CARTA DE CHARO (4) 

 

______________________Londres, Noviembre, 23, 1997.___

    

     

Querida amiga:

                                    Apuesto a que pensabas que estaba muerta o poco menos en vista que desde que recibí tu última carta del mes de Septiembre, no había dicho esta boca es mía, ahora, que tú tampoco te has dislocado la muñeca, precisamente, escribiéndome... Es broma, mujer, lo de la muñeca, claro. Todos tenemos mogollón de cosas que hacer en este ajetreado mundo y los días vuelan y cuando de te das cuenta, pegas un chillido y sueltas: ¡Ostras, me había olvidado por completo!

            De todas formas, poniéndome en tus zapatos, comprendo lo difícil que te debe resultar escribirme. Lo que me ha pasado es de campeonato y conociéndote sé muy bien que no te atreves a coger el boli por aquello de que, con lo tiquis miquis que eres, tendrás miedo a resucitar fantasmas. Tranquila, chica, que todo va como la seda. Mi único fantasma, ese don Juan de vía estrecha que es Antonio, me importa ya un rábano, y, fíjate, las vueltas que da la vida, le he pedido el divorcio y lo he dejado con la boca abierta..., y a ti también al leer estas líneas, seguro.

            Venga, no te hago más de rabiar: aquí va el notición, me caso.

            Que no, que no has leído mal, ni tampoco me he vuelto majareta de repente. Me caso otra vez y además con un partidazo. Con que ya se puede ir metiendo donde le quepa, mi futuro ex, la pensión que me paga, lo de los gemelos es otra historia, pero en lo tocante a mí, que pronto voy a nadar en la super abundancia, que lo ahorre, que falta le hará para su vejez.

            Calculo, por los trámites de la separación y todo eso, que nos casaremos a finales del año que viene y no creo que se presenten muchas pejigueras. Lo vamos ha hacer por lo civil como el Banderas y la Melanie, que acuérdate que seguían aún medio casados con sus respectivos y no hubo problemas, y, encima, yo tengo a favor mío que el sinvergüenza de mi marido me dejó plantada y se largó, y eso pesa cantidad.

            Estoy más contenta que unas pascuas, ¿quién me iba a decir a mí hace veinte años, que a los 47 y siendo tan enemiga de los divorcios, terminaría casándome por segunda vez y no porque me quedase viuda como tú?

            Mi Toñi y los gemelos se lo han tomado de maravilla, ya ves, claro que con la fechoría del libertino de su padre, si no se lo toman bien me hubieran oído. El memo de Breandán se ríe y me llama devoradora de hombres. Di que si no estuviese de tan buen humor le habría cantado la caña. Pero es lo que trae el pasar por soponcios inesperados, se te hace un callo en el alma y te enfrentas a todo y a todos con otros ánimos.

            Bueno, me imagino que estarás reventando de curiosidad por saber como me ha ido hasta llegar a este momento en el que te anuncio mi futuro matrimonio con un hombre, a Dios gracias, muy diferente al badulaque de Antonio. De veras que es de lo más emocionante, de teleserie, vamos.

            Pues mira, resulta que en mi barrio, hace años, había una pequeña taberna y el propietario era español. Se instaló mucho antes de que Antonio y yo aterrizásemos por estos pagos, (está clarísimo que mi destino y el vino siempre andan juntos) y primero, como te digo, empezó con la taberna, Evaristo´s House la llamaba, y él, Evaristo, por supuesto, y Sánchez de apellido. ¿A que suena a revolucionario mejicano? Por lo menos, los bigotes que luce, a lo Marlon Brando en ¡VIVA ZAPATA! si que lo recuerdan. Él procede de Extremadura, tierra de conquistadores, ¡ya está hecho un buen conquistador, ya!, y continuo que me estoy yendo por los cerros de Úbeda.

