_____________________________15.3.1997. Barcelona.____
Apreciado amigo Antonio:
Gracias
por tu carta de condolencia, que, lejos de apenarme, llegó en el momento
oportuno, justo a los 8 días del fallecimiento de Aleix. Mi hijo, tuve
la suerte de que cuando murió su padre estuviese aquí de regreso de los
Grandes Lagos, se acababa de marchar, esta vez a Albania a cubrir otro
reportaje, y yo me había quedado sola, tan sola como en tu carta me anunciabas,
(y que me hizo pensar, mira por dónde, en una gallina descabezada dando
tumbos por la casa), sola por las habitaciones y a solas con mis recuerdos
de toda una vida junto a Aleix, 27 años de matrimonio, que es tiempo,
y más en la época que vivimos. Tus palabras me animaron mucho porque volvías
al principio intentando recobrar la imagen de un amigo al que en 15 años
sólo habías visto en contadas ocasiones, aun cuando hubiera habido intercambio
de fotografías en su transcurso.
Yo también intento que esa imagen, un Aleix alegre, extrovertido,
amable, comprensivo, no se desvanezca igual que si jamás hubiera existido,
porque, ¿sabes?, morimos dos veces y la segunda es la peor, cuando nos
olvidan. El fue un excelente esposo, fiel, un buen padre y un inmejorable
camarada, eso lo sabemos tú y yo muy bien así como todos los que le conocieron
y le trataron. ¿Querrás creer que incluso sonreí al recordar aquella primera
cita desmañada y torpe, tan propia de nuestro estilo de vida? Una prima
que intenta hacer de casamentera y un par de chicas a la caza y captura
de novio, aunque ninguna de las dos lo hubiera confesado ni bajo tortura.
Bueno, y también vosotros, ¡y que cómicos estabais con aquel pelo super
corto y los nuevos trajes de paisano en los que no parecíais encontraros
demasiado a gusto porque, a pesar vuestro, os habíais acostumbrado al
uniforme y a la disciplina cuartelaria!
Me acuerdo perfectamente de esa tarde de domingo. Era primavera
y nosotras íbamos a la moda: maxifalda, camisetas negras y bandoleras
seudo hippies. Aleix y yo llegamos los primeros al cine Montecarlo y permanecíamos
casi espalda con espalda buscando en la dirección opuesta a los demás.
En un momento dado, al girarnos de poco chocamos, y al mismo tiempo nos
pedimos excusas, echándonos luego a reír por lo tonto del incidente, y
en aquel instante apareció Charo llamándome a gritos desde la otra acera.
Al oír vocear mi nombre, que debía conocerlo por su prima, Aleix se presentó,
yo me puse roja y Charo, con riesgo de que la atropellase un coche, cruzó
a la carrera, preguntando alocadamente, ya sabemos cómo es:
“-¿Dónde está tu amigo?”
Suerte que a los pocos instantes también compareciste. Sí,
la película era de Marcello Mastroianni, pero, a diferencia tuya, yo recuerdo
su título. ¿Cómo lo iba a olvidar, si aquel día conocí a Aleix?
Cuando salimos del cine, su prima se fue con un pretexto
ridículo que me dio incluso vergüenza y pude notar que tú te sentías incómodo
por aquella deserción que nos ponía a los cuatro en evidencia. Charo,
en cambio, no dio señales de haber captado la maniobra y Aleix estaba
tan a sus anchas, se le veía tan contento, que dudo se enterase de que
su prima nos había dejado solos a nuestra suerte, hasta, por lo menos,
media hora más tarde, cuando llegamos a la calle Petrixol, después de
haber bajado paseando por la Rambla de Catalunya porque Charo quería ver
no sé qué en un escaparate determinado. Siempre me hizo mucha gracia el
despiste de Aleix ante las cosas más obvias y siempre abrigué la sospecha
de que no le interesaba darse cuenta de pequeñeces si ello le podía causar
algún problema.
En la granja, dices bien, fueron mi marido y Charo quienes
monopolizaron la conversación en tanto tú y yo mirábamos y escuchábamos
tomándonos aquellos suizos tan deliciosos mientras ellos preferían unos
batidos, dos de vainilla para ser exactos, ¿recuerdas?, y que aroma más
agradable flotaba en el establecimiento, mezcla de azúcar quemado, chocolate
y nata fresca...
Te equivocas cuando afirmas que de la granja ya salimos
emparejados, no fue entonces.
A las 10 debíamos estar en casa, no tanto por imposición
paterna como debido a que al día siguiente teníamos que ir al trabajo,
y, lo que son las casualidades, tú vivías a dos manzanas de la mía, y
Charo, cuyos padres acababan de mudarse del barrio hacía poco, era prácticamente
vecina de Aleix, así que, al despedirnos en el andén del metro, los dos
caballeros se repartieron la custodia de las damas y Aleix escoltó a Charo
y tú me acompañaste a mí hasta el mismo portal.
Quizás recuerdes que al salir de la estación, no llevábamos
paraguas con el clásico descuido de la juventud en el mes de abril, empezó
a diluviar, lo que nos obligó a buscar refugio debajo de la marquesina
de una tienda de muebles y allí permanecimos por espacio de bastante rato
bromeando acerca del tiempo y luego hablando de aficiones que, al parecer,
compartíamos, los idiomas e incluso la literatura. Animada por esas afinidades,
te conté que a mí me gustaba escribir y que leía todo lo que caía en mis
manos. Entusiasmándome cité a muchos autores, con riesgo de parecer una
rata sabia, y tú me dijiste que a los 17 años habías leído SERVIDUMBRE
HUMANA de Somerset Maugham y que te deprimió enormemente. Otra casualidad,
igual yo más o menos a la misma edad y con idénticos resultados. Fue curioso
que coincidiéramos en eso, ¿no crees? Pero entonces no supimos concederle
la debida importancia, si es que tenía alguna, y acto seguido te pusiste
a hablarme de Charo, preguntándome montones de cosas sobre ella, ya que,
al existir la coincidencia de que vuestros abuelos eran del mismo pueblo,
deduje que te interesaba y cuando a la noche siguiente Charo me telefoneó
para contarme que tú la fuiste a esperar a la salida de los grandes almacenes
en donde era dependienta, ya no me cupo la menor duda.
¿Por qué afirmas que Charo se parecía a la Pampanini y yo
a Audrey Hepburn? Me sorprendes.
Muchísimas gracias por tu ofrecimiento, pero, ahora, lo
que más necesito es encontrarme a mi misma, 27 años de matrimonio y un
hijo trotamundos, de 26, condicionan bastante la personalidad de cualquiera.
Tengo que pensar que voy ha hacer con el resto de mi vida y he de meditarlo
despacio.
Tal vez ponga un pequeño negocio, quién sabe si una agencia
de viajes, tal vez haga un crucero, tal vez... No lo sé todavía, lo cierto
es que por el momento no voy a moverme de mi ciudad. Aquí está Aleix y
me gusta ir a visitarle cada semana, contarle mis cosas. Le llevo flores,
me siento en un banco de piedra. Es un cementerio moderno, muy bonito,
¿sabes? Parece un jardín, y charlo mentalmente con él. Entonces me invade
una gran paz y me reintegro al hogar mucho más tranquila.
Gracias de nuevo por tu interés y tu solicitud, no cabía
esperar menos de la buena amistad que te unió a Aleix.
Adiós.
.....
P.D.
Lamentaría decepcionarte si así te tomas mi rechazo, pero
no puedo obrar de otra manera, compréndelo.
¿Entiendes bien lo que quiero decirte?
Sigue...
|