CARTA A CHARO 

 

____________________________________________________Barcelona, 2.1.1997

Querida Charo:

_______________Permíteme que la primera carta que te envíe en el nuevo año, no tenga que ver con nuestras cosas de siempre, marido, hijos, etc. Después de tantos años, desde que os marchasteis a Inglaterra por lo del trabajo de Antonio, nunca había tenido ocasión de escribirte como lo voy a hacer ahora. Tú quizás pienses cuando lo leas que a qué viene todo esto, sin embargo confío en que lo entiendas de alguna manera, porque eres la única persona que puede compartir conmigo esos recuerdos.

_____A estas alturas ya sabrás que Marcello Mastroianni falleció. Y yo te pregunto ahora ¿has olvidado aquellas tardes de domingo en el cine del barrio? Un cine que no tenía aire acondicionado como los de hoy, un cine en el que en invierno, si no se llenaba al completo, te morías de frío y en verano te achicharrabas incluso cuando se abrían las puertas laterales que vigilaban con cara de pocos amigos los acomodadores. Entonces éramos un par de chicas bobas que se reían por nada y pasaban el rato mascando chicle o comiendo palomitas, pipas, o intoxicándose con unos polos que sabían a producto químico. Y estaba Marcello Mastroianni un domingo sí, dos no y otro sí. Resultaba inevitable y con él Sofía, Gassman, Gina, De Sica, Silvana, Claudia, Totó, ¿te acuerdas? Era el boom del cine italiano y nosotras nos sentíamos de lo más feliz viendo sus películas y no nos dábamos cuenta, porque entonces tú y yo andábamos enamoradas de Paul Newman y sólo el cine norteamericano nos parecía auténtico y lo demás relleno. Hoy, cuando veo por la tele alguno de aquellos films que tanto nos chiflaban, SUSAN SLADE, por ejemplo, no sé si echarme a reír o ponerme a llorar pensando en nuestra ciega devoción de quinceañeras románticas.

_____Vivimos el cine italiano sin enterarnos. EL LADRÓN DE BICICLETAS o BELLISIMA, nos aburrían, nosotras queríamos tecnicolor y galanes increíbles y películas con final feliz por muy cursi que éste fuera. Por eso no nos dimos cuenta de que en la pantalla también aparecía Marcello Mastroianni, con su aspecto de profe comprensivo, de vecino de al lado, de médico de cabecera, de padre, todo menos galán a lo Troy Donahue o Rock Hudson, que era lo que se estilaba. Y, sin embargo, Marcello Mastroianni estaba ahí, existía, y nos acompañó durante una etapa muy importante de nuestras vidas, mientras fuimos jovencitas. Cuando crecimos, nos echamos novio, luego nos casamos, Marcello seguía estando y sus películas eran muy buenas; entonces ya nos agradaban un poco más. Paul Newman había dejado de ser el gran amor y Troy Donahue recobrado su lugar correspondiente entre los muñecos de caramelo. A nuestros maridos Mastroianni les caía bien, tal vez porque no le veían como un competidor guapo, perfecto, inigualable. Marcello ocupaba el lugar de ese amigo entre bonachón y cómplice que no les hubiera molestado tener, mientras que para ti y para mí sólo era un antiguo compañero de patio de butacas, también amable y grato pero nada más.

_____La última película que de él vi en el cine, fue PRÊT À PORTER, pero después, en la tele, en las sesiones de cine-club, han sido otras, sin título siempre porque las cojo empezadas. En una, él era el dueño de un cinema en vías de extinción interviniendo en el reparto ese pobre chico que hizo lo del cartero y Pablo Neruda, y en otra Marcello se cuidaba de una niña, su nieta o algo así, a la que luego se llevaba la madre, una especie de hippie revolucionaria. Pensaba mirándole: “Se está haciendo viejo”, o “Ya es viejo”. Pero él estaba allí interpretando como siempre, y yo delante, espectadora como siempre también y no daba la impresión de que aquella costumbre fuese a terminar jamás.

_____Cuando me enteré de su muerte, ¿sabes?, me entraron unas ganas idiotas de llorar. De repente advertí que el tiempo pasa y de que con Marcello, se había ido una parte muy importante de nuestras propias vidas, que se había ido para no volver, que Marcello fue el telón de fondo de aquella juventud, de nuestros sueños y nuestra alegría de vivir, que esas tardes de cine ya no volverían nunca y me he sentido, y me siento, muy triste.

_____No sé que más decir. Perdona mi ocurrencia al escribirte sobre todo esto, supongo que con el paso de los años, algunas, en lugar de endurecernos, nos acabamos convirtiendo en unas ñoñas sentimentales, pero, después de todo, ¿qué mal se hace, y quién mejor que tú, mi compañera en aquellas sesiones cinematográficas tan lejanas y tan diferentes de las de ahora, para escucharme?

_____Me despido hasta la próxima que será completamente normal, te lo prometo.

_____Recibe los afectuosos saludos de Aleix y de tu amiga que no te olvida.                                                                                                                        

.....

P.D.
Por favor, no dejes que Antonio lea esta carta, seguro que le daría un ataque de risa.

Sigue...

 

Inicio