            Tenía la taberna y era muy popular en el barrio, ¿cómo no iba a serlo si todas las borracheras que se agarraban procedían de las botellas de su establecimiento? Vino español, ¿eh? Un día amplió el local convirtiéndolo en un pub, aunque conservó el nombre. Antonio y él estuvieron en tratos muchas veces, porque tenía, y tiene, una bodega que parece un almacén, y ya sabes que todo lo que tenga que ver con el alcohol es de lo más rentable y si no acuérdate de Al Capone y Los Intocables.

            Yo le conocía superficialmente, hola y adiós, le compraba alguna vez vino, porque en casa del herrero cuchara de palo, y cuando inauguró el pub fuimos con todo el vecindario y después algunas veces con Toñi, Breandán y amiguetes. Pero él, siempre que me veía pasar por la calle, a través de los cristales del local, salía haciéndose el encontradizo y venga comentarios de esos tan tontorrones, que si brilla el sol, que si empieza a llover, que si esto, que si lo otro, vaya, que me daba palique, pero yo muy en mi sitio porque soy una mujer decente aunque el marido me haya salido pendón a última hora.

            Sin embargo, tengo que reconocer que a una siempre le agrada que le echen los tejos, claro que de una manera respetuosa, nunca groserías ni insinuaciones de mal gusto. Conque, fíjate, cuando se enteró de que yo me había quedado compuesta y sin marido por el secajo de Sonali-Beth, se puso como una moto.

            Me explico, se lanzó a toda pastilla en busca de lo que quería, y lo que quería era yo. Así, talmente suena. Pero fue lo que se dice muy escrupuloso, nada de ir al grano y aquí te pillo y aquí te mato... Hablo en sentido figurado, como ya podrás suponer. Por eso, y después se ríen, Madame Leontyne me avisó a tiempo, lo que sucede es que en aquellos momentos yo no estaba para segundas bodas y los hombres habían dejado de interesarme, llevaba a Antonio clavado igual que una espina y aborrecía al mundo entero. Pero Madame Leontyne me profetizó, en una de tantas ocasiones en que fui a consultarla, que pronto habría otro hombre en mi vida y que me haría muy feliz, que me tendría como una reina, vaya. Casi vomito cuando la oigo, ¡estaba yo para romances!...

            Y a pesar de los pesares, se ha cumplido, y no te puedes ni imaginar de que forma empezó... Hay galanes que regalan flores y otros bombones, Evaristo inició su ronda con un detallito de lo más imbécil, en el pensar de algunos que carecen de sensibilidad, pero que a mí me llegó al mismo centro del corazón.

            Me regaló unas pinzas para tender la ropa, como lo oyes, unas pinzas de plástico todas de color celeste. Después de lo de Antonio no le había yo vuelto a tropezar y la verdad es que ni me acordaba de él, y mira por donde una mañana que yo circulaba como un alma en pena por delante de las puertas del pub, venía del super e iba cargada como un burro tirando del carrito, Evaristo, de repente, a imitación de un muñeco sorpresa de la caja, se me planta delante y va y me suelta:

            -Tengo algo para usted.

            Y yo le digo muy asombrada.

            -¿Para mí?

            Y él, de lo más ufano:

            -Sí, sí, para usted... ¿No se acuerda que hace dos años, cuando aún tenía la taberna, me dijo usted un día que siendo enemiga de las secadoras automáticas porque las consideraba antihigiénicas, prefería tender la ropa con pinzas, mayormente celestes, y que nunca las encontraba de ese color, que era su favorito? Celestes, remarcó usted, no azul oscuro sino celestes...

            -Sí, ¿y qué?

            Como comprenderás yo no pensaba en pinzas en aquellos momentos sino en Antonio y en su furcia hindú, por eso las palabras de Evaristo me pillaron por sorpresa.

            -Aquí las tiene.

