después de tantos años... Alguna que otra felicitación telefónica
haciéndole coro a Charo, recuerdos escuetos a través de ella en sus
cartas, la firma en el consabido Christmas, una más entre muchas,
tu presencia inconsistente flotando en los erráticos comentarios de
tu mujer... Después de tantos años no existes...
Aquel joven Antonio que yo conocí murió hace ya tiempo y
con él su sonrisa, el misterio de sus ojos negros, sus preferencias
literarias y sus sueños. Posiblemente en esos momentos, Aleix estaba
mucho más vivo que tú.
Dejó el maletín en el suelo, como si el peso le extenuara.
-Por favor, somos amigos.
Me hizo el efecto de que se hallaba al borde de las lágrimas,
aunque quizá fuese una apreciación falsa... Yo no sentía absolutamente
nada, ni ganas de llorar ni de reír, nada.
Dos antiguos amigos que coinciden en un aeropuerto y se
saludan.
-¿Puedo acompañarte?
-No voy a ningún sitio.
Nos miramos en silencio, de hito en hito, como se escribía
en aquellas novelitas rosa de 5 pesetas que, sacadas subrepticiamente
de la librería materna, leíamos a hurtadillas en nuestra adolescencia,
novelas que hoy considero cómicas en sus planteamientos, (la pareja
cae en una isla desierta después de un naufragio y se mantienen puros
como Adán y Eva antes de la manzana, hasta que los vienen a salvar
al cabo de tres años).
De hito en hito...
¡Qué malas novelas rosa construye la realidad!, igual que
los folletines, existen, pero nadie quiere admitirlo.
Le recordé sin necesidad:
-Tú vas a Londres.
El sonrió torciendo la boca.
-Sí, ahora, sobre todo.
De nuevo nos miramos fijamente.
-Has dejado el equipaje en consigna...
Asentí con la cabeza.
-El mío carece de tanta importancia, esta bolsa de viaje
y el maletín... Creo que consignarlos no tendría ningún sentido, ¿verdad?
Dí dos pasos.
Antonio pareció hacer un acopio de valor al exclamar con
cierta desesperación:
-Yo tampoco voy a ninguna parte.
Me hizo gracia su expresión derrotada, y, sobre todo, el
tono de su voz.
Podrías pensar, si leyeras la presente carta, que con el
transcurso del tiempo, o tal vez en razón a los últimos acontecimientos,
me he convertido en un ser insensible, o bien que siempre fui cruel
y nunca lo supe. Te puedo asegurar que no es así, porque, ¿sabes lo
que me hizo gracia?, pues que
en realidad, los dos no teníamos adonde ir, como si en todo el mundo,
con lo grande que es, no existiera un pequeño espacio que pudiéramos
llamar nuestro. ¿Verdad que lo que acabo de decir carece de sentido?
-Pensaba coger un taxi y regresar a París.
Antonio, “tú Antonio”, se animó de pronto.
-¿Callejear un poco?
Me encogí de hombros.
-Puede ser.
-¡París es tan bonito, nunca se cansa uno de admirarlo!
–exclamó con entusiasmo y luego, bruscamente, rebajó el tono para
solicitar con humildad- ¿Me dejas que te acompañe?
Moví los labios con la intención de decirle que existía
la probabilidad de que su avión partiese antes que el mío y preferí
callarme a tiempo por no parecer lo que en realidad me sentía, huraña
y mal educada.
Cogimos un taxi.
¡Cuánto te horrorizarías si leyeras esto!, y Antonio, con
su bolsa de viaje, su maletín de ejecutivo y su apaisado aspecto horizontal,
tomó asiento a mi lado tan nervioso y anhelante de agradar lo mismo
que el joven Antonio de muchos años atrás, cuando llegaba con retraso
a una cita a ciegas.
¡Y, mira lo que son las cosas!, resulta que los abuelos
del taxista eran de Perpignan y al sentirnos hablar, entendió las
cosas al revés y quiso oficiar de celestino ayudando a dos “extranjeros”,
ya que buen cuidado tuvo de puntualizar que él era francés y por más
señas, parisino.
-Si los señores quieren descansar mientras aguardan que
se arregle lo de aeropuerto, conozco un hotelito discreto, Maison
Englantine, que...
Creí que a Antonio le iba a dar un ataque de apoplejía al
oír tales palabras y seguí encontrando divertida su actitud, (la típica
hipocresía masculina), pero me apresuré a intervenir antes de que
a tu marido le entrase el arrebato airado de irreprochable caballero
español y el vodevil concluyera en drama.
-No es necesario, gracias, déjenos en esta esquina, si,
esa misma, la del café.
Permití que Antonio pagase la carrera, no pretendía humillarle
aún más, y nos metimos en un café por inercia, muy deprisa, como si
en ello nos fuera la vida.
Cuánta estupidez, ¿no es cierto? Y el hecho en sí es que
Antonio se sentía culpable por algo y me lo estaba contagiando.
El establecimiento, lo mismo que la terraza, se encontraban
llenos a rebosar de turistas y me dije que sería entonces de lo más
cómico tropezarnos allí con amigos comunes. En efecto, “una condenada
casualidad” en tus propias palabras. Afortunadamente la mitad eran
japoneses y la otra mitad suecos, así que no existió ningún peligro,
tranquilízate, ¡oh, disculpa, ya no me acordaba que jamás vas a leer
estas líneas!