            Y como el que saca el conejo de la chistera, me puso debajo de las narices un paquete con tres docenas de pinzas celestes. Me quedé muy parada y lo único que se me ocurrió fue preguntarle en dónde las había encontrado, porque lo que es en el barrio no las vendían, él me lo dijo, y luego, ya en casa, me senté en una silla de la cocina sin descargar el carro y me puse a pensar despacio. Que un hombre no te obsequia esa clase de regalo de no saber que efectivamente va ha hacerte una ilusión tremenda el recibirlo, aunque lo importante es que se hubiera acordado al cabo de los años, de aquel comentario mío. Y yo, que me había quedado en blanco al recibir el detallito, caí en la cuenta de que esas pinzas querían decir un montón de cosas que no tenían nada que ver con la colada ni con el color celeste, y repasé sus galanterías y sus sonrisas y sus miraditas a escondidas y llamé corriendo a Madame Leontyne para contárselo todo.

            A la mañana siguiente, cuando volví a pasar por delante del pub, ahí estaba él sacándole brillo a las letras doradas de la puerta de cristal; es un hombre muy pulido y no se le caen los anillos con facilidad, de lo contrario, ¿crees que hubiera amasado la fortuna que tiene?

            Me preguntó, muy finamente, si había estrenado las pinzas y yo le dije que sí. Me invitó a tomar una refresco de esos que no tienen burbujas, porque luego te da por eructar y no veas que papelito, y yo acepté siguiendo los consejos de Madame Leontyne, y ya está.

             Ahora que, oye, no pienses que empezamos a salir como hace hoy en día la gente, que se va a la cama a las dos horas de haberse dicho buenas tardes, de eso nada, ni incluso a estas alturas, que yo no me acuesto con Evaristo hasta que el juez de paz haya dicho aquello de “os declaro marido y mujer”, que una no es tonta y sabe eso de “mercancía probada es mercancía arruinada” y no tengo precisamente fuego en el cuerpo, que de algo tienen que servir los años y la experiencia y que las tonterías románticas se viven en la juventud y más tarde está visto que se pagan muy caras.

            Empezamos a salir en plan de amigos y nadie nos criticó, ¡faltaría plus! Íbamos con unos vecinos de toda la vida, un matrimonio también español, y nos lo pasábamos en grande. En esas llegó Halloween, la fiesta de los muertos de las películas de miedo, y decidimos ir la peña entera a un baile de disfraces. Ese día, aquí, la gente se suele endosar cosas muy macabras, pero nosotros, españoles en su mayoría, fuimos a nuestro aire.

            Evaristo se disfrazó de Gato con Botas, muy logrado, créeme, hasta enseñaba una rata de peluche saliéndole de un bolsillo de la casaca, y yo de lagarterana, porque no por ser andaluza me iba a vestir de faralaes, que es el socorrido disfraz que siempre se plantan entre las de la colonia de los que residimos en Londres. Yo quise ser original y dar la campanada y vaya si la di. Cierra los ojos e intenta verme con esa ropa tan deslumbrante emparejada a Evaristo que se había gastado un pastón en su traje de época. El mío, herencia de la suegra de una amiga, me lo prestó ella, ya que mi amiga prefirió ir de Mary Poppins.

            Bueno, que fue una noche lo que se dice redonda vamos, porque al regresar de madrugada a casa, ya en el portal, Evaristo se puso muy solemne y va y me dice:

            -Charo, estoy como un cencerro por ti, pero de siempre, desde el primer día que te vi, una tarde que entraste en la taberna a comprar dos botellas de clarete... Muchas veces pensaba, esta mujer es legítima pata negra, jabugo superior, ¡vaya suerte que tiene su marido!... Y ahora... Ahora las cosas han cambiado... ¿Quieres casarte conmigo?...

            Yo me quedé muda y en ese momento aparecieron los gemelos que iban disfrazados de psicópatas y aullaban a coro. Aquello me hizo reaccionar. Les mandé para arriba, no les obligué que ya volvían al redil, y le dije a Evaristo muy dueña de mí, a pesar de que iba bastante alegre por las copas que habíamos bebido esa noche en la fiesta:

            -Tendré que pedir el divorcio antes.