Al parecer teníamos sed y bebimos de pie junto a la barra,
apretujados entre un montón de gente, luego salimos porque allí nos
ahogábamos, y mientras en la acera a Antonio se le ocurría enseñarme
una foto de vuestro gordinflón y pelirrojo nieto, no venía al caso
pero así fue, yo descubrí, inesperadamente, que delante nuestro, al
otro lado de la calle, ahí había un cine, no de barrio aunque tampoco
de estreno.
Consistía en una sala pequeña de esas en las que suelen
proyectarse sesiones de cine fórum y homenajes cíclicos a ilustres
desaparecidos de la pantalla...
¿Adivinas el resto?... Pues si. A finales de la primavera,
le cinématographe MUSIDORA, le dedicaba su homenaje a Marcello Mastroianni.
Fue mágico, sin que mediase palabra entre nosotros, cruzamos
la calle, yo la primera, y entramos en un vestíbulo, tan viejo y apolillado
como cabía esperar y contemplamos ávidamente las fotografías y los
carteles... Si alguna vez hubieras leído a Proust sabrías el significado
de “en busca del tiempo perdido”, y no lo confundirías con otro posiblemente
malintencionado y por completo inexacto.
Entre dos carteles y dentro de una vitrina de cristal se
mostraba un programa abierto con fechas y horarios de las películas
que componían el homenaje. Aquella tarde tocaba LA LADRONA, SU PADRE
Y EL TAXISTA, al día siguiente correspondía LA DOLCE VITA, al otro
DIVORCIO A LA ITALIANA, y luego volvían a repetirse los tres días
en sesión continua en tanto que el domingo se reservaba a los films
en color del actor. El ciclo duraba un mes.
La del próximo domingo era GINGER Y FRED, y tengo que agregar
que me alegré mucho de que no la repusieran aquella tarde. No hubiese
tenido valor para entrar a verla con Antonio.
Al llegar a este punto, sé que tú explotarías por fin, exclamando
hecha un saco de nervios:
“-Pe... Pero... ¿Es que entrasteis en el cine?”
Claro que entramos, querida Charo, claro que entramos...
Antonio había comprado chocolatinas y caramelos blandos de menta en
el bar del vestíbulo y cuando ya en la sala la ouvreuse nos dejó acomodados
en nuestros asientos mientras pasaban los anuncios, nos repartimos
las golosinas con la misma complicidad de antaño. Tu amiga y tu marido
ya no eran los de ahora sino los de entonces, y vosotros dos, Charo
y Aleix nos acompañabais, por extraño que te resulte. Los cuatro juntos
en el cine de nuevo, bromeando, riendo, sin pensar en el matrimonio,
aunque supusiéramos que tal podía ser el final, entonces, al principio
de todo.
Fue curioso, pero en el transcurso de la sesión, en esa
hora incierta en la que teóricamente, se hace el amor en París, nadie
ocupó las dos sillas que teníamos, a mi derecha yo y a su izquierda
Antonio. (Ya sé que si te lo contase no me creerías, de todas formas
me da igual, o me es indiferente, o me importa un bledo, puedes elegir.)
A la salida envejecimos. Dentro de la sala quedaron las risas y la
despreocupación, una jovencísima Sophía Loren, un marrullero Vittorio
de Sicca, un ingenuo Marcello y nosotros cuatro.
Regresamos al aeropuerto.
Cuando llegamos, el tráfico aéreo empezaba a normalizarse
y el vuelo de Antonio era uno de los primeros en salir, no así el
mío que aún tardaría 45 minutos en hacerlo. Antes de recoger su tarjeta
de embarque nos despedimos con las prisas normales en estas circunstancias.
Yo había perdido parte del hielo inicial de nuestro encuentro, y por
más que seguía sintiéndome tan lejos de tu marido como si estuviésemos
atrincherados en frentes opuestos, (no temas, no sucedió nada entre
los dos en la oscuridad del cine), la vieja película había conseguido
humanizarme un poco respecto al infeliz de Antonio.
Nos estrechábamos la mano, y en ese preciso instante, en
el último segundo, a remedo de un clásico de aquellos en blanco y
negro que tanto nos gustaban cuando eran películas románticas, Antonio
retuvo mi mano entre las suyas y dijo:
-Te ruego que no le cuentes a Charo que hemos coincidido
aquí, en París... Ya sabes... Ya sabes...
¿Saber el qué, lo imbécilmente celosa que te has vuelto?
Me soltó e iba a alejarse, pero bruscamente se giró haciéndome
esta inesperada confesión:
-Yo nunca fui a buscar a Charo a los almacenes en donde
trabajaba, ella vino a esperarme a mí a la salida de la escuela de
idiomas, aquella tarde... Supongo que lo contó al revés por miedo
a parecer demasiado lanzada... y eso, en nuestros tiempos, o al menos
entre nosotros, no estaba bien visto...
Resulta incomprensible que en medio de la algarabía del
aeropuerto, siguiera escuchando sus palabras aun cuando él ya había
desaparecido.
Media hora más tarde embarcaba yo también. Me tocó asiento
de ventanilla y habiendo podido contemplar la televisión o leer alguna
revista, elegí mirar la oscuridad creciente y el pálido reflejo de
mi rostro en el cristal.