            Él pareció emocionarse mucho.

            -¿Eso es que si? -preguntó y yo le dije:

            -Pues claro, hombre, pues claro.

            Y el muy tonto va y se me echa a llorar. Debía ser la primera vez que se declaraba en su vida porque no te he dicho todavía que es soltero, más o menos de mi edad y que tiene fama de haberla corrido de joven cantidad industrial, lo que es una garantía ya que significa que no la correrá de viejo. Físicamente es poco más alto que yo, cuadrado y con entradas, de cara redonda y colorada, pero es muy agradable y simpático, y, sobre todo, tiene más dinero que pesa, una casa en la campiña muy bonita, en Inglaterra las casas de campo son auténticas preciosidades, dos caballos que corren en las carreras y acciones en un complejo turístico de Alicante. Vaya, lo que se dice un hombre acaudalado y en su caso concreto un solterón de oro.

            La semana que viene me va a llevar a una joyería carísima en Bond Street, que es adonde quiere que elija mi regalo de pedida, brazalete, sortija, lo que me apetezca, porque éste no es de los que andan con regateos a la hora de pagar, que no es un empleadillo de tres al cuarto como otros, vamos.

             ¡Si vieras el cochazo que tiene, y su piso en Mayfair, (zona de lo más elegante), que recuerda un museo o una casa de subastas, al estar amueblado todo con piezas de anticuario!... ¡Estoy más contenta que si me hubiera tocado el gordo de Navidad!

            Hace unos días se me ocurrió una idea la mar de divertida y se la conté a Evaristo: irnos de Luna de Miel a Isla Mauricio, reservando suite nupcial en el hotel en el que trabaja ese adúltero. No veas lo que nos reímos los dos, hasta saltársenos las lágrimas, que Evaristo es de lo más alegre y siempre está riéndose y contando chistes, (en eso me trae a la memoria al pobre de Aleix, a quien nunca recuerdo haber visto enfadado). Fue una broma por mi parte, claro, ¿cómo voy a ir yo a que se me indigeste la Luna de Miel viendo a Antonio de bracete con su concubina? Todavía no soy tan civilizada, que es como se les llama finamente a los cornudos en este bendito país.

            Si supieras lo cambiada que estoy, si no parezco la misma, hasta hablo y pienso de otra forma, que Evaristo no es el remilgado Antonio que cuidaba tanto su lenguaje que parecía un libro parlante y se hubiese muerto antes de soltar un taco. Antonio, tan serio el hombre y siempre con cara de dolor de estómago. Evaristo es otra cosa, con él la chirigota es continua, las palabras fuertes, si se tercia, y la vida una fiesta, la única pega es que le da al scotch más de lo conveniente, pero eso, una vez nos casemos, tiene fácil arreglo, que los hombres solteros son igual que los niños grandes, claro que los hombres, ¿cuándo dejan de ser niños?

            Y a propósito de esto, por más que no tiene nada que ver en absoluto, la otra noche, por la tele vi una película de Marcello Mastroianni, aquella tan rollo, LA NOTTE. Empezó, y como era idiota, todo miradas y silencios y entremedio tonterías sin sentido: alguien que se está muriendo en una clínica, gamberros y la Moreau por los desmontes mientras que su marido, Marcello, la espera en casa con cara de estar en babia. Iba a apagar el televisor y a meterme en la cama, cuando de golpe y porrazo me di cuenta de algo: aquella sosería era el matrimonio. Dos personas que viven juntas, que no se conocen y que no tienen nada que contarse y me senté otra vez en el sofá y me la tragué entera.

            Me dio la sensación, salvando las distancias, naturalmente, que revivía mi matrimonio con Antonio, lo que suele decirse incomunicación total. Yo, creyendo que su vida éramos nosotros y la VITIVINÍCOLA y resulta que el señor pensaba por su cuenta y tenía sueños inconfesables, y yo sin enterarme, sin sospecharlo siquiera. La película era un tostón, pero, ¿cómo no iba a serlo si refleja la pura realidad? Ahora, te prometo una cosa, mi segundo matrimonio no será igual que el primero, te lo garantizo, voy a disfrutar de la existencia todo lo que yo pueda y me permita el dinero de Evaristo, que para eso repito, sino de qué, venga.

            Ves pensando ya en el traje que te comprarás con ocasión de mi enlace, ¿no se escribe eso en las invitaciones?, y puesto que bodas hacen bodas, a ver si te casamos a ti y todo y se te va ya la fiebre viajera que te ha entrado últimamente, porque desde luego estás invitada ni más ni menos y ocupando un lugar de preferencia entre mis damas de honor... Por cierto, una de ellas será la mismísima Madame Leontyne, que resultaría yo de un ingrato atroz si me olvidase de esa persona a la que tanto debo... Oye, si tu hijo quiere venir, también cabe. Bueno, si sus guerras le dejan. Tiene guasa, pensar que no fue a la mili por cegato y ahora no para de batir el cobre en los jaleos internacionales.

            Por parte de Evaristo irán todos sus amigos, entre ellos unos nuevos, hombres de negocios colombianos que se dedican a la exportación de productos típicos de su país, muy educados y ¡de un meloso!, con decirte que me llaman Doña Charito, y son la mar de simpáticos y ocurrentes, aparte de riquísimos, ¡si vieras, van en limusina hasta al lavabo! Los que no vendrán a la boda serán los parientes de Evaristo, porque está peleado con todos, que son un hatajo de interesados, y me parece muy requetebién, familia y trastos viejos mejor cuanto más lejos. ¿No crees? Y que conste que no lo digo por tu hijo, ¿eh?, que a ti la familia no es que te sobre precisamente.

            Yo, a la vista está, no me voy a casar de blanco que a las presentes alturas no pega ni con cola. Lo que si tendré que hacer es adelgazar unos quilitos ya que a raíz de la fuga de Antonio me dio por atiborrarme de chocolate y pasteles y no bajo ni a tiros aunque haya dejado de comerlos. Se lo dije a Evaristo y casi se enfada. A él le gustan las mujeres con curvas y no esos palillos anoréxicos que están de moda, pero yo debo cuidarme para el día de la boda, ¿no te parece?

            Estoy dudando entre dos modelitos monísimos que vi en una revista, los dos en seda salvaje. Casaca y pantalón color azul piedra y moño de alta fantasía entreverado de flores blancas, o bien traje chaqueta verde pistacho de falda tobillera y pamela trasparente de esas que están de moda otra vez, y si para entonces no se llevan me importa un rábano, porque, si me decido, me la encasqueto y los criticones que se vayan a hacer gárgaras.

            Lo que, en cualquier caso no ha de faltar es el ramo, muguete mezclado con rositas de pitiminí, o algo que lo recuerde. Me gustaría que me dieras tu opinión acerca de estos detallitos porque siempre has tenido mucho tino a la hora de elegir ropa y complementos.

            Te dejo, chica, ya te he mareado bastante con tantas novedades, sin embargo pienso continuar informándote, ¡faltaría plus! En mi próxima te enviaré unas fotos de la fiesta de disfraces para que veas a Evaristo, de momento son las únicas que me he hecho con él.

                                                           Besos de tu amiga

Charo.

P. D.

            En la última tuya añadiste que Aleix te había contado lo de que me pidió para salir cuando los cuatro nos conocimos ¿Ves que diferencia tan grande entre él y Antonio? Si mi marido hubiese estado chiflado por ti alguna vez, descuida que nunca me lo habría dicho, el muy santurrón.

    

Sigue...

 